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El 133 se desliza deprisa por la anochecida estival, benévola, va casi vacío. Desde el interior del autobús tiene Ramón Durán la sensación de hallarse encapsulado y atravesar velozmente un fluido rojoazul parpadeante, irresponsabilizador. La noche liberadora es un deslizamiento en superficie. Tiene la sensación de ser transportado -y ciertamente lo está siendo- hacia un destino gozoso, inquietante. ¿Cómo le recibirán? Ramón Durán aspira su inmediato futuro tan velozmente como Emilia consume sus dos cigarrillos diarios. Símbolos diminutos del placer perfecto: los cigarrillos desaparecen aspirados con la rapidez de los deseos satisfechos. No hay hiato alguno esta noche entre la realidad y el deseo. Por eso, Durán se encuentra en Moncloa casi sin darse cuenta. Se siente ligero, fuerte, bien vestido con su ligera ropa de marca. Siente, a la vez, un remordimiento no muy intenso y una sensación de libertad no muy intensa. El Ejército del Aire, que construyó Pichichi Gutiérrez-Soto como una reproducción en miniatura de las formas escurialenses, le sirve de pretexto para no dirigirse directamente a casa de Salazar. Se detiene a tomar una caña en el quiosco de la esquina del Paseo de Moret y baja después, Paseo de Moret abajo, con su fuerte olor a pinar. Ha descubierto Durán, en este tiempo que va desde la muerte de su madre hasta esta noche, que su vida ha cambiado mucho y que su vida, en su presente estado, no puede paladearse con claridad: se ha interpuesto, con su actitud bondadosa y ascética, Paco Allende y también la casa de Emilia y Paula, con sus rosquillas del santo y su ambiente alegre y realista. Y se interpone también, ahora mismo, el recuerdo de su madre y de la herencia de su madre: ahora es un chico más o menos rico. Se supone que decidirá a lo largo del verano, de todo este verano, lo que quiere estudiar, lo que va a hacer. Tiene veintiocho años, es muy joven. Soy muy joven, se dice Durán a sí mismo ahora, como quien murmura una jaculatoria. En este tiempo, que al fin y al cabo no pasa de un mes, se ha producido un refinamiento de la conciencia de Durán que oscila entre la ñoñería y la desvergüenza. Es muy joven, es muy guapo, es lo bastante rico como para plantearse a los veintiocho años dejar su pequeña mala vida pasada, los bares, y estudiar Informática o presentarse al ingreso del INEF o estudiar Fisioterapia, sólo ha perdido unos ocho años. Y ha perdido a su madre. Pero como si le protegiera un genio maligno y zumbón, un hada madrina regordeta como Emilia, un hado madrino regordete como Paco Allende, la pérdida de su madre se ha visto compensada por una nueva situación protectora, la casa de Emilia, la discreción enamorada de Paco Allende. Le gusta ser querido. Paco Allende tiene que quererle: Durán es consciente de la dulzura con que Paco Allende le habla o le amonesta o le anima a estudiar o le rehúye: es un cortejo tardío pero inconfundible. Si Allende fuera listo -se le ocurre esto a Ramón Durán mientras, lentamente, camina Paseo de Moret abajo- sacaría partido de este cortejarle con que le corteja y que Durán disfruta. Paco Allende le irrita un poco pero en el fondo le hace sonreír. Los marineros son las alas del amor, la sonrisa es la boca del puerto del amor. Ha sustituido una maternidad por otra: la maternidad de Chipri está recubierta, esta noche dulceacuícola, por una nueva maternidad importada: la maternidad de Allende. Es una zona clausurada, nutritiva, en cuyo seno el tiempo se contiene y se retrasa: mientras Chipri vivía, Durán podía ser camarero en los bares de Madrid, apegarse a la fácil vida de la casa de Salazar, correr por la Ciudad Universitaria y sentirse muy joven. Inmediatamente después de la muerte trágica de Chipri, Allende ha ocupado ese mismo lugar, ha aparecido un nuevo vientre, un nuevo lugar cálido, dotado de un signo femenino mediante la presencia de Emilia y Paula y, a mayores, ahora Durán dispone de una pequeña herencia. Puede planear con veintiocho una vida de estudiante que no quiso planear con dieciocho. Sin embargo, algo en la, en conjunto, austeridad erótica de Allende, algo, también, de la trágica muerte de su madre, y algo de la sobriedad alegre de Emilia, introduce un pico de remordimiento no reducible a este deslizarse placentero, Paseo de Moret abajo, hacia Salazar y Juanjo. De pronto, Durán recuerda a su madre en el Instituto Anatómico Forense, donde le hicieron la autopsia y cuyo cadáver amoratado tuvo que reconocer. Ese recuerdo es como un puntapié. Durán se siente ahora arrojado contra la imagen de su madre asesinada y contra su propia imagen horrorizada y perpleja. La vulgaridad de los comentarios que rodearon aquella muerte. El recuerdo de sus propias lágrimas se mezcla, a su vez, con la imagen de un Allende irreconocible en términos de Salazar o de Juanjo. De repente, Durán se acuerda de uno de sus primeros encuentros con Allende, allá en la Gran Vía, y de aquella extraña frase: Nosotros somos la providencia de Dios. Apenas sabemos nada de Dios, lo poco que sabemos lo descubrimos al convertirnos en los gestores de Dios: Durán no puede recordar esa conversación con claridad ahora. El recuerdo de su madre y el recuerdo de Allende, elididos ahora ante el portal de la casa de Salazar. Ya ha llamado al timbre. No hay respuesta. Vuelve a llamar al timbre, manteniendo el dedo en el botón. Tienen que estar arriba. Vuelve a pulsar por tercera vez. Descuelgan el teléfono del portero automático. La voz de Juanjo, bruscamente, retumba en la calle vacía.

– ¿Quién es? ¿Qué pasa?

– Soy yo, Juanjo. Soy Ramón.

– ¡Joder, tío! ¿Qué haces aquí?

– ¡Me vas a abrir o no!

Le sorprende el silencio de Juanjo ahora. ¿Qué puede estar Juanjo pensando? ¿Qué puede estar pasando arriba? Es evidente para Ramón Durán que su reaparición no era esperada y que Juanjo no sabe bien qué hacer. Por eso, repite Durán:

– ¡Me vas a abrir o no!

– Vale, sube.

Durán se contempla ahora en el espejo del ascensor. En ese reducto que lentamente asciende hasta el último piso de la casa, con su tenue iluminación, Durán trata de conjurar el súbito miedo que ha sentido al abrirse la puerta del portal y subir los escalones que le llevan al ascensor, contemplando su propia belleza. Pero la imagen que Durán contempla es móvil también como el ascensor mismo, es una imagen ascendente también que conjura el peligro supuesto (porque Durán tiene el hábito de contar con su propio encanto físico para salir con bien de situaciones comprometidas: así lo ha hecho en ocasiones anteriores) pero que a la vez llama al peligro, lo convoca (sea el que sea), porque Durán sabe en este instante preciso que casi todos los grandes peligros de su vida se han originado a partir de la vana contemplación absorta de su propia imagen (sirviendo de espejo a veces los espejos y a veces otros seres humanos, sobre todo estos últimos, desde que se instaló en Madrid). Para advertir cualquier verdad importante acerca de nosotros mismos, no hace falta mucho tiempo cronométrico: basta, quizá, un abrir y cerrar de ojos. Durán, en un abrir y cerrar de ojos, en el breve tránsito que le traslada desde el portal hasta el rellano del último piso del inmueble, es consciente de que su sensación de peligro en este momento, su incapacidad de conjurarlo por completo -como hacía de más joven-, procede de que ha utilizado con demasiada frecuencia desde que se vino a Madrid el espejo codicioso de los ojos ajenos para sentirse hermoso y deseado. Estos ojos deseantes, como raíces, se le han injertado en su figura. Ya su figura no es suya del todo: está irisada, entrecruzada por las miradas que la vieron y la codiciaron y que ya se han borrado: fantasmales miradas impermanentes, debilitantes, que han succionado, irreales, gran parte de la sobria realidad del reflejado chico fuerte y guapo que fue Durán de joven y que aún es. Por eso, cuando el ascensor se detiene en el último piso y Durán abre la puerta del ascensor y empuja la segunda puerta de metal que da al rellano, desea que nadie esté esperándole y que aún la puerta de la casa de Salazar esté cerrada y que tenga todavía que llamar al timbre, quizá un par de veces, y tenga que esperar ante la puerta y oír los pasos de quien vaya a abrirle: retrasar todo lo posible la aparición del peligro inminente que la contemplación de su imagen en el espejo, enramada por las briznas irreales de quienes le miraron y le olvidaron en estos últimos años, ha dejado en su conciencia retráctil. Juanjo abre la puerta justo en ese instante.

– ¿Qué haces aquí?

– ¿Qué pregunta es ésa? He venido a veros. ¿No te gusta verme o qué? -¡Claro que me gusta verte! Pasa.

Una vez más ahora, la estructura intervalar del abrir y cerrar de ojos proporciona a Durán un instante extensísimo: desde que Juanjo cierra la puerta de entrada tras él y, apoyando la mano sobre el hombro de Durán, le guía levemente hacia la sala de estar, Ramón Durán se siente iluminado por una inquietud ciega, una intuición sin concepto correspondiente. No sabe qué va a encontrarse y siente un miedo frío, punzante. Ya están dentro de la habitación principal de la casa. Salazar se levanta de su sillón habitual y se acerca a Durán con los brazos abiertos. Sostiene un libro en la mano derecha, el dedo índice intercalado entre sus páginas, como alguien que estaba leyendo hasta ese instante. La sala está llena de humo. Huele a porro, es un olor dulzón inconfundible, y también a tabaco rubio, y da la impresión de que está llena de gente. A la vez que le abraza, demasiado vehementemente, Salazar exclama:

– ¡Ramón Durán, mi verdadero amor, qué alegría verte de nuevo!

La frase suena estrepitosa y no suena sincera. Pero ahora ya no está Durán en condiciones de analizar con exactitud los tonos y los subtonos de las frases. Salazar prosigue animadamente, volviéndose ahora hacia sus acompañantes, dos chicos muy jóvenes. Los dos llevan pantalones de explorador, camisetas sin mangas y zapatillas de deporte muy nuevas:

– Estábamos, Ramón, leyendo a Proust. Nuestros dos jóvenes amigos son Fermín y un amigo de Fermín, Miguel. Esta tarde es la primera vez que Miguel nos honra con su presencia.

Ramón Durán tiende la mano a los dos chicos, primero a Fermín y luego a Miguel. Son dos chicos de la calle, no hay confusión posible. Estarían perfectamente bien entrando y saliendo de Black & White. Aquí sobresaltan un poco al espectador. Y, fascinantemente, alteran muchísimo la escena total. Durán advierte la incongruencia sin dar con su significado. ¿Qué hacen estos dos chicos aquí? ¿Qué estaban haciendo estos cuatro personajes en la alterada sala de estar antes de su llegada? ¿Qué quiere decir Durán, qué siente ahora Durán, al sentir que toda la habitación entera, y el propio Salazar y Juanjo Garnacho -que se mantiene detrás de Durán con la discreción de un embajador, un diplomático-, al sentir que la habitación está alterada, precisamente porque aparecen en ella estos dos chicos que resultarían casi insignificantes, dos chavales callejeros en cualquier calle o establecimiento de Chueca?

Los cinco han tomado asiento en torno al sillón de Salazar. Durán se ha sentado en el sillón que queda enfrente del de Salazar. Cada uno de los chicos ocupa una butaca, más pequeña y de gusto francés, y Juanjo, que al parecer se ocupa de las bebidas, se ha sentado en el brazo del sillón de Durán. Por un instante, teme Ramón Durán que nadie diga nada. De los dos chicos el que parece un poco mayor, Fermín, es el que se comporta con más naturalidad. Quizá -piensa Durán- ha estado antes en la casa. Quizá ha participado en uno de esos cuadros eróticos, masturbatorios, que a Salazar le gustan. El otro chico es más delgado, y tiene una cara afilada, una cara delicada. Parece intranquilo, se mueve en su silla y ya ha encendido un pitillo, un Fortuna, que ha sacado de uno de los muchos bolsillos de su pantalón. Salazar tiene un aire blando. Su elegante rostro moreno, enmarcado por su espléndido pelo cano, endulzado por una mueca sonrisueña. A Ramón Durán esa sonrisa forzada de Salazar le recuerda la sonrisa de un jefe de planta en unos grandes almacenes. Tan pronto como el cliente se decida por un artículo, desaparecerá la sonrisa y otro empleado de menor graduación se encargará del cobro y de hacerle el paquete. Durán no puede ver la expresión de Juanjo sentado en el brazo de su sillón. Ha alzado un par de veces la cabeza Durán y Juanjo le ha hecho una caricia en el pelo. Durán las dos veces se ha sentido muy incómodo. Tanta es la sensación de que algo está pendiente de ocurrir, que el silencio le resulta insoportable y por eso pregunta:

– ¿Qué dices que estabais leyendo?

– Estábamos leyendo a Proust -declara Salazar.

– ¿Y éstos saben quién es Proust? Porque yo no -confiesa Ramón Durán.

– No hace falta saber quién es -contesta rápidamente Salazar-. Basta oír sus textos.

– Yo no he entendido nada -dice Miguel.

– Bueno, yo he entendido algo -añade Fermín.

– El texto que les estaba leyendo -intercala ahora Salazar, con un tono de voz que al propio Durán le parece afectado…

– ¡Eso! Vuélvelo a leer otra vez -intercala a su vez Juanjo. Cuando Ramón Durán alza la cabeza para mirarle, Juanjo le guiña un ojo y le acaricia la barbilla-. Les digo a éstos que con todo lo que sabe Javier van a aprender aquí más que en el instituto. También más que en la puta calle. -Juanjo suelta una carcajadita y Fermín y Miguel corean esa carcajada. Lo de la puta calle les ha sonado familiar.

– Para poner en antecedentes a nuestro recién llegado amigo Ramón… -la voz de Salazar es ahora monótona y melosa- el pasaje que les leía hace referencia a Jupien, el alcahuete, el Celestino, del Barón de Charlus. Este interesantísimo personaje, con toda seguridad, os tiene que interesar a vosotros cuatro que, como Jupien, no tenéis educación universitaria, pero tenéis, en cambio, la más profunda educación, la más sagrada, la que proporciona la vida. Yo conocí a pocos hombres y aún puedo decir que no conocí a hombre ninguno tan dotado como Jupien en cuanto a inteligencia y sensibilidad; pues aquel delicioso «saber» que constituía la trama espiritual de sus palabras no le venía de nada de lo que se aprende en el colegio, de ninguna de esas culturas de universidad que hubieran podido hacer de él un hombre tan notable, cuando tantos jóvenes del gran mundo no sacan de ellas ningún provecho. -Salazar se ha detenido ahora para beber un sorbo de lo que parece oporto. Juanjo se ha levantado del brazo del sillón y añade hielo a los vasos de los dos chicos y una copiosa ración del malta. Los dos beben a la vez. Durán piensa que se comportan de pronto como chicos del colegio: mientras leía Salazar los dos apoyaban los codos en las rodillas y atendían con una expresión entre aturdida e ingenua. Juanjo regresa a su asiento en el brazo del sillón y Salazar prosigue su lectura-: Era su simple sentido innato, su gusto natural, lo que, con raras lecturas al azar, sin guía, en momentos perdidos, le hizo componer aquel hablar tan preciso en el que se manifestaban y mostraban su belleza todas las simetrías del lenguaje. Pero el oficio que desempeñaba se podía, con razón, considerar, aparte de uno de los más lucrativos, el último de todos. En cuanto a Monsieur de Charlus, por mucho que su orgullo aristocrático desdeñara el «qué dirán» ¿cómo es posible que ciertos sentimientos de dignidad personal y de respeto a sí mismo no le obligaran a negar a su sensualidad ciertas satisfacciones en las que, al parecer, no podría haber más excusa que la demencia completa? Mas en él, como en Jupien, la costumbre de separar la moral de toda una clase de acciones (lo que, por lo demás, debe ocurrir también en muchas funciones, a veces en la de juez, a veces en la de hombre de estado, y en otras más) debía de ser tan vieja que el hábito (sin pedir ya nunca su opinión al sentido moral) había ido agravándose de día en día, hasta aquel en que este Prometeo consentidor se hizo atar por la Fuerza a la roca de la pura Materia. ¿Qué os parece, muchachos, este pasaje magistral? ¿Qué pensáis de él?

– Ese tío lo que es es un jodido hipócrita. Es lo que viene a decir, ¿no? -comenta Miguel, a quien el fuerte y suave malta ha despertado de pronto.

– ¡Admirable, Miguel, admirable sabiduría de la calle que es, en definitiva, la sabiduría que Marcel Proust elogia aquí en la figura de Jupien! ¿Ves, Ramón Durán, como no es necesario saber quién es Proust para entenderle? Uno de los encantos, de los muchísimos encantos, que tienen para mí estas nuevas amistades con gente tan joven como vosotros, es descubrir este simple sentido innato, este gusto natural por la verdad que, tan admirablemente, Miguel ha percibido. ¿No nos liarías, Juanjo, uno de esos porritos que tan sabiamente administras? Y por cierto, Ramón, no te hemos ofrecido nada de beber. ¿Quieres algo de beber?

– Sí, gracias. Tomaré un whisky.

– ¿Desde cuándo tomas whisky tú, mi vida? -pregunta Juanjo a la vez que llena su vaso de hielos y whisky de malta.

Ramón Durán no hace ningún comentario a esto. El trago de malta le sobresalta mucho. Es verdad que no está acostumbrado a beber, y sobre todo no está acostumbrado a licores fuertes, cervezas como mucho. Confusamente ha pensado que necesitaba un trago -una frase ésta de película-. Ha envidiado por un instante la facilidad con que beben los dos chavales jóvenes: tiene la sensación de que se le aclaran las ideas. Salazar no le gusta esta tarde: le parece pretencioso, relamido, rijoso. Durán se detiene por un momento en la figura de Salazar que tiene ante sí: tan delgado, con un aspecto tan elegante, tan noble, e incurriendo, sin embargo, en la más obvia y vil adulación a los chicos jóvenes -esto incluye al propio Durán- al decirles que tienen inteligencia natural pero que no saben nada de nada. Por otra parte, se le ocurre a Durán que el motivo por el cual Salazar ha leído ese texto de Proust no es casual. Lo ha leído porque es en realidad un retrato de Salazar mismo. También Salazar se ha entregado a hábitos que ahora funcionan con creciente vehemencia por sí solos, con independencia de cualquier consideración moral. Pero ¿a qué moral se refiere Ramón Durán ahora? Ramón Durán, hasta esta misma tarde al menos, no considera que haya nada malo en lo que Salazar, Juanjo y él mismo han estado haciendo estos meses atrás. No le ha parecido malo, aunque sí desvergonzado y más propio de viejo verde que de gente joven, pero, al fin y al cabo, Durán también ha disfrutado con eso. ¿Qué tiene de malo la escena que ahora contempla? ¿Por qué se siente inquieto? El fuerte muslo izquierdo de Juanjo se apoya ahora en su pierna derecha, y Juanjo le acaricia el cuello, y Durán le desea. La estimulación erótica de la cercanía de Juanjo es intensísima de pronto. Miguel, harto al parecer de su silla francesa, se ha levantado y recorre las estanterías de la sala de estar moviéndolo todo un poco. Salazar se ha levantado y acompaña a Miguel en su curioseo por la habitación. Los dos cuchichean y ríen risitas cómplices. Fermín, en cambio, ha terminado su whisky, se ha servido otro y ha acercado su silla a la butaca donde se sientan Durán y Juanjo. Se lleva la mano derecha a la bragueta.

– ¡Qué pasada, tíos, os folláis aquí mismo! Tócame la polla, Juanjo, mira cómo la tengo, ¿a que da gusto? -Juanjo le soba la polla por encima de la bragueta.

– Vamos dentro, los tres -propone Juanjo-. A éstos les dejamos ahí que vean libros.

Ramón Durán ha apurado su vaso de whisky. Él también está empalmado como Fermín. Desea que Juanjo le acaricie a él también. Juanjo le parece muy guapo ahora, muy joven, muy seguro de sí mismo: es otra vez el monitor de futbito, es otra vez el colegio, es otra vez diez años atrás, es otra vez la dulzura genital del amor sin malicia. Recuerda en ese momento la casa de Emilia y a Allende. Recuerda los dulces ojos de Allende que le siguen y le aman. Pero no puede hacer nada con esa mirada benevolente. ¿Qué puede hacer? Puede levantarse y marcharse, pero no puede de hecho levantarse y marcharse. Está encadenado al deslizamiento del deseo, a la persuasión de que satisfacer sus deseos es legítimo. Está encadenado, ¿por qué no?, a la ternura que sintió por Juanjo doce años atrás y, mucho más recientemente, en La Vaguada o ahora mismo. Y le encadenan los celos también: intensa punzada de celos al ver a Juanjo acariciar la bragueta del chapero empalmado. Salazar y Miguel se besan ahora de pie junto a la puerta de la terraza. Fermín y Juanjo se están besando y acariciando. Ramón Durán se levanta de un salto y empuja violentamente a Fermín al suelo. Está rojo de ira.

– ¡Hijoputa, qué haces! -le grita Fermín desde el suelo. Durán le tiende la mano para que se levante-: Me vuelves a empujar y te meto una hostia que te jodo vivo, maricón.

– Lo siento, perdona.

Salazar, que rodea el talle del Miguel con un gesto monjil, sonríe y dice:

– Haya paz, chicos, haya paz.

– Perdonad todos, me voy. Son más de las doce. Mañana hablamos.

Juanjo le acompaña a la puerta. Oyen reír a los otros tres en el salón. Juanjo le acaricia la polla, le besa en los labios. Ramón Durán tiene ganas de llorar. Para no llorar delante de Juanjo, echa a correr escalera abajo.