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Allende está inquieto estas últimas tardes del curso. Esta inquietud de Allende no puede ser amansada hablando con Emilia. Hablar de la inquietud que siente, con Emilia, supondría contar que está enamorado de Durán y que su inquietud no es ni única ni principalmente pedagógica, sino amorosa y también genital. Está inquieto porque desearía abrazar a Durán, desnudarle, acariciarle, meterse en la cama con él, pasar la noche con él. Pero no sólo está inquieto Allende porque no tiene lo que desea tener, sino que está también inquieto porque se aborrece a sí mismo: se aborrece por haber puesto en práctica lo que considera éticamente correcto: amar es proporcionar libertad al amado, facilitarle los caminos de su libertad, dejarle ir e incluso perderle. ¿No es esto contradictorio? Hacer lo correcto no le ha producido paz, no le ha causado la menor alegría. Como Emilia diría siguiendo a Spinoza: La contradicción procede de que lo natural es esforzarnos en afirmar de nosotros o de la cosa amada todo aquello que imaginamos la afecta o nos afecta de alegría, y al contrario, en negar toda aquello que imaginamos la afecta o nos afecta de tristeza. Pero, por otra parte, el pobre Allende siente gran tristeza con la consiguiente disminución de su ser al apartar a Durán de su compañía: su impulso ético, que le ha llevado a dejar libre al chico, contradice su impulso natural de querer ser feliz y estar alegre teniendo al chico con él. Por otra parte, ¿cómo puede Allende estar seguro de que oponiéndose a su tendencia de amante (que requería tener al chico consigo) ha hecho lo mejor para el muchacho? Al oponerse Allende a lo que le salía natural, al rechazar lo que el propio Durán le ofreció explícitamente -el gozo de su cuerpo-, ¿no habrá Allende -aparte de perjudicarse a sí mismo- perjudicado al propio Durán, que ahora es abandonado a su libertad, una libertad de la que quizá es incapaz? Y a la objeción de que la libertad se crea dando libertad o tomándosela, y que incluso para malgastarla es preferible tener libertad que no tenerla, y es mejor quien la da que quien no la da, Allende no está seguro de la respuesta. ¿Y por qué no está seguro?: porque en su enamoramiento hay un aspecto muy próximo a la vieja paideia, es en parte tutorial o paternal ese amor. ¿Y qué padre o tutor concede la libertad a su hijo si cree que puede malgastarla? ¿Ha perdido Allende su oportunidad? Una, por cierto, doble oportunidad -rumia Allende ahora- de amar y ser amado y de controlar la frágil capacidad de libertad de Durán encaminándola hacia el bien, hacia lo que para Durán, a fin de cuentas, sería más útil: dejar al Juanjo, al Salazar, y prepararse para alguna profesión -por pequeña que sea- en el futuro. Allende se da cuenta de que, para siempre, sus buenas intenciones, su buena voluntad, va a verse comprometida en lo referente a Durán por adherencias del deseo y de la concupiscencia. Y esto no tendría nada de malo para casi nadie, pero tiene de malo para Allende el no poder verse a sí mismo regalando generosamente algo sin querer nada a cambio. Más adelante, tendrá que hablar esto con Emilia. Pero de momento está demasiado inquieto y conmovido para que una conversación con Emilia no acabe en lo que Allende más detesta: una turbamulta de confesiones autobiográficas. No se merece eso Emilia, no serviría de nada. No puede, sin embargo, Allende, no preguntarse qué andará haciendo Durán estos días. No puede no sospechar que Salazar ha continuado y progresado en su camino insensato de prácticas más o menos orgiásticas. Y Allende no puede dejar de creer, muy al fondo de su corazón, que Durán no tiene remedio. Esta desesperada creencia de fondo es un escándalo más que se añade a la atribulada situación de Allende estos días. ¿Cómo puede un hombre de bien, un hombre recto, albergar en el fondo de su corazón la creencia de que otra persona no tiene salvación posible? Ateniéndose, por supuesto, a lo que Allende sabe de Durán, esa creencia pesimista parece estar muy bien fundada: Durán lleva diez años, quizá más, viviendo al día, sin mirar un libro, sin hacer ningún proyecto que requiera algún esfuerzo. Ha seguido la línea clásica del chico guapo de provincias, gay, que se instala en Madrid y saca unos cuartos trabajando de camarero en los bares. No está acostumbrado a competir con sus iguales. Allende recuerda con claridad que Durán se le ofreció con un gesto que en parte era una versión muy primitiva de agradecimiento por haberle acompañado cuando lo de su madre y que por otra era un vulgar chantaje erótico. Y Allende recuerda además que Durán estuvo al principio muy fascinado por Salazar y la casa de Salazar y celoso de Juanjo, a quien a su vez amaba. Con todo este revoltijo de emociones, ideas confusas, falta de hábitos virtuosos y además ahora un considerable bienestar económico como consecuencia de la herencia de su madre, ¿qué se puede esperar de Durán? Lo probable es que se deje embaucar, que desee ser engañado. Allende le ama, pero ese amor ni quita ni pone: Allende no le ama por la nobleza del chico sino porque le gusta el chico. Se da cuenta Paco Allende, al hacer estas reflexiones, de que tendría que poner entre paréntesis su, con los años, cada vez más acerada voluntad autocrítica. Tendría que, en cierto modo, dejarse ir, no sólo por su propio bien, sino quizá también por el bien de su amado. Pero lleva ya muchos años tratando de agarrar su vida con ambas manos y ser dueño de ella, hacerse su destino, darse su significación. Y todo eso se convierte ahora, en parte, en imposibilidad.
Javier Salazar no se halla cómodo en su sala de estar esta tarde. Una vez más está solo. ¿Dónde queda la soledad gratificante, ligeramente tediosa, tan aceptable en conjunto, de antes de conocer a estos chicos? Desearía hablarlo con Juanjo. No desearía hablarlo con Durán, a quien ha olvidado casi por completo, a quien por un instante creyó que detestaría y ahora ni siquiera detesta. ¿Está enamorado Salazar? ¿Dónde queda su soberbia de no hace tanto tiempo? ¿No era Salazar el hombre que no quería ser amado? ¿Es que quiere ahora ser amado? ¿Es amor lo que quiere que Juanjo sienta por él? Después del rodillazo en la boca de la otra noche, Salazar ha dado muchas vueltas a su relación con Juanjo. De pronto teme que Juanjo le rehúya. ¿Le rehúye Juanjo ahora? Se diría que Juanjo le rehúye. ¿Cómo, si no, interpretar esta nueva ausencia de Juanjo de esta tarde? Estaba tan borracho la otra noche que no le dolió el trompazo: el trompazo le dolió después: fue un golpe fuerte en la mandíbula: le hizo sangre: el sabor del semen, el gusto de la sangre… Es la primera vez que ha paladeado el semen Javier Salazar: eso le ha enamorado. ¿Le ha enamorado eso? ¿Qué le está pasando por la cabeza a Javier Salazar ahora? No lo sabe seguro ni siquiera el propio Salazar. De saberlo -aunque fuera sólo a medias- habría podido tranquilizarse esta tarde. Pero justo no saber qué le está pasando -por la cabeza, por el corazón, por la sexualidad- es lo que le trae a mal traer: no saberlo le expulsa del reino de los fines, y, más prosaicamente, del reino (paticojo, pero aún vigente para el género humano) de la reflexividad. No puede reflexionar sobre su situación, y esto le alarma. Esta alarma (que implica cierta reflexividad) es la única señal de alarma que todavía emite su sistema consciente. Su inconsciente -aceptando esta noción como una totalidad propia de cada cual pero inaccesible al escrutinio directo- emite tantos deseos, memorias, impulsos y contraimpulsos, tan intermitentes y ambiguos, que nadie en sus cabales se fiaría de una noción así, de una realidad así. Tampoco Salazar se fía de su inconsciente ahora. Pero -alarmado como está- se entrega a esos impulsos y contraimpulsos que, en la medida en que son inmediatos y son físicos, le proporcionan esta tarde una sensación de verosimilitud, una apariencia de realidad que aún le sostiene lo suficiente para seguir con lo que ahora mismo tiene entre mano (la relación con Juanjo y los dos chicos, pero sobre todo con Juanjo). Salazar se da cuenta de que, entre su vida anterior (todo lo que antecedió a la aparición de Durán primero y luego Juanjo) y su vida de ahora, hay un hiato alarmante: hasta ahora siempre había sido dueño de las situaciones sucesivas en las que se vio envuelto. Por situaciones entiende Salazar ante todo las circunstancias especiales que aparecieron y le rodearon en algunos momentos de su vida. En el listado de situaciones no figura nunca su iniciación erótica con los mecánicos del Caterpillar. Lo recuerda todo, pero siempre sistemáticamente dejó en suspenso aquella ocasión… para mejor ocasión (y esa mejor ocasión, por cierto, está a punto de presentarse ahora, se ha presentado ya con ocasión de Miguel y Fermín). En ese listado, en cambio, figura, en primer lugar, su trágica relación con Carlitos Mansilla, y su relación con Allende, en el seminario primero, y luego en Madrid. En esa lista figuran, por supuesto, algunas escenas dubitativas en saunas londinenses y en algún parque (dubitativas porque para poder Salazar estar seguro de que controlaba esas situaciones, tenía que no implicarse demasiado en ellas): era un joven guapo y esbelto y podía atraer todas las miradas en las saunas, en los parques, y obtener placer de esa exhibición sin dar casi nada a cambio. ¡Qué corto, por cierto, se le hace ahora el listado de sus situaciones! ¿No le ha pasado nada más en todos estos años? A partir de los cincuenta, en realidad Salazar se autojubiló de las experiencias eróticas: le liaban demasiado, le ponían en evidencia (sobre todo ante sí mismo), no le urgían: esto último fue una bendición: no es que fuera insensible, pero la presión del eros era difusa. Algún asceta menor hubiera quizá entendido por esta difusión un logro virtuoso: se trataba en realidad de apatía: una generalizada desgana que se satisfacía en gran medida imaginariamente, sin necesidad de llegar al cuerpo a cuerpo. Siempre tuvo el control, por consiguiente. Así que el listado de las situaciones se acababa pronto y arrojaba siempre un balance positivo, un sobresaliente control por parte de Salazar. Naturalmente esto no fue así con los mecánicos: los mecánicos le arrastraron a un placer increíblemente intenso que, ahora, ha vuelto: con Juanjo la memoria de aquel intenso placer ha reaparecido. Y sólo eso quiere ahora: estar con Juanjo, tocar a Juanjo, que Juanjo le acaricie, hablarle. Vivir es hablar con Juanjo: no hablar con Juanjo es el sinvivir en el que ahora se halla. Lo alarmante es que este sinvivir le tenga tan puerilmente en vilo. Al fin y al cabo, ¿quién es Juanjo? ¿Cómo no va a poder Salazar controlar a Juanjo, decirle que venga y viene, decirle que vaya y va, decirle que se la chupe o que se desnude o que se vista o que venga a la hora en punto? ¿Cómo no va a poder? ¿Cómo no va a saber Salazar que Juanjo sigue con él entre otras cosas porque está muy cómodo en la casa, porque le saca a Salazar mucho dinero? Entonces, ¿qué significa toda esta alarmante inacción, toda esta pasividad doliente en que Salazar se halla sumido esta tarde? ¡Si casi suspira como una enamoradita de novela rosa!: todavía queda, sin duda -a la fuerza tiene que quedar mucho- del Salazar que hizo sufrir a Carlitos Mansilla o al mismo Allende, a algunos otros que en esta historia no se han recordado. ¿Qué le pasa que se derrite, estira las piernas y se acaricia la bragueta ahora? Una muerta polla boba no contesta nada, no da señal apenas, como un consolador rudimentario: todo ahora tiene lugar en la conciencia eunuca. No puede transferir de la conciencia a la polla impulsos motores, ni segregar apenas semen: sólo una vaga gana de orinar, como mucho. Pero, en cambio, eunucado, Salazar se inflama en la memoria, en el deseo, en el quiero y no puedo que lo es todo ahora. Ahora, de pronto, reza, suplica al dios lumiaco que le traiga a su deseado, deprisa, esta tarde. Y se oye el llavín de la puerta algo más tarde y entra Juanjo maravillosamente idéntico a la imagen mnemónica que de él ha tenido Salazar toda esta tarde. Juanjo Garnacho ha estado pensando bastante. Juanjo Garnacho ha estado maquinando bastante todo a lo largo de esta tarde. Se ha sentido mirado y remirado por mujeres y hombres en los bares y calles de Madrid. Es hermoso ser Juanjo Garnacho, es dulce y estimulante ser Juanjo Garnacho, es dulce y vibrante entrar en casa de Javier Salazar templando y mandando como un torero de cartel. Hay una torería implícita en esta entrada garnacha de Juanjo en la bella estancia tutorial, libresca, hermosa, del antiguo Salazar que desfallece ahora. Hay una torería de paquete marcado, macchia dura, cojones bien puestos, con un par. Todo abaratado, transformado en modelo de pasarela mariquita de gran modisto maricón. Pero es bello. ¿Cómo no van a ser bellas las bragas que el difunto Versace, que en paz descanse, inventó para marcar las pollas y las rajas del culo de sus chicos? Son muy bellas. ¿Quién es el amo aquí y quién es el esclavo?
– ¿Has venido solo? -musita Salazar admirado, arrobado-. Deberíamos hablar, ¿no crees?
– ¿Hablar?… ¿De qué? ¿De qué quieres que hablemos?
– Quiero que hablemos de ti y de mí. Te amo. Mi vida.
– Cada día que pasa estás más raro. Te lo digo de verdad. Lo marica te sale como una verruga cancerosa en el labio. Tu amaneramiento, como un melanoma, que te sangra un poquito, maricón.
– ¿Qué te pasa? ¿Has bebido tú?
– Yo no bebo. Ya sabes que no bebo. ¿No me conoces? Yo soy un deportista, ¿no sabes eso? Yo soy entrenador de todos los deportes. Ponte de rodillas. Lo estás deseando. Sé que lo estás deseando.
Salazar se arrodilla delante de su amado Garnacho. Es una escena bella y hostil. Como una cogida de torero. Como un navajazo que parte el corazón. Bella muerte. Salazar, de rodillas, se ha levantado un poco y de pronto Juanjo le levanta casi en vilo y le besa en la boca y Salazar llora y se deja besar y se ha derretido, ¿cómo es posible?, en un difuso atrás de su alma, en un trastero olvidado de su conciencia: en un ayer largamente preterido, se acuerda Salazar de la dialéctica del amo y el esclavo e incluso de Losey: The Servant.
Ésta es una escena de pasión. ¿No es ésta una escena de pasión? Es una escena de pasión porque Salazar ha perdido el oremus, no es dueño de su vida, está perdido. Y en cambio Juanjo ahora, convertido en un rufián menor, conduce la situación a su capricho. Es una escena de pasión porque Salazar está perdido. ¿En qué ha, durante toda la tarde, Juanjo pensado bastante? Ha pensado, por este orden, en cómo añadir intensidad cada vez mayor, gradualmente, al deleite masoca que presiente, pero también ha pensado cómo sacarle aún algo más, mucho más, a Salazar: la Yamaha Majesty por ejemplo. Dado que no acaba Juanjo de estar seguro de que Durán -no obstante parecer tan bobo- no se niegue a facilitar los tres mil euros en el último momento, ha decidido sacarle la codiciada moto al Salazar. Así que después de la escena esta, chusca en parte, apasionada en parte, del Salazar postrado de rodillas ante Juanjo, y Juanjo, alzándole como un pelele hasta besarle (Salazar, por cierto, ha perdido peso: es también una pasión lo que le pasa a Salazar, por lo que está perdiendo peso, corporeidad, de puro que ama, de lo mucho que se apega, en vano, a su indigno objeto amado), piensa que es un buen momento para sacar lo de la moto:
– ¿Sabes una cosa, guapo? -comienza Juanjo a decirle, Juanjo se le ha sentado en las rodillas a Salazar tras haberle llevado casi en brazos a su sillón de orejas junto a la puerta-ventana que da a la terraza. Y Salazar palpa con la mano derecha el paquete del Garnacho, satisfactoriamente tumescente ahora. Salazar es una virgen blanca, la antigua frialdad se ha transformado en virginidad dolorosa, mater dolorosa.
– No. ¿Qué cosa, guapi? ¡Qué fuerte estás! Can't take my eyes of you!
– Lo que no puedes tú es dejar de sobarme, tío -comenta Juanjo, que ha entendido la referencia anglosajona y que sabe, instintivamente, que esta mezcla preparatoria de vulgaridad verbal y de ternura excita a Salazar: le envilece y le excita. Por eso se deja acariciar la bragueta, la polla, mientras hablan.
– ¿Qué me ibas a contar, pequeño?
– Te iba a contar que te voy a dejar. Me voy a un piso con Durán, que me compra una Yamaha, ¡eh!, ¿qué tal?, ¿te gusta eso?
– ¿Pero qué dices? ¿Qué es eso de la Yamaha? ¿Estás viendo a Durán ahora?
– Algunas veces, sí, ¿por qué no? ¿Qué tiene eso de malo?
– O sea, es Durán con quien estás los días que no estás conmigo por las tardes.
– Unas veces sí y otras no. Depende.
– ¿Me tomas el pelo? Con qué dinero te compra Durán una Yamaha. No tiene dinero.
– Sí que tiene, ahora tiene. Tiene de su madre.
– ¿Y eso es mucho?
– Hombre, es un piso en Marbella, un buen piso. Como mínimo saca cien millones por eso o más. ¡Ahora tiene perras el cabrón!
El peso del cuerpo de Juanjo, unos setenta y cuatro kilos, para un hombre de un metro ochenta y dos de altura, sume a Salazar en su sillón, en su fragilidad. Sumido en la conciencia de su fragilidad, cristalizado, un Vidriera repentino. Salazar saborea el suspiro, el sollozo, la punta de autocompasión que su propia fragilidad corporal le inspira: le embellece el peso corporal de Juanjo, le sume en deleite chusco, de soldadesca. Está en sus manos todo ello, palpar al chico cachas. ¿No es delicioso el cuerpo masculino? Fuerte, burdo, procaz, cruel, sofocante: Salazar casi no puede hablar, realmente. Espera, como quien aguarda la lluvia, una leve erección, áurea, de perro pekinés. No puede Salazar no ser consciente ahora de su levedad: he aquí a Javier Salazar, el ex seminarista brillante, moreno, delgado, que no quería ser amado, el editor seguro de sí mismo, que controlaba lo que deseaba y no deseaba mostrar de sí mismo, retirado ahora con un retiro jugoso, con dinero, con elegancia, con una hermosa cabeza blanca. Es muy bello Salazar en su género. Y lo sabe. Espachurrado por los setenta y cuatro kilos de músculo y huesos del Garnacho, Salazar desea sólo este peso corporal que le agobia, este sentimiento de incomodidad y de opresión, esta anulación de su voluntad y de su conciencia. Se diría que desea la muerte, prefigurada en su rápido adelgazamiento de estos últimos meses, su inmaterialización. Sus bellas manos levantan la camiseta de Juanjo, le hurga en el ombligo, le acaricia los pezones, los abdominales, es una escena estimulante y pavisosa a la vez: cualquier lector gay, de mediana edad, se reconoce en esta ensoñación deleitable: cualquier lector reconoce la peligrosidad pueril de esta escena. En estas condiciones, Salazar no tiene nada que decir y no desea decir nada tampoco, desea achicarse, sumirse en el desvanecimiento del tacto y las caricias: pero no son caricias que se le prodiguen a él sino que él prodiga. Ahora Juanjo no le acaricia, Juanjo le habla:
– La cosa es que ahora Durán, guapo, tiene tanto como tú. Y la polla más tiesa que tú. A mí Durán me gusta todavía y tú, en cambio, tú no me gustas nada. Lo que me gusta de ti es gustarte yo, mi vida. Eso me pone, digámoslo así. Tu pasividad de viejecita castrada me pone bastante y eres delicado como un cura. Eres bello como un cura. Eres bello como un chico muy joven con la picha sin pelos todavía, eres un menor. Bueno, a lo que iba. ¿Me vas a comprar la moto tú?
– Las motos son muy peligrosas. ¿De verdad quieres una moto? ¿No es un poco hortera esa Yamaha?
De un brinco, Juanjo se pone en pie y le arrea un bofetón. Es un bofetón terrible, con el puño cerrado. Sangra por el labio Salazar. Siente el sabor de la sangre. Se limpia la boca con la mano.
– ¡Roña de mierda! ¿En qué quedamos? Me metes mano aquí, guarro, me invitas a tu casa para meterme mano, ¿y me llamas hortera?
– ¡Perdona, no me has entendido!
– ¡Cómo que no te he entendido! ¡Claro que te he entendido!
– No digo que seas hortera tú -balbucea Salazar-, es que me dan miedo las motos.
– ¡Eres un jodio roña! ¡Eso es lo que eres!
– Sabes que no.
– ¡Pues si no lo eres, demuéstralo! Además lo tienes, sé que tienes el dinero a mano, y quiero la moto.
– Si te compro la moto, ¿me llevarás en ella por Madrid?
Juanjo está de pie y se pasea a zancadas por la sala de Salazar. Y Salazar está sentado en su sillón de orejas, arrugado, ligeramente ensangrentado, delgadísimo. Es un hombre mayor, de cabeza cana, pálido. Ahora, de pronto, da pena. Ahora, de pronto, inspira compasión. Que inspire compasión ahora es un escándalo que acosa al lector y al narrador de este texto por igual: ¿va a incumplirse, quizá, la justicia poética? ¿Va a salirse Javier Salazar, a fin de cuentas, con la suya? Si inspira compasión, puede ser perdonado. Quizá esta brutalidad última de Juanjo le ha convertido en un justo injustamente martirizado. ¿Se merece, Javier Salazar, tanta dureza, tanto desprecio? ¿Se merece algún hombre en este mundo una crueldad tan vulgar? ¿Ser robado en su propia casa por quien más ama? ¿Se merece alguien semejante destino, tan bobo, tan cruel?
– Si me compras la moto, te llevo de paquete y me puedes meter mano mientras circulamos a toda leche entre los coches de aquí a Galapagar.
– ¿Qué hora es? Mañana vamos si quieres. Mañana te doy lo que sea y te compro la moto.
– De eso nada -dice Juanjo-. Tú dame la pasta y voy yo solo.
– Vale. Cuenta con ello.
Todavía Juanjo no ha perfeccionado su crueldad. Aún no ha refinado su mala uva. Aún es un principiante en esto de hacer sufrir. Aún teme que Salazar se alce sobre sí mismo y le eche de casa. Por absurdo que parezca, en este momento de esta tarde Juanjo teme haber llegado demasiado lejos, haber hecho demasiado daño a su protector y haberse expuesto a que Salazar huya de casa por la noche, llame a la policía, le eche de casa. Sobre todo teme esto último: ¿y si Salazar de pronto se recuperara? ¿Y si Salazar, contra toda lógica, de pronto le manda a la mierda? Por eso, se desnuda ahora lentamente y se acaricia la verga y se exhibe delante de este delicado sesentón arrobado, abolido, que ha adelgazado, quizá, diez kilos en estos últimos meses, y que ahora, una vez más, se arrodilla delante de Juanjo como un animal pequeño. Le contempla y le lame los muslos y le acaricia el culo y le babosea los huevos y trata de masturbarle y ahí se queda, al nivel de la polla fuerte, vibrante, de Juanjo Garnacho en esta tarde mortal. Es el principio del fin.