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No obstante inesperado, el suicidio de Javier Salazar no ha sorprendido a Allende. Ha sorprendido, sin embargo, a todos los demás, a Ramón Durán, a Emilia, a la pobre Lucía Martín, que ha acudido llorosa al discreto velatorio y que, por uno de esos giros del humor negro de los funerales, ha acabado haciendo las veces de viuda de Salazar. Se ha presentado muy de negro, ha llorado muy conspicuamente. Allende, sin querer, la ha conducido del brazo, con ese ademán cuidadoso, un poco distanciado, un tanto artificial, con que un maestro de ceremonias (de la familia) conduce a la doliente principal a su lugar, su reclinatorio en el sepelio o en este caso, tan acusadamente laico, a una de las butacas, la mejor butaca, de la salita donde se vela el discretamente arreglado difunto que, en el caso de Salazar, resulta irreconocible. La cara, con el golpe, se le ha desfigurado mucho y, de alguna manera, no se ha logrado ese efecto de naturalidad reposada que los maquilladores imprimen a los cadáveres. El difunto, en esta ocasión, parece más muerto que vivo. Apenas nadie de la editorial, al ser verano. Lucía Martín ha venido acompañada de Cita Vázquez, quien ha derramado en seco unas difíciles lágrimas impresionada por la atonalidad de la situación.
– ¡Desengáñese usted, señor! -ha comentado Cita Vázquez con Allende-. Desengáñese usted que lo laico es frío, muy frío. En estas ocasiones la Santa Madre Iglesia, los católicos, estamos muchísimo más propios, se siente más calor humano, más consuelo, ¡inclusive más paz!
Allende no siente ahora la menor sensación de paz. Nada en la memoria de Allende, nada en el recuerdo que Allende tiene de Javier Salazar, inspira paz o la reclama. Todo evoca frialdad: la vida de Salazar ha transcurrido en el medio frío de la edición profesional, un alto ejecutivo de una gran casa editorial con conexiones internacionales importantes, cuyo margen de expresión individual, sus gustos, se han vuelto crecientemente irrelevantes en aras de la gestión global y el buen balance. Ha inspirado respeto pero no afecto. Y es, además, verano. Allende, que temió por un instante verse rodeado de las amistades profesionales de Salazar, ha descubierto que nadie importante, nadie, en realidad, ha acudido al tanatorio. Es mejor así. Es, sin embargo, en esta situación desangelada, con toda una noche por delante hasta la cremación que tendrá lugar a la mañana siguiente, donde Allende menos a salvo está de todo el pasado que se amontona entero, a golpes, en la ingens aula memoriae, sin enseñarle nada. We had the experience but missed the meaning. Allende no siente esta noche ninguna tentación moralizante: no siente que Javier Salazar acabó teniendo, al final, su merecido. ¿Qué merece Salazar? ¿Qué merezco yo mismo?, rumia Allende sin dar con nada que se asemeje ni remotamente a una respuesta. Nadie sabe si es digno de amor o de odio: He aquí, medita Allende, una de las más terribles nociones del Eclesiastés. ¿Es del Eclesiastés? Su dura sabiduría negativa, ¿cómo no vamos a saber si somos dignos de amor o de odio?, debate consigo mismo Allende intermitentemente a lo largo de toda esta noche. A ratos Durán, a ratos Emilia y Paula, a ratos los tres han venido a velar el incomprensible cadáver de Salazar. Cuánto agradece Allende esta compañía silenciosa, con cuánta dulzura siente, sin mirarle, a su derecha, el cuerpo amado de su joven amigo. ¡Qué satisfactorio es no contar con ninguna interpretación prefabricada ahora! ¡Pobre Lucía Martín, que necesita, sin cuestionarla, toda la fe de la Iglesia en la resurrección de los muertos! Como si se asomara Allende al brocal de un pozo y de pronto lo de abajo, el agua redonda, cóncava, de abajo, enlunada, espejeante, se le acercara súbita a la cara como una cornucopia y se retirara, súbita, inmediatamente después, dejando a Allende con sólo el bulbo, el rizoma de su propio rostro, enlunado, entrecruzado por las venas y las muecas de la copiosa luna de los acarreos, ahora su memoria enlutada flota sin hundirse y sin pasado y sin futuro, tota simul et perfecta possessio, en el aire neutral, laico -¡cuánta razón tiene Cita Vázquez!-, tranquilizador también (dicho sea esto, de paso, puesto que no parece haber juicio aquí, juicio final), no hay postrimerías, no hay muerte (sólo cesación), no hay juicio, infierno o gloria en este aséptico reducto de esta estancia del tanatorio de la M-30: no hay, sobre todo, juicio final. La urgencia con que Allende ahora aparta la idea de juicio y de juicio final en presencia de su difunto amigo, el irreconocible Javier Salazar, desidentificado, malmaqueado por los maquilladores funerarios, le sorprende a él mismo, le perturba, le angustia. ¿Acaso yo le amaba? Quizá sí. Aunque de nada sirvió nunca que nadie amara a Salazar, puesto que él mismo no deseaba ser amado y aborreció a sus amantes excepto al último, al Juanjo Garnacho, ¡el más vulgar de todos…! Allende, sin querer, ha extendido su mano derecha hasta asir la mano izquierda del impresionado, jovencísimo, Ramón Durán, que nada entiende, aunque sí entiende, a Dios gracias, este gesto tierno y desvalido de su viejo Allende. Son las altas horas de la noche, las cuatro y pico de la noche. Están solos los tres, Allende, Emilia y Durán. Y por un instante, largo instante, Allende retiene la mano joven de Durán, cohibido, con la ingenuidad de la juventud ante la muerte. ¿Fue Salazar digno de amor o digno de odio? No mereció, quizá, una muerte así, un palo indigno como el que Juanjo llegó a darle. Esta referencia a Juanjo retrotrae a Allende a estos pocos días pasados y a sus secuelas que aún durarán un tiempo largo: la vecina que vio a Salazar desnudo, dando gritos (oyó la vecina, por lo visto, varios gritos y estaba la vecina en camisón), arrojarse por la ventana con indiscutible decisión, con fuerza (la vecina ha subrayado la energía patética, tan lírica, con que Salazar se desequilibró a sí mismo a la altura de su bajo vientre y se inclinó de sopetón hacia el creciente asfalto dando un enorme topetazo). La vecina, que llamó a la policía, tuvo la satisfacción de despertar a su marido y a su nuera, que se asomaron, asimismo un ratito, al mirador a ver cómo llegaban los maderos de hoy en día, con sus camisas blancas y sus pantalones azul oscuro, sus walkie talkies, tan sabiéndose el procedimiento a seguir en estos casos. ¡Dios, qué caso! El caso es que Juanjo ahora entra en la estancia funeraria y en la cabeza de Allende a chorro limpio: la policía, parece ser, subió al piso de Salazar, y halló allí de todo un poco, mogollón de pruebas y repruebas: los vasos usados, las botellas del malta, la suciedad del piso, la toalla húmeda en medio de la sala como una piel de enorme felpa blanca, los cuartos atorados de desorden: las bragas y los nikis de Juanjo, de Dolce & Gabbana y de Versace, la total evidencia de nefandos pecados y de orgías o cosa que lo valga: mal asunto, los pósters de tíos, mal asunto, una cosa es que se casen hoy en día y otra que se maten y asesinen a mansalva, mal asunto. En fin, la policía se pasó lo que quedaba de la noche hasta la madrugada pillando pistas a lo CSI (el juez de guardia hasta las nueve y treinta y cinco de la mañana no llegó y mientras tanto hubo un circuito de cintas amarillas y crujientes albales fucsias y cerezas recubriendo achampañados el cadáver). Hubo que desviar el tráfico bastante. El caso fue que la policía descubrió que allí había habido una juerga de algún tipo y más gente de la que pareció haber en un principio. Así fue como, al interrogar al portero suplente de ese mes; de agosto, salió a relucir Juanjo Garnacho. Y también salió a relucir el propio Paco Allende. Juanjo no ha aparecido todavía. Ha desaparecido de Madrid. En la nocturnidad insípida del velorio de Salazar, Allende recuerda cómo la policía le interrogó respetuosamente: así se enteró de lo de las tarjetas de crédito y de que se buscaba a Juanjo. Allende recuerda que se sintió muy incómodo: al intervenir la policía, lo sucedido deja de ser mental. Incluso el aparatoso suicidio de Javier Salazar, desplomado desde un quinto piso en cueros, en plena noche del agosto madrileño, puede ser transfigurado en un objeto mental: ego cogito cogitatum. La policía era intraducible en términos mentales. Allende tuvo que reconocer que estuvo en la casa horas antes del suicidio y tuvo que admitir que Salazar tenía compañía masculina: no tuvo más remedio que hablar de Juanjo Garnacho: «Una relación contra natura, ya se ve», sentenció el policía más joven de los dos que interrogaron a Allende, un joven hombre con una propensión psicodramática. Allende hurtó el bulto con facilidad, la policía, por su parte, no tenía gran interés en el asunto, aunque sí en interrogar cuanto antes al Garnacho. En realidad, de la autopsia no surgió nada raro, excepto la gran cantidad de alcohol en sangre, que explicaba tal vez el absurdo salto en el vacío. Allende dijo que ignoraba la dirección de Juanjo Garnacho. No reveló que Durán sabía todos esos detalles porque no quiso involucrar a Durán en esto. ¿Era eso obstrucción a la tarea policial? Allende confió en que no lo fuera, y esta noche teme, como un dolor sordo, que por culpa de Juanjo, aún la policía pueda perturbar la placidez de su nueva vida con Durán: porque va a haber, a partir de ahora, una vez incineradas y esparcidas las cenizas de Salazar, una nueva vida, pero ¿qué nueva vida? Aún queda todo por hacer entre ellos dos, Allende y Durán. Aún queda todo por decir, todo pendiente. Aún imposible extraer del suicidio de Salazar una lección moral que no sea moralizante e injusta. Allende sigue pensando -como ha pensado desde un principio- que su amor por Durán, tan real y verdadero y tan dulce, no puede hacerse valer con demasiada fuerza en el futuro: ¿le querrá Durán en el futuro?, ¿sabrá quererle como Allende le quiere? ¿Es el querer un sentimiento unívoco, equívoco, o análogo, que se reparte por igual entre los dos interesados, o no? ¿Será posible separar la amistad -que a Allende en cualquier caso le parece indudable- de la atracción física? ¿Debe separarse en todos los casos, o sólo en los casos en los que, como en éste, hay gran diferencia de edad? ¿Querrá Durán más adelante buscarse otro compañero, menos ético que Allende, más divertido, de su misma edad? Por de pronto parece que la tragedia ha ejercido sobre Durán una acción astringente, ha añadido ese punto de solemnidad que parece sentar bien a la eticidad de las decisiones éticas. Allende, por supuesto, desconfía de las solemnidades circunstanciales y de las decisiones éticas instantáneas, por sensatas que parezcan. De momento, al menos, todo seguirá igual. Durán vivirá en casa de Emilia y Paula, se reunirán los fines de semana, a quizá entre semana. Al cabo de un par de meses, la memoria se diluirá y se retirará como suele hacerlo, y Allende y Durán recobrarán la paz, cierta paz. ¿Seguirá Durán interesado en Juanjo, el macarra? ¿Será Durán capaz de labrarse un porvenir sensato, estudiando una carrera, por modesta que sea, que le saque de los bares y de los ligues? En las horas tediosas del amanecer plastificado del tanatorio y todas estas preguntas quedan -como es natural- sin respuesta: el futuro es neutral y nos mira, inexpresivamente cara a cara…