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Desde un principio quise que esta novela fuese un alegato contra la superficialidad. Quizá parezca extraño caracterizar un proyecto narrativo, estético, en estos términos casi malsonantes, moralizantes. Debo añadir, pues, que esta intención se presentaba encarnada en un enfrentamiento entre dos personajes, dos maneras de vivir la homosexualidad, Salazar y Allende. Ambos representan gente más o menos de mi edad. Y este asunto de nuestra edad -que es, por cierto, la edad de la jubilación- cobró desde un principio también suprema importancia e impregnó sutilmente el primer asunto, el de la superficialidad.
Gentes de mi generación nacidos alrededor del año 39 del pasado siglo no tuvimos la experiencia de la Guerra Civil y -a menos que fuésemos hijos de exiliados- no tuvimos tampoco la experiencia del exilio exterior. Tuvimos, en cambio, la profunda experiencia del nacional-catolicismo en su doble vertiente subjetiva (pedagógica) y objetiva (sociopolítica). Vivimos una niñez y una juventud severas. Fuimos educados con severidad, con cierta urgencia por crecer y convertirnos en personas mayores, y fuimos también educados, al menos el sector más inquieto de mi generación, en el existencialismo poético y filosófico. Una de las ideas de entonces fue la de autenticidad. Frente a la existencia inauténtica (el célebre decir lo que se dice, hacer lo que se hace, heideggeriano y sartreano), nosotros vivimos la ética de la responsabilidad personal, del compromiso. Para quienes, como yo mismo, la experiencia amorosa se presentó desde un principio en términos de homoerotismo, la exigencia de responsabilidad tendía a eliminar toda sombra de superficialidad e, incluso -debo reconocerlo-, todo juego.
Yo tenía ya treinta y un años cuando leí al autor de moda de esa época, Herbert Marcuse, y su fascinante Eros y civilización, con su interpretación de los dos principios (el principio del placer y el principio de la realidad) en la formulación de Freud. Yo vivía en Inglaterra por aquel entonces: pensé ya desde entonces que había llegado un poco tarde para practicar el principio del placer: para mí seguía siendo en líneas generales más verdadero y más profundo el criterio de la acción real, comprometida, única e irrepetible, auténtica. De aquí que viera mis propias inclinaciones homosexuales en estos términos y no en términos de entretenimiento o de búsqueda de pareja o parejas. No digo que esto fuera lo mejor o lo más inteligente o la única posibilidad: sólo digo que, en mi caso, autenticidad y realidad se presentaron siempre enfrentadas a irrealidad estética (gozo, felicidad) y superficialidad. Esto significa que yo viví (y creo que en esto coincido con la experiencia de toda mi generación) la homosexualidad como un difícil y enredoso asunto que, en virtud de mi sentido del compromiso y de la autenticidad, yo estaba obligado a hacer mío a toda costa.
Esta visión del asunto está presente en el trazado de los dos personajes mayores de este libro. A esto debo añadir la influencia que en mi juventud tuvo la educación católica. Durante muchos años viví la homosexualidad como pecado. Contra esto me rebelé a partir, creo, de mi primer viaje a Inglaterra con veintiséis años y contra esta concepción me he mantenido hasta ahora. Nunca creí, sin embargo, ni siquiera de joven, que la homosexualidad fuera como solía decirse entonces una enfermedad fisiológica o una anomalía psicológica y mucho menos un vicio. Estoy seguro de que miles de homosexuales de mi edad se reconocerán en esta descripción. Al elegir un título para la presente novela elegí precisamente la denominación más común empleada entonces y aún ahora para designar este complejo asunto. Contra natura era el modo global para referirse a nuestros pensamientos, palabras y obras. Recuerdo que de joven me refugiaba ya en una célebre idea de Ortega y Gasset: el hombre no tiene naturaleza sino que tiene historia. Yo interpretaba esta frase, creo que correctamente, en el sentido, en parte sartreano también, de que el hombre es una existencia abierta que se da a sí mismo libremente una configuración a lo largo de la vida. La naturaleza única que yo estaba dispuesto a aceptar era aquella construida por cada uno de nosotros. Esta imagen de una existencia creadora, abierta al futuro, en trance de darse a sí misma su propia configuración esencial, me parecía también una fecunda ocurrencia cristiana que ha encontrado, supongo, un eco en estas páginas.
Todo lo anterior es obviamente una manera muy seria -demasiado seria quizá- y poco lúdica de entrar en el asunto de este libro. Tiene un componente generacional fuerte pero también racional y sigue siendo aún, en gran medida, el eje de mi acercamiento a lo narrado. Ahora bien, esta novela está escrita en el año 2005 y refleja las experiencias vitales de personajes que reflejan situaciones reales de la España del 2005. Aquí es donde mi preocupación por la superficialidad cobra un nuevo impulso. Frente a los años de lucha por los derechos gays hemos llegado a un tiempo -admirable en muchos sentidos- en que lo gay comienza a trivializarse. Hay un proceso trivializador que afecta a nuestras juventudes y que se confunde con el consumismo y con el hedonismo de nuestra sociedad española actual. Oigo con demasiada frecuencia descripciones igualatorias y fáciles de la experiencia homosexual. De la misma manera que en educación se ha tendido a democratizar la escuela igualando por abajo, así también la igualdad de derechos y deberes de los homosexuales, la experiencia homosexual misma, se ha igualado por abajo en cientos de libros, películas, etc. Se olvida que la experiencia homosexual es, tanto numérica como cualitativamente, una experiencia rara. Propia de un tanto por ciento muy reducido de ciudadanos y que se presenta históricamente y también intrínsecamente con aspectos dramáticos, trágicos y absurdos. Decir esto no es excluir del homoerotismo ni la felicidad ni la posible satisfacción ni, sobre todo, una eticidad profunda, un profundo anhelo de universalidad. El objetivo de la ética -como nos recuerda José Antonio Marina en sus libros- es «resolver de la mejor manera posible los conflictos humanos y el afán de vivir feliz y noblemente»: éste es, por supuesto, el objetivo de la nueva eticidad gay. Pero esto no es un logro logrado sino un logro a lograr. Esto es un proyecto moral, no una concesión política o jurídica.
Ahora bien, una novela es una novela y no un ensayo. Lo que aquí se expone son trayectorias vitales imaginarias. A mí me parece que la ficción es capaz de proponer casos individuales que funcionan como universales concretos. Y el interés de la ficción es la solidez con que se especifican los detalles de las relaciones concretas. La ficción se afina en el estudio del detalle. Una novela es así, en cierta medida, una casuística. Pero no es una teoría. La gracia de una narración consistirá en hacer ver al lector las líneas profundas de una manera de vivir y de comportarse. Este libro no es un libro de amores juveniles y no es un libro inocente. No es tampoco un relato pesimista aunque el desarrollo de la acción conduce con frecuencia a la tragedia o al absurdo.
He procurado expresar con vigor y crudeza -quiero decir, con la mínima cantidad posible de sentimentalismo- las relaciones entre homosexuales de distintas generaciones. Así, la tradicional fascinación de los homosexuales masculinos mayores por hombres treinta años más jóvenes aparece aquí con toda su intensidad pero también con todas sus dificultades y contradicciones. La tradicional atracción del homosexual masculino por la belleza física es presentada aquí en toda la ambigüedad y absurdo que en sí misma contiene. También con todo su encanto. Este encanto incluye una dosis de rijosidad. No hay aquí una apología del amor homosexual sino una apología del amor -también del homosexual- que se atiene a la eticidad radical de toda relación personal verdadera y profunda, sea homo u heterosexual. En esta novela, en definitiva, se plantean dos modos radicales de vivir la experiencia amorosa homoerótica masculina. Uno de ellos es válido: el otro, inválido. Dejo a la inteligente decisión del lector decidir cuál de los dos modelos es aceptable.