37766.fb2 Desde Mi Cielo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

Desde Mi Cielo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

2

Cuando entré por primera vez en el cielo, pensé que todo el mundo veía lo mismo que yo. Que en el cielo de todos había porterías de fútbol a lo lejos, y mujeres torpes practicando lanzamientos de peso y jabalina. Que todos los edificios eran como los institutos del nordeste residencial, construidos en los años sesenta. Edificios grandes y achaparrados esparcidos en terrenos arenosos pésimamente ajardinados, con salientes y espacios abiertos para darles un aire moderno. Lo que más me gustaba era que los edificios eran de color turquesa y naranja, como los del instituto Fairfax. A veces, en la Tierra, había pedido a mi padre que me llevara en coche hasta el Fairfax para imaginarme a mí misma allí.

Después de séptimo, octavo y noveno cursos, el instituto habría significado comenzar de nuevo. Cuando llegara al Fairfax insistiría en que me llamaran Suzanne. Llevaría el pelo ondulado o recogido en un moño. Tendría un cuerpo que volvería locos a los chicos y que las chicas envidiarían, pero, como si eso no fuera suficiente, sería tan encantadora que se sentirían demasiado culpables para no adorarme. Me gustaba imaginar que, habiendo alcanzado una especie de estatus regio, protegería a los chicos inadaptados en la cafetería. Cuando alguien atormentara a Clive Saunders por andar como una niña, asestaría una vengativa y veloz patada en las partes menos protegidas del atormentador. Cuando los chicos se mofaran de Phoebe Hart por tener los pechos grandes, les soltaría un discurso sobre por qué no tenían gracia los chistes de tetas. Tenía que olvidar que cuando Phoebe había pasado por mi lado yo también había escrito en los márgenes de mi cuaderno listas insultantes: Winnebagos, Hoo-has, Johnny Yellows. Al final de mis ensoñaciones, me recostaba en el asiento trasero del coche mientras mi padre conducía. Nadie podía reprocharme nada. Empezaría el instituto en cuestión de días, no de años, o, inexplicablemente, en mi penúltimo año ganaría un Oscar a la mejor actriz.

Ésos eran mis sueños en la Tierra.

Llevaba unos días en el cielo cuando me di cuenta de que tanto las lanzadoras de jabalina como las de peso y los chicos que jugaban al baloncesto en la pista agrietada existían todos en su propia versión de cielo. Sus cielos coincidían con el mío, no eran exactamente una copia, pero había muchas cosas iguales en ellos.

Conocí a Holly, que se convirtió en mi compañera de habitación, el tercer día. La encontré sentada en los columpios. (No me pregunté por qué había columpios en un instituto: eso lo convertía en cielo. Y no eran de asiento plano sino envolvente, hecho de neumático negro duro que te mecía y en el que podías pegar unos cuantos botes antes de columpiarte.) Holly estaba sentada leyendo un libro escrito en un extraño alfabeto que asocié al arroz frito con cerdo que mi padre había traído a casa de Hop Fat Kitchen, un local cuyo nombre entusiasmó tanto a Buckley que chilló a pleno pulmón: «¡Hop Fat!». Ahora que sé vietnamita, me doy cuenta de que Herman Jade, el dueño de Hop Fat, no era vietnamita, y que Herman Jade no era su verdadero nombre, sino el que adoptó cuando vino a Estados Unidos desde China. Holly me enseñó todo eso.

– Hola -dije-. Me llamo Susie.

Más adelante ella me explicaría que había sacado su nombre de una película, Desayuno con diamantes. Pero ese día le salió de corrido.

– Y yo Holly -dijo.

Como no había querido tener ni el más leve acento en el cielo, no tenía ninguno. Me quedé mirando su pelo negro. Era brillante como las promesas de las revistas.

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? -pregunté.

– Tres días.

– Igual que yo.

Me senté en el columpio que había a su lado y giré el cuerpo hasta que las cadenas se quedaron enroscadas. Luego me solté y di vueltas hasta que me detuve.

– ¿Te gusta esto? -pregunté.

– No.

– A mí tampoco.

Así empezó.

En nuestros cielos habíamos plasmado nuestros sueños más sencillos. Así, no había profesores en el instituto. Y nunca teníamos que ir, excepto para la clase de arte en mi caso y el grupo de jazz en el caso de Holly. Los chicos no nos pellizcaban el culo ni nos decían que olíamos; los libros de texto eran Seventeen, Glamour y Vogue.

Y nuestros cielos se ampliaban a medida que se agrandaba nuestra amistad. Coincidíamos en muchas de las cosas que queríamos.

Franny, la consejera que me habían asignado al entrar, se convirtió en nuestra guía. Tenía suficientes años para ser mi madre, unos cuarenta y cinco, y a Holly y a mí nos llevó un tiempo deducir que eso era algo que habíamos querido: a nuestras madres.

En su cielo, Franny ayudaba y se veía recompensada con resultados y gratitud. En la Tierra había sido asistenta social de los desposeídos y sin hogar. Había trabajado para una iglesia llamada Saint Mary's que servía comidas sólo a mujeres y niños, y allí lo hacía todo, desde atender el teléfono hasta matar cucarachas con un manotazo estilo kárate. Un hombre que buscaba a su mujer le había pegado un tiro en la cara.

Franny se nos acercó a Holly y a mí el quinto día. Nos ofreció Kool-Aid de lima en vasos desechables, y bebimos.

– Estoy aquí para ayudaros -dijo.

Yo la miré a sus pequeños ojos azules rodeados de arrugas de la risa y le dije la verdad.

– Estamos aburridas.

Holly estaba ocupada en sacar la lengua lo suficiente para comprobar si se le había vuelto verde.

– ¿Qué queréis? -preguntó Franny.

– No lo sé -respondí.

– Sólo tenéis que desearlo, y si lo deseáis lo bastante y comprendéis por qué lo hacéis, lo sabéis de verdad, entonces sucederá.

Parecía muy sencillo, y lo era. Así fue como Holly y yo conseguimos nuestro dúplex.

Yo odiaba nuestra casa de dos plantas de la Tierra. Odiaba los muebles de mis padres, y que nuestra casa mirara a otra casa y a otra casa y a otra, un eco de uniformidad que subía por la colina. Nuestro dúplex, en cambio, daba a un parque, y a lo lejos, lo suficientemente cerca para saber que no estábamos solas, pero tampoco demasiado cerca, veíamos las luces de otras casas.

Con el tiempo empecé a desear más cosas. Lo que me extrañaba era cuánto deseaba saber lo que no había sabido en la Tierra. Quería que me dejaran hacerme mayor.

– La gente crece viviendo -dije a Franny-. Yo quiero vivir.

– Eso está descartado -contestó ella.

– ¿Podemos ver al menos a los vivos? -preguntó Holly.

– Ya lo hacéis -respondió ella.

– Creo que se refiere a sus vidas enteras -dije-, de principio a fin, para ver cómo lo han hecho ellos. Saber los secretos. Así podríamos simular mejor.

– Eso no lo experimentaréis -aclaró Franny.

– Gracias, Central de Inteligencia -dije, pero nuestros cielos empezaron a ampliarse.

Yo seguía estando en el instituto, con toda la arquitectura del Fairfax, pero ahora salían caminos de él.

– Seguid los senderos -dijo Franny- y encontraréis lo que necesitáis.

Así fue como Holly y yo nos pusimos en camino. En nuestro cielo había una tienda de helados donde, si pedías determinados sabores, nunca te decían: «No es la época»; había un periódico donde a menudo aparecían fotos nuestras que nos hacían parecer importantes; había en él hombres de verdad y mujeres guapas, porque Holly y yo teníamos devoción por las revistas de moda. A veces Holly no parecía prestar mucha atención, y otras desaparecía mientras yo la buscaba. Era cuando iba a una parte del cielo que no compartíamos. Yo la echaba de menos entonces, pero era una manera extraña de echar de menos, porque a esas alturas conocía el significado de «siempre».

Yo no podía conseguir lo que más deseaba: que el señor Harvey estuviera muerto y yo viva. El cielo no era perfecto. Pero llegué a creer que, si observabas con atención y lo deseabas, podías cambiar la vida de los seres que querías en la Tierra.

Fue mi padre el que respondió a la llamada telefónica el 9 de diciembre. Era el comienzo del fin. Dio a la policía mi grupo sanguíneo, tuvo que describir el tono claro de mi piel. Le preguntaron si yo tenía algún rasgo distintivo que me identificara. El empezó a describir minuciosamente mi cara y se perdió en ella. El detective Fenerman lo dejó continuar, ya que la siguiente noticia que debía comunicarle era demasiado horrible para interrumpirlo. Pero luego se lo dijo:

– Señor Salmón, sólo hemos encontrado una parte del cuerpo.

Mi padre estaba de pie en la cocina y le recorrió un desagradable escalofrío. ¿Cómo iba a decírselo a Abigail?

– Entonces, ¿no están seguros de si está muerta? -preguntó.

– No hay nada seguro -respondió Len Fenerman.

Ésa fue la frase que mi padre repitió a mi madre.

– No hay nada seguro.

Durante tres noches no había sabido cómo tocar a mi madre o qué decirle. Nunca se habían sentido desesperados al mismo tiempo. Por lo general, uno necesitaba al otro, nunca se habían necesitado a la vez, y por tanto había habido una manera, tocándose, de tomar prestadas fuerzas del más fuerte. Y nunca habían comprendido como entonces el significado de la palabra «horror».

– No hay nada seguro -repitió mi madre, aferrándose a ello como él había esperado que hiciera.

Mi madre era la única que sabía lo que significaba cada colgante de mi pulsera, de dónde lo habíamos sacado y por qué me gustaba. Hizo una lista meticulosa de todo lo que había llevado y cómo había ido vestida. Si encontraran esas pistas a kilómetros de distancia y aisladas a un lado de la carretera, podrían conducir hasta allí a un policía que las relacionara con mi muerte.

Me había debatido mentalmente entre la alegría agridulce de ver a mi madre enumerando todas las cosas que yo había llevado puestas y que me gustaban, y su vana ilusión de que esas cosas tenían importancia. De que un desconocido que encontrara una goma de borrar de un personaje de dibujos animados o una chapa de una estrella del rock acudiría a la policía.

Después de la llamada de Len, mi padre le tendió una mano a mi madre y los dos se sentaron en la cama, mirando fijamente al frente: mi madre como una zombi, aferrándose a esa lista de objetos, y mi padre con la sensación de estar metiéndose en un túnel oscuro. En algún momento se puso a llover. Me daba cuenta de que los dos pensaban lo mismo, pero no lo expresaban en voz alta. Que yo estaba allí fuera en alguna parte, bajo la lluvia. Que esperaban que no estuviera en peligro, que me hubiera resguardado de la lluvia en algún lugar y no pasara frío.

Ninguno de los dos sabía quién se había dormido antes; con los huesos doloridos por el agotamiento, se durmieron y se despertaron al mismo tiempo, sintiéndose culpables. La lluvia, que había cambiado varias veces a medida que bajaban las temperaturas, ahora era granizo, y el ruido de pequeñas piedras de hielo contra el tejado los despertó a la vez.

No hablaron. Se miraron a la tenue luz de la lámpara que habían dejado encendida al otro lado de la habitación. Mi madre se echó a llorar y mi padre la abrazó, le secó con las yemas de los dedos las lágrimas que corrían por sus pómulos y la besó con delicadeza en los ojos.

Yo desvié la mirada mientras se abrazaban. La desplacé hacia el campo de trigo, para ver si había algo a la vista que la policía pudiera encontrar por la mañana. El granizo dobló los tallos y obligó a todos los animales a guarecerse. A poca profundidad estaban las madrigueras de los conejos que tanta gracia me habían hecho, los conejos que se comían las hortalizas y las flores del vecindario, y a veces, sin darse cuenta, llevaban veneno a sus madrigueras. Entonces, bajo tierra y muy lejos de la mujer o el hombre que había rociado su huerto de cebo tóxico, toda una familia de conejos se acurrucaba para morir.

La mañana del día 10, mi padre vació la botella de whisky en el fregadero de la cocina. Lindsey le preguntó por qué lo hacía.

– Tengo miedo de bebérmelo -dijo.

– ¿Quién ha llamado? -preguntó mi hermana.

– ¿Llamado?

– Te he oído decir lo que siempre dices de la sonrisa de Susie. De las estrellas que estallan.

– ¿He dicho eso?

– Te has puesto un poco cursi. Era un poli, ¿verdad?

– ¿Nada de mentiras?

– Nada de mentiras -acordó Lindsey.

– Han encontrado una parte de un cuerpo. Podría ser de Susie.

Fue un fuerte golpe en el estómago.

– ¿Qué?

– No hay nada seguro -tanteó mi padre.

Lindsey se sentó a la mesa de la cocina.

– Voy a vomitar -dijo.

– ¿Cariño?

– Papá, quiero que me digas qué es, qué parte del cuerpo es, y luego tendré que vomitar.

Mi padre bajó un gran recipiente metálico, lo llevó a la mesa y lo dejó cerca de Lindsey antes de sentarse a su lado.

– Está bien -dijo ella-. Dímelo.

– Un codo. Lo ha encontrado el perro de los Gilbert.

Mi padre le cogió la mano y entonces ella vomitó, como había prometido hacer, en el brillante recipiente plateado.

Más tarde, esa mañana, el cielo se despejó, y no muy lejos de mi casa la policía acordonó el campo de trigo y emprendió su búsqueda. La lluvia, aguanieve, nieve y granizo, al derretirse y mezclarse, habían dejado el suelo empapado; aun así, había una zona donde habían removido recientemente la tierra. Empezaron a cavar por allí.

En algunas partes, según se averiguó más tarde en el laboratorio, había una fuerte concentración de mi sangre mezclada con la tierra, pero en esos momentos la policía se sentía cada vez más frustrada, cavando en el suelo frío y húmedo en busca de una niña.

A lo largo del borde del campo de fútbol se habían detenido unos cuantos vecinos a una distancia respetuosa del cordón de la policía, intrigados por los hombres con pesadas parkas azules que manejaban palas y rastrillos como si se tratara de herramientas médicas.

Mis padres se habían quedado en casa. Lindsey no salió de su habitación. Buckley estaba en casa de su amigo Nate, donde pasó mucho tiempo esos días. Le habían dicho que me había quedado más días en casa de Clarissa.

Yo sabía dónde estaba mi cuerpo, pero no podía decírselo. Observé y esperé a ver qué veían. Y de pronto, a media tarde, un policía levantó un puño cubierto de tierra y gritó:

– ¡Aquí! -exclamó, y los demás agentes echaron a correr y lo rodearon.

Todos los vecinos se habían ido a casa menos la señora Stead. Después de conferenciar con los demás agentes alrededor del que había hecho el descubrimiento, el detective Fenerman deshizo el oscuro corro y se acercó a ella.

– ¿Señora Stead? -preguntó por encima del cordón que los separaba.

– Sí.

– ¿Tiene usted una hija en el colegio?

– Sí.

– ¿Sería tan amable de acompañarme?

Un joven agente condujo a la señora Stead por debajo del cordón policial y a través del campo de trigo revuelto y lleno de baches donde se hallaban los demás hombres.

– Señora Stead -dijo Len Fenerman-, ¿le resulta familiar esto? -Levantó un ejemplar en rústica de Matar a un ruiseñor-. ¿Leen esto en el colegio?

– Sí -respondió ella, palideciendo al pronunciar el monosílabo.

– ¿Le importa si le pregunto…? -empezó a decir él.

– Noveno curso -dijo ella, mirando los ojos azul pizarra de Len Fenerman-. El curso de Susie.

Era terapeuta, y confiaba en su habilidad para encajar las malas noticias y hablar con racionalidad de los detalles escabrosos de la vida de sus pacientes, pero se sorprendió a sí misma apoyándose en el joven agente que la había acompañado hasta allí. Me di cuenta de que le habría gustado haberse ido a casa con los demás vecinos y estar ahora en el salón con su marido, o fuera, en el patio trasero, con su hijo.

– ¿Quién da la clase?

– La señorita Dewitt -dijo-. A los chicos les parece un regalo después de Otelo.

– ¿Otelo?

– Sí -dijo ella; sus conocimientos sobre el colegio de pronto eran muy importantes, con todos los agentes escuchándola-. A la señorita Dewitt le gusta graduar la dificultad de las lecturas, y justo antes de Navidad hace un gran esfuerzo con Shakespeare y después reparte Harper Lee como premio. Si Susie llevaba Matar a un ruiseñor ya debía de haber entregado su trabajo sobre Otelo.

Toda esa información se verificó.

La policía hizo llamadas. Yo observaba cómo se ampliaba el círculo. La señorita Dewitt tenía mi trabajo. Con el tiempo, se lo enviaría por correo a mis padres sin corregir. «He pensado que tal vez les gustaría guardarlo -había escrito en una nota-. Mi más sentido pésame.» Lindsey se quedó con él porque mi madre no se vio con fuerzas para leerlo. «El condenado al ostracismo: un hombre solo», lo había titulado. Lindsey había sugerido «El condenado al ostracismo» y yo había añadido la segunda parte. Mi hermana le había hecho tres agujeros y había guardado cada hoja escrita cuidadosamente a mano en un cuaderno vacío. Lo dejó en su armario debajo de su maleta de Barbie y la caja donde guardaba sus muñecos Ann y Andy Raggedy en perfecto estado, que yo tanto le había envidiado.

El detective Fenerman telefoneó a mis padres. Habían encontrado un libro de texto que podían haberme dado ese último día.

– Pero podría ser de cualquiera -dijo mi padre a mi madre al comienzo de otra agitada noche en vela-. O podría habérsele caído por el camino.

Aumentaban las pruebas, pero ellos se resistían a creer.

Dos días después, el 12 de diciembre, la policía encontró mis apuntes de la clase del señor Botte. Los animales se habían llevado la libreta de donde estuvo inicialmente enterrada: la tierra no coincidía con las muestras de los alrededores, pero habían encontrado el papel cuadriculado con las teorías garabateadas que yo no había entendido, pero aun así había copiado obedientemente, cuando un gato había derribado un nido de cuervo. Entremezclados con las hojas y las ramitas estaban los trozos de papel. La policía separó el papel cuadriculado junto con fragmentos de otra clase de papel, más fino y quebradizo, que no tenía rayas.

La niña que vivía en la casa del árbol reconoció parte de la letra. No era la mía, sino la del chico que estaba colado por mí, Ray Singh. En papel de arroz especial de su madre, me había escrito una nota de amor que yo nunca llegué a leer. Me la había metido en el cuaderno el miércoles, mientras estábamos en el laboratorio. Tenía una caligrafía elegante. Cuando llegaron los agentes, tuvieron que juntar los trozos de mi libreta de biología y los de la nota amorosa de Ray Singh.

– Ray no se encuentra bien -dijo su madre cuando un detective llamó a su casa y quiso hablar con él.

Pero a través de ella averiguaron lo que querían saber.

Ray asintió a medida que ella le repetía las preguntas de la policía. Sí, le había escrito una nota de amor a Susie Salmón. Sí, la había metido en el cuaderno de Susie después de que el señor Botte le hubiera pedido a ella que recogiera los ejercicios. Sí, se había llamado a sí mismo el Moro.

Ray Singh pasó a ser el primer sospechoso.

– ¿Ese chico tan encantador? -le dijo mi madre a mi padre.

– Ray Singh es simpático -dijo mi hermana con voz monótona durante la cena de esa noche.

Observé a mi familia y supe que lo sabían. No había sido Ray Singh.

La policía irrumpió en su casa y lo intimidó, insinuando cosas. Les estimulaba la piel oscura de Ray, que para ellos era sinónimo de culpabilidad, así como la rabia que les provocaba sus modales, y su hermosa pero demasiado exótica e inalcanzable madre. Pero Ray tenía una coartada. Podían llamar a un buen número de países que testificarían a su favor. Su padre, que enseñaba historia poscolonial en Penn, le había pedido a su hijo que hablara de la experiencia de los adolescentes en una conferencia que había organizado la International House el día que yo morí.

Al principio, el hecho de que Ray faltara aquel día al colegio se había considerado una prueba de su culpabilidad, pero en cuanto la policía recibió una lista de los cuarenta y cinco asistentes que habían visto hablar a Ray en la conferencia «Zonas residenciales de las afueras: la experiencia americana», se vieron obligados a reconocer su inocencia. Se quedaron a la puerta de la casa de los Singh, rompiendo ramitas de los setos. Habría sido tan fácil, tan mágico, que la respuesta que buscaban hubiera caído literalmente del cielo desde un árbol. Pero se extendieron los rumores, y los pocos progresos sociales que Ray había hecho en el colegio se invirtieron. Empezó a irse a casa inmediatamente después de las clases.

Todo eso me hacía enloquecer. Observar sin ser capaz de llevar a la policía hasta la casa verde tan próxima a la de mis padres, donde el señor Harvey tallaba florones para una casa de muñecas gótica que estaba construyendo. Él seguía las noticias y leía a fondo los periódicos, pero llevaba su inocencia como un cómodo abrigo viejo. Dentro de él había habido disturbios, y ahora reinaba la calma.

Traté de consolarme pensando en Holiday, nuestro perro. Le echaba de menos como no me había permitido echar de menos a mi madre ni a mi padre ni a mis hermanos. Esa forma de echar de menos habría equivalido a aceptar que nunca iba a volver a estar con ellos; tal vez suene estúpido, pero yo no lo creía, me resistía a creerlo. Holiday dormía con Lindsey por las noches, y se quedaba al lado de mi padre cada vez que él abría la puerta a un nuevo desconocido. Se apuntaba alegremente a los clandestinos asaltos a la nevera que hacía mi madre, y dejaba que Buckley le tirara de la cola y de las orejas dentro de la casa de puertas cerradas.

Había demasiada sangre en la tierra.

El 15 de diciembre, entre las llamadas a la puerta que advertían a mi familia que se insensibilizara aún más antes de abrir su casa a desconocidos -los vecinos amables pero torpes, los periodistas ineptos pero crueles-, llegó la que acabó abriéndole los ojos a mi padre.

Era Len Fenerman, que tan amable había sido con él, acompañado de un agente uniformado.

Entraron, a esas alturas lo bastante familiarizados con la casa para saber que mi madre prefería que entraran y dijeran lo que tuvieran que decir en la sala de estar para que no lo oyeran mis hermanos.

– Hemos encontrado un objeto personal que creemos que pertenece a Susie -dijo Len.

Se mostró cauteloso. Yo lo veía medir sus palabras. Se aseguró de hablar con precisión para evitar a mis padres el primer pensamiento que de lo contrario habría acudido a su mente: que la policía había encontrado un cadáver y que yo estaba, con toda seguridad, muerta.

– ¿Qué es? -preguntó mi madre con impaciencia.

Cruzó los brazos y se preparó para oír otro detalle insignificante al que los demás daban importancia. Ella era una tapia. Las libretas y novelas no significaban nada para ella. Su hija podía sobrevivir con un solo brazo. Y mucha sangre era mucha sangre, no un cuerpo. Lo había dicho Jack y ella lo creía: no hay nada seguro.

Pero cuando sostuvieron en alto la bolsa de pruebas con mi gorro dentro, en su interior se rompió algo. La fina pared de cristal que había protegido su corazón -y de alguna manera la había insensibilizado, impidiéndole creer- se hizo añicos.

– La borla -dijo Lindsey, que había entrado en la sala de estar desde la cocina. Nadie la había visto hacerlo aparte de mí.

Mi madre hizo un ruidito y le cogió la mano. El ruido era un chirrido metálico, una máquina como humana que se averiaba y emitía los últimos sonidos antes de que se trabara todo el motor.

– Hemos analizado las fibras -dijo Len-. Parece ser que quienquiera que acosó a Susie lo utilizó durante el crimen.

– ¿Cómo? -preguntó mi padre, impotente. Le estaban diciendo algo que era incapaz de comprender.

– Para hacerla callar.

– ¿Qué?

– Está impregnada de saliva de Susie -aclaró el agente uniformado que hasta entonces había guardado silencio-. La amordazó con él.

Mi madre lo cogió de las manos de Len Fenerman, y los cascabeles que había cosido junto a la borla sonaron cuando cayó de rodillas y se inclinó sobre el gorro que me había hecho.

Vi cómo Lindsey se ponía rígida junto a la puerta. No reconocía a nuestros padres; no reconocía nada.

Mi padre acompañó a la puerta al bienintencionado Len Fenerman y al oficial uniformado.

– Señor Salmón -dijo Len Fenerman-, con la cantidad de sangre que hemos encontrado y la violencia que me temo que eso implica, así como otras pruebas sustanciales sobre las que ya hemos hablado, debemos partir de la hipótesis de que su hija ha sido asesinada.

Lindsey oyó sin querer lo que ya sabía, lo que había sabido desde hacía cinco días, cuando mi padre le había hablado de mi codo. Mi madre se echó a llorar.

– En adelante empezaremos a tratar este caso como una investigación de asesinato -añadió Fenerman.

– Pero no hay cadáver -probó a decir mi padre.

– Todas las pruebas apuntan a que su hija está muerta. Lo siento mucho.

El agente uniformado había fijado la mirada a la derecha de los ojos suplicantes de mi padre. Me pregunté si era algo que le habían enseñado a hacer en el colegio. Pero Len Fenerman sostuvo la mirada de mi padre.

– Pasaré más tarde a ver cómo están -dijo.

Cuando mi padre volvió a la sala de estar, estaba demasiado deshecho para tender una mano a mi madre, sentada en la alfombra, o a la forma endurecida de mi hermana, cerca de ella. No podía permitir que lo vieran en ese estado. Subió la escalera pensando en Holiday, tumbado en la alfombra del estudio. Allí estaba la última vez que lo había visto. Ocultando el rostro en la densa pelambrera del cuello del perro, mi padre se permitió llorar.

Esa tarde los tres se deslizaron por la casa en silencio, como si el ruido de pasos pudiera confirmar la noticia. Vino la madre de Nate para traer a Buckley, pero nadie fue a abrir la puerta. Ella se marchó sabiendo que había cambiado algo dentro de la casa, que era idéntica a las que tenía a cada lado. Se convirtió en cómplice del niño, y le dijo que irían a comprarse un helado y echarían a perder su apetito.

A las cuatro de la tarde mis padres se encontraron en la misma habitación del piso de abajo. Habían entrado por puertas distintas.

Mi madre miró a mi padre.

– Mamá -dijo, y él asintió, y acto seguido llamó a mi única abuela con vida, la madre de mi madre, la abuela Lynn.

Me preocupaba que dejaran a mi hermana sola y que ésta cometiera alguna imprudencia. Estaba sentada en su habitación, en el viejo sofá que le habían cedido mis padres, concentrada en endurecerse. «Respira hondo y contén la respiración. Trata de quedarte quieta durante períodos cada vez más largos. Hazte pequeña como una piedra. Dobla los bordes de tu persona de manera que nadie te vea.»

Mi madre le dijo que podía escoger entre volver al colegio antes de Navidad o quedarse en casa -sólo faltaba una semana-, pero Lindsey optó por ir.

El lunes, en clase, todos sus compañeros se quedaron mirándola fijamente cuando se dirigió a la parte delantera.

– El director quiere verte, querida -le dijo la señorita Dewitt en voz baja.

Mi hermana no miró a la señorita Dewitt cuando ésta habló. Estaba perfeccionando el arte de hablar con las personas mirándolas como si fueran transparentes. Ése fue el primer indicio que tuve de que algo tendría que estallar. La señorita Dewitt también enseñaba lengua y literatura inglesas, pero sobre todo estaba casada con el señor Dewitt, que era el entrenador de fútbol y había animado a Lindsey a probar suerte en su equipo. A mi hermana le caían bien los Dewitt, pero esa mañana empezó a mirar a los ojos sólo a la gente contra la que podía luchar.

Mientras recogía sus cosas oyó cuchicheos por todas partes. Estaba segura de que Danny Clarke le había cuchicheado algo a Sylvia Henley justo antes de que ella saliera del aula. Y alguien había dejado caer algo en la parte trasera. Lo hacían, creía ella, para, al ir a recogerlo y volver, tener ocasión de decirle algo al compañero de al lado sobre la hermana de la niña muerta.

Lindsey recorrió los pasillos y pasó entre las hileras de taquillas, esquivando a todo el que anduviera cerca. Me habría gustado caminar a su lado, imitando al director del colegio y su forma de empezar todas las reuniones en la sala de actos: «¡Vuestro director es un compañero más, pero con directrices!», le relincharía al oído, haciéndole reír.

Pero aunque tuvo la suerte de encontrar los pasillos vacíos, cuando llegó a la oficina principal se vio obligada a aguantar las miradas sensibleras de secretarias consoladoras. No importaba. Se había preparado en su habitación. Iba armada hasta los dientes contra cualquier avalancha de compasión.

– Lindsey -dijo el director Caden-. Esta mañana me ha llamado la policía. Siento mucho la pérdida que has sufrido.

Ella lo miró a la cara. No era tanto una mirada como un láser.

– ¿Qué he perdido exactamente?

El señor Caden, que creía necesario tratar de forma directa los temas de las crisis de los niños, rodeó su escritorio y condujo a Lindsey a lo que los alumnos solían llamar el Sofá. Al final cambiaría el Sofá por dos sillas, cuando se impuso la política en el distrito del colegio y le dijeron: «No es apropiado tener aquí un sofá; mejor sillas. Los sofás dan un mensaje que se presta a equívocos».

El señor Caden se sentó en el Sofá y mi hermana lo imitó. Quiero creer que, por compungida que estuviera, en ese momento le emocionó un poco sentarse en el mismísimo Sofá. Quiero creer que yo no se lo había arrebatado todo.

– Estamos aquí para ayudarte en todo lo qué esté en nuestra mano -continuó el señor Caden. Hacía lo que podía.

– Estoy bien -respondió ella.

– ¿Te gustaría hablar de ello?

– ¿De qué? -preguntó Lindsey.

Se estaba mostrando lo que mi padre llamaba «enfurruñada», como cuando decía: «Susie, no me hables con este tono enfurruñado».

– De la pérdida que has sufrido -dijo él.

Alargó una mano hacia la rodilla de mi hermana. Su mano fue como un hierro de marcar al rojo vivo.

– No me había dado cuenta de que había perdido algo -dijo, y, con un esfuerzo hercúleo, hizo ver que se palmeaba la camisa y comprobaba los bolsillos.

El señor Caden no supo qué decir. El año anterior, Vicki Kurtz se había desmoronado en sus brazos. Había sido difícil, sí, pero, viéndolo en retrospectiva, Vicki Kurtz y su difunta madre le parecían una crisis manejada hábilmente. Había llevado a Vicki Kurtz al sofá… no, no, Vicki había ido derecha a él y se había sentado, y él había dicho «Lo siento muchísimo», y Vicki había reventado como un globo demasiado hinchado, y esa misma tarde él había llevado el traje a la tintorería.

En cambio, Lindsey Salmón era un caso totalmente distinto. Era una chica con talento, una de los veinte alumnos del colegio seleccionados para el Simposio de Talentos de todo el estado. El único problema en su expediente académico era un pequeño altercado al comienzo del curso con un profesor que la había reprendido por haber llevado a clase literatura obscena: Miedo a volar.

«Hágala reír -tenía ganas de decirle-. Llévela a ver una película de los hermanos Marx, siéntela en uno de esos almohadones que pedorrean, ¡enséñele los calzoncillos que lleva puestos, con los pequeños diablos comiendo perritos calientes!» Lo único que podía hacer yo era hablar, pero nadie en la Tierra podía oírme.

El distrito del colegio sometió a todos los alumnos a unos tests para decidir quién tenía talento y quién no. A mí me gustaba insinuar a Lindsey que su pelo me sacaba mucho más de quicio que mi estatus de tonta. Las dos habíamos nacido con abundante pelo rubio, pero a mí enseguida se me había caído para ser reemplazado, muy a mi pesar, por una mata de color castaño desvaído. Lindsey, en cambio, había conservado el suyo y alcanzado así una especie de posición mítica. Era la única rubia de verdad de la familia.

Pero una vez seleccionada como talentosa, se había visto obligada a vivir de acuerdo con el adjetivo. Se encerró en su dormitorio y leyó gruesos libros. Así, mientras yo estaba con ¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret, ella leía Resistencia, rebelión y muerte, de Camus. Es posible que no entendiera casi nada, pero lo llevaba consigo a todas partes, y con ello logró que la gente -incluidos los profesores- empezara a dejarla tranquila.

– Lo que quiero decir, Lindsey, es que todos echamos de menos a Susie -dijo el señor Caden.

Ella no respondió.

– Era muy brillante -tanteó él.

Ella le sostuvo la mirada sin comprender.

– Ahora recae sobre ti. -No tenía ni idea de qué decía, pero le pareció que hacer una pausa podía dar a entender que estaba yendo a alguna parte-. Ahora eres la única chica Salmón.

Nada.

– ¿Sabes quién ha venido a verme esta mañana? -El señor Caden se había reservado su gran final, que estaba seguro de que funcionaría-. El señor Dewitt. Se está planteando entrenar un equipo de chicas. Toda la idea gira en torno a ti. Ha visto lo buena que eres, con tantas posibilidades como los chicos, y cree que otras chicas podrían apuntarse si tú das el primer paso. ¿Qué dices?

El corazón de mi hermana se cerró como un puño.

– Digo que resultaría muy duro jugar al fútbol en un campo que está a seis metros de donde se supone que asesinaron a mi hermana.

¡Gol!

El señor Caden abrió la boca y la miró fijamente.

– ¿Algo más? -preguntó Lindsey.

– No, yo… -El señor Caden volvió a tenderle una mano. Seguía habiendo un cabo… un deseo de comprender-. Quiero que sepas lo mucho que lo sentimos todos -dijo.

– Llego tarde a la primera clase -dijo ella.

En ese momento me recordó a un personaje de las películas del Oeste que entusiasmaban a mi padre y que veíamos juntos por la televisión entrada la noche. Siempre había un hombre que, después de disparar su pistola, se la llevaba a los labios y soplaba en el orificio.

Lindsey se levantó y salió despacio de la oficina del director Caden. Esos recorridos iban a ser su único momento de descanso. Las secretarias estaban al otro lado de la puerta, los profesores en la parte delantera de las aulas, los alumnos en cada pupitre, nuestros padres en casa, la policía de visita. No iba a venirse abajo. La observé, oí las frases que se repetía una y otra vez dentro de su cabeza. «Bien. Todo va bien.» Yo estaba muerta, pero eso era algo que ocurría continuamente: la gente moría. Al salir aquel día de la oficina, pareció mirar a las secretarias a los ojos, pero en realidad se concentró en la barra de labios mal aplicada o en el crepé de China de dos piezas con estampado de cachemir.

En casa, esa noche, se tumbó en el suelo de su dormitorio y se abrazó los pies debajo de su escritorio. Hizo diez tandas de abdominales boca arriba y a continuación se colocó para hacer flexiones de brazos. No de las que hacían las chicas. El señor Dewitt le había explicado las que había hecho en la Marina, con la cabeza levantada, o sosteniéndose con una sola mano o dando una palmada entre flexión y flexión. Después de hacer diez, se acercó a su estantería para coger los dos libros más pesados, su diccionario y un almanaque del mundo, y trabajó los bíceps hasta que le dolieron los brazos. Luego se concentró sólo en respirar. Inspirar, espirar.

Yo estaba sentada en el cenador de la plaza mayor de mi cielo (nuestros vecinos, los O'Dwyer, tenían un cenador y yo había crecido queriendo uno) y observé la ira de mi hermana.

Horas antes de que yo muriera, mi madre había colgado en la puerta de la nevera un dibujo de Buckley. En él, una gruesa línea azul separaba el aire del suelo. Los días que siguieron, observé cómo mi familia pasaba por delante de ese dibujo, y me convencí de que la gruesa línea azul era un lugar real, un Intermedio, donde el horizonte del cielo se juntaba con el de la Tierra. Quería adentrarme en el azul lavanda de las ceras Crayola, el azul marino, el turquesa, el cielo.

A menudo me sorprendía a mí misma deseando cosas simples, y las obtenía. Regalos en envoltorios peludos. Perros.

Por el parque que había en el exterior de mi habitación en mi cielo, cada día corrían perros grandes y pequeños, perros de todas las razas. Cuando abría la puerta, los veía gordos y felices, delgaduchos y peludos, esbeltos y hasta sin pelo. Los pitbulls se tumbaban de espaldas, las tetillas de las hembras dilatadas y oscuras, suplicando a sus cachorros que se acercaran a succionarlas, felices al sol. Los bassets tropezaban con sus orejas, avanzando con total parsimonia, empujando con delicadeza los cuartos traseros de los perros salchicha, los tobillos de los galgos y las cabezas de los pequineses. Y cuando Holly cogía su saxo tenor y se instalaba en la puerta que daba al parque a tocar blues, todos los perros se apresuraban a formar un coro. Se sentaban sobre sus cuartos traseros y aullaban. De pronto se abrían otras puertas y salían mujeres que vivían solas o con compañeras. Yo también salía, y Holly tocaba un interminable bis mientras se ponía el sol, y bailábamos con los perros, todos juntos. Los perseguíamos y ellos nos perseguían a su vez, y corríamos en círculo, cola con cola. Llevábamos trajes de lunares, trajes de flores, trajes a rayas y lisos. Cuando la luna estaba alta, la música cesaba. La danza se interrumpía. Nos quedábamos inmóviles.

La señora Bethel Utemeyer, la más antigua residente de mi cielo, sacaba entonces su violín. Holly colocaba un pie con delicadeza sobre su instrumento de viento y juntas tocaban un dúo: una mujer anciana y silenciosa, la otra apenas una niña. Entre las dos proporcionaban un enloquecedor consuelo esquizoide.

Poco a poco se retiraban todos los bailarines. La canción resonaba hasta que Holly la tocaba por última vez, y la señora Utemeyer, callada, erguida e historiada, terminaba con una giga.

La casa dormía para entonces; ésa era mi velada musical.