37766.fb2 Desde Mi Cielo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 4

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3

Lo extraño acerca de la Tierra era lo que veíamos cuando mirábamos hacia abajo. Además de la visión inicial que podéis imaginaros -el efecto de verlo todo del tamaño de una hormiga, como desde lo alto de un rascacielos-, por todo el mundo había almas abandonando sus cuerpos.

Holly y yo explorábamos la Tierra con la mirada, posándola un par de segundos en una escena u otra, buscando lo inesperado en el momento más trivial. Y de pronto un alma pasaba corriendo junto a un ser vivo, le rozaba el hombro o la mejilla, y seguía su camino hacia el cielo. Los vivos no ven exactamente a los muertos, pero mucha gente parece muy consciente de que ha cambiado algo a su alrededor. Hablan de una corriente de aire frío. Los amigos de los fallecidos despiertan de sus sueños y ven una figura al pie de su cama, o en un portal, o subiéndose como un fantasma a un autobús urbano.

Al abandonar la Tierra, yo rocé a una niña llamada Ruth. Iba a mi colegio, pero nunca habíamos sido amigas. Se cruzó en mi camino la noche que mi alma salió gritando de la Tierra, y no pude evitar rozarla. Cuando abandoné la vida, que me había sido arrebatada con tanta violencia, no fui capaz de calcular mis pasos. No tuve tiempo para contemplar nada. Cuando hay violencia, en lo que te concentras es en huir. Cuando empiezas a acercarte al borde, la vida se aleja de ti como un bote se aleja inevitablemente de la orilla, y te agarras con fuerza a la muerte como si fuera una cuerda que te transportará y de la que te soltarás, confiando únicamente en aterrizar lejos de donde estás.

Como una llamada telefónica que recibes de la cárcel, pasé junto a Ruth Connors rozándola: número equivocado, llamada fortuita. La vi allí de pie, cerca del Fiat rojo y oxidado. Cuando pasé como un rayo por su lado, mi mano salió disparada para tocarla, tocar la última cara, tener el último contacto con la Tierra en esa adolescente tan poco convencional.

La mañana del 7 de diciembre, Ruth se quejó a su madre de que había tenido una pesadilla demasiado real para ser un sueño. Cuando su madre le preguntó qué quería decir, Ruth respondió:

– Estaba cruzando el aparcamiento del profesorado y de pronto vi en el campo de fútbol un fantasma pálido que corría hacia mí.

La señora Connors revolvió las gachas que se espesaban en su cazuela. Observó a su hija gesticular con los dedos largos y delgados de sus manos, que había heredado de su padre.

– Era femenino, lo noté -dijo Ruth-. Salió del campo volando. Tenía los ojos hundidos, y el cuerpo cubierto de un fino velo blanco, ligero como la estopilla. Logré verle la cara a través de él, los rasgos que asomaban, la nariz, los ojos, la cara, el pelo.

Su madre apartó las gachas del fuego y bajó la llama.

– Ruth -dijo-, te estás dejando llevar por la imaginación.

Ruth comprendió que era el momento de callar. No volvió a mencionar el sueño que no era un sueño, ni siquiera diez días después, cuando por los pasillos del colegio empezó a propagarse la noticia de mi muerte con matices adicionales, como ocurre con todas las buenas historias de terror. Mis compañeros se vieron en apuros para hacer el horror más terrible de lo que ya era. Pero todavía faltaban detalles: el cómo, cuándo y quién se convirtieron en hondos recipientes que llenar con sus conjeturas. Adoración satánica. Medianoche. Ray Singh.

Por mucho que lo intenté, no conseguí señalar con suficiente fuerza a Ruth lo que nadie había encontrado: mi pulsera de colgantes plateada. Me parecía que eso tal vez podría ayudarla. Había estado a la vista, esperando que una mano la cogiera, una mano que la reconociera y pensara: pista. Pero ya no estaba en el campo de trigo.

Ruth empezó a escribir poesía. Si su madre o sus profesores más accesibles no querían oír hablar de la realidad más oscura que había experimentado, revestiría esa realidad de poesía.

Cuánto me habría gustado que Ruth hubiera ido a ver a mi familia y hablado con ella. Seguramente nadie aparte de mi hermana habría sabido cómo se llamaba siquiera. Ruth era la chica que había quedado penúltima en deporte. La que, cuando veía venir una pelota de voleibol, se agachaba donde estaba dejando que golpeara el suelo a su lado, y los demás jugadores del equipo y la profesora se esforzaban por no refunfuñar.

Mientras mi madre permanecía sentada en la silla de respaldo recto de nuestro pasillo, observando cómo mi padre entraba y salía apresuradamente para atender sus distintas obligaciones -se había vuelto hiperconsciente de los movimientos y el paradero de su hijo menor, su mujer y la única hija que le quedaba-, Ruth mantuvo en secreto nuestro encuentro accidental en el aparcamiento del colegio.

Hojeó los viejos anuarios y encontró fotos de mi clase, así como de las distintas actividades en las que participaba, como el Club de Química, y las recortó con las tijeras de bordar en forma de cisne de su madre. Aunque su obsesión iba en aumento, yo recelaba de ella. Hasta que, una semana antes de Navidad, vi algo en el pasillo de nuestro colegio.

Era mi amiga Clarissa con Brian Nelson. Yo había apodado a Brian «el Espantapájaros» porque, a pesar de tener unos hombros increíbles en los que lloriqueaban todas las chicas, su cara me hacía pensar en un saco de arpillera lleno de paja. Llevaba un sombrero hippie de cuero flexible y fumaba cigarrillos liados a mano en la sala de fumar del alumnado. Según mi madre, la predilección de Clarissa por la sombra de ojos azul celeste era una señal de aviso prematura, pero a mí siempre me había gustado precisamente por eso. Hacía cosas que a mí no me estaban permitidas: se aclaraba su pelo largo, llevaba zapatos de plataforma y fumaba a la salida del colegio.

Ruth se cruzó con ellos, pero ellos no la vieron. Llevaba una pila de libros enorme que había tomado prestados de la señorita Kaplan, la profesora de ciencias sociales. Todos eran textos feministas de primera época, y los sostenía con el lomo contra el estómago para que nadie leyera los títulos. Su padre, contratista de obras, le había regalado dos gomas muy resistentes para llevar libros, y había puesto las dos alrededor de los tomos que tenía previsto leer en vacaciones.

Clarissa y Brian reían bobamente. Él tenía una mano dentro de la camisa de ella. Y a medida que la deslizaba poco a poco hacia arriba, aumentaban las risitas, pero ella interrumpía cada vez sus avances, retorciéndose o apartándose unos centímetros. Ruth se distanció, como solía hacer con casi todo. Habría pasado de largo como solía hacer, con la cabeza gacha, pero todo el mundo sabía que Clarissa había sido amiga mía, de modo que se quedó mirando.

– Vamos, cariño -dijo Brian-, sólo un pequeño montículo de amor. Sólo uno.

Vi cómo los labios de Ruth hacían una mueca de disgusto. Mis labios se curvaron hacia arriba en el cielo.

– No puedo, Brian. Aquí no.

– ¿Qué tal en el campo de trigo? -susurró él.

Clarissa rió nerviosa, pero se acurrucó contra él. De momento, lo rechazaría.

Poco después, alguien desvalijó la taquilla de Clarissa.

Desaparecieron su álbum de recortes, las fotos sueltas que tenía pegadas dentro de la taquilla y la marihuana que Brian había escondido allí sin que ella lo supiera.

Ruth, que nunca se había colocado, pasó esa noche vaciando el tabaco de los largos y marrones More 100 de su madre y llenándolos de hierba. Se sentó en el cobertizo con una linterna, mirando fotos mías y fumando aún más hierba de la que eran capaces de soportar los porreros del colegio.

A la señora Connors, que lavaba los platos frente a la ventana de la cocina, le llegó un olorcillo del cobertizo.

– Creo que Ruth está haciendo amigos en el colegio -comentó a su marido, que estaba sentado con su Evening Bulletin y una taza de café.

Al final de su jornada laboral estaba demasiado cansado hasta para hacer hipótesis.

– Estupendo -dijo.

– Tal vez todavía no está todo perdido.

– Nunca lo está -dijo él.

Cuando Ruth entró más tarde esa noche, tambaleándose y con los ojos soñolientos de la luz de la linterna y de los ocho More que se había fumado, su madre la recibió con una sonrisa y le dijo que tenía tarta de arándanos en la cocina. A Ruth le llevó unos días y cierta investigación no centrada en Susie Salmón averiguar por qué se había comido la tarta entera de una sentada.

El aire de mi cielo a menudo olía a mofeta, sólo un poco. Era un olor que siempre me había entusiasmado en la Tierra. Cuando inhalaba, lo sentía a la vez que lo olía. Era el miedo y la fuerza del animal combinados para formar un fuerte y persistente olor almizclado. El cielo de Franny olía a tabaco puro de primera calidad. El de Holly olía a naranjas chinas.

Me pasé días y noches enteras sentada en el cenador, observando. Veía cómo Clarissa se apartaba de mí y se volvía hacia el consuelo de Brian. Veía cómo Ruth la vigilaba tras una esquina cerca de la clase de ciencias del hogar o a la puerta de la cafetería, junto a la enfermería. Al principio, la libertad que tenía yo de ver todo el colegio era embriagadora. Observaba al ayudante del entrenador de fútbol dejar anónimamente bombones a la profesora de ciencias, que estaba casada, o a la líder de las animadoras tratando de atraer la atención del chico al que habían expulsado tantas veces de tantos colegios que hasta él había perdido la cuenta. Observaba cómo el profesor de arte hacía el amor con su novia en el cuarto del horno, y cómo el director miraba amorosamente al ayudante del entrenador de fútbol. Llegué a la conclusión de que ese ayudante era un semental en el mundo del colegio Kennet, aun cuando su mandíbula cuadrada me dejaba fría.

Todas las noches, al volver al dúplex, pasaba por debajo de anticuadas farolas que había visto una vez en la obra de teatro Nuestra ciudad. Los globos de luz colgaban en un arco de un poste de hierro. Me había acordado de ellas porque cuando vi la obra con mi familia me parecieron bayas gigantes y pesadas llenas de luz. Me inventé un juego en el cielo que consistía en colocarme de tal modo que mi sombra recogiera las bayas al ir a mi casa.

Después de observar a Ruth una noche, me encontré a Franny. La plaza estaba desierta, y las hojas empezaban a arremolinarse más adelante. Me quedé parada y la escudriñé; las arrugas de reír se arremolinaban alrededor de sus ojos y su boca.

– ¿Por qué estás temblando? -me preguntó.

Y aunque el aire era húmedo y frío, no podía confesarle que era por eso.

– No puedo evitar pensar en mi madre -respondí.

Franny me cogió la mano izquierda entre las suyas y sonrió.

Me entraron ganas de darle un beso en la mejilla o pedirle que me abrazara, pero en lugar de eso la observé alejarse, vi cómo su vestido azul desaparecía poco a poco. Yo sabía que ella no era mi madre; no podía mentirme a mí misma.

Di media vuelta y regresé al cenador. Sentí cómo el aire húmedo se enroscaba alrededor de mis piernas y brazos, y me levantaba el pelo de manera casi imperceptible. Pensé en las telarañas por las mañanas, las pequeñas piedras preciosas de rocío atrapadas en ellas, y cómo con un ligero movimiento de muñeca las destruía sin pensar.

La mañana de mi onceavo cumpleaños me había despertado muy temprano. No había nadie más levantado, o eso creí. Bajé la escalera sin hacer ruido y eché un vistazo al comedor, donde supuse que estarían mis regalos. Pero no había nada allí. La mesa estaba igual que el día anterior. Pero cuando me volví, lo vi encima del escritorio de mi madre de la sala de estar. El elegante escritorio cuya superficie siempre estaba despejada. «El escritorio de pagar facturas», como lo llamábamos. Entre papel de seda, pero todavía sin envolver, había una máquina de fotos: lo que yo había pedido con una nota gimoteante en la voz, tan convencida estaba de que no me la comprarían. Me acerqué a ella y la miré. Era una Instamatic, y junto a ella había tres carretes de fotos y un paquete de cuatro flashes cuadrados. Era mi primera máquina, mi primer equipo para convertirme en lo que quería ser de mayor: fotógrafa de la naturaleza.

Miré alrededor. No había nadie. A través de las persianas delanteras que mi madre siempre dejaba medio entornadas -«Invitadoras pero discretas»-, vi a Grace Tarking, que vivía en la misma calle e iba a un colegio privado, andando con pequeñas pesas sujetas a los tobillos. Me apresuré a poner un rollo en la máquina y empecé a acechar a Grace Tarking como acecharía elefantes y rinocerontes, o eso imaginé, cuando fuera mayor. Si aquí me escondía detrás de persianas y ventanas, allí lo haría detrás de altos juncos. Fui sigilosa, o lo que entendía por furtiva, recogiéndome el bajo del camisón de franela con la mano libre. Seguí sus movimientos pasando de la sala de estar al vestíbulo, y entrando en el despacho del otro lado. Mientras observaba cómo su silueta se alejaba tuve una idea genial: saldría corriendo al patio trasero, desde donde podría observarla sin restricciones.

De modo que salí corriendo a la parte trasera de la casa, y me encontré la puerta del porche abierta de par en par.

Cuando vi a mi madre, me olvidé por completo de Grace Tarking. Ojalá pudiera explicarlo mejor, pero nunca la había visto tan quieta, en cierto modo tan ausente. Estaba al otro lado del porche cubierto de tela metálica, sentada en una silla plegable de aluminio que miraba al patio trasero. En la mano tenía un platito y en el platito su consabida taza de café. Esa mañana no había marcas de pintalabios en ella porque no había pintalabios hasta que se los pintaba para… ¿quién? Nunca me había hecho esa pregunta. ¿Mi padre? ¿Quién?

Holiday estaba sentado cerca de la pila para pájaros, jadeando alegremente, pero no se fijó en mí. Observaba a mi madre, cuya mirada se prolongaba hasta el infinito. En ese momento no era mi madre, sino algo diferenciado de mi. Miré a esa persona a la que nunca había visto como nada más que mi madre, y vi la piel suave y como empolvada de su cara: empolvada sin maquillaje, suave sin ayuda de cosméticos. Juntos, sus cejas y ojos componían un cuadro. «Ojos de Océano», la llamaba mi padre cuando quería una de sus cerezas cubiertas de chocolate que ella tenía escondidas en el mueble bar como su capricho privado. Y de pronto entendí el nombre. Había creído que se debía a que eran azules, pero ahora me di cuenta de que eran insondables de una manera que me asustaba. Entonces tuve una reacción que no llegó a ser pensamiento desarrollado: que antes de que Holiday me viera y oliera, antes de que se evaporara la bruma del rocío que flotaba sobre la hierba y se despertara la madre que había dentro de ella, como hacía todas las mañanas, le haría una foto con mi nueva cámara.

Cuando la casa Kodak me devolvió el carrete revelado en un pesado sobre especial, vi inmediatamente la diferencia. Sólo había una foto en la que mi madre era Abigail. Era la primera, la que le había hecho sin que se diera cuenta, antes de que el clic la sobresaltara y se convirtiera en la madre de la niña del cumpleaños, dueña del perro feliz, esposa del marido cariñoso y madre de nuevo de otra niña y un niño querido. Ama de casa. Jardinera. Vecina risueña. Los ojos de mi madre eran océanos y dentro de ellos había sensación de vacío. Pensé que tenía toda la vida para comprenderlos, pero ése fue el único día que tuve. Una sola vez la vi como Abigail en la Tierra, y dejé que regresara sin esfuerzo; mi fascinación se había visto contenida por mi deseo de que fuera esa madre y me arropara como esa madre.

Estaba en el cenador, pensando en la foto, pensando en mi madre, cuando Lindsey se levantó en mitad de la noche y recorrió con sigilo el pasillo. La observé como a un ladrón dando vueltas por una casa en una película. Cuando hizo girar el pomo de mi habitación, supe que éste iba a ceder y que ella iba a entrar, pero ¿qué se proponía hacer allí? Mi territorio privado ya se había convertido en tierra de nadie en el centro de nuestra casa. Mi madre lo había dejado tal cual. Mi cama seguía deshecha, tal como yo la había dejado con las prisas de la mañana de mi muerte. Entre las sábanas y almohadas estaba mi hipopótamo floreado, junto con la ropa que había rechazado antes de decidirme por los pantalones amarillos de pernera ancha.

Lindsey cruzó la suave alfombra, y acarició la falda azul marino y el chaleco de ganchillo rojo y azul enmarañados que habían sido rechazados con pasión. Cogió el chaleco y, extendiéndolo sobre la cama, lo estiró. Era feo y querido al mismo tiempo, me daba cuenta. Ella lo acarició.

Lindsey recorrió el contorno de la bandeja dorada de encima de mi cómoda, llena de chapas de las elecciones y del colegio. Mi favorita era una chapa roja en la que se leía «Hippy-Dippy Says Love» que había encontrado en el aparcamiento, pero le había prometido a mi madre que no me la pondría. En esa bandeja yo guardaba un montón de chapas prendidas a una gigantesca bandera de fieltro de la Universidad de Indiana, donde había estudiado mi padre. Pensé que iba a robármelas o a llevarse un par para ponérselas, pero no lo hizo. Ni siquiera las cogió. Sólo recorrió con un dedo todo lo que había en la bandeja. Luego vio una esquina blanca que asomaba por debajo de la ropa interior. Tiró de ella.

Era la foto.

Respiró hondo y se sentó en el suelo, boquiabierta y con la foto todavía en la mano. Se sentía como una tienda de campaña cuyas cuerdas se han soltado de sus palos y se agitan y golpetean a su alrededor. Como yo antes de la mañana en que tomé la foto, ella tampoco había visto nunca a la madre desconocida. Sólo había visto las fotos siguientes. Mi madre con aire cansino pero sonriente. Mi madre con Holiday delante del cornejo, con el sol traspasándole la bata y el camisón. Pero yo había querido ser la única persona de la casa que supiera que mi madre era también alguien más, alguien misterioso y desconocido para nosotros.

La primera vez que rompí la barrera fue sin querer. Era el 23 de diciembre de 1973.

Buckley dormía, y mi madre había llevado a Lindsey al dentista. Esa semana habían acordado que todos los días, como familia, dedicarían tiempo a tratar de avanzar. Mi padre se había asignado la tarea de limpiar la habitación de huéspedes del piso de arriba, que hacía tiempo que se había convertido en su guarida.

Su padre le había enseñado a construir barcos dentro de botellas. Era algo que a mi madre y a mis hermanos no podía importarles menos, y algo que a mí me entusiasmaba. El estudio estaba atestado de ellos.

Todo el día en la oficina hacía números -con la debida diligencia para la compañía de seguros Chadds Ford- y por la noche construía los barcos o leía libros sobre la guerra civil para relajarse. Cuando estaba preparado para izar la vela, me llamaba. Para entonces el barco ya estaba pegado al fondo de la botella. Yo entraba y mi padre me pedía que cerrara la puerta. A menudo, o eso parecía, el timbre del comedor sonaba inmediatamente, como si mi madre tuviera un sexto sentido para las cosas que la excluían. Pero cuando fallaba ese sentido, mi cometido era sostenerle la botella.

– No te muevas -diría-. Eres mi segundo de a bordo.

Con delicadeza, él tiraba de la única cuerda que todavía salía del cuello de la botella y, voilà, se izaban todas las velas, desde un simple mástil hasta un clíper. Teníamos nuestro barco. Yo no podía aplaudir porque tenía la botella en las manos, pero siempre me quedaba con ganas. Mi padre entonces se apresuraba a quemar el extremo del cabo dentro de la botella con una mecha que había calentado previamente sobre la llama de una vela. Si lo hacía mal, el barco se estropearía o, peor aún, las diminutas velas de papel prenderían y de repente, con un enorme rugido, yo tendría en las manos una botella en llamas.

Con el tiempo mi padre construyó un soporte de madera de balsa para sustituirme. Lindsey y Buckley no compartían mi fascinación. Después de tratar de despertar suficiente entusiasmo en los tres, mi padre se rindió y se retiró a su estudio. Los barcos que había dentro de las botellas eran todos iguales, por lo que se refería al resto de la familia.

Pero ese día, mientras ponía orden, me habló.

– Susie, hija mía, mi pequeña marinera -dijo-, a ti siempre te gustaron estas cosas.

Lo vi trasladar las botellas con barcos en miniatura de la estantería a su escritorio, colocándolas en hilera. Utilizó una falda vieja de mi madre que había rasgado en varios trozos para quitar el polvo de los estantes. Debajo de su escritorio había botellas vacías, hileras de ellas, que había recogido para construir nuestros barcos futuros. En el armario había más barcos, los barcos que había construido con su padre, los que había construido él solo y los que habíamos hecho los dos juntos. Algunos eran perfectos, pero las velas se habían vuelto marrones; otros se habían combado o inclinado con los años. Luego estaba el que había estallado en llamas la semana anterior a mi muerte.

Ése fue el primero que rompió.

Se me paró el corazón. Él se volvió y vio el resto, todos los años que señalaban y las manos que los habían sostenido. Las de su padre muerto, las de su hija muerta. Lo observé mientras hacía pedazos los demás. Bautizó las paredes y la silla de madera con la noticia de mi muerte, y se quedó en el centro del cuarto de huéspedes-estudio, rodeado de trozos de cristal verde. Las botellas, todas ellas, estaban hechas añicos por el suelo, las velas y los barcos desparramados entre ellas. Se quedó parado en medio de las ruinas. Fue entonces cuando, sin saber cómo, yo me revelé. En cada trozo de cristal, en cada esquirla y medialuna proyecté mi cara. Mi padre miró hacia abajo y a su alrededor, recorriendo la habitación con la mirada. Desorbitada. Sólo fue un segundo, y desaparecí. Él guardó silencio un momento y luego se echó a reír, un aullido que le brotó de las entrañas. Una risa tan fuerte y profunda que yo también me desternillé en mi cielo.

Salió del estudio y pasó por delante de las dos puertas que había hasta mi habitación. El pasillo era muy estrecho y mi puerta, como todas las demás, lo bastante hueca para atravesarla de un puñetazo. Estuvo a punto de romper el espejo que había encima de mi cómoda y arrancar con las uñas el papel de la pared, pero en lugar de eso se dejó caer en mi cama sollozando y estrujó en sus manos las sábanas azul lavanda.

– ¿Papá? -dijo Buckley con una mano en el pomo de la puerta.

Mi padre se volvió, pero no fue capaz de dejar de llorar. Se deslizó hasta el suelo sin soltar las sábanas y abrió los brazos. Tuvo que pedírselo dos veces, cosa que nunca había tenido que hacer, pero Buckley se acercó a él.

Mi padre lo envolvió dentro de las sábanas, que olían a mí. Recordó el día en que yo había suplicado que pintaran y empapelaran mi cuarto de morado. Recordó que me había colocado los viejos National Geographic en el último estante de mi librería. (Yo había querido saturarme de fotografías de fauna y flora.) Recordó cuando sólo había una niña en la casa, durante un período brevísimo, antes de que llegara Lindsey.

– Eres muy especial para mí, hombrecito -dijo mi padre, abrazándolo.

Buckley se echó hacia atrás y miró la cara arrugada de mi padre, las brillantes manchas de las lágrimas en el rabillo de sus ojos. Asintió muy serio y besó a mi padre en la mejilla. Algo tan divino que nadie en el cielo podría haberlo inventado: la preocupación de un niño por un adulto.

Mi padre cubrió los hombros de Buckley con las sábanas y recordó las veces que yo me había caído de la alta cama de columnas a la alfombra sin despertarme. Sentado en la butaca verde de su estudio, leyendo un libro, le sobresaltaba el ruido de mi cuerpo al aterrizar. Se levantaba y recorría la corta distancia hasta mi cuarto. Le gustaba verme tan profundamente dormida, ajena a las pesadillas o incluso al duro suelo de madera. En aquellos momentos juraba que sus hijos serían reyes o gobernantes o artistas o médicos o fotógrafos de la naturaleza, lo que soñaran ser.

Unos meses antes de mi muerte me había encontrado así, pero conmigo entre las sábanas estaba Buckley en pijama, acurrucado con su osito contra mi espalda, chupándose el dedo, soñoliento. En ese instante mi padre experimentó la primera señal de la triste y extraña mortalidad de ser padre. Había traído al mundo tres hijos, y la cifra lo tranquilizó. No importaba lo que le ocurriera a él o a Abigail, ellos se tendrían los unos a los otros. En ese sentido, el linaje que había comenzado le pareció inmortal, como un resistente filamento de acero que se ensartaba en el futuro y se prolongaba, independientemente de dónde cayera él. Aun en la profunda y nívea vejez.

A partir de ahora encontraría a Susie dentro de su hijo menor. Daría ese amor a los vivos. Se lo repitió a sí mismo, habló en voz alta dentro de su cabeza, pero mi presencia parecía tirar de él, arrastrarlo hacia atrás, atrás, atrás. Miró fijamente al niño que tenía en los brazos. «¿Quién eres? -se sorprendió preguntándose-. ¿De dónde has salido?»

Observé a mi hermano y a mi padre. La verdad era muy distinta de lo que nos enseñaban en el colegio. La verdad era que la línea divisoria entre los vivos y los muertos podía ser, por lo visto, turbia y borrosa.