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Una parte de mí deseaba una rápida venganza, quería que mi padre se convirtiera en el hombre que nunca había sido, un hombre violento cuando se enfurecía. Eso es lo que ves en las películas, lo que lees que pasa en los libros. Un hombre corriente coge una pistola o un cuchillo, y acecha al asesino que ha matado a su familia; se toma la justicia por su mano como un Charles Bronson y todos aplauden. Cómo era en realidad: todos los días se levantaba y, antes de despejarse, era el de siempre. Pero en cuanto su conciencia se despertaba, era como si se filtrara un veneno. Al principio ni siquiera podía levantarse de la cama. Se quedaba allí, tumbado bajo un gran peso. Pero luego sólo podía salvarlo el movimiento, y se movía sin parar. Sin embargo, ningún movimiento bastaba para acallar su sentimiento de culpabilidad, la mano de Dios que lo aplastaba diciendo: «No estabas allí cuando tu hija te necesitaba».
Cuando mi padre fue a casa del señor Harvey, dejó a mi madre sentada en el vestíbulo junto a la estatua de san Francisco que habían comprado. Ya no estaba allí cuando volvió. La llamó, pronunció tres veces su nombre, lo pronunció como si no quisiera que apareciera, luego subió la escalera hasta su guarida para anotar en una pequeña libreta de espiral: «¿Borrachín? Emborráchale. Tal vez sea un charlatán». A continuación escribió: «Creo que Susie me observa». Yo estaba eufórica en el cielo. Abracé a Holly, abracé a Franny. Mi padre lo sabía, pensé.
Luego Lindsey cerró de golpe la puerta de la calle, haciendo más ruido de lo habitual, y mi padre se alegró del ruido. Le asustaba ir más lejos en sus notas, escribir las palabras. El portazo le recordó la tarde tan extraña que había pasado y lo trajo de vuelta al presente, a la actividad, donde necesitaba estar para no ahogarse. Yo lo comprendí: no digo que no me molestara, que no me recordara las veces que, sentada a la mesa del comedor, había tenido que oír a Lindsey contar a mis padres lo bien que le había salido el test, o cómo el profesor de historia iba a recomendarla para la lista de condecorados del distrito, pero Lindsey vivía, y los vivos también merecían atención.
Subió pisando fuerte la escalera, y sus zuecos golpearon la madera de pino e hicieron estremecer la casa.
Es posible que yo tuviera celos del caso que le hacía mi padre, pero respetaba cómo llevaba la situación. De todos los miembros de la familia, Lindsey era la única que tenía que lidiar con lo que Holly llamaba el síndrome del Muerto Andante: cuando otras personas ven a la persona muerta y no te ven a ti.
Cuando la gente miraba a Lindsey, hasta mis padres me veían a mí. Ni siquiera ella era inmune. Evitaba los espejos, y ahora se duchaba en la oscuridad.
Dejaba la luz de la ducha apagada y se acercaba a tientas al toallero. A oscuras se sentía a salvo, mientras de las baldosas que la rodeaban seguía elevándose el húmedo vaho de la ducha. Tanto si la casa estaba silenciosa como si oía murmullos abajo, sabía que nadie la molestaría. Era entonces cuando pensaba en mí, y lo hacía de dos maneras: o pensaba en Susie, sólo esa palabra, y se echaba a llorar, dejando que las lágrimas rodaran por sus mejillas ya húmedas, sabiendo que nadie la veía, nadie cuantificaría esa peligrosa sustancia como dolor, o bien me imaginaba corriendo, me imaginaba escapando, se imaginaba a sí misma atrapada y forcejeando hasta zafarse. Contenía la incesante pregunta: «¿Dónde está Susie ahora?».
Mi padre oyó a Lindsey entrar en su cuarto. ¡Bang!, la puerta se cerró con un portazo. ¡Pum!, los libros cayeron al suelo. ¡Crac!, ella se arrojó sobre la cama. Se quitó los zuecos, bum, bum, y los dejó caer al suelo. Unos minutos después él estaba al otro lado de la puerta.
– Lindsey -dijo llamando con los nudillos.
No hubo respuesta.
– Lindsey, ¿puedo entrar?
– Vete -llegó la resuelta respuesta.
– Vamos, cariño -suplicó él.
– ¡Vete!
– Lindsey -dijo mi padre tomando aire-, ¿por qué no me dejas entrar?
Apoyó la frente contra la puerta del dormitorio. La madera estaba fría al tacto y por un segundo olvidó las palpitaciones de sus sienes, la sospecha que tenía ahora y que no cesaba de repetirse: «Harvey, Harvey, Harvey».
En calcetines, Lindsey se acercó a la puerta sin hacer ruido. La abrió mientras su padre retrocedía y ponía una cara que esperaba que dijera: «No huyas».
– ¿Qué? -dijo ella. Tenía una expresión tensa, con aire retador-. ¿Qué quieres?
– Quiero saber cómo estás -dijo él.
Pensó en la cortina que había caído entre él y el señor Harvey, en cómo éste había escapado de una captura segura, de una bonita acusación. Su familia salía a la calle y pasaba por delante de la casa de tejas verdes del señor Harvey para ir al colegio. Para que volviera a llegarle la sangre al corazón necesitaba a su hija.
– Quiero estar sola -dijo Lindsey-. ¿No está claro?
– Estoy aquí si me necesitas -dijo él.
– Papá -dijo mi hermana, haciendo una concesión por él-, prefiero afrontarlo yo sola.
¿Qué podía hacer él con esa respuesta? Podría haber roto el código y decir «Pues yo no, yo no puedo, no me obligues a hacerlo», pero se quedó allí un segundo y emprendió la retirada.
– Lo comprendo -dijo al principio, aunque no era cierto.
Yo quería levantarlo del suelo, como las estatuas que había visto en los libros de historia del arte. Una mujer levantando a un hombre. El rescate al revés. Hija a padre diciendo: «No te preocupes. Todo irá bien. No dejaré que te hagan daño».
En lugar de eso observé cómo se iba a llamar por teléfono a Len Fenerman.
Esas primeras semanas, la policía se mostró casi reverente. Los casos de niñas muertas desaparecidas no eran muy frecuentes en los barrios residenciales. Pero sin pistas sobre dónde estaba mi cuerpo o quién me había matado, la policía se estaba poniendo nerviosa. Había una ventana en el tiempo gracias a la cual solían encontrarse pruebas físicas: la ventana cada vez era más pequeña.
– No quiero parecer irracional, detective Fenerman -dijo mi padre.
– Por favor, llámeme Len.
Debajo de la esquina del secante en forma de rodillo de su escritorio estaba mi foto del colegio, que Len Fenerman había conseguido de mi madre. Antes de que nadie lo expresara en palabras, él sabía que yo estaba muerta.
– Estoy seguro de que hay un hombre en el vecindario que sabe algo -dijo mi padre.
Miraba por la ventana de su estudio del piso de arriba, hacia el campo de trigo. El dueño del campo había dicho a la prensa que iba a dejarlo en barbecho por el momento.
– ¿Quién es y qué le ha llevado a creer algo así? -preguntó Len Fenerman.
Escogió un lápiz pequeño, grueso y mordisqueado de la bandeja metálica del cajón de su escritorio.
Mi padre le habló de la tienda, de cómo el señor Harvey le había dicho que se marchara a casa, de que había pronunciado mi nombre y de lo raro que creía el vecindario que era el señor Harvey, sin un empleo fijo ni hijos.
– Lo investigaré -dijo Len Fenerman, porque era su deber. Era el papel que le había tocado. Pero la información que le había dado mi padre apenas era un punto de partida-. No hable con nadie ni vuelva a acercarse a él -advirtió.
Cuando mi padre colgó sintió una extraña sensación de vacío. Agotado, abrió la puerta de su estudio y la cerró sin hacer ruido detrás de él. En el pasillo, por segunda vez, llamó a mi madre:
– Abigail.
Ella estaba en el cuarto de baño del piso de abajo, comiendo a escondidas los macarrones de almendras que la compañía de mi padre siempre nos enviaba por Navidad. Los comía con avidez; eran como soles reventando en su boca. El verano que estuvo embarazada de mí no se quitó de encima un vestido premamá a cuadros, negándose a gastar dinero en otro, y comió todo lo que quiso, frotándose la barriga y diciendo «Gracias, bebé», mientras el chocolate le chorreaba sobre los pechos.
Alguien llamó con los nudillos en la parte inferior de la puerta.
– ¿Mamá?
Ella volvió a esconder los macarrones en el botiquín, tragando los que ya tenía en la boca.
– ¿Mamá? -repitió Buckley, soñoliento-. ¡Mamaaaaaá!
Ella no hizo caso.
Cuando abrió la puerta, mi hermano pequeño se aferró a sus rodillas y apretó la cara contra sus muslos.
Al oír movimiento, mi padre fue a reunirse con mi madre en la cocina. Juntos se consolaron ocupándose de Buckley.
– ¿Dónde está Susie? -preguntó Buckley mientras mi padre untaba Fluffernutter en pan de trigo.
Preparó tres rebanadas: una para él, una para mi madre y otra para su hijo de cuatro años.
– ¿Has recogido tu juego? -dijo mi padre, preguntándose por qué se empecinaba en eludir el tema con la única persona que lo abordaba de frente.
– ¿Qué le pasa a mamá? -preguntó Buckley.
Juntos observaron a mi madre, que tenía la mirada perdida en el fregadero vacío.
– ¿Te gustaría ir al zoo esta semana? -preguntó mi padre.
Se odiaba por ello. Odiaba el soborno y la burla, el engaño. Pero ¿cómo iba a decirle a su hijo que su hermana mayor podía estar descuartizada en alguna parte?
Pero Buckley oyó la palabra zoo y todo lo que eso significaba, que para él era sobre todo ¡monos!, y emprendió el serpenteante camino de olvidar un día más. La sombra de los años no era tan grande sobre su cuerpecito. Sabía que yo me había ido, pero cuando la gente se iba siempre volvía.
Cuando Len Fenerman había ido de puerta en puerta por el vecindario, en casa de George Harvey no había averiguado nada singular. El señor Harvey era un hombre solo, según dijo, que había tenido intención de venirse a vivir allí con su mujer. Ésta había muerto poco antes de la mudanza. Él construía casas de muñecas para tiendas especializadas y era muy reservado. Era lo único que sabía la gente. Aunque no habían florecido precisamente las amistades a su alrededor, las simpatías del vecindario siempre habían estado con él. Cada casa de dos plantas encerraba una historia. Para Len Fenerman sobre todo, la de George Harvey parecía convincente.
No, dijo Harvey, no conocía bien a los Salmón. Había visto a los niños. Todo el mundo sabía quién tenía hijos y quién no, comentó con la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda.
– Ves juguetes en el jardín. Hay más bullicio en las casas -observó con voz entrecortada.
– Tengo entendido que ha tenido recientemente una conversación con el señor Salmón -dijo Len en su segundo viaje a la casa verde oscura.
– Sí, ¿hay algún problema? -preguntó el señor Harvey.
Miró a Len con los ojos entornados, pero luego tuvo que hacer una pausa-. Deje que vaya por las gafas -dijo-. Estaba investigando sobre un segundo imperio.
– ¿Un segundo imperio? -preguntó Len.
– Ahora que se han acabado mis pedidos de Navidad, puedo experimentar -explicó el señor Harvey.
Len lo siguió a la parte trasera, donde había una mesa de comedor colocada contra una pared. Encima había amontonados lo que parecían ser paneles de madera en miniatura.
«Un poco raro -pensó Fenerman-, pero eso no le convierte en asesino.»
El señor Harvey cogió las gafas y al instante se animó.
– Sí, el señor Salmón estaba dando uno de sus paseos y me ayudó a construir la tienda nupcial.
– ¿La tienda nupcial?
– Es algo que construyo todos los años para Leah -dijo-. Mi mujer. Soy viudo.
Len tuvo la impresión de estar entrometiéndose en los rituales privados de ese hombre.
– Entiendo -dijo.
– Lamento muchísimo lo que le ha pasado a esa niña -dijo el señor Harvey-. He tratado de decírselo al señor Salmón. Pero sé por experiencia que nada tiene sentido en momentos como ésos.
– Entonces, ¿todos los años levanta esa tienda? -preguntó Len Fenerman.
Eso era algo que los vecinos podrían confirmar.
– Otros años lo hacía dentro de casa, pero este año he tratado de hacerlo fuera. Nos casamos en invierno. Pensé que aguantaría hasta que se ponga a nevar en serio.
– ¿Dónde, dentro?
– En el sótano. Puedo enseñárselo si quiere. Tengo todas las cosas de Leah allá abajo.
Pero Len no insistió.
– Ya me he entrometido demasiado -dijo-. Sólo quería comprobar una segunda vez el vecindario.
– ¿Cómo va la investigación? -preguntó el señor Harvey-. ¿Han averiguado algo?
A Len no le gustaban esa clase de preguntas, aunque suponía que era un derecho que tenía la gente cuyas vidas invadía.
– A veces creo que las pistas llegan en el momento adecuado -dijo-. Si quieren que las encontremos, claro está.
Era una respuesta críptica, algo así como un dicho de Confucio, pero funcionaba con casi todos los civiles.
– ¿Ha hablado con el chico Ellis? -preguntó el señor Harvey.
– Hemos hablado con la familia.
– He oído decir que ha hecho daño a algunos animales del vecindario.
– Parece un mal chico, estoy de acuerdo -dijo Len-, pero estaba trabajando en el centro comercial cuando ocurrió.
– ¿Tiene testigos?
– Sí.
– Eso es lo único que se me ocurre -dijo el señor Harvey-. Ojalá pudiera hacer más.
Len tuvo la sensación de que era sincero.
– Le falta un tornillo, desde luego -dijo Len cuando llamó mi padre-, pero no tengo nada contra él.
– ¿Qué le dijo de la tienda?
– Que la construyó para Leah, su mujer.
– Recuerdo que la señora Stead le dijo a Abigail que su mujer se llamaba Sophie -dijo mi padre.
Len comprobó sus notas.
– No, Leah. Lo anoté.
Mi padre se mostró incrédulo. ¿De dónde había sacado él si no el nombre de Sophie? Estaba seguro de haberlo oído él también, pero hacía años, en una fiesta del vecindario donde los nombres de los niños y de las esposas habían volado como confeti entre las anécdotas que contaba la gente para establecer relaciones de buena vecindad, y las presentaciones habían sido demasiado vagas para recordarlas al día siguiente.
Sí recordaba que el señor Harvey no había asistido a la fiesta. Nunca había asistido a ninguna. Eso lo hacía raro a los ojos de muchos vecinos, pero no a los ojos de mi padre, que nunca se había sentido del todo cómodo en esos forzados esfuerzos de cordialidad.
Mi padre escribió en su cuaderno «¿Leah?», y a continuación «¿Sophie?». Sin darse cuenta, había empezado a confeccionar una lista de los muertos.
El día de Navidad mi familia se habría sentido más a gusto en el cielo. En el cielo no se prestaba mucha atención a la Navidad. Algunos se vestían de blanco y fingían ser copos de nieve, pero eso era todo.
Esa Navidad, Samuel Heckler nos hizo una visita inesperada. No iba vestido como un copo de nieve. Llevaba la cazadora de cuero de su hermano mayor y unos pantalones militares que no eran de su talla.
Mi hermano estaba en la sala de estar con sus juguetes. Mi madre se alegraba de haber ido tan pronto a comprar sus regalos. Lindsey recibió unos guantes y un pintalabios con sabor a cereza. Mi padre, cinco pañuelos blancos que mi madre había encargado meses antes en el centro comercial. Menos Buckley, nadie quería nada, de todos modos. Los días anteriores las luces del árbol permanecieron apagadas. Sólo ardió la vela que mi padre tenía en la ventana de su estudio. La encendía en cuanto anochecía, pero mi madre y mis hermanos habían dejado de salir a partir de las cuatro de la tarde. Sólo la veía yo.
– ¡Hay un hombre fuera! -gritó mi hermano. Había estado jugando al Skyscraper y el rascacielos todavía tenía que derrumbarse-. ¡Lleva una maleta!
Mi madre dejó el ponche de huevo en la cocina y fue a la parte delantera de la casa. En vacaciones Lindsey se veía obligada a hacer acto de presencia en la sala de estar y jugaba con mi padre al Monopoly, pasando por alto las casillas más crueles por el bien de ambos. No había impuesto de lujo y no hacían caso de las cartas de mala suerte.
En el vestíbulo, mi madre deslizó las manos a lo largo de los costados de su falda. Se colocó detrás de Buckley y le rodeó los hombros.
– Espera a que llamen -dijo ella.
– Puede que sea el reverendo Strick -le dijo mi padre a Lindsey, cogiendo sus quince dólares por ganar el segundo premio en un concurso de belleza.
– Por el bien de Susie, espero que no -se aventuró a decir Lindsey.
Mi padre se aferró a eso, a que mi hermana pronunciara mi nombre. Sacó un doble y movió su ficha hasta Marvin Gardens.
– Son veinticuatro dólares -dijo-, pero me conformo con diez.
– Lindsey -llamó mi madre-. Tienes visita.
Mi padre observó a mi hermana levantarse y salir de la habitación. Los dos lo hicimos. Luego me senté con mi padre. Yo era el fantasma a bordo. Él se quedó mirando fijamente el viejo zapato que estaba colocado de lado en la caja. Me habría gustado levantarlo y hacerlo saltar de Boardwalk a Baltic, donde yo siempre había afirmado que vivía la mejor gente. «Eso es porque eres un espécimen regio», diría Lindsey. Y mi padre diría: «Me enorgullezco de no haber criado a una esnob».
– La estación de tren, Susie -dijo-. Siempre te gustó tenerla.
Para acentuar el pico entre las entradas de su pelo y domar un remolino, Samuel Heckler insistía en peinarse el pelo hacia atrás. A sus trece años y vestido de cuero negro, eso le daba un aspecto de vampiro adolescente.
– Feliz Navidad, Lindsey -le dijo a mi hermana, y le tendió una cajita envuelta en papel azul.
Yo vi lo que ocurría: el cuerpo de Lindsey se puso rígido. Se esforzaba por dejar a todos fuera, a todos, pero Samuel Heckler le hacía gracia. El corazón, como el ingrediente de una receta, se le redujo; a pesar de mi muerte, tenía trece años, él le gustaba y había venido a verla el día de Navidad.
– Ya me he enterado de que estás entre los talentosos -dijo él, porque nadie hablaba-. Yo también.
Mi madre reaccionó y encendió el piloto automático de anfitriona.
– ¿Quieres pasar y sentarte? -logró decir-. Tengo ponche de huevo en la cocina.
– Me encantaría -dijo Samuel Heckler, y para sorpresa de Lindsey y mía, ofreció el brazo a mi hermana.
– ¿Qué es? -preguntó Buckley, siguiéndolos y señalando lo que había creído que era una maleta.
Lindsey habló entonces.
– Samuel toca el saxo alto.
– Muy poco -dijo Samuel.
Mi hermano no preguntó qué era un saxo. Sabía que Lindsey estaba siendo lo que yo llamaba esnob, como cuando decía: «Tranquilo, Buckley, Lindsey está siendo esnob». Normalmente le hacía cosquillas mientras lo decía, otras apretaba la cabeza contra su barriga, repitiendo la palabra una y otra vez hasta que sus carcajadas me inundaban.
Buckley siguió a los tres hasta la cocina y preguntó, como hacía al menos una vez al día:
– ¿Dónde está Susie?
Se produjo un silencio. Samuel miró a Lindsey.
– Buckley -llamó mi padre desde la habitación contigua-, ven a jugar al Monopoly conmigo.
A mi hermano nunca le habían invitado a jugar al Monopoly. Todo el mundo decía que era demasiado pequeño, pero ésa era la magia de la Navidad. Fue corriendo a la sala de estar, y mi padre lo levantó y lo sentó en sus rodillas.
– ¿Ves este zapato? -dijo mi padre.
Buckley asintió.
– Quiero que escuches bien todo lo que voy a decirte sobre él, ¿de acuerdo?
– ¿Susie? -preguntó mi hermano, relacionando por alguna razón las dos cosas.
– Sí, voy a decirte dónde está Susie.
Yo empecé a llorar en el cielo. ¿Qué otra cosa podía hacer?
– Este zapato es la ficha con que jugaba Susie al Monopoly -dijo-. Yo jugaba con el coche y a veces con la carretilla. Lindsey juega con la plancha, y cuando tu madre juega, escoge el cañón.
– ¿Eso es un perro?
– Sí, es un Scottie.
– ¡Para mí!
– Muy bien -dijo mi padre. Se mostraba paciente. Había encontrado una manera para explicarlo. Tenía a su hijo en el regazo y, mientras hablaba, sentía el cuerpo menudo de Buckley sobre sus rodillas, su peso humano, tibio y vivo. Le reconfortaba-. Entonces, de ahora en adelante el Scottie será tu ficha. ¿Cuál hemos dicho que es la pieza de Susie?
– El zapato -dijo Buckley.
– Bien, y yo soy el coche, tu hermana la plancha y tu madre el cañón.
Mi padre se concentró mucho.
– Ahora vamos a poner todas las piezas en el tablero, ¿de acuerdo? Vamos, hazlo tú.
Buckley cogió un puñado de fichas y luego otro, hasta que todas estuvieron colocadas entre las cartas de la suerte y las de la caja de comunidad.
– Digamos que las demás fichas son nuestros amigos.
– ¿Como Nate?
– Exacto, tu amigo Nate será el sombrero. Y el tablero es el mundo. Ahora bien, si yo te dijera que, cuando tiro los dados, me quitan una de las fichas, ¿qué significa eso?
– ¿Que no pueden seguir jugando?
– Exacto.
– ¿Por qué? -preguntó Buckley.
Levantó la vista hacia su padre, que vaciló.
– ¿Por qué? -repitió mi hermano.
Mi padre no quería decir «Porque la vida es injusta», ni «Porque así son las cosas». Quería decir algo ingenioso, algo que explicara la muerte a un niño de cuatro años. Puso una mano en la parte inferior de la espalda de Buckley.
– Susie está muerta -dijo, incapaz de hacerlo encajar en las reglas del juego-. ¿Sabes lo que eso significa?
Buckley le cogió la mano y cubrió el zapato con ella. Levantó la mirada para ver si era la respuesta adecuada.
Mi padre asintió.
– No vas a volver a ver a Susie, cariño. Ninguno de nosotros va a hacerlo. -Y se echó a llorar.
Buckley lo miró a los ojos, sin comprenderlo del todo.
Guardó el zapato en su cómoda, hasta que un día desapareció de allí y, por mucho que lo buscó, no logró dar con él.
En la cocina, mi madre se terminó su ponche y se excusó. Fue a la sala de estar y contó la cubertería de plata, ordenando metódicamente los tres tipos de tenedores, cuchillos y cucharas, haciéndoles «subir la escalera» como le habían enseñado a hacer cuando trabajaba en la tienda para novias Wanamaker, antes de que yo naciera. Quería fumarse un cigarrillo y que los hijos que le quedaban desaparecieran un rato.
– ¿Vas a abrir tu regalo? -preguntó Samuel Heckler a mi hermana.
Estaban junto a la encimera, apoyados contra el lavavajillas y los cajones de las servilletas y trapos de cocina. En la habitación de su derecha estaban sentados mi padre y mi hermano; al otro lado de la cocina, mi madre pensaba en nombres de marcas: Wedgwood Florentine, Cobalt Blue; Royal Worcester, Mountbatten; Lenox, Eternal.
Lindsey sonrió y tiró de la cinta blanca de la caja.
– El lazo lo ha hecho mi madre -dijo Samuel Heckler.
Ella retiró el papel azul de la caja de terciopelo negro, que sostuvo con cuidado en la palma de la mano una vez desenvuelta. En el cielo me emocioné. Cuando Lindsey y yo jugábamos con Barbies, Barbie y Ken se casaban a los dieciséis años. Para nosotras, en la vida de cada uno sólo existía un amor verdadero; para nosotras no existía el concepto de hacer concesiones o volver a intentarlo.
– Ábrelo -dijo Samuel Heckler.
– Tengo miedo.
– No lo tengas.
Le puso una mano en el antebrazo y, ¡guau!, no sabes lo que sentí cuando lo hizo. ¡Lindsey estaba en la cocina con un chico guapo, vampiro o no! Era un notición; de pronto me enteraba de todo. Ella nunca me lo habría contado.
Lo que había dentro de la caja era típico o decepcionante o un milagro, según se mirara. Era típico porque se trataba de un chico de trece años, y era decepcionante porque no era un anillo de boda, y era un milagro. Le había regalado medio corazón. Era de oro, y de su camisa Hukapoo sacó la otra mitad. La llevaba colgada al cuello con un cordón de cuero.
Lindsey se puso colorada; yo me puse colorada en el cielo.
Olvidé a mi padre en el cuarto de estar y a mi madre contando la cubertería de plata. Vi a Lindsey acercarse a Samuel Heckler. Lo besó; fue maravilloso. Yo casi volvía a estar viva.