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Dos semanas antes de mi muerte, salí de casa más tarde que de costumbre, y cuando llegué al colegio, vi que el círculo de asfalto donde solían estar los autocares escolares estaba vacío.
En la entrada, uno de los encargados de la disciplina apuntaba tu nombre si tratabas de cruzar las puertas después del primer timbrazo, y yo no quería que me llamaran por megafonía durante la clase para que fuera a sentarme en el duro banco que había a la puerta del despacho del señor Peterford, donde, como era bien sabido, te hacía inclinarte y te atizaba en el trasero con una vara. Había pedido al profesor de manualidades que hiciera en ella unas perforaciones para disminuir la resistencia del viento y aumentar el dolor cuando aterrizaba en tus vaqueros.
Yo nunca había llegado lo bastante tarde ni me había portado lo bastante mal como para probarla, pero me la imaginaba tan bien en cualquier otro niño que me escocía el culo. Clarissa me había dicho que los porreros novatos, como se les llamaba en el colegio, utilizaban la puerta del fondo del escenario del auditorio que siempre dejaba abierta Cleo, el portero, que había abandonado los estudios siendo porrero en toda la extensión de la palabra.
De modo que ese día entré con sigilo por detrás del escenario, mirando bien por dónde caminaba, con cuidado de no tropezar con las distintas cuerdas y cables. Me detuve cerca de un andamio y dejé la cartera en el suelo para peinarme. Había tomado la costumbre de salir de casa con el gorro de cascabeles y, en cuanto me ponía a cubierto detrás de la casa de los O'Dwyer, me lo cambiaba por una vieja gorra del regimiento escocés de mi padre. La operación me dejaba el pelo tan lleno de electricidad que mi primera parada solía ser el lavabo de las chicas para peinarme.
– Eres guapa, Susie Salmón.
Oí la voz, pero no la localicé enseguida. Miré alrededor.
– Estoy aquí -dijo la voz.
Levanté la vista, y vi la cabeza y el torso de Ray Singh inclinados sobre la parte superior del andamio, por encima de mí.
– Hola -dijo.
Sabía que Ray Singh estaba colado por mí. Había venido de Inglaterra el año anterior, pero Clarissa decía que había nacido en la India. Que alguien tuviera la cara de un país y el acento de otro, y luego fuera a vivir a un tercer país me parecía demasiado increíble para entenderlo. Lo convertía instantáneamente en un chico interesante. Además, parecía darnos mil vueltas al resto de la clase, y estaba colado por mí. Lo que al final me di cuenta de que eran poses -la chaqueta de esmoquin que llevaba a veces a clase y sus cigarrillos extranjeros, que en realidad eran de su madre-, me parecían pruebas de su educación superior. Él sabía y veía cosas que el resto no sabíamos ni veíamos. Esa mañana, cuando me habló desde arriba, me dio un vuelco el corazón.
– ¿No ha sonado ya la primera llamada? -pregunté.
– Tengo al señor Morton de tutor -dijo él.
Eso lo explicaba todo. El señor Morton tenía una resaca perpetua que estaba en su punto álgido a primera hora. Nunca pasaba lista.
– ¿Qué estás haciendo ahí arriba?
– Sube y lo verás -dijo, y su cabeza y sus hombros desaparecieron.
Titubeé.
– Vamos, Susie.
Fue el único día de mi vida que iba a portarme mal, o que iba a fingir al menos intentarlo. Puse un pie en el escalón inferior del andamio y alargué los brazos hasta el primer travesaño.
– Sube tus cosas -me aconsejó Ray.
Volví por mis cosas y subí de modo vacilante.
– Deja que te ayude -dijo él, y me sujetó por las axilas, de las que me sentía insegura pese a tenerlas cubiertas por mi parka de invierno.
Me quedé un momento sentada con los pies colgando.
– Mételos -dijo él-. Así no nos verá nadie.
Así lo hice y me quedé mirándolo un momento. De pronto me sentía tonta, sin saber por qué estaba allí arriba.
– ¿Te vas a quedar aquí todo el día? -pregunté.
– Sólo hasta que termine lengua y literatura inglesas.
– ¡Vas a saltarte lengua y literatura! -Fue como si dijera que había robado un banco.
– He visto todas las obras de Shakespeare que ha representado la Royal Shakespeare Company -dijo Ray-. Esa bruja no tiene nada que enseñarme.
Lo sentí por la señora Dewitt. Si parte de portarse mal era llamar bruja a la señora Dewitt, que no contara conmigo.
– A mí me gusta Otelo -aventuré a decir.
– Tal como nos lo enseña ella, son tonterías condescendientes. La versión de Black Like Me de un moro.
Ray era listo. Eso combinado con el hecho de que fuera indio de Inglaterra lo convertía en un marciano en Norristown.
– El tipo de la película parecía bastante estúpido con el maquillaje negro -dije.
– Te refieres a sir Laurence Olivier.
Ray y yo estábamos quietos. Lo bastante quietos para oír la campana que señalaba el fin del pase de lista y, cinco minutos después, la campana que nos reclamaba en el primer piso, en la clase de la señora Dewitt. Yo tenía cada vez más calor, y sentía cómo la mirada de Ray se detenía en mi cuerpo, abarcando mi parka azul marina y mi minifalda de intenso verde amarillento con mis medias Danskin a juego. Tenía los zapatos a mi lado, dentro de la cartera. Llevaba puestas las botas de piel sintética de borrego, con el sucio vellón sintético asomando por la parte superior y por las costuras como las entrañas de un animal. De haber sabido que ésa iba a ser la escena de sexo de mi vida, me habría preparado un poco y aplicado de nuevo mi Kissing Potion fresón-plátano al entrar por la puerta.
Sentí cómo el cuerpo de Ray se inclinaba hacia mí, haciendo crujir el andamio al moverse. «Es de Inglaterra», pensaba yo. Sus labios se acercaron más y el andamio se escoró peligrosamente. Yo me sentía mareada, a punto de sumergirme en la ola de mi primer beso, cuando los dos oímos algo. Nos quedamos inmóviles.
Ray y yo nos quedamos tumbados el uno al lado del otro, mirando las luces y cables que colgaban sobre nuestras cabezas. Un momento después se abrió la puerta del escenario y entraron el señor Peterford y la profesora de arte, la señorita Ryan, a quienes reconocimos por la voz. Con ellos había una tercera persona.
– Esta vez no vamos a tomar medidas, pero lo haremos si sigues así -decía el señor Peterford-. Señorita Ryan, ¿ha traído el material?
– Sí.
La señorita Ryan había venido a Kennet desde un colegio católico y sustituido en el departamento de arte a dos ex hippies a los que habían despedido después de que estallara el horno. En las clases de arte habíamos pasado de hacer disparatados experimentos con metales fundidos y arrojar barro día tras día, a dibujar perfiles de figuras de madera que ella colocaba en rígidas posiciones al comienzo de cada clase.
– Sólo hacía los deberes.
Era Ruth Connors. Tanto Ray como yo reconocimos su voz. Los tres teníamos lengua y literatura inglesas con la señora Dewitt el primer año.
– Eso no eran los deberes -dijo el señor Peterford.
Ray me cogió la mano y me la apretó. Sabíamos de qué hablaban. Una fotocopia de uno de los dibujos de Ruth había pasado de mano en mano en la biblioteca hasta acabar en las de un chico sentado junto al fichero, a quien se le había adelantado el bibliotecario.
– Si no me equivoco -dijo la señorita Ryan-, en nuestro modelo de anatomía no hay pechos.
Se trataba del dibujo de una mujer recostada con las piernas cruzadas. Y no era una figura de madera con ganchos que le sujetaban los miembros. Era una mujer de verdad, y las manchas de carbón de sus ojos -ya fuera por casualidad o intencionadamente- le proporcionaban una mirada lasciva que había incomodado o dejado bastante contentos a todos los alumnos que la habían visto.
– Tampoco tiene nariz o boca el modelo de madera -dijo Ruth-, pero usted nos ha animado a dibujarle una cara.
Ray volvió a apretarme la mano.
– Ya basta, jovencita -dijo el señor Peterford-. Es evidente que es la postura de reposo de ese dibujo en concreto lo que llevó al alumno Nelson a fotocopiarla.
– ¿Tengo yo la culpa?
– Sin el dibujo no tendríamos ningún problema.
– Entonces yo tengo la culpa.
– Te invito a que reflexiones sobre la situación en que pones al colegio, y a que nos ayudes dibujando lo que la señorita Ryan te enseña a dibujar en su clase, sin hacer añadidos innecesarios.
– Leonardo da Vinci dibujaba cadáveres -dijo Ruth en voz baja.
– ¿Entendido?
– Sí -respondió Ruth.
La puerta del escenario se abrió y se cerró, y un momento después Ray y yo oímos a Ruth Connors llorar. Ray articuló con la boca la palabra «Ve», y yo me acerqué al borde del andamio y dejé que los pies me colgaran hasta encontrar un punto de apoyo.
Esa semana Ray me besaría junto a mi taquilla. No ocurrió en el andamio, cuando él había querido. Nuestro único beso fue algo así como fortuito: un bonito arco iris de gasolina.
Bajé del andamio de espaldas a Ruth. Ella no se movió ni se escondió, se limitó a mirarme cuando me volví. Estaba sentada en una caja de madera cerca del fondo del escenario. A su izquierda colgaban un par de viejos telones. Me vio acercarme a ella, pero no se secó los ojos.
– Susie Salmón -dijo sólo para confirmarlo.
La posibilidad de que yo me saltara la primera clase y me escondiera detrás del escenario del auditorio había sido hasta ese día tan remota como que la chica más lista de nuestra clase recibiera una reprimenda del encargado de la disciplina.
Me quedé delante de ella con el gorro en la mano.
– Ese gorro es ridículo -dijo.
Levanté el gorro de cascabeles y lo miré.
– Lo sé. Me lo hizo mi madre.
– Entonces, ¿lo has oído todo?
– ¿Puedo verlo?
Ruth desdobló la manoseada fotocopia y yo me quedé mirándola.
Con un bolígrafo azul, Brian Nelson había hecho un obsceno agujero donde se cruzaban las piernas. Retrocedí y ella me observó. Vi vacilación en sus ojos, luego se inclinó y sacó de su mochila un cuaderno de bocetos encuadernado en cuero negro.
Por dentro era precioso. Dibujos en su mayoría de mujeres, pero también de animales y hombres. Nunca había visto nada igual. Cada página estaba cubierta de dibujos suyos. De pronto me di cuenta de lo subversiva que era Ruth, no por sus dibujos de mujeres desnudas que eran utilizados indebidamente por sus compañeros, sino porque tenía más talento que sus profesores. Era el tipo de rebelde más silencioso. Impotente, en realidad.
– Eres realmente buena, Ruth -dije.
– Gracias -dijo ella.
Yo seguí mirando las páginas de su cuaderno y empapándome de él. Me asustó y excitó a la vez lo que había debajo de la línea negra del ombligo, lo que mi madre llamaba la «maquinaria para hacer bebés».
Yo le había dicho a Lindsey que nunca tendría uno, y cuando cumplí los diez años, me pasé los primeros seis meses haciendo saber a todo adulto que me escuchara mi intención de hacerme ligar las trompas. No sabía qué significaba eso exactamente, pero sabía que era algo drástico, requería una intervención quirúrgica y hacía reír con ganas a mi padre.
Ruth pasó de ser rara a querida para mí. Los dibujos eran tan buenos que en ese momento olvidé las normas del colegio, todas las campanas y silbatos a los que se supone que tenemos que responder los alumnos.
Después de que acordonaran el campo de trigo, lo rastrearan y finalmente lo abandonaran, Ruth empezó a pasear por él. Se envolvía en un gran chal de su abuela y encima se ponía el viejo y raído chaquetón marinero de su padre. No tardó en comprobar que, menos el de gimnasia, los profesores no informaban si hacía novillos. Se alegraban de no tenerla en clase; su inteligencia la convertía en un problema. Exigía atención y aceleraba el temario.
Y empezó a pedir a su padre que la llevara al colegio por la mañana para ahorrarse el autocar. Él salía muy temprano y se llevaba su fiambrera metálica roja de tapa inclinada que le había dejado utilizar como casita para sus Barbies cuando era pequeña, y en la que ahora llevaba bourbon. Antes de dejarla en el aparcamiento vacío, detenía el motor pero dejaba la calefacción encendida.
– ¿Vas a estar bien hoy? -le preguntaba siempre.
Ruth asentía.
– ¿Uno para el camino?
Y esta vez sin asentir, ella le pasaba la fiambrera. Él la abría, destapaba el bourbon, bebía un largo trago y luego se la ofrecía. Ella echaba la cabeza hacia atrás de manera teatral y, o ponía la lengua contra el vidrio para que sólo cayera un poco en su boca, o bien bebía un pequeño trago con una mueca si él la observaba.
Luego ella se bajaba de la alta cabina. Hacía frío, un frío glacial, antes de que saliera el sol. Entonces recordaba algo que nos habían enseñado en una de nuestras clases: las personas en movimiento tenían más calor que las personas en reposo. De modo que echaba a andar derecha hacia el campo de trigo, a buen paso. Hablaba consigo misma y a veces pensaba en mí. A menudo descansaba un momento apoyada contra la valla de tela metálica que separaba el campo de fútbol del camino, mientras observaba cómo el mundo cobraba vida a su alrededor.
De modo que esos primeros meses nos reunimos allí todas las mañanas. El sol salía sobre el campo de trigo, y Holiday, al que mi padre había soltado, venía a cazar conejos entre los tallos altos y secos de trigo muerto. A los conejos les encantaba el césped cortado de las pistas de atletismo, y Ruth veía, al acercarse, cómo sus formas oscuras se alineaban a lo largo de los más alejados límites señalados con tiza blanca, como una especie de equipo diminuto. Le atraía la idea, como a mí. Ella creía que los animales disecados se movían por las noches mientras los seres humanos dormían. Seguía creyendo que en la fiambrera de su padre podía haber vacas y ovejas diminutas que encontraban tiempo para pastar en el bourbon y las salchichas ahumadas.
Cuando Lindsey me dejó los guantes que le habían regalado en Navidad entre el borde más alejado del campo de fútbol y el campo de trigo, miré hacia abajo una mañana para ver a los conejos investigar, olisqueando los bordes de los guantes forrados de su propia piel. Luego vi a Ruth cogerlos antes de que los agarrara Holiday. Dio la vuelta a un guante, de modo que la piel quedara por fuera, y se lo llevó a la cara. Levantó la mirada hacia el cielo y dijo «Gracias». Me gustaba pensar que hablaba conmigo.
Llegué a querer a Ruth esas mañanas, sintiendo de una manera que nunca podríamos explicar, cada una a un lado del Intermedio, que habíamos nacido para hacernos compañía mutuamente. Niñas raras que nos habíamos encontrado de la manera más extraña, en el escalofrío que experimentó cuando yo había pasado por su lado.
A Ray le gustaba mucho andar, como a mí, y vivía en el otro extremo de nuestra urbanización, que rodeaba el colegio. Había visto a Ruth Connors pasear sola por los campos de fútbol. Desde Navidad había ido y vuelto del colegio lo más deprisa que había podido, sin entretenerse nunca. Deseaba que capturaran a mi asesino casi tanto como mis padres. Hasta que lo hicieran no podría desembarazarse del todo de la sospecha, a pesar de contar con una coartada.
Aprovechó una mañana que su padre no iba a dar clases a la universidad para llenar su termo con el té dulce de su madre. Salió temprano para esperar a Ruth y montó un pequeño campamento sobre la plataforma circular de cemento para lanzamiento de peso, sentándose en la curva metálica contra la que apoyaban los pies los lanzadores.
Al verla al otro lado de la valla de tela metálica que separaba el colegio del campo de deporte más reverenciado: el de fútbol americano, se frotó las manos y preparó lo que quería decirle. Esta vez el coraje no le vino de haberme besado -una meta que se había propuesto un año antes de alcanzarla-, sino de sentirse, a sus catorce años, profundamente solo.
Vi a Ruth acercarse al campo de fútbol, creyendo que estaba sola. En una vieja casa donde había ido a hurgar en busca de algo rescatable, su padre había encontrado un regalo para ella acorde con su nuevo pasatiempo: una antología de poemas. Ella lo tenía en las manos.
– ¡Hola, Ruth Connors! -llamó él, agitando los brazos.
Ruth lo miró y acudió a su mente el nombre de Ray Singh. Pero no sabía mucho más aparte de eso. Había oído los rumores de que la policía había estado en su casa, pero ella opinaba como su padre -«¡Eso no lo ha hecho ningún niño!»-, de modo que se acercó a él.
– He preparado té y lo tengo en este termo -dijo Ray.
Me puse colorada por él en el cielo. Era listo cuando se trataba de Otelo, pero se estaba comportando como un cretino.
– No, gracias -dijo Ruth.
Se quedó de pie cerca de él, pero entre ellos seguía habiendo unos pocos pero decisivos pasos más de los normales. Clavó las uñas en la gastada portada de su antología de poesía.
– Yo también estaba allí el día que tú y Susie hablasteis entre bastidores -dijo Ray. Le ofreció el termo. Ella no se acercó ni reaccionó-. Susie Salmón -aclaró él.
– Sé a quién te refieres -dijo ella.
– ¿Vas a ir al funeral?
– No sabía que iba a haber uno -respondió ella.
– Yo no creo que vaya.
Yo me quedé mirando sus labios. Los tenía más rojos que de costumbre, por el frío. Ruth dio un paso hacia delante.
– ¿Quieres crema de labios? -preguntó.
Ray se llevó a los labios sus guantes de algodón, que se quedaron enganchados en la superficie cuarteada que yo había besado. Ruth se metió la mano en el bolsillo de su chaquetón de marinero y sacó su Chap Stick.
– Aquí tienes -dijo-. Tengo un montón. Puedes quedártela.
– Muy amable -dijo él-. ¿Vas a sentarte aquí conmigo al menos hasta que lleguen los autocares?
Se sentaron en la plataforma para lanzamiento de peso. Yo veía una vez más algo que nunca habría visto viva: a los dos juntos. Eso hacía a Ray más atractivo que nunca para mí. Sus ojos eran del gris más oscuro. Cuando yo lo observaba desde el cielo no dudaba en zambullirme en ellos.
Se convirtió en un ritual para los dos. Los días que el padre de Ray daba clases, Ruth traía un poco de bourbon del termo de su padre; si no, bebían té dulce. Pasaban un frío del demonio, pero no parecía importarles.
Hablaban de qué se sentía siendo extranjero en Norristown. Leían en voz alta poemas de la antología de Ruth. Hablaban de cómo llegar a ser lo que se habían propuesto. Ray, médico; Ruth, pintora y poeta. Formaron un club secreto con los demás bichos raros de la clase. Había casos obvios como Mike Bayles, que se había metido tanto ácido que nadie entendía cómo continuaba en el colegio, o Jeremiah, de Luisiana, que era tan extranjero como Ray. Luego estaban los callados. Artie, que hablaba excitado a todo el mundo de los efectos del formaldehído. Harry Orland, que era tan tímido que daba pena y llevaba los pantalones cortos de gimnasia encima de los vaqueros. Y Vicki Kurtz, que era aprobada por todos después de la muerte de su madre, pero a quien Ruth había visto durmiendo en un lecho de agujas de pino detrás de la planta de regulación del colegio. Y a veces hablaban de mí.
– Es muy raro -dijo Ruth-. Quiero decir que llevábamos desde el parvulario en la misma clase, pero ese día en el escenario fue la primera vez que nos miramos.
– Era increíble -dijo Ray. Pensó en el contacto de nuestros labios cuando nos quedamos solos junto a la hilera de taquillas. Cómo había sonreído yo con los ojos cerrados y luego casi había huido-. ¿Crees que la encontrarán?
– Supongo. ¿Sabes que sólo estamos a cien metros de donde pasó?
– Lo sé -dijo él.
Estaban los dos sentados en el estrecho borde metálico de la plataforma para lanzamiento de peso, sosteniendo sus tazas con las manos enguantadas. El campo de trigo se había convertido en un lugar adonde nadie iba. Cuando se escapaba un balón del campo de fútbol, algún chico hacía frente al desafío de adentrarse en él para recuperarlo. Esa mañana el sol se elevaba por encima de los tallos muertos, pero no calentaba.
– Los encontré aquí -dijo ella, señalando los guantes de piel.
– ¿Piensas alguna vez en ella? -preguntó él.
Volvieron a quedarse callados.
– Todo el tiempo -dijo Ruth. Sentí un escalofrío a lo largo de la columna vertebral-. A veces pienso que tiene suerte, ¿sabes? Odio este lugar.
– Yo también -dijo Ray-. Pero he vivido en otros lugares. Sólo es un infierno temporal, no es para siempre.
– No estarás insinuando…
– Ella está en el cielo, si crees en estas cosas.
– ¿Tú no?
– No, creo que no.
– Yo sí -dijo Ruth-. No me refiero a todas esas chorradas de ángeles con alas cantando lalalá, pero sí creo que hay un cielo.
– ¿Es feliz?
– Es el cielo, ¿no?
– Pero ¿qué significa eso?
El té se había quedado helado y ya había sonado la primera campana. Ruth sonrió hacia su taza.
– Bueno, como diría mi padre, significa que está fuera de este agujero de mierda.
Cuando mi padre tocó el timbre de la casa de Ray Singh, la madre de Ray, Ruana, lo dejó sin habla. Ella no se mostró inmediatamente cordial, y a él no le pareció ni mucho menos risueña, pero algo en su pelo moreno y sus ojos grises, incluso en la extraña manera en que pareció retroceder en cuanto abrió la puerta, lo abrumó.
Había oído los comentarios descorteses que había hecho la policía sobre ella. Para ellos era una mujer fría y esnob, altiva, extraña. Y eso era lo que él esperaba encontrar.
– Pase y siéntese -había dicho ella cuando él pronunció el nombre de su hijo.
Al oír la palabra Salmón, sus ojos habían pasado de ser puertas cerradas a abiertas, habitaciones oscuras por donde él quería viajar personalmente.
Casi perdió el equilibrio mientras ella lo conducía a la pequeña y atestada sala de estar. Por el suelo había libros con los lomos mirando hacia arriba que procedían de estantes de tres en fondo. Ella llevaba un sari amarillo encima de lo que parecían unos ceñidos pantalones de lame dorado. Iba descalza. Cruzó la moqueta sin hacer ruido y se detuvo junto al sofá.
– ¿Quiere beber algo? -preguntó ella, y él asintió-. ¿Frío o caliente?
– Caliente.
Mientras ella doblaba la esquina y desaparecía en una habitación que él no alcanzaba a ver, mi padre se sentó en el sofá de tela a cuadros marrones. Las ventanas que tenía enfrente, debajo de las cuales había hileras de libros, estaban cubiertas de largas cortinas de muselina a través de las cuales la luz del día tenía que luchar por filtrarse. De pronto se sintió muy a gusto y casi olvidó por qué esa mañana había comprobado dos veces la dirección de los Singh.
Al cabo de un rato, mientras mi padre pensaba en lo cansado que estaba y en que había prometido a mi madre recoger unas prendas que llevaban mucho tiempo en la tintorería, la señora Singh volvió con té en una bandeja que dejó en la alfombra delante de él.
– No tenemos muchos muebles, me temo. El doctor Singh todavía está tratando de conseguir un puesto permanente en la universidad.
Fue a la habitación contigua y trajo un cojín morado para ella, que colocó en el suelo delante de él.
– ¿Es profesor el señor Singh? -preguntó mi padre, aunque ya lo sabía, sabía demasiadas cosas acerca de esa atractiva mujer y su casa escasamente amueblada para sentirse cómodo.
– Sí -respondió ella, y sirvió el té. No hizo ruido. Le tendió una taza y, mientras él la cogía, dijo-: Ray estaba con él el día que mataron a su hija.
Él quiso desmayarse.
– Debe de haber venido por eso -continuó ella.
– Sí -dijo él-. Quería hablar con él.
– Todavía no ha vuelto del colegio -dijo ella-. Ya lo sabe.
Tenía las piernas dobladas hacia un lado, las uñas de los pies largas y sin pintar, con la superficie curvada tras años de bailar.
– Quería venir para asegurarle que no es mi intención perjudicarle -dijo mi padre.
Yo nunca lo había visto así. Las palabras le habían brotado como si se librara de cargas, verbos y nombres acumulados, pero se fijó en cómo los pies de ella se curvaban contra la moqueta de color pardo, y en cómo el haz de la luz que se filtraba por las cortinas le rozaba la mejilla derecha.
– El no ha hecho nada malo. Y quería a su hija. Aunque fuese un enamoramiento de colegial.
La madre de Ray era continuamente objeto de enamoramientos por parte de colegiales. El adolescente que repartía el periódico se detenía con su bicicleta, esperando que ella estuviera cerca de la puerta cuando oyera caer en el porche el Philadelphia Inquirer. Que saliera y, si lo hacía, que lo saludara con la mano. No tenía ni que sonreír, y ella raras veces lo hacía fuera de su casa; eran sus ojos, su figura de bailarina, la forma en que parecía deliberar sobre el menor movimiento de su cuerpo.
Cuando la policía había ido, habían entrado dando traspiés en el vestíbulo oscuro en busca de un asesino, pero antes de que Ray llegara a lo alto de las escaleras, Ruana los había confundido de tal modo que aceptaron una taza de té y se sentaron en cojines de seda. Habían esperado que ella incurriera en el parloteo que esperaban de todas las mujeres atractivas, pero ella se limitó a erguirse aún más mientras ellos se esforzaban encarecidamente por congraciarse con ella, y se quedó de pie, muy tiesa, junto a las ventanas mientras ellos interrogaban a su hijo.
– Me alegro de que Susie tuviera como amigo a un buen chico -dijo mi padre-. Quisiera agradecérselo a su hijo.
Ella sonrió, sin enseñar los dientes.
– Le escribió una nota de amor -añadió él.
– Sí.
– Ojalá hubiera sabido lo suficiente para hacer lo mismo -dijo él-. Para decirle que la quería ese último día.
– Sí.
– Su hijo, en cambio, lo hizo.
– Sí.
Se miraron un momento.
– La policía debe de haber enloquecido con usted -dijo él, y sonrió más para sí que para ella.
– Vinieron a acusar a Ray -dijo ella-. No me preocupó lo que pensaran de mí.
– Imagino que ha sido muy duro para él -dijo mi padre.
– No, no voy a permitirlo -dijo ella con severidad, dejando la taza de nuevo en la bandeja-. No puede compadecer a Ray o a nosotros.
Mi padre trató de balbucir unas palabras de protesta.
Ella levantó una mano.
– Usted ha perdido a una hija y ha venido aquí con algún propósito. Sólo le permitiré eso, pero no que intente ponerse en nuestro lugar, eso nunca.
– No era mi intención ofenderla -dijo él-. Yo sólo…
Volvió a alzar la mano.
– Ray estará en casa dentro de veinte minutos. Yo hablaré antes con él para prepararlo, luego podrá hablar con él de su hija.
– ¿Qué he dicho?
– Me gusta tener tan pocos muebles. Eso me permite pensar que algún día podríamos hacer las maletas e irnos.
– Espero que se queden -dijo mi padre. Lo dijo porque le habían entrenado para ser educado desde una edad muy temprana, entrenamiento que me había transmitido, pero también lo dijo porque parte de él quería más de ella, de esa fría mujer que no era exactamente fría, esa roca que no era piedra.
– Con todo el respeto -dijo ella-, usted ni siquiera me conoce. Esperaremos a Ray juntos.
Mi padre había salido de casa en medio de una discusión entre Lindsey y mi madre. Esta había intentado convencer a Lindsey para que la acompañara a la YMCA a nadar. Sin pensarlo, Lindsey había bramado a voz en grito: «¡Antes me muero!». Mi padre había visto cómo mi madre se había quedado inmóvil y a continuación había estallado y huido a su habitación para llorar detrás de la puerta. El había metido sin decir nada su cuaderno en el bolsillo de su chaqueta, había cogido las llaves del coche del perchero que había junto a la puerta trasera y había salido con sigilo.
En aquellos primeros meses, mis padres se movieron en direcciones opuestas. Cuando uno se quedaba en casa, el otro salía. Mi padre se quedaba dormido en la butaca verde de su estudio, y cuando se despertaba, entraba con cuidado en el dormitorio y se metía en la cama. Si mi madre tenía todas las sábanas, renunciaba a ellas y se hacía un ovillo, listo para saltar en cuanto lo avisaran, listo para cualquier cosa.
– Sé quién la mató. -Se oyó a sí mismo decírselo a Ruana Singh.
– ¿Se lo ha dicho a la policía?
– Sí.
– ¿Y qué le han dicho?
– Dicen que de momento no hay nada que lo relacione con el crimen aparte de mis sospechas.
– Las sospechas de un padre… -empezó a decir ella.
– Tan convincentes como la intuición de una madre.
Esta vez, a Ruana se le vieron los dientes al sonreír.
– Vive en el vecindario.
– ¿Qué se propone hacer?
– Estoy investigando todas las pistas -dijo mi padre, sabiendo cómo sonaba al decirlo.
– Y mi hijo…
– Es una pista.
– Tal vez le asusta a usted demasiado el otro hombre.
– Pero tengo que hacer algo -protestó él.
– Volvemos a estar en las mismas, señor Salmón -dijo ella-. Me ha interpretado mal. No estoy diciendo que no haya hecho bien viniendo aquí. En cierto modo, es lo que debe hacer. Quiere encontrar algo tierno, algo emotivo en todo este asunto. Su búsqueda lo ha traído aquí. Eso está bien. Sólo me preocupa que no esté tan bien para mi hijo.
– No quiero hacerle daño.
– ¿Cómo se llama el hombre?
– George Harvey. -Era la primera vez que lo decía en voz alta a alguien que no fuese Len Fenerman.
Ella guardó silencio y se levantó. Volviéndole la espalda, se acercó primero a una ventana y luego a la otra para descorrer las cortinas. Era la luz de después del colegio que tanto le gustaba. Buscó a Ray con la mirada y lo vio acercarse por la carretera.
– Ya viene. Saldré a su encuentro. Si me disculpa, necesito ponerme el abrigo y las botas. -Se detuvo-. Señor Salmón, yo haría exactamente lo que está haciendo usted: hablaría con todo el mundo con quien necesitara hablar, no diría a mucha gente el nombre del individuo. Y cuando estuviera segura -añadió-, encontraría una manera silenciosa de matarlo.
Él la oyó en el vestíbulo, el ruido metálico de perchas al descolgar su abrigo. Unos minutos después, la puerta se abrió y se cerró. Entró una fría brisa y a continuación vio en la carretera a una madre saludando a su hijo. Ninguno de los dos sonrió. Bajaron la cabeza. Movieron los labios. Ray encajó la noticia de que mi padre lo esperaba en su casa.
Al principio, mi madre y yo pensamos que era sólo lo obvio lo que distinguía a Len Fenerman del resto de la policía. Era más menudo que los robustos agentes uniformados que solían acompañarlo. Luego estaban los rasgos menos obvios: que a menudo parecía estar ensimismado, y que no estaba para bromas y se ponía muy serio cuando hablaba de mí y de las circunstancias del caso. Pero al hablar con mi madre, Len Fenerman se había revelado como lo que era: un optimista. Creía que capturarían a mi asesino.
– Tal vez no sea hoy ni mañana -dijo a mi madre-, pero algún día hará algo incontrolable. Hay demasiadas cosas incontroladas en sus costumbres para que no lo haga.
Mi madre se quedó sola para atender a Len Fenerman hasta que mi padre volvió de casa de los Singh. En la mesa de la sala estaban los lápices de Buckley desparramados sobre el papel de la carnicería que le había dado mi madre. Buckley y Nate habían dibujado hasta que sus cabezas habían empezado a inclinarse como flores pesadas, y mi madre los había cogido en brazos, primero a uno y después al otro, y los había llevado al sofá. Dormían allí, uno en cada extremo, con los pies casi tocándose en el centro.
Len Fenerman tenía suficiente experiencia para saber que debía hablar bajito, pero, según advirtió mi madre, no sentía mucha adoración por los niños. La observó mientras los cogía en brazos, pero no se levantó para ayudarla ni comentó nada sobre ellos como siempre hacían los demás policías, definiéndola por sus hijos, tanto vivos como muertos.
– Jack quiere hablar contigo -dijo mi madre-. Pero seguramente estás demasiado ocupado para esperar.
– No estoy demasiado ocupado.
Vi cómo a mi madre se le caía un mechón de pelo negro de detrás de la oreja. Le suavizaba la cara. Vi que Len también lo veía.
– Ha ido a casa del pobre Ray Singh -dijo ella, y volvió a colocarse el mechón caído.
– Siento haber tenido que interrogarlo -dijo Len.
– Sí -dijo ella-. Ningún chico joven sería capaz de… -No fue capaz de decirlo y él no la ayudó.
– Tenía una coartada a toda prueba.
Mi madre cogió uno de los lápices de encima del papel.
Len Fenerman la observó dibujar monigotes. Buckley y Nate hacían ruiditos mientras dormían en el sofá. Mi hermano estaba acurrucado en posición fetal y un momento después se metió el pulgar en la boca. Era una costumbre que mi madre nos había dicho que entre todos debíamos ayudarle a abandonar. En esos momentos envidió su tranquilidad.
– Usted me recuerda a mi mujer -dijo él tras un largo silencio durante el cual mi madre había dibujado un caniche anaranjado y lo que parecía un caballo azul sometido a una terapia de electroshock.
– ¿Tampoco sabe dibujar?
– No era muy habladora cuando no había nada que decir.
Pasaron unos minutos más. Un sol redondo y amarillo. Una casa marrón con flores en la puerta: rosas, azules y moradas.
– Ha hablado en pasado.
Los dos oyeron la puerta del garaje.
– Murió poco después de que nos casáramos -dijo él.
– ¡Papá! -gritó Buckley, y se levantó de un salto, olvidando a Nate y a todos los demás.
– Lo siento -le dijo ella a Len.
– Yo también lo de Susie -dijo él-. De verdad.
En la parte trasera de la casa, mi padre saludó a Buckley y a Nate con gran alborozo, pidiendo a gritos «¡Oxígeno!» como hacía siempre que nos abalanzábamos sobre él tras una dura jornada. Aunque sonaba falso, esos momentos en que se obligaba a levantar el ánimo por mi hermano eran los mejores del día.
Mi madre miró fijamente a Len Fenerman mientras mi padre se dirigía al salón desde la parte trasera. Ve corriendo al fregadero, tenía ganas de decirle, y mira por el desagüe el interior de la tierra. Estoy allá abajo, esperando; estoy aquí arriba, observando.
Len Fenerman había sido el primero en pedir a mi madre mi foto del colegio cuando la policía aún creía que era posible encontrarme con vida. La llevaba en su cartera con un montón de fotos más. Entre esos niños y desconocidos muertos estaba su mujer. Si el caso se había resuelto, escribía detrás de la foto la fecha de su resolución. Si seguía abierto, abierto en su cabeza aunque no lo estuviera en los archivos oficiales de la policía, la dejaba en blanco. Detrás de la mía no había nada escrito. Tampoco detrás de la de su mujer.
– Len, ¿cómo está? -preguntó mi padre.
Holiday se levantó y meneó la cola para que mi padre lo acariciara.
– Tengo entendido que ha ido a visitar a Ray Singh -dijo Len.
– Niños, ¿por qué no vais a jugar a la habitación de Buckley? -sugirió mi madre-. El detective Fenerman y papá necesitan hablar.