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CUARENTA Y CINCO

El cuidador de autos Nemesio Santelices destornilló la patente del coche de un desconocido cliente en la calle de las Tabernas y se la aplicó al vehículo de Monasterio. Tenía la mayor confianza que los dueños que estacionaban en esa calle sentían tal felicidad de encontrar su auto al volver que no se preocupaban de si mantenía o no la misma placa.

El joven Ángel Santiago llamó a Charly de la Mirándola con una oferta irresistible. Apenas corrida la prueba de Milton, debería subirlo en una camioneta de transporte equino y el capataz de su corral debería esperarlo con el animal arriba y el motor en marcha por la salida de Vivaceta del hipódromo. Le compraría el rucio -«a precio de Golpe», pensó bromear y se abstuvo- por una cantidad interesante que podría llegar hasta los trescientos mil pesos. El campechano profesional supo dejar especificado que el valor de la bestia sería muy distinto según ganara o perdiese la primera; por supuesto, dijo Santiago, desaprensivo. La plata -probablemente en dólares- la podía recoger mañana en la calle de las Tabernas, donde pasaría para hacerle un cariñito a todos los ángeles que habían contribuido a sacar a Victoria de la incómoda posición en que estuvo alguna vez Lázaro.

La misma moneda le alcanzó para llamar a Victoria Ponce. Ella comenzó a contarle de los malos augurios de su madre, pero él la tranquilizó diciendo que nada ni nadie podría impedir el éxito de la operación. Simplemente debía ir bien abrigada -súper bien abrigada- y con los pies envueltos en por lo menos dos pares de calcetines de lana hasta el rancho suizo, donde se encontrarían para iniciar la luna de miel. Allí sería atendida como reina por un baquiano amigo desde la infancia con quien había recorrido palmo a palmo la región a lomo de caballo o simplemente caminando. Ella confirmó que las profecías de la madre la tenían sin cuidado y que se imaginaba su vida a partir de mañana como la de un animal indomable que corre por llanuras infinitas. El resfrío se había curado de maravillas y el poco de fluido de las narices lo mantenía a raya con toallitas Nova.

Vergara Grey hizo el último balance en el estudio de la maestra sobre la mesa del arquitecto. Aunque todo se veía presto -tutto a posto, le gustaba decir a su Teresa Capriatti-, un último asedio a los detalles podría revelar una pequeña filtración en la maquinaria que desbancara todo el plan.

¿Qué le esperaba en caso de éxito? Una nueva avalancha de lágrimas por la señora Capriatti, que se cuidaría de no derramar en los momentos que le hiciera las transferencias postales para que no se borroneara la tinta con el valor del giro.

Iba a contarle en una llamada telefónica que los recursos que recibiría mensualmente eran producto de negocios de «exportación e importación que hago fuera de Chile». Cuán honorable y redentor le sonaría a su Dulcinea que Vergara Grey estuviera incorporado a la pléyade de los grandes exportadores chilenos, quienes gracias a los convenios de libre comercio firmados con Estados Unidos y la Unión Europea por un gobernante socialista habían abierto al pequeño país el camino a la expansión mundial de la economía.

Aparte de estos cotidianos lagrimones, le quedaba el consuelo de la presencia de la muchacha. Si le era posible acompañarla durante algunos meses, y ser testigo del camino de perfección hasta el éxito internacional, los dolores de su vida se mitigarían considerablemente.

Ángel Santiago, a su vez, le había pintado un paraíso a su medida, ya que no a la de él, pájaro eminentemente urbano. Vergara Grey sería una especie de administrador de algunas hectáreas que Santiago compraría para cultivar legumbres, frutas y criar ganadería. Él vigilaría todo el terreno encima de su rucio, y asistido por un perro insidioso de agudos caninos, no permitiría que ninguno de sus animales siguiera el camino de perdición de la oveja negra.

Por su parte, don Nico no tendría otra cosa que hacer que escribir sus memorias, preparar pisco-sour, y hacer diariamente alguna gimnasia que le desinflara el colesterol. A ese plan exhaustivo del muchacho, el hombre comenzaba a concebir otro.

De tanto sacar y poner el forro a Tres rosas amarillas de Carver, había terminado por leer el cuento de la muerte de ChéJov antes de una siesta, y al despertar se sorprendió iniciando una relectura lápiz Faber en ristre, con el cual fue subrayando un par de situaciones. No sería malo que la pequeña hacienda de su socio estuviera cerca de un pueblo con biblioteca municipal de donde pudiera prestarse libros. Le importaba un ápice que éstos no fueran de moda, pues sus carencias en esa materia eran tantas que perfectamente podría empezar por Don Quijote de la Mancha y seguir cronológicamente hasta Madame Bovaiy. Al llegar a esas alturas estaría prácticamente difunto, y se habría evitado el bochorno de tener que discutir con las vacas y ovejas los volúmenes que nutrían las listas de best sellers.

Faltaban diez minutos para la medianoche cuando Ángel Santiago llegó desde la calle y miró por encima de su hombro las anotaciones y los croquis producto de esta última jornada.

– ¿Todo bien, maestro?

– Todo bien, discípulo.

– ¿Falta algo para mañana?

– Dormir para que estemos lúcidos.

– ¿Chequeó todos los detalles?

– Aquí está: auto, patente, recoger Victoria, ropa invierno, taxi al sur, camino longitudinal, rancho suizo, arriero amigo, chaqueta Schendler, credenciales, caja herramientas, guantes contra golpes eléctricos, bolsas impermeables, escalera, ventana segundo piso para arrojar botín, tres mochilas grandes transporte dinero, bolsa plástica, propinas personal, agua mineral, encendedor, cigarrillos, cenicero, radio portátil, y estanque lleno.

Ángel fue asintiendo con alegría a la larga lista, mas se detuvo sorprendido cuando Vergara Grey la dio por terminada.

– ¿Qué fue, chiquillo?

– Le falta algo, profesor.

El hombre lo miró tan dubitativo como si el joven quisiera premiarlo con una broma, pero Ángel se abrió los broches de la chamarra, sacó el contundente revólver robado a Santoro y lo puso sobre los croquis del escritorio.

– Esto -dijo.