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CUARENTA Y OCHO

Dentro del mismo coche de Monasterio procedieron a llenar una decena de bolsas plásticas con moneda nacional.

Se dieron prisa, pues la cita con el baquiano tendría que ser un par de horas antes de la puesta del sol: la osadía de cruzar de noche la cordillera les estaba vedada hasta a los muleros que contrabandeaban drogas.

Las tareas ahora se repartirían de tal modo que hacia las cuatro de la tarde Vergara Grey y Victoria entraran a la autopista al sur cargando las tres bolsas amarillas impermeables que transportarían en mochilas más tarde por el paso cordillerano. Por su parte, Ángel Santiago llevaría el postre en billetes verdes para el almuerzo que encargó a Elsa en la calle de las Tabernas con el argumento de que quería tenerlos a todos juntos en la hora del reparto para no dilatarse en la última parte de su plan: tomar un taxi con Charly de la Mirándola hasta el Hipódromo Chile y montarse a la misma camioneta de transportes equinos donde lo esperaría impaciente su rucio. ¡Él sería su cabalgadura en los intrincados senderillos ¡legales de la montaña!

Se recomendaron mutuamente cautela y Vergara Grey depositó al joven en la estación del metro más cercana al bar de Monasterio. Se estrecharon las manos por la ventana del vehículo y Ángel aprovechó ese contacto para sacarle al maestro la promesa de que no lo esperarían en el rancho suizo en caso de que no apareciera a la hora convenida. En este mismo momento le resultaba fácil suponer que el transportista de caballos avanzaría muy lento con su viejo carromato y, por otra parte, si partían junto al baquiano con la luz del sol, él sabría encontrarles la pista un par de horas más tarde, pues había sido equilibrista de esos abismos cordilleranos desde la infancia.

Todas las bolsitas pequeñas habían sucumbido en una mayor que ahora balanceaba alegre por la calle de las Tabernas. Cada una tenía escrito con plumón azul el nombre del beneficiado. Por el tamaño del envoltorio se podía inferir el valor que habían atribuido en fulminante concilio sobre ruedas a cada uno de los cómplices del atraco. A la cajera Elsa y a Nemesio Santelices les estaban destinados paqueutos dignos de un top one. Sin que esto permitiera suponer que había tacañerías en las ofrendas para Charly de la Mirándola, el proveedor de las herramientas y la cesante profesora Sanhueza.

Pero la frutilla de la torta era un contundente paquete de color azul Prusia, que evidentemente no había merecido el escarnio de una bolsita cualquiera de plástico, y que dejaría a todo el mundo perplejo con la inscripción que lo identificaba: «Em-No.» Así de grandes eran sus letras; inversamente proporcionales al tamaño de su receptor.

Mientras anticipaba el expedito momento del reparto, Ángel Santiago iba siendo recorrido por una corriente interna que directamente identificó con el júbilo. El mundo era un loco y amable astro que circulaba soñador entre miles de galaxias, y cada uno de los seres que se le cruzaban le parecieron grandiosos e incanjeables: el lustrador de zapatos, el hombrecito con el carro manicero, las niñas tempraneras que ya estaban en calle con minifaldas nocturnas, los adolescentes que fumaban como hombres maduros apoyados en la muralla de la esquina, el quiosquero que voceaba El Mercado, acaso con un nuevo elogio a su amor, los taxistas frotando con un paño los ventanales de sus coches, las amas de casa y sus bolsas rebosantes de verduras, los niños echando a correr barquitos de papel por el agua de las cunetas, los obreros de la construcción con sus cascos coloridos comentando las posibilidades de un triunfo del Colo-Colo en el partido de esa noche, el grupo de colegialas que ensayaban frente a la estación de servicio una coreografía que habían visto a los competidores del reality show en la tele, y esas palomas y gorriones al borde de las cenefas o entre las hojas de los árboles, y los picaflores y tordos bebiendo en la fuente de piedra, y todos esos perros que habían surgido de pronto en el barrio, con señas de riñas en sus orejas heridas, hurgando en los tarros de basura o tratando de acoplarse en el polvo que levantaban los automóviles.

Tuvo un solo pensamiento donde le parecía que se decantaba el brillante de mil quilates de su felicidad. Él había hecho una apuesta y había acertado: la infamia de los años en la cárcel estaba pulverizada de su memoria, y ahora que era puro nervio y futuro, no corría en sus arterias ni una gota de rencor. Recordó a Fernando, el convicto español adicto a la hípica, quien en la cafetería de la cárcel, con sus ojitos rodando tras sus lentes, le había definido la belleza de apostar y ganar: «El día que nuestro caballo triunfa por fin, contra todo pronóstico quizás, contra las circunstancias adversas, contra lo probable y lo lógico, ¡ah, ese día sentimos que hemos derrotado por un momento a lo necesario y que en la fuerza jubilosa de nuestro corazón late la secreta armonía de todas las cosas.»

El joven irrumpió en el salón empujando las puertas de batiente con un hombro, y antes de que el grupo se levantara electrizado, gritó en tono épico:

– ¿Ha almorzado la gente?

El «sí» fue estruendoso y se repartieron besos en los pómulos y algunas lágrimas en las blusas y solapas.

– ¿Todo bien, Angelito? -preguntó Elsa.

– «Bien» es una palabra pacata, señora. Nos fue óptimo.

– ¿Y el profesor?

– Como él suele decir: hay cuatro puntos cardinales. En alguno de ellos estará.

Hizo un recorrido circular por el conjunto: la maestra de dibujo había visitado al peluquero y el estilista le había tallado un revoltoso enjambre con visos azules que la rejuvenecía un par de semanas, y en vez de su modesto gorro de fieltro con olor a lluvia, el cuidador de autos tenía sobre la cabeza un gorro tipo patrón de yate. En cuanto a la cajera, determinó Ángel de una pestañeada, cualquier adjetivo le quedaría pálido: excitada, radiante, aérea, indescifrable, oculta, partícipe, lúcida, montañosa, prometedora, salvaje, eufórica, justa.

Cada uno recibió su bolsita, y todos volvieron al postre real del almuerzo, consistente en la tradicional papaya con crema Nestlé. Hubo un aparte urgente entre Ángel y Elsa tocante al paquete azul Prusia del señor Lira, y ambos intercambiaron atropelladamente sugerencias acerca de cómo introducirlo en la cárcel. La mujer optaba por abrir una cuenta bancaria a nombre del diminuto, pero cuando el muchacho le informó de que Lirita fustigaba quince años y un día, Elsa se inclinó por guardar el botín en un par de colchones y en contratarle una novia del ambiente que lo visitara agasajándolo con vituallas alimenticias, fumables, alcohólicas y, en los días autorizados por los penalistas progresistas, sexuales.

Tras concluir el reparto, Ángel Santiago tuvo la sorpresa de que en el fondo de la bolsa mayor aún quedaba la porción decidida para Charly de la Mirándola. Ya despidiéndose del grupo, recordó que hoy, en la primera carrera, tendría que haber corrido en mil metros el rucio Milton, y seguro que su preparador tuvo que ocuparse de llevarle la casaquilla del Doña Teresa al jinete Aguilera. No tuvo más remedio que dejar el paquete a cargo de Elsa y, estrechándoles la mano, se despidió de todos con un informal aleteo sobre la cabeza.

Ya en la calle aceleró el tranco hacia la avenida. Como última precaución, no quería que nadie lo alcanzara y viese el numero de la patente del taxi que quena tomar. Muchos habían evacuado la calle rumbo al almuerzo y la siesta, y sólo unos pocos transeúntes se le cruzaron indiferentes en la ruta.

Pero a pocos metros de su destino, un hombre delgado, provisto de sombrero alón e impermeable beige se le plantó al frente y le ordenó que se detuviera sacando al mismo tiempo un revólver entre los botones abiertos a la altura de la cadera. El joven advirtió en el desconocido una decisión compulsiva, y abriendo los brazos, como pidiendo una explicación, le dijo:

– ¿Qué onda, Flaco? Rigoberto Marín, alias Alberto Parra Chacón, involuntariamente bautizado también Enrique Gutiérrez, -decidió que si intercambiaba una frase con el Querubín se pudriría de sentimentalismo y no cumpliría el encargo. Sin otro particular, le disparó dos proyectiles directo al corazón.

Seguro de que su puntería era infalible, guardó el arma en un bolsillo, y apartando de un puntapié al perro grisáceo que fue a husmearle las piernas, vio cómo el encarguito se derrumbaba, y sin dilaciones se dio vuelta hacia la boca del metro y descendió la escalera.

No supo que el hombre de paso cansino con el que había tropezado a la altura del séptimo peldaño era el preparador de caballos Charly de la Mirándola, quien avanzaba hacia el bar de Monasterio con la esperanza de unirse a los amigos en el minuto que se sirvieran los postres. El hípico advirtió que un grupo de curiosos rodeaba en un círculo aún cauto el cuerpo de un joven caído. Al asomarse entre ellos, identificó sin dudas al sujeto regado en sangre como Ángel Santiago. Se desprendió del círculo de observadores, levantó la cabeza del chico moribundo y fraternalmente la apoyó en su rodilla.

– ¿Cómo estás, muchacho?

– Me mataron, don Charly.

– Tranquilo que ya vendrá la ambulancia.

El joven pudo ver que el borbotón de sangre que había estallado en su pecho se le derramaba también por la boca. No obstante, alcanzó a decir:

– ¿Córno funcionó Milton?

– Apenas cuarto.

– ¿Hizo una buena carrera?

– Punteó hasta los doscientos finales. Iba bien hasta que atropellaron los caballos buenos para el barro.

– ¿Pero quedó listo para la próxima?

– Seguro, chiquillo.

En el muslo del preparador, la cabeza del joven perdió toda su voluntad y sucumbió laxa. Ángel Santiago creyó haber alcanzado a formular la pregunta que lo inquietaba: si el Golpe había sido en todas sus etapas impecable, ¿por qué diablos él había muerto?