37921.fb2 El Baile De La Victoria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 49

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CUARENTA Y NUEVE

A las cuatro de la tarde ocultaron el coche bajo una parva de paja dentro de uno de los galpones del rancho suizo. Vergara Grey lo condujo algunos segundos a ciegas en ese granero donde el trigo y la avena soltaban un polvo que cosquilleaba en las narices.

Dispusieron las maletas y las tres bolsas amarillas junto a la mesa de la cocina. Un horno de leña temperaba el frío y una cazuela de ave desprendía generosa su grasa a las verduras que la acompañaban.

El baquiano amigo de Ángel era un hombre enérgico, y tras saludarlos sin contacto físico, los condujo al palenque donde estaban atados los tres caballos ya con sus aperos listos para la travesía hacia las alturas.

– Se conocen la huella al dedillo. Si partimos luego, mañana estaremos en Argentina.

Vergara Grey fue portavoz de una inquietud que a ambos les había crecido durante el trayecto en auto.

– Hemos oído, señor.

El baquiano desvió despreciativo la vista hacia un pequeño arroyuelo, y dijo:

– Yo no les he preguntado el nombre a ustedes, y ustedes no tienen por qué saber el mío.

– Conforme, amigo. Hemos oído que en esta época es imposible cruzar la cordillera en esta zona. Todos dicen que hay que irse más al sur.

– El camino al sur lo encuentra a la izquierda.

– No, si nosotros preguntábamos no más.

– Entonces, no ofenda, señor. Si le digo que los voy a pasar al otro lado es porque está mi palabra comprometida.

– Por supuesto.

– Ensillé sólo tres bestias, porque el Ángel me dijo que él traería uno suyo.

– Un caballo de carreras -explicó Victoria.

Otra vez el hombre desvió la vista al arroyo y aplastó un guijarro en la tierra hasta hundirlo.

– Voy a dejarle ensillado uno de los míos. Ese pobre animal que trae se le va a desbancar en el primer abismo. ¿A qué hora dijo que llegaba?

– Lueguito.

– Va a tener que recalentarse la sopa, porque lo que es yo tengo hambre.

– Entonces cenemos no más, don. Angelito dijo que él después nos pillaría más tarde.

– Ahí sí que tiene razón. Se conoce los pasos y las gargantas tanto como yo. Cuando se fue su madre en un barco, vino a vivir aquí conmigo. Se subía todos los días a esa higuera y me ayudaba con la siembra. El único problema es que le gustaban tanto los caballos que se robó el favorito del hijo del patrón. ¿Ustedes saben la historia?

– Sabemos que estuvo en la cárcel, don.

– Me carga que me digan don. Si es por ponerme algún nombre, llámenme Tito.

– ¿Tito, por Ernesto?

– ¡Ta’que é aturdío, señor! Por Tito no más.

En la cena los tres mantuvieron por largo tiempo silencio. Soplaban el caldo de la cazuela sobre las pesadas cucharas de metal, o tomaban de las puntas los choclos, les ponían mantequilla, sal, y los desgranaban muy lento con los dientes. Si el anfitrión mostraba prisa, dirigiendo compulsivamente la vista cada tres minutos hacia el reloj en forma de casita de pájaro suizo, Victoria y don Nico ralentaban la cena mordiendo con fanática lentitud los pancitos amasados con la esperanza de que Ángel Santiago apareciese antes de iniciar la marcha.

– ¿Qué llevan en las mochilas?

– Ropa.

– ¿Abrigadora?

– Chalecos gruesos, medias de lana, gorros con orejeras.

– Está bien. ¿Y qué traen en las bolsas amarillas?

Victoria y Vergara Grey se miraron durante el cuchareo, y al volver la vista a la cazuela para moler su trozo de zapallo, el maestro abrevió:

– Plata.

– ¿Mucha?

– Digamos que alcanza.

El baquiano comenzó a asentir con la quijada y ese movimiento no se le despegó durante largo rato. Victoria le hizo un guiño a Vergara Grey sugiriéndole que no fuese tan parco, pues el balanceo de esa barbilla era una pausa campesina para entrar en materia.

– No sé cuánto convino el Ángel con usted. Pero puede desamarrar una de las bolsas y sacar lo que usted estime conveniente.

El anfitrión había trozado el pan rústico, y empezó a jugar con las pelotitas de migas, golpeándolas con las puntas de las uñas y sujetándolas al borde del mantel para evitar que cayeran al piso. De pronto dejó el juego, deshizo el nudo de la soga, hundió un brazo en la bolsa y extrajo uno de los paquetes azules. Lo puso sobre la mesa, tras apartar un pocillo de greda con ensalada de cebollas y tomates, rasgó la parte superior e introdujo un dedo, y ágil cual cajero de banco, recorrió el grosor del fajo formándose sin dudas una visión cabal de cuánto sumaba un papelito junto al otro.

– Si no tiene inconveniente, caballero, creo que con este cambucho estaríamos estando -concluyó.

– Si usted está de acuerdo consigo mismo, yo estoy de acuerdo con usted.

– Entonces no se hable más y partamos.

Victoria Ponce sintió el tiempo que había transcurrido menos en el reloj que en la debilidad del sol, que ahora parecía haberse precipitado en el poniente.

– Le ruego que esperemos un poquito más.

– Ya no, señorita. Si cae la noche, no hay viaje. Con la cordillera no se juega.

Los primeros trechos hasta llegar a los faldeos de la montaña eran sólo planicie, y aunque plagados de zarzamoras, pedregullos y roqueríos que arañaban o pinchaban sus cuerpos y el de sus cabalgaduras, resultaron amables en comparación con las prominencias que conducían a las huellas de los baquianos.

La puesta de sol coincidió con un quiebre en las espesas nubes, y a Victoria le acometió el espanto de ver que la cumbre nevada de la montaña estaba encintada en angosturas que les permitían a los caballos un espacio no superior al metro. Tito percibió las vacilaciones de la muchacha, y con su mano enguantada tomó la rienda del potro azabache que la conducía y la instruyó:

– Si se asusta, no tire con violencia la rienda, pues al querer frenarla su bestia puede resbalar. Usted deje no más que El Salvaje la conduzca a su amano y no intente influir sobre su marcha, pues no es una profesional. Y el caballo ya lo sabe. Comprende que de usted no puede esperar otro aporte que los temblores del miedo, y en el fondo la desprecia. Para el animalito, usted no es otra cosa más que una pesada mochila. Así que no se mueva. Haga cuenta de que está en un avión y que su destino ya está decidido. No puede pedirle al piloto que aterrice sobre un pico de la cordillera de los Andes.

– Es que el camino se estrecha cada vez más.

– Justamente. Por eso permítame pasar delante. Dentro de pocos minutos no cabrán nuestros dos animales en la misma línea.

– ¿Tiene otro consejo?

– Eso sería.

En cuanto ganaron un poco de altura, Victoria utilizó todos los paisajes que le regalaban los recodos del camino para otear en el llano a ver si encontraba a Ángel. El silencio del grupo se impuso sin que nadie lo propusiera. Sólo se podía oír el repiqueteo de las herraduras contra los guijarros y roqueríos o el desprendimiento de piedras que se precipitaban por la cuesta.

Comenzaba a anochecer cuando ganaron la zona más encumbrada. El hombre que los arriaba detuvo su corcel y se aclaró la garganta.

– Desde ahora en adelante, amigos, hay un tramo de alrededor de media hora que es escarpadísimo. Si los agarra un vértigo, échense sobre el cuello de sus caballos, cierren los ojos y dejen que sea mi voz la única que estas bestias escuchen. Una sola cosa no quiero oír de ninguno de los dos: que me imploren que los lleve de vuelta. Fueron valientes para dar el Golpe, sean también corajudos en la libertad. ¿De acuerdo, don…?

– Llámeme Tito también -escupió Vergara Grey, tratando de controlar el castañeteo de sus dientes.

– A mí también -dijo Victoria Ponce.

El ascenso se fue realizando al amparo de los últimos destellos de luz. A medida que avanzaban, el aire se hacía más delgado y transparente y los oídos de los dos neófitos en esos parajes se llenaron de desgarros ocultos, lobos, pumas, aleteos de aves de rapiña. La trabajosa procesión parecía más un duelo de penitentes que el desfile triunfal de bandidos forrados en abrigadores fajos de billetes.

Hasta las mismas cabalgaduras parecían hurañas y gélidas, sin relinchos ni cambios de marcha, casi como un veredicto de la rutina. Justo la chica pensó en el rucio, en aquel día cuando el tierno acompañante de Ángel había abrevado en el lago mientras ellos espadacheaban con rudimentos banales de filosofía liceana. Estos animales de carga, envejecidos por la tortura de los pasos al borde del abismo, le produjeron una inconmensurable pena, y deseó haber metido junto a los dólares y los millones de pesos también alguna zanahoria que fueran mordisqueando en el sendero, como los indios lo hacían en la altura con las hojas de coca.

¿Qué energía podrían sacar los pobres de esos hielos? ¿Qué calor de esa nieve que horadaba sus pezuñas mártires? ¿Y dónde estaría su amado? ¿Habría renunciado al camión y su tardanza se debía a que en la excitación del triunfo vendría desde Santiago galopando a todo vapor en los lomos del rucio?

Poco después de que empezara a expandirse la noche la caravana llegó a una extensión plana cubierta de hierbas y matorrales, y el baquiano desmontó de su tordillo y fue a ofrecerles ayuda con una semisonrisa. Les anunció que era imposible cruzar la frontera esa noche, pero ya tenían lo peor de la ruta tras ellos, y en ese paraje que pisaban, detrás de la maleza había una cueva de tal proporción que podrían acampar los tres con sus cabalgaduras.

Allí podrían pestañear y dormir un tiempecito hasta que levantase la primera claridad y luego, tras dos horas de marcha, estarían muy cerca de una aldea trasandina donde encontrarían un hotel y un recepcionista que a precio razonable olvidaba exigir que acreditaran sus identidades. Allí mismo podrían comprar valijas, incluso modernas, con chapas de seguridad incluidas, y atuendos propios de los paisanos de la región hasta que se perdieran en ese tumultuoso océano que es Buenos Aires. Si Ángel Santiago no llegaba oportunamente, él lo colmaría de señas y bosquejos que le permitieran encontrarlos.

Luego les pidió ayuda para desbrozar un matorral circundado por rocas y espinas. Quienes estaban en el secreto ocultaban de ese modo el acceso a la caverna. El compromiso de honor con los ladrones de ganado y contrabandistas era borrar toda huella antes de partir.

Se multiplicaron los arañazos en las manos y los rostros, un arbusto con espinas como alambre de púa hizo sangrar el lóbulo derecho de la bailarina, y el barro semilíquido se filtró por las botas de Vergara Grey. Cuando despejaron un tramo lo suficientemente grande, con agradecida humildad, las cabalgaduras fueron a ubicarse al fondo, y el baquiano les derramó ante los belfos el heno que llevaba en un hatillo.

Mientras las bestias mordisqueaban sus raciones, Títo puso tres mantas de gaucho sobre la tierra y comenzó a bombear una pequeña cocinilla de queroseno en la cual calentaría agua para disolver café instantáneo. Victoria acercó sus pies a la llama y al cabo de unos segundos pudo sentir que sus talones, casi tallados en hielo, empezaban a ceder y le permitieron flexionar las extremidades en uno de esos ejercicios preparatorios que hacía en las barras.

El baquiano les sugirió que no perdieran tiempo en imaginarse el futuro, pues según su experiencia, la huida era un proyecto en sí misma.

– Una vez que se huye, uno nunca para.

Cuando Victoria Ponce se sacó los calamorros forrados en piel y pulsó uno a uno los dedos de sus pies para constatar que seguían allí, Vergara Grey se le acercó con un poncho del grosor de un choapino y se los envolvió diligente.

– La plata es la plata. Pero en verdad estos pies alados son nuestro único capital, hija.

– Y tu cabeza, papi -respondió ella con una sonrisa.

Puso su nuca sobre la montura, y mientras la niebla penetraba en la caverna, se fue quedando dormida tocada por esas manos leves y difusas.