37944.fb2
Andy pasó a recogerme a las siete de la mañana con su Opel Astra blanco. Estaba eufórico porque había llegado el gran día.
– ¿No lo oyes? -me dijo, haciendo pantalla en el oído-. El Tronador nos está llamando.
Era un guiño al pasado. En las vísperas de nuestros ascensos había hecho el mismo alegre comentario. «El Cervino nos está llamando, ano lo oyes?» En aquella ascensión me salvó la vida. En ésta, la broma cobraba más sentido, porque el Tronador debe su nombre a la leyenda indígena, según la cual, cuando hay tormenta, el monte emite un rugido que se oye a muchos kilómetros de distancia. Existía una explicación menos lírica: sus periódicos estruendos se debían a los frecuentes desprendimientos de seracs.
Me moría de ganas de ascender la cima blanca, pero en aquel momento la presencia de Andy me amedrentaba, era un constante recordatorio de que tenía un dilema peliagudo que me resistía a encarar. No había pegado ojo en toda la noche pensando en la revelación de John Lizzy y en el peso de una responsabilidad -la de mantener el secreto- que me abrumaba. Entendía perfectamente el asunto, y por qué Andy se había convertido en un problema, en un verdadero quebradero de cabeza, aunque no fuera más que un representante de una corriente mucho más numerosa. En sus libros y en sus experimentos, Andy vendía el ideal. Hace falta temple para optar por la realidad cuando nos ofrecen el ideal. En un contexto de duda y confusión, el Nuevo Paradigma suponía avanzar en la dirección equivocada.
Sin embargo, no podía dejar de reconocer a Andy, mi amigo, un hombre al que apreciaba, al que quería aunque fuese enemigo de la ciencia.
Metimos todo el equipaje en el maletero y nos echamos a la carretera. Él se ofreció a conducir primero. Agradecí que pusiera algo de música clásica y no hablara (tal vez me vio ojeroso, le dije que no había dormido bien). Necesitaba pensar. Trataba de pensar en Andy, pero la trayectoria de mis pensamientos se desviaba enseguida y acababa pensando en mí. Era consciente de que el futuro de Andy estaba en mis manos. Su proyecto Inquiring Minds, que él mismo promocionaba en sus conferencias internacionales, le iba a costar muy caro. Cuando terminase la operación y Lizzy diera a conocer el engaño, su carrera se iría a pique.
Podía intentar disuadirle, revelarle lo que sabía, la devastadora verdad. Sería violento, tan desagradable que el mero hecho de pensarlo ya me resultaba un mal trance. Aniquilaría sus esperanzas, le dejaría para el arrastre, pero, si sabía reaccionar, escaparía de la trampa que le habían tendido.
Y si hacía esto, me convertiría en enemigo del CSICOP, actuaría en contra de aquellos hombres sabios que luchan contra las seudociencias, en favor de la verdad. Les desmontaría su Proyecto Psy, sus esfuerzos por acabar con una corriente creciente y perniciosa. Era cierto que cuanta más resonancia tuvieran los aparentes éxitos de Andy, mayor sería el golpe a las seudociencias, pero nunca sería suficiente para desenmascararlas. En todo caso, contribuiría a que muchos científicos no se dejaran engatusar por ciertos cantos de sirena.
¿Qué hacer? ¿Traicionar al movimiento escéptico o traicionar a Andy? Me encontraba en un serio apuro. Si hacía de la razón mi guía, el alineamiento con la causa escéptica era incondicional. Y si escogía el silencio, dejaría que se estrellase el hombre que me había salvado la vida en un paso aéreo, con una sima de hielo a mis pies, asiendo firmemente mi muñeca mientras yo, con la misma mano, me aferraba a la suya.
Almorzamos algo ligero en Chillán y allí me puse al volante. Siguiendo por la ruta 5, llegamos a Osorno para pernoctar en una hostería que, por cierto, nos recordó mucho al estilo de las casas de campo de los Alpes alemanes. Nos alegró la vista un escenario de bosques autóctonos y un gran lago, tras el cual se erigía un gigantesco volcán del mismo nombre que la ciudad. El paseo que dimos después de cenar me oxigenó la cabeza y me aligeró de la pesadumbre. Por un rato, no quise pensar más, simplemente vivir, respirar aquel aire de la noche lleno de aromas del campo, la libertad, la sensación de espacio abierto.
Sin embargo, en cuanto me tendí en la cama y cerré los ojos volvió a acometerme el tormento de la duda. Pensé en el CSICOP, en todo cuanto había visto en aquella oficina, en lo que me relató John Lizzy. Me agradaba su filosofía. Tenían una gran revista. Siempre admiré a científicos como Carl Sagan, Isaac Asimov o Martin Gardner. Era un empeño noble. ¿Qué había hecho Andy para merecer que lo escogieran en su lucha contra el fraude? Cada uno actúa y trabaja desde sus creencias y principios, y él estaba en su derecho. No había intentado engañarme a mí, ni a nadie. Había tenido mucho éxito con su libro y con su Nuevo Paradigma, eso era todo. Unos tipos listos se habían fijado en él y habían decidido convertirlo en su objetivo.
Trampas contra trampas. Juego sucio contra el fraude. Habiendo tantos impostores por el mundo vendiendo el elixir de la felicidad, ¿por qué habría de tocarle a él? Había cruzado una frontera invisible, donde la vigilancia se extrema. Era la frontera de la ciencia, una zona protegida de la manipulación, la demagogia, la estafa. El CSICOP patrullaba este paso fronterizo para impedir que se colaran los impostores. Sentía que yo debía contribuir a esta causa, la del rigor y la honestidad. Sin embargo, me daba cuenta de lo ingenuo de este sentimiento. ¿Acaso tenía yo algún vínculo sentimental con John Lizzy o con el CSICOP? ¿Por qué este deseo de alinearme con ellos y contribuir a sus planes? ¿No ocultaba un fondo de despecho por mis propios errores y mi autoengaño? Lo que me unía al CSICOP era el odio a Vera, a los videntes, a todos los que engañaron a Elena. Pero Andy nunca engañó a Elena. Tampoco a mí. Fui yo quien deseó ser engañado. Nunca imaginé que los parapsicólogos pudieran llegar a ser tan nocivos.
Proseguimos el viaje a la mañana siguiente hacia el oeste, cuando el sol del amanecer restalló en el lago. Las temperaturas descendían a medida que nos adentrábamos entre montañas y paredes de roca, por donde silbaban los vientos patagónicos. El paisaje se volvió yermo. En el paso del Cardenal Salmoré, entre el papeleo de la aduana chilena y la aduana argentina perdimos casi una hora. La carretera empeoró bastante en la vertiente oeste de la cordillera, con lo que el recibimiento al nuevo país no fue el mejor. La carretera serpenteaba entre collados de rala vegetación, sin apenas tráfico. Llegamos al anochecer a San Carlos de Bariloche, una pequeña ciudad llena de lujosas casas, residencia veraniega de bonaerenses acaudalados, enclavada en un bello paisaje. Durante todo el trayecto, Andy evocó los mejores momentos de nuestras escaladas, aquellos tiempos del CERN, cruzando los Alpes como Aníbal. Y las horas se pasaron en un vuelo, entre animadas conversaciones y música de Freddie, y también de Bono. Propusimos dos temas imprescindibles para el disco de oro de la próxima sonda espacial Voyager. I was born to love you, por su parte, y Desire, por la mía.
No obstante, persistía la zozobra que me provocaba el espinoso dilema, cuya sombra no dejaba de planear sobre mi cabeza. Una y otra vez me repetía que, fuera cual fuese mi decisión final, la tomaría al regreso, pues no estaba dispuesto a echar a perder nuestra ascensión. No estaba dispuesto a dejar que se nos nublaran esos días de felicidad. A la mañana siguiente salimos de Bariloche por la ruta 258, bordeando un lago tras otro, aguas de un verde limpio, y nuestro prurito de escaladores se convirtió en urticaria cuando pasamos cerca del cerro Catedral, plagado de agujas y laderas escarpadas. Andy llevaba el mapa y me iba indicando la ruta. Un desvío nos condujo a un puente sobre el río Manso. Varias veces nos detuvimos para sentir la presencia de aquellos escenarios y aspirar aquel aire puro y frío. Nos rodeaban bosques húmedos, prados, extensiones de helechos, lagos y ciclópeas montañas. Fue entonces cuando por fin dejé a un lado todas las preocupaciones. Dejé de pensar en Andy como la persona que estaba siendo utilizada por una organización escéptica para asestar un golpe mortal a la parapsicología. Y dejé de pensar en mí como la persona sobre la que recaía el peso de una difícil decisión. A la mierda con eso.
El camino pronto comenzó a estrecharse y a discurrir entre barrancos al pasar sobre el puente de un arroyo. Entramos en el valle del río Manso en segunda marcha. Quince kilómetros después llegábamos a Pampa Linda, a casi mil metros de altura, fin del trayecto en coche.
Nos registramos en las oficinas de la Gendarmería Nacional y dejamos constancia de la fecha de bajada y del equipo del que disponíamos. La previsión del tiempo era excelente. Soplaría viento del sur, pero esto era una constante allí. Almorzamos en el pueblo y compramos provisiones ligeras para el ascenso.
– Qué pena que aquí no podamos tomarnos una buena raclette -dijo, en un nuevo guiño al pasado, a Zermatt, a aquellas fondas en casas antiguas de madera oscura.
Desde Pampa Linda arrancaba un sendero que, pasado un río de aguas espumeantes, subía en marcada pendiente. Era el tipo de camino que nos gustaba, lleno de curvas cerradas. Podíamos divisar las interminables hileras de cónicos cedros y lengas en las faldas de las montañas, arrayanes de serpenteante tronco, una increíble gama cromática de verdes bordeando las riberas. Andy chilló a pleno pulmón cuando metió la cabeza en el chorro de una alfaguara. Un zorro se esfumó antes de que pudiera sacar su pequeña cámara de fotos. Desde las ramas más altas nos observaban pájaros carpinteros y cada poco nos sobresaltaban sonidos de animales entre los arbustos. El sendero se fue estrechando y la vegetación raleaba para, finalmente, llegar a un lugar señalado como «descanso de los caballos», un calvero de sotobosque que nos abrió la vista del imponente Tronador bajo el cielo de la tarde. A partir de allí la senda discurría por un pedregal. Pronto llegamos a la base del monte, dominada por el Ventisquero Negro, un glaciar cuyo color oscuro contrastaba con el blanco inmaculado de las cumbres. Cerca de allí se precipitaba una cascada de aguas gélidas.
Comimos algo, nos abrigamos bien y seguimos adelante, apretando el paso para llegar al refugio antes de que oscureciera. Dejábamos atrás los primeros glaciares. Hubimos de utilizar linternas para enfocar el último tramo, poco antes de alcanzar el refugio Otto Meiling, a 1.900 metros. Un poco más y hubiera sido difícil seguir por aquel pedregal a oscuras. Nos alegramos de que todo estuviera resultando conforme a lo previsto.
Era, como nos habían anunciado, un refugio de primera categoría. Teníamos a nuestra disposición literas, mantas, una rudimentaria cocina y un botiquín. Compartimos, además del amor a la montaña, nuestros quesos y embutidos con un grupo de nueve escaladores chilenos en un amplio comedor caldeado por el fuego de una chimenea. Los otros iban a seguir una ruta diferente y pensaban coronar la cumbre chilena.
Nosotros nos enfrentaríamos con el Pico Argentino. Conversamos sobre las ventajas e inconvenientes de la nieve granulada, la nieve fresca, las placas de viento y los tramos mixtos de hielo y roca. Dedicamos un rato a marcar los puntos de referencia sobre el papel. Fue reconfortante irse a dormir a la litera pensando que el día siguiente era el gran día.
Y el gran día llegó. El sol restallaba en los glaciares. Nos pusimos las botas con crampones que hacía casi tres años que no me ajustaba. Hierros, cuerdas, arneses, mosquetones, y el hielo deslizante bajo los pies. Mis primeros pasos fueron torpes, me sentí lento y pesado como un saurio, pero al cabo de una hora ya había recuperado las viejas sensaciones.
Continuamos desde el refugio por el Filo de la Motte, una arista de suave pendiente nevada que divide las cuencas de los glaciares, hacia el cielo abierto. Hasta aquí no había posibilidad de salirse del rumbo, ya que fuera del Filo sólo había derrumbaderos y laderas muy quebradas. Continuamos hasta un promontorio de roca, una de nuestras referencias, a 2.400 metros. Eran las once.
Nuestro siguiente paso era escalar el Filo de la Vieja, antesala del tramo que continuaba hacia la cumbre. Era el ascenso más técnico y exigente. Todo iba bien hasta que cometimos el error de salirnos de la ruta, ya que en lugar de descender hacia la izquierda, seguimos por el filo en dirección a la cumbre. Allí nos encontramos con una zona impracticable, peligrosa, llena de grietas y paredes verticales, en la que nos atascamos y derrochamos mucha energía. Nos dimos cuenta de que aquélla no podía ser la vía correcta porque no había cordadas fijas.
Cuando regresamos al punto donde habíamos equivocado la dirección eran las tres. Habíamos perdido algo más de una hora y eso nos descabalaba los tiempos marcados. Nos hidratamos y discutimos si aún era factible coronar o, mejor dicho, si podíamos coronar y también realizar el descenso antes de que nos cercara la noche. Andy propuso bajar, pero yo creía que aún teníamos tiempo. Le convencí para seguir, pero lo cierto es que estábamos nerviosos.
Días después comprendí por qué me había obcecado en continuar, cuando la prudencia aconsejaba lo contrario. El contacto con la naturaleza en estado puro me había provocado una suerte de catarsis. Necesitaba esa inyección de energía, la recompensa de la cumbre, para afrontar la dura prueba que me esperaba después: resolver el conflicto que implicaba a Andy, enfrentarme con mis sentimientos hacia Annette, aceptar mi fracaso y, sobre todo, consumar mi duelo por la pérdida de Elena dejando en la cima, bajo el cielo austral, los últimos restos de remordimiento por lo que mi actitud había contribuido a su muerte. Necesitaba llegar a ese punto en el que lo viera todo diáfano alrededor, para despojarme de un gran peso, enterrarlo simbólicamente en la nieve y descender liberado de cargas. Sólo esa cumbre podía marcar el antes y el después. Y, de ese modo, podría partir a Brookhaven con la certeza de que iniciaba una nueva etapa en mi vida, ya sin lastres.
Después de descender el Filo de la Vieja hubo que continuar rodeándolo por la izquierda y empezar a dirigirse hacia el portezuelo, sorteando grietas y rodeando seracs. Nos desplazamos encordados, caminando en simultáneo, en paralelo a la ladera, sin hacer una sola pausa en dos horas. A las cinco llegamos a la depresión del portezuelo, un plano de intersección entre el Pico Argentino y la cumbre Internacional. Era un impresionante balcón al Parque Nacional Nahuel Huapi y al valle del río Negro.
Ante nosotros teníamos la pared norte del Pico Argentino del Tronador, medio kilómetro de desnivel y 55 grados de inclinación, con fuerte exposición al viento del sur. No hubiera representado un escollo en los tiempos del CERN, pues habíamos salvado paredes más difíciles, pero acusaba la falta de entrenamiento y el gran desgaste físico de haber llegado hasta allí con demasiada prisa. Quedaban pocas horas de luz.
– ¿Seguimos adelante o bajamos? Podemos intentarlo mañana -dijo Andy.
Me encontraba fatigado y furioso ante la perspectiva de bajar en balde. Propuse seguir por pura terquedad. Había que superar un par de grietas y, dado lo expuesto del paso, montamos un anclaje al pie. Pero antes de que pudiera asegurarlo, resbalé con la puntera y me deslicé pendiente abajo una docena de metros, hasta que logré recuperar el equilibrio, clavar el piolet y afianzar los crampones. En este trance me torcí un tobillo. Me latían las sienes de la tensión. Andy se apresuró a bajar hasta mi posición. Me tendió una mano. Me preguntó si me encontraba bien. Lo cierto es que las fuerzas me habían abandonado en esos segundos de pavor. La cabeza me daba vueltas.
Emprendimos el descenso después de sujetarme el tobillo con una venda. Me acordé de cuando le vendé el tobillo a Elena en aquel refugio del Monte Perdido donde nos encontramos una noche de tormenta, donde nos conocimos y nos enamoramos.
Durante la cena, al calor de la chimenea del refugio Meiling, estaba de pésimo humor, pero Andy trató de animarme con ciertas confidencias sobre el pasado, sobre los hombres que marcaron su biografía sentimental. Al principio no sospechaba adónde iría a parar. Al cabo de un rato me insinuó que en aquellos años escalando los picos del Valais y de la frontera italofrancesa se había enamorado de mí.
Consciente de que no tenía ninguna oportunidad, y temiendo que su declaración enturbiara nuestra amistad, optó por callarlo y disimular. Yo no supe qué decir. Me sentí abrumado e incómodo. ¿A qué venía todo aquello ahora? No sabía qué esperaba de mí, exactamente. Después me relató su peripecia personal desde la adolescencia: los problemas con su padre, que nunca llegó a aceptarlo, la costumbre del disimulo en la escuela, en la universidad. Escuché un relato lleno de dolor, muy humano, en cierto modo emocionante, en el que me había conferido un papel que no había merecido, del que ni siquiera había sido consciente, hasta ese momento. Noches en las que vivaqueamos en una ladera, buscando el calor de nuestros sacos de dormir, y en las que nunca tuve la más mínima sospecha de lo que le bullía por dentro. Mi mal humor se fue mermando.
– De acuerdo -le dije-, me has conmovido. Y ahora, ¿qué? ¿Nos tiramos directamente a una litera o hacemos planes de vida en común?
Por suerte, aún fue capaz de reír.
Me habló, con más alegría, de un nuevo libro que había empezado a escribir: Thinking Outside the Box. Pretendía ser «una exploración más allá de los límites». Empleó otras expresiones grandilocuentes, como «los grandes misterios» y «profundo océano de la verdad».
Mientras escuchaba su apasionada disertación, sentí una furiosa acometida de piedad. ¿Profundo océano de la verdad? ¡Si supiera la profundidad de la mentira en la que se estaba hundiendo! Por encima de la piedad latía una rabia contra mí mismo, por estar ahí, con él, ocultándole todo lo que sabía, fingiendo naturalidad. Tal vez había llegado demasiado lejos. Me sentía un repugnante impostor. Ellos le estaban utilizando y yo lo sabía. ¿Qué clase de amigo era yo? Comprendí que mi gran error del pasado, con Elena, consistió en anteponer la ciencia a las personas.
Me debatía en una lucha interior. ¿Debía decírselo? ¿Le abría los ojos a la cruda realidad, allí, en el refugio? ¿Traicionaba al comité escéptico? Mi nerviosismo me delató.
– No te preocupes -dijo Andy-, sé lo que estás pensando. Convenceré a Lizzy para que te admita. Dará su brazo a torcer. Estoy trabajando en ello. Mi posición es fuerte, porque de mí depende que esto salga adelante. Le he echado un órdago.
– Olvídalo, Andy. No quiero seguir contigo en ese asunto. No quiero saber nada más de ese asunto.
Se quedó perplejo y consternado. Creía que Lizzy me había presionado demasiado, que había claudicado contra mi voluntad. Hizo un último intento para ofrecer resistencia, pero lo cierto es que mis últimas resistencias se estaban viniendo abajo.
Había llegado el momento de la verdad. Reuní valor y me preparé para asestar a mi amigo un golpe mortal.