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Alrededor de la residencia de ancianos todas las calles estaban cortadas, iluminadas únicamente por los faros de los vehículos y las sirenas. Dos autobuses escolares amarillos esperaban con el motor ronroneando. Bomberos, policías, enfermeros, voluntarios de la Cruz Roja ayudaban a evacuar uno a uno, lentamente, a los ancianos.
En todas las sociedades se organiza una jerarquía. Ya sea autoproclamado, ya sea elegido por sus condiscípulos, un jefe es imprescindible en todo grupo cuando hay que actuar. Martin caminaba delante, con Alexis a su derecha. Seguían, en desorden, Anne, Boris, Michel y Julie.
Ligeramente apartado se encontraba el sargento jefe Couillard, responsable de la evacuación. Sin dudarlo, Martin se plantó ante él.
– ¡Soy del cuerpo! ¿Qué podemos hacer para ayudarle?
– Del cuerpo… ¿de qué parte?
Martin habló un poco más bajo.
– Soy profesor en la escuela de policía…
– Ya veo… ¿Hace tiempo que no trabaja sobre el terreno?
– Cinco o seis años…
El sargento jefe Couillard no pudo evitar una mirada de desprecio. Él lo tenía muy claro. En la policía, los que son capaces actúan, y los que no son capaces enseñan. Martin, descolocado por un momento, miró a su tropa, que empezaba a dudar. Por el altavoz del coche patrulla, una voz gritó:
– ¿Jefe? ¿Jefe? ¿Está usted ahí, jefe?… Jefe… ¿Me oye?
El sargento jefe Couillard se apartó de la portezuela a la que estaba pegado para descolgar, exasperado, el micro del interior del coche.
– Pues claro que estoy aquí, ¿dónde quieres que esté? ¡Te oigo!
– Esto está muy jodido, jefe, tardamos quince minutos en sacar a cada uno… Lloran, se agarran a los barrotes de la cama, se quieren llevar recuerdos, necesitamos refuerzos…
– Espabilaos, no quedan refuerzos, la cosa está igual de jodida en todas partes. ¡Considera la situación en su contexto global antes de quejarte!
– Pero, jefe, al ritmo que vamos, ¡tardaremos días!
– Deja que analice la situación… Miraré qué puedo hacer…
– ¡Gracias, jefe!
El sargento jefe Couillard no tuvo que mirar muy lejos. Observó a Martin de arriba abajo.
– ¿Cómo piensa arreglárselas con esos yesos?
– ¡Yo dirigiré la intervención de mi equipo!
El jefe contempló al equipo. Julie, Boris, Michel, Anne y Alexis se pusieron instintivamente firmes. Aquello al jefe más bien le puso nervioso.
– ¡Maldito hielo! ¡Si no fuera porque estamos hasta el cuello! Bueno… De acuerdo… Pueden ayudarme. Solo quiero comprobar una cosita.
El jefe se acercó a Martin.
– ¡Sople!
Martin no sopló muy fuerte, pero fue suficiente para una nariz experimentada. Entre la tropa se oyeron risitas bobas. Se divertían soplándose unos a otros.
– Ninguno de ustedes se pondrá al volante… ¿Entendido?
– ¡Afirmativo!
– Encárguense de la quinta planta…
Cuando Martin se dio la vuelta, Anne se estremeció. Su mirada ya no era la misma. Y aquello no tenía nada que ver con el alcohol. Era una mirada que había conocido en otra vida. Pensaba que la había perdido para siempre jamás, pero no, había regresado. No había desaparecido, solamente había quedado apagada y el hielo la había iluminado de nuevo.
– ¡Anne, Julie, Michel, Alexis, Boris, lo más importante es actuar, pero antes hay que reflexionar! ¿Entendido?
– Sí…
– Sí, ¿qué?
– ¡Sí, Martin!
– Michel, Alexis y Boris, os ocuparéis de transportar a las personas. ¡Sois la parte física! Anne y Julie, os ocuparéis de los efectos personales, del bienestar, de la moral de los evacuados. ¡Sois la parte emocional! Si nos encontramos con casos recalcitrantes, vosotras os encargaréis, les hablaréis mientras los hombres se llevan a los autobuses a los que ya estén listos para ser evacuados. Quiero que cada cinco minutos se evacúe al menos a una persona. Actuamos con urgencia, pero reflexionamos. ¿Está claro?
– ¡Sí, Martin!
– ¡Seguidme!
El sargento jefe Couillard miró a aquella tropa tan curiosa que entraba en el edificio. Perplejo, se frotó la gorra y volvió a coger el micro.
– ¡Eh, los de allá arriba! ¿Se puede saber qué hacéis para tardar un cuarto de hora por cabeza? ¿Es que no os han enseñado nada en la escuela de policía? ¿Os lo tengo que explicar yo todo?
– ¡Vamos, otra vez!
– ¡Señor Archambault, hay más gente esperando!
– Hacía más de quince años que no me reía tanto…
– Vale, vale… pero es la última vez. ¡Un poco de solidaridad, señor Archambault!
– ¡Te prometo que después seré solidario!
Alexis hizo girar la silla de ruedas sobre el hielo. El octogenario, divertido, tardó largos segundos en recuperarse de la risa. Pero los ancianos no son forzosamente tiernos entre sí y las promesas de solidaridad pueden olvidarse muy deprisa.
– Al viejo Tremblay no se lo haga. ¡No para de molestar a todo el mundo en el comedor!
Cuando subieron al señor Archambault en el autobús amarillo, ya bastante lleno, fue recibido con una salva de aplausos. Después hubo un pequeño debate.
– Apuesto a que los próximos en salir son los gemelos Gagné. ¡Dos pavos a tres contra uno! ¿Quién juega?
– ¡Yo!
– ¡Archambault! ¡Deja de apostar o no podrás dejar nada a tus herederos!
Un nuevo estallido de carcajadas iluminó el autobús. Mirando a través de las ventanas, los treinta ancianos, con la sonrisa en los labios, esperaban a los siguientes en salir. Al cabo de un minuto aparecieron Julie y Anne, cada una dando el brazo a un septuagenario perfectamente idéntico al otro.
– ¡Los gemelos siempre con las chicas guapas!
– ¡Me debes dos pavos!
En el autobús volvieron a aplaudir la entrada de los dos Gagné. Y empezaron a cantar.
– «Son de los nueeeestros, suben al autobús como nosoootros…»
Entre la alegría generalizada, nadie se había fijado en Boris que, sosteniendo con delicadeza a una señora mayor, la acompañaba hasta la puerta del autobús. Se le colgó al cuello y lo abrazó un momento ante los emocionados ojos de Anne y Julie.
– ¿Vendrá a visitarnos, Boris?
– Somos vecinos, pasaré con mi novia.
– ¿Tiene novia?
– Sí, para toda la vida.
Julie cayó en los brazos de Anne. Mientras la anciana, sujetada por Boris, subía los escalones del autobús, Martin salió del edificio para ir a buscar al sargento jefe Couillard, quien, sentado sobre el coche patrulla, acababa de ver cómo habían vaciado toda la quinta planta mientras que sus hombres no habían evacuado más que la mitad de la segunda.
– ¡Misión cumplida!
– Lo sé, lo sé…
– ¿Qué hacemos ahora?
– ¿Qué haría usted en mi lugar?
– Me pediría que vaciara la cuarta.
– Exacto… Exacto… Vacíen la cuarta planta…
Con un chasquido de dedos, Martin reagrupó a sus efectivos. Cuando ya se disponía a partir al rescate de la cuarta planta, el sargento jefe se acercó a él para que nadie le oyese.
– ¿Cómo se las han arreglado? Nosotros no hemos vaciado ni la mitad de una planta.
– ¡Desdramatizar, explicar, positivizar, organizar! Y después… ¡Actuar!
– ¡Ah, sí! Ya recuerdo, nos lo explicaron en clase… Pero, dígame, para insuflar ese espíritu de grupo a su equipo, ¿usted cómo lo hace?
Martin miró su yeso, bueno, su reloj.
– Sargento jefe, lo siento mucho, pero tengo una planta que vaciar y no querría acostarme a las tantas. Si quiere, podemos hablarlo otro día, ¿le parece?
– Perdone, perdone. Siga con lo que tenga que hacer. No le molesto más…
Martin se giró para contar con el dedo si su tropa estaba al completo. En aquel instante Anne habría querido no ser más que un número, o no ser más que la «número uno», la única en seguir a su hombre en aquella nueva aventura.
– Tu marido es un hombre de una pieza.
– No entiendo nada de lo que me está pasando…
– A mí me pasa igual, pero acepto todo lo que me viene con los brazos abiertos.
– ¿Cuánto tiempo hace que conoces a Boris?
– Tres días, desde que empezó a caer este maldito hielo… Bueno, digo maldito, pero si no hubiera caído hielo, no lo conocería. Esto es lo más curioso. ¡En el fondo ha sido gracias a una desgracia!
Anne, maravillada, miró fijamente a Julie y luego alzó los ojos y miró el cielo. Bajó la cabeza para observar el suelo lleno de hielo. Después se giró hacia Martin, quien, tieso como un policía, partía valerosamente hacia su próxima misión a la cabeza de su improvisado equipo de intervención. Apresuró el paso y se cogió del brazo de Julie. Esta apoyó la cabeza en el hombro de su nueva amiga.
– Tienes razón, mi querida Julie. ¡Ha sido gracias a una desgracia!