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– ¡Rueda!
Pipo, lentamente, obedeció con su cuerpo fatigado. Siempre había sido blanco, pero ahora tiene nuevos pelos blancos. Es blanquísimo, casi transparente. Sé que solo dará una vuelta sobre sí mismo. El más fiel entre los fieles, hasta su último día, hará su número para complacerme. Los perros, como los grandes campeones, deben saber retirarse a tiempo, si no el final de su carrera nos provoca tristeza.
– ¡Chasquea los dedos! ¡Haz que se arrastre!
– No, ya es demasiado viejo…
– ¡Quiero que se arrastre, te digo!
A los veinte años se tiene la vida por delante. Pero a mi hermanita la tenemos siempre detrás.
– ¡Quiero que se arrastre, te digo!
Si, a los nueve años, mi hermana pequeña tiene un carácter endemoniado, es porque es la última. Pero no es la única razón. Mis padres la llamaron Aqua. En el registro civil, el funcionario ya les advirtió que un nombre demasiado original, difícil de llevar, podía perjudicarla.
– Para nosotros fue el momento en que la vida volvió a empezar. No la íbamos a llamar Enladucha, ¿no?
Dice la leyenda que muchos niños fueron concebidos durante la Crisis del Hielo. Incluso se habló de ello en los periódicos.
Pero llamarte Aqua te complica la vida. Lo dije antes, los niños son crueles entre sí.
– ¡Aqua… rela!
Pipo hizo su pis ritual en aquel arbolito que bajo el hielo se dobló por la mitad. Hoy es un hermoso arce; aunque todavía no es el más grande de la calle, se yergue muy tieso y apunta orgulloso su copa hacia el cielo.
– ¡Quiero que se arrastre, te digo!
– Es demasiado viejo… Simon y Michel no quieren que lo cansemos.
– Con no decírselo… ¡Será nuestro secreto!
Michel y Simon no volvieron a comprar Chivas Royal Salute, de veintiún años. Es más, decidieron no volver a beberlo. Aquel momento que ellos creían único solo ocultaba su voluntad de no existir.
Cuando Simon fue a confesarse al presidente del Colegio de Psicoanalistas de Quebec, llevó su cabeza en una bandeja; pensaba que si se la cortaba él antes, le haría menos daño. Pero hasta cuando nos creemos condenados, aparecen las verdades de la vida para atraparnos.
– Simon, eso no tiene la menor importancia. Mírame a mí. No me queda ni un pelo y tengo una barriga enorme. ¿Dónde te crees que conocí a Sonia? ¡Veintitrés años menos que yo! ¿Tú me has visto? ¿Has visto lo buena que está ella?
En Météo Canada, la revelación de la homosexualidad de Michel no desencadenó ninguna tormenta, más bien trajo la calma. Ahora todo el mundo lo sabía. La revelación no es solo una luz interior, es una luz que, al iluminar tu verdadera cara hacia el mundo, termina por cambiar lo que el mundo ve.
– ¿Por qué no quieres que se arrastre?
¿Yo también era así, de pequeño? ¿Me tenían que repetir veinte veces lo mismo para, al final, no entender nada?
Tiré suavemente de la correa de Pipo para completar la vuelta al bloque. Me siguió a pasitos muy cortos. Sonó mi móvil. Me llamaban de casa.
– ¡Aquí el sargento jefe papá! ¡Las gemelas acaban de llegar!
– ¡Pipo, a casa!
– ¡Quiero que se arrastre!
– ¡Cierra el pico y corre!
Cuando mi padre y mi madre me anunciaron, aquel 9 de enero de 1998, que no se separaban, tuve muy poco tiempo para saborear mi alegría.
– ¡Alexandrie! ¡Alexandra!
Julien y las gemelas llevaban tres días sin electricidad. Vivían en Montérégie, una región duramente afectada por el hielo. Haber recuperado mi felicidad tenía un precio. Era como si el cielo me pasase factura.
Las sirenas del puerto de Alejandría
aún cantan la mísma melodía… oh… oh…
Las gemelas corrieron por todas partes, saltaron por encima de todo lo que podía más o menos botar. Entraban en mi habitación sin llamar, querían a toda costa que jugara con ellas. Aquel infierno duró tres semanas, hasta que por fin regresaron a su casa.
Pero la virtud del tiempo es que permite que las plantas, incluso aquellas a las que más alérgico eras, crezcan. Si se vuelven hermosas y se abren con bonitos pétalos, ya no las miramos del mismo modo. Hoy, Alexandrie y Alexandra hacen revolotear las mariposas de mi juventud.
– Vamos, hombre, di, ¿cuál de las dos tiene los pechos más bonitos?
Ahora me siento cómodo con el tema y hasta puedo decir que tengo cierta experiencia. Suelo hablar de ello con Alex. Desde hace ocho años, pasamos los veranos en México, en su casita blanca de dulce nombre: La Pequeña Felicidad…
Cuando nos separamos en la escalera, el día en que recuperé mi cámara de vídeo, él se fue con su padre, que lo esperaba con el teléfono en las rodillas. Alexis desplegó un papelito, gastado por el tiempo, en el que estaba escrito el número de Dolores. Dudó durante un buen rato, por miedo a que ella le hubiera olvidado. Pero una voz a la que se ha amado se recuerda, aunque sea mil años después. Bastó que ella descolgara.
– ¿Sí?
– ¡Dolores! Soy yo, Alexis.
– ¿Me perdonaste, mi amor?
Habiéndose perdonado a sí mismo, gracias a la terapia sobre hielo de Simon, Alexis ya no estaba resentido con nadie, y todavía menos con Dolores. Encadenando un trabajo con otro, cantando al amor y a la esperanza en las aceras de Montreal Viejo, pudo comprar dos billetes de ida a Cancún. Alexis y Alex volaron a México a primeros de junio de 1998, cuatro semanas antes de que acabara el curso. Alex se había vuelto un alumno tan bueno, que la directora pedagógica no se opuso a que faltase el último mes a clase. Pero sí le bajó la moral, que por cierto tenía muy alta desde su compromiso de boda con el herido del coxis roto. Incluso avisó al director de la escuela.
– Hay que anular la fiesta prevista en el comedor después de la final de «Genios sobre hierba». ¡Sin Alex la escuela no tiene ninguna posibilidad de ganar!
El mundo necesita a esos marginados que terminan cruzando la línea de meta como vencedores, de otro modo la esperanza no sería más que una carrera sin fin.
– ¡Quiero que se arrastre, te digo!
Con mi hermana en los talones, subí de cuatro en cuatro la escalera hacia mi casa con Pipo en brazos, encantado de no tener que dar trabajo a sus cuatro débiles patas.
– ¡Le diré a mamá que has sido malo conmigo!
– ¡Como quieras! Pero no podrás jugar con Olga en mi ordenador.
Olga es la mejor amiga de Aqua. No es casualidad. Así lo quiso el cielo, sin duda. Nacieron el mismo día, casi a la misma hora, en el hospital Sainte Justine. Olga no se burla nunca del nombre de mi hermana. Una sola vez, cuando se peleaban por una muñeca rusa, lo intentó.
– ¡Aqua… rio!
Aunque mi hermana la perdonó enseguida, Boris se lo tomó muy mal.
– ¡Olga! ¡No te burles del doctorado de papá!
Boris había cambiado mucho desde que era doctor en matemáticas en la Universidad McGill. Eminencia mundial en topología, publicaba regularmente el resultado de sus trabajos en la revista Nature, la referencia mundial. Cuando recibió la medalla Fields, recompensa suprema del matemático, tuvo la convicción de que pasaba a formar parte de la dinastía de los grandes investigadores del ex imperio soviético y que se unía a sus héroes de infancia, glorias del régimen comunista, cuyos pasos había querido seguir.
– Da… Da… Da…
En la universidad trabajaba en un gran despacho cuyo acceso estaba rigurosamente custodiado por Julie, su asistente personalísima. Solo Brutus tenía derecho a entrar y sentarse en las rodillas del gran doctor. Julie, blusa abotonada siempre hasta el cuello, alimentaba una desconfianza extrema hacia las colaboradoras, todas altamente diplomadas, que gravitaban por el departamento de su querido Boris.
– Señorita, estamos en una universidad de prestigio. Creo que el atuendo que lleva insulta su historia y perturba a cuantos en ella perpetúan la tradición de reflexionar en paz por el bien de la humanidad. Dicho de otro modo, al próximo escote, tendrá que buscarse el futuro en las ofertas de empleo de La Presse…
Estábamos alrededor de la mesa cuando Julie nos contó esta anécdota. A sus amigos no tenía nada que esconderles. Era igual de natural, como si al volver a nuestro barrio se reencontrase con la que era diez años atrás. Actualmente es una hermosa dama de Westmount, vive en una gran casa, con césped importado de Londres, cuidado por un jardinero que solo habla inglés. Pero no había olvidado nada; cada año me lo recordaba.
– ¡Tú sí que eres un tipo con suerte, conseguiste filmar mis tetas!
Michel era el único que no lo había oído. Prefería jugar con los niños. Se había casado con Simon, pero no habían podido adoptar un hijo. Dura lex, sed lex.
Aqua y Olga eran las mayores, pero ahora tenían que compartir los juguetes con Natacha y el último en llegar, el pequeño Igor, de pómulos tan marcados como su padre.
– ¡Mamá dice que papá marcó muchos goles en desventaja numérica!
Los niños se reunieron con nosotros dando alaridos cuando mi madre salió de la cocina con un inmenso roscón de Reyes hecho por ella, el mejor del mundo, como siempre. Lo que había sido nuestra tradición familiar era el pretexto para que todos los años, a principios de enero, nos reencontrásemos y celebráramos juntos aquel hielo que nos había reunido. Siempre nos explicábamos las mismas historias, pero daba lo mismo. Nunca nos cansábamos de oírlas.
– Y entonces le dije a Boris: nadan de dos en dos, como si fueran parejas. Ya no trazan su camino en solitario, evitando a los demás. Ahora lo hacen juntos… Desde que tienen frío… ¡Ahora hacen nudos dobles!
A mi padre le tocó el haba. Mi madre, naturalmente, fue la reina. Se puso la corona y procuró que no se le resbalara. Todo el mundo aplaudió entre sonoras risas. Mis padres me dirigieron una mirada fugaz. Fue suficiente para saber que estábamos recordando el mismo momento, la misma escena, cuando en la cocina anunciaron lo peor. Mamá y papá se abrazaron, me sonrieron y se besaron.
Durante toda la tarde disfruté de aquel grupo de gente que parecía quererse tanto. No nos veíamos más que una vez al año, pero nos sabíamos ligados para siempre por un increíble acontecimiento natural, quizá incluso sobrenatural.
Por la noche, en mi habitación, después de echar a Aqua de mi ordenador, esperé a que dejara de aullar delante de mi puerta para terminar de escribir mi historia.
A medida que crecemos, entendemos mejor los caminos interiores de nuestra infancia, que a veces se convierten en extraños viajes. Conseguimos analizarlos, definir las causas, los motivos o los destinos finales. Sobre todo, en los recuerdos, logramos separar la parte de verdad de la irreal. Sin embargo, yo no intentaré comprender nunca cómo pude llegar a imaginar que había provocado la Crisis del Hielo. Yo no quería que mis padres se separasen, nada más.
Nunca os he dicho mi nombre. En esta última página ya no tiene la menor importancia. Simplemente quería, recordando aquel mes de enero de 1998 y todo lo que me inspiró, que mi historia pudiera pertenecer a todos los niños que desean hacer oír su voz.
Que la vida fuera así de bella.