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(Intermedio nocturno)
Bajo la columnata rematada por la estatua del dios Zeus, a doscientos codos por encima del nivel del mar, la oscuridad caía lentamente y parecía brotar de los rincones. El sonido de una flauta tremolaba en la lejanía. La mirada de azabache del conquistador de Alejandría se posó en la joven griega que se mantenía erguida ante él.
– Hermosa doncella -dijo con su voz cálida-, he acudido sin vacilar a tu misteriosa cita. Heme aquí en lo alto de esta torre, dispuesto a escuchar una de tus sabias lecciones.
– Te lo agradezco, general -dijo Hipatia juntando las puntas de un gran velo que la cubría casi por completo-. Te agradezco que hayas tenido la gentileza de escuchar mi ruego.
– A cambio -sonrió Amr-, ¿me concederás tú un favor?
– Soy tu humilde sierra -dijo Hipada esbozando una graciosa reverencia.
– Te ruego que apartes ese velo que oculta tu belleza. Es cruel por tu parte esconder esos ojos que parecen conversar con las gacelas, esas cejas arqueadas como la luna menguante en una noche de ramadán, esas mejillas…
– General -le interrumpió la muchacha en un tono de reproche-, no te confundas. Esta invitación nocturna, hecha sin que lo sepan mi tío Filopon y Rhazes, no significa que esté dispuesta a escuchar tus galanterías, por muy agradables que sean. Hay bellezas menos efímeras que un rostro de mujer, y éstas son las que quiero mostrarte.
A pesar de todo, mientras hablaba, la muchacha había hecho resbalar con toda intención el velo que la cubría, dejando entrever su cuerpo esbelto de cintura estrecha y formas armoniosas, cubierto por una túnica. La bella alejandrina había peinado su cabellera en trenzas sujetas por cintas, y se mantenía muy tiesa poniendo de relieve su talle y su pecho sin faltar en absoluto al pudor. Pero de pronto alargó el brazo y señaló con el índice el horizonte.
– Contempla, Amr -dijo con un aire medio travieso, medio enojado, y sin darle al beduino tiempo de pronunciar un nuevo cumplido-, contempla la curva del mar mientras el día declina. Cuando te hablé de la redondez de la Tierra y de las mediciones hechas por nuestros sabios, pareciste más sensible a la música de mi voz que a la verdad de mis palabras. Contrariamente a lo que puedas creer, eso no es muy halagador para mí. Te ruego, pues, que observes con tus propios ojos la curva del mar…
– ¡Sea! Escucho y miro -dijo Amr, divertido por el tono de falso enojo que había adoptado la muchacha.
– Para vosotros, los hombres del desierto -prosiguió Hipatia con seriedad-, el horizonte está ondulado por las dunas, de modo que no percibís la verdadera forma de la Tierra. Pero para los marinos, que ven cómo los barcos desaparecen detrás del horizonte, la antigua creencia en una Tierra plana no es verosímil. Por lo demás, tampoco es preciso navegar para apreciar la curva del globo. Basta con subir a un alto promontorio.
De hecho, la erudita alejandrina había dado cita al conquistador de Egipto en lo alto del célebre Faro. Amr se había hecho relatar la historia del prodigioso monumento, sin duda una de las Siete Maravillas del mundo. Muy recta, la torre se recortaba contra el cielo y durante el día era visible desde una distancia infinita. Por la noche, por muy agitado que estuviera el mar, los marinos distinguían la gran hoguera que ardía allá arriba y podían dirigirse directamente hacia el cuerno del Toro, sin verse desviados hacia Paraitonion, que estaba rodeado de peligrosos arrecifes. Mil años antes, su arquitecto, Sostratos, había inscrito su propio nombre en la piedra, pero luego lo había ocultado bajo una capa de cal para grabar encima el del monarca reinante. Sabía perfectamente que, al cabo de poco tiempo, ese nombre caería junto con el revoque y se vería aparecer el suyo. Había actuado así no para obtener la gloria durante la corta duración de su propia vida, sino para ser conocido en los siglos venideros, mientras la torre estuviera en pie y subsistiera su obra. Algo parecido, pensó Amr, a los actuales constructores del islam, cuya obra espiritual estaba destinada a inscribirse en la eternidad sólo para aclamar el nombre de Alá.
Desde lo alto del Faro, se abarcaba una inmensa perspectiva. Mirando hacia el mar, el cielo, de un azul turquesa muy puro, comenzaba a oscurecerse en el horizonte, pero las linternas del Faro no se habían encendido aún para guiar a los marinos. Ello se debía a que, después de la cita secreta que le había dado Hipatia, el general había ordenado retrasar dos horas el encendido del Faro, no sin antes haberse asegurado de que ningún navío importante era esperado en el puerto.
– El Profeta no consideró útil hablar de la forma de la Tierra -murmuró Amr, al que la belleza del crepúsculo volvía soñador.
– Tampoco Jesús o Moisés, ya lo sé, y me atrevo a afirmar que semejante olvido es muy lamentable. ¿Acaso no fue el Creador el que dio su forma al Universo, para que nuestros ojos o en su defecto nuestro entendimiento pudiesen captar toda su grandeza? Los sabios de Alejandría habían comenzado a desvelar esta grandeza, esta belleza oculta a las miradas de los ignorantes. Pero vosotros, los creyentes, nos llamáis paganos. Todo nuestro saber está desapareciendo. Por eso te suplico, Amr, que no concluyas lo que los doctores en teología, de cualquier religión que sean, comenzaron antes que tú: la destrucción sistemática de la ciencia natural. Piensa que, dos siglos antes de la fundación de la ciudad, el filósofo Anaxágoras dio ya la prueba irrefutable de la forma de la Tierra: la sombra que ella produce durante los eclipses de Luna es circular, un fenómeno inexplicable si nuestro mundo fuera plano, pero lógico si es esférico. Ahora bien, ¿qué pretenden enseñarnos hoy, tras mil años de «civilización»? Los Padres de la Iglesia cristiana han decretado que la Tierra es plana. Basilio y Cirilo de Jerusalén afirman que el mundo tiene la forma de un altar, encima del cual se levanta un universo en forma de tabernáculo. Más grave aún, Ambrosio y Agustín de Hipona reprueban cualquier conocimiento de la naturaleza. Estos pensadores, con todo y con ser hombres cultos, opinan que al disponer de la palabra de Jesucristo y de la lectura del Evangelio, ya no tenemos necesidad de curiosidad ni investigación. Al cristiano le basta creer que la causa de todos los fenómenos, sean celestiales o terrenales, visibles o invisibles, no es sino la bondad del Creador.
– ¿Te atreves a dudarlo? -dijo Amr, algo sorprendido e impaciente por tan largo discurso, cuando él esperaba otros temas de conversación-. ¿Acaso no dice también nuestro Corán -prosiguió- que los siete cielos y todo lo que contienen celebran la gloria de Alá? Todo lo existente ensalza su poder. Pero vosotros, los paganos, no comprendéis esos elogios.
– Es cierto -replicó Hipada, herida en lo más vivo- que no soy cristiana como mi tío, ni judía como Rhazes. Y no me he convertido aún a tu fe. El conocimiento del Universo por las ciencias y las artes es la única religión que practico, adornada con ciertos principios inmortales de la filosofía platónica. Mi tío Filopon me acusa a veces, para pincharme creo, de consagrarme a los ritos paganos y a los misterios órficos. Pero no soy una pagana, pues en mi particular culto a Urania, la musa de la astronomía y la geometría, así como a su hermana Euterpes, la música, va incluida la creencia de que en el espacio se encuentran las bases de la geometría divina. Cada astro ha sido colocado en su sitio, a imagen y semejanza de las lámparas que custodian la sepultura de Cristo, en Jerusalén, o la de tu Mahoma, en Medina.
Amr no respondió, sorprendido por los irrefutables argumentos de aquella hechicera demasiado hermosa. Permanecieron el uno junto al otro en silencio unos instantes, estremeciéndose un poco a pesar de la suavidad de la atmósfera. El disco rojo del sol se zambulló en el mar y comenzaron a brillar las primeras estrellas.
– Para el pueblo de Egipto, cuando Ra, el dios sol, cierra sus párpados por la noche, las tinieblas oscurecen la tierra -murmuró Hipatia.
– Pero el cielo, en cambio, entreabre su estuche infinito -añadió el beduino que, conquistado por la grandeza del espectáculo, prosiguió con un tono distinto, casi solemne-: Las estrellas me hacen pensar en racimos de oro que cuelgan del emparrado de las noches…
– Si ésos son los versos que te complace escribir en la soledad del desierto, querido Amr, son un buen homenaje a la belleza de la Creación. -La joven dejó de hablar y sonrió. Luego se volvió bruscamente hacia él, como arrancada de una breve ensoñación-. Hiparco de Nicea, el más glorioso de nuestros astrónomos, dijo que cuando unas estrellas se encienden, otras cambian de color, y otras más se apagan. Lamentablemente, seguimos ignorando la naturaleza esencial de las estrellas. Las contamos, las clasificamos por orden de magnitud, las agrupamos en forma de constelaciones. Pero, tras su fijeza aparente, los cielos cambian, una hirviente vida los anima. Por eso los poetas escribieron libros que cuentan sus leyendas.
Amr se acercó imperceptiblemente a ella.
– Me gustaría que me contases una de esas leyendas. Hipatia divisó en la penumbra el fulgor de sus ojos que estaban fijos en la lejanía.
– Mira -murmuró-, ¿ves los cinco luceros que acaban de aparecer, allí arriba, y dibujan una especie de silla?
Con su brazo desnudo, había trazado un pequeño círculo en el cielo, en dirección norte.
– Permíteme que te haga observar -respondió Amr- que esas estrellas son bien conocidas por los beduinos. Pero nosotros vemos en ellas una especie de mano que señala con el dedo las estrellas situadas delante.
Hipatia inclinó la cabeza.
– La leyenda de esas estrellas está escrita en un libro de la Biblioteca. -Tomó de pronto una entonación monocorde y levemente enfática, como si procurara recordar las palabras justas-. He ahí a Casiopea, reina de Etiopía. Se halla en las alturas junto a su marido, Cefeo. Brilla incluso cuando la luna resplandece toda la noche. Al igual que una llave que introduce sus dientes de hierro y mueve los pestillos de una doble puerta cerrada desde el interior, así están dispuestas sus estrellas. Con expresión estremecida, tiende las manos como deplorando la pérdida de su hija Andrómeda, que expía las faltas de su madre.
– ¿Qué abominable falta cometió, pues, esa madre? -preguntó Amr con una pizca de burla.
– Casiopea -prosiguió Hipatia con impaciencia, como si temiera perder el hilo- había tenido la vanidad de creerse más hermosa que las Nereidas, a pesar del color negro de su piel. Las ninfas suplicaron a Neptuno, su padre, que vengara aquella afrenta. El dios de los mares envió a un monstruo que causó espantosos estragos en las costas de Siria. Para conjurar aquella plaga, Cefeo encadenó a su hija a una roca y la ofreció en sacrificio al monstruo…
Amr esbozó una mueca dubitativa.
– Observa -prosiguió Hipatia en un tono menos sentencioso-, observa la constelación de Andrómeda. Puedes verla por entero, antes incluso de que llegue la oscuridad de la noche, tan brillante es el resplandor de su cabeza, y tan blanco el fulgor de sus anchos hombros. En torno a su talle brilla un pequeño cinturón de fuego que recoge su túnica… Extiende sus brazos encadenados, como si la fuerza de la roca los retuviera.
– Veo sobre todo -dijo maliciosamente Amr- que, no contenta con ser hermosa y sabia, conoces a fondo la literatura.
– En verdad, no he hecho más que recitar de memoria los versos del gran poeta Arato.
– ¿Otro griego de Alejandría?
– Un alumno de Eudoxo, uno de los primeros que llegó al Museo siguiendo los pasos de Euclides. Pero se sentía más inclinado a la poesía lírica que a la severidad del razonamiento geométrico. Un poco como tú, general. De modo que Arato prefirió cantar las constelaciones en un poema que lo hizo célebre en toda Grecia.
– Hermosa doncella -dijo Amr acercándose un poco más a la muchacha- no me canso de escuchar el melodioso sonido de tu voz. Tu boca tan finamente dibujada como el sello de Salomón, tu cabellera que ondea en la brisa…
– General -le interrumpió Hipatia con firmeza-, te ruego de nuevo que cambies de tema. -Luego, en un tono más severo, añadió-: Si pretendes acariciar una cabellera, hazlo más bien con la mirada. Fíjate en esa pequeña agrupación de estrellas. Allí, entre Arcturo y Leo; la llaman la Cabellera de Berenice.
El general carraspeó, ofendido por el desaire.
– ¿No me hablasteis ya de una Berenice, esposa del primer Tolomeo? -dijo malhumorado, aunque deseando probar que tenía buena memoria.
– En efecto, pero esta Berenice vivió un poco más tarde y fue la esposa de Tolomeo III Evergetes, el bienhechor. Escucha su historia. A Omar no puede interesarle, pero a ti sí, porque es una historia de poetas.
– En tal caso, escucho y obedezco -dijo Amr haciendo una mueca cómicamente resignada. La joven continuó su explicación.
– Apenas subido al trono, Evergetes tuvo que ir a combatir contra el rey seléucida, que dominaba Siria. Berenice, inconsolable, le juró a Venus que sacrificaría su opulenta cabellera si su amado regresaba victorioso. El mismo día del regreso del rey, ella llevó al templo la famosa cabellera. Pero, durante la siguiente noche, ésta fue robada por un sacerdote de Serapis, indignado por el hecho de que la reina hiciera un sacrificio a una diosa griega. Su acción provocó la desesperación de Berenice y el furor de Evergetes. Sólo un astrónomo supo calmar el resentimiento de los esposos. Se trataba de Conón de Samos, cuya ciencia era muy venerada, pues había escrito siete libros de astronomía y se había carteado con Arquímedes de Siracusa. El sabio, mostrándoles esa agrupación de estrellas, afirmó que acababa de aparecer en el firmamento y que no era sino la propia cabellera de Berenice, llevada por Venus a la bóveda celeste.
– Una reina, y además joven -ironizó Amr-, convencida de pertenecer a una raza distinta a la del común de los mortales, estaba sin duda más que dispuesta a creerse tan pagana fábula.
– Los príncipes, paganos o no, están siempre ávidos de escritos que celebren su gloria. Los sabios y los poetas conocen bien estas debilidades. Sin duda por eso, después de que Conón hubiera dibujado una larga melena en el globo celeste del Museo, el gran Calímaco, en el crepúsculo de su vida por aquel entonces, compuso sobre esa cabellera una elegía que inmortalizó a la reina Berenice:
«Estaba yo recién cortada y mis hermanas me lloraban cuando, de pronto, con un rápido batir de alas, el dulce soplo del céfiro me lleva a través de las nubes del éter y me deposita en el venerable seno de la divina noche Cypris. Y a fin de que yo, la hermosa melena de Berenice, apareciese fija en el cielo brillando para los humanos en medio de los innumerables astros, Cypris me colocó, como nueva estrella, en el antiguo coro de los astros.»
Hipatia había comenzado a salmodiar los últimos versos, mientras el son de la flauta seguía oyéndose a lo lejos. De nuevo subyugado, Amr exclamó:
– ¡Qué armoniosa leyenda está plasmada en tu cielo! Y diríase, dulce Hipatia, que en la escena celestial cada figura sigue desempeñando el papel que representaba en la tierra, entre sus cómplices o sus enemigos.
– Tienes razón -asintió la muchacha-. Apolo colocó su flecha en el firmamento, Dioniso depositó allí la corona de su esposa Ariadna, Zeus alojó en el cielo a su antigua amante Io, transformada en Osa por Artemisa…
Amr miró con aire ausente por encima del horizonte que se había vuelto casi negro. De pronto, en sus ojos brilló su cálida inteligencia y dijo:
– Nosotros, los beduinos, tenemos con frecuencia la bóveda estrellada como techo. Y en ninguna parte parece el firmamento más cercano a la tierra que en medio del desierto. El desierto nos invita al cielo. En la soledad y el silencio de las dunas, el espíritu que piensa siente en ocasiones la dilatación del infinito. Varias veces, antaño, junto a mi abuelo, sentí esa experiencia interior, casi mística… Veía, oía, adoraba la música del cielo en el silencio universal… -Calló unos instantes, como si escuchara una melodía perdida. Luego prosiguió con voz más firme-: Desde que me convertí a la palabra del Profeta, tengo por seguro que es preciso limitarse a la pura contemplación de las maravillas de Alá. Contemplar es recibir, recibir es ser recibido. Así pues, ¿para qué medir mil y una distancias celestiales, para qué los complicados cálculos de Aristarco y de Eratóstenes, para qué las minuciosas observaciones de tu Hiparco y de todos esos astrónomos? Mide simplemente la sinceridad y la piedad en tu corazón, y sabrás las distancias en el cielo. Por otra parte, si le hablo de astronomía, el califa Omar no dejará de preguntarme cómo el sabio estudio del cielo puede servir para propagar la fe del islam.
– Si así piensas, deja que te haga una simple pregunta, Amr. Cuando tú y tus hermanos musulmanes lleváis a cabo vuestras plegarias, ¿no debéis volveros hacia vuestra ciudad sagrada?
– Eso es cierto, pues el Corán dice: «Girad vuestros rostros hacia Él estéis donde estéis.» Al comienzo, como los judíos, los musulmanes oraban vueltos hacia Jerusalén, pero dos años después de la llegada del Profeta a Medina, éste nos pidió que volviéramos el rostro hacia la Kaaba, el sagrado templo que se remonta a la época del profeta Abraham, en La Meca.
– He podido observar que aquí, en Alejandría, muchos de tus hermanos no se ponen de acuerdo cuando se trata de extender en el suelo la estera de oración y orientarla hacia La Meca lejana…
– Te es muy fácil burlarte de la ignorancia de mis soldados, hombres simples y zafios, aunque animados por la verdadera fe. Sabe que, en todas las mezquitas de mi país, se ha construido en el muro una hornacina orientada con precisión hacia La Meca. A la hora de las oraciones, todos los creyentes se prosternan ante esa hornacina, la Mihrab, y todos están unidos en la misma dirección, la Qibla.
– Pero piensa en lo siguiente -razonó Hipatia sin desconcertarse en absoluto-. ¿No desea tu islam extender su poder sobre la tierra entera? ¿Has pensado entonces, Amr, lo difícil que sería hallar con exactitud la Qibla desde cualquier lugar de tan vasto mundo? Reconoce que el problema escapa del ámbito de la fe para entrar en el de la geometría y la geografía, y por ende en el de la astronomía.
– Vaya, como era de esperar, insistes en glorificar el genio de tu Euclides.
– Te engañas, pues esta vez la solución no la puede dar la geometría plana de Euclides, sino la geometría esférica de Hiparco.
– Parece que la cosa se complica.
Amr lo dijo bromeando, para evitar deslizarse hacia una discusión que no deseaba. A decir verdad, no tenía en aquel momento la cabeza para razonamientos geométricos, ni siquiera para defender la verdadera fe. Sencillamente, la muchacha despertaba su sensualidad más que su intelecto. Hipatia lo advirtió, pero eso no le impidió proseguir implacablemente:
– Al igual que hay relaciones que se refieren a las magnitudes de un triángulo trazado sobre una hoja plana, hay otras relaciones más complicadas que vinculan a las magnitudes de un triángulo trazado en una esfera. Hiparco calculó todo esto. Estableció unas tablas de números que permiten hacer mediciones rectas a lo largo de líneas circulares.(11)
– Perfecto. Pero ¿qué relación existe entre esas áridas matemáticas y la observación de las estrellas?
– La relación se llama astrolabio. Un instrumento inventado por Hiparco que mide la posición de las estrellas en el cielo. Esta posición, en un momento dado, depende de las coordenadas geográficas del lugar desde el que se hace la observación. Y, de un modo recíproco, el conocimiento del lugar permite saber la hora. ¿Me oyes, Amr? ¡La hora! ¿Cómo lo haréis tú y tus hermanos musulmanes cuando, en los países lejanos que hayáis conquistado, tengáis que saber las horas exactas en las que debéis prosternaros para la oración? ¡Sólo el astrolabio podrá salvaros!
– ¿Te atreves a afirmar que la expansión del islam precisa del astrolabio?
– ¡Es evidente! -afirmó Hiparla con una mezcla de convicción y regocijo-. En el futuro, los sabios de tu país podrán incluso perfeccionar el instrumento y encontrar para él mil usos más, en los que ni el propio Hiparco ni sus discípulos pensaron nunca. Por lo demás, yo misma soy bastante experta en astrolabios -añadió no sin vanidad- y los he construido con mis propias manos. En cuanto a mi tío Filopon, ha dado de ellos descripciones muy minuciosas. Te traeré mañana, valeroso general, ese pequeño instrumento que cabrá en la palma de tu mano. ¡Un modelo del Universo entero! Todos los conocimientos sobre el Cielo y la Tierra reunidos en un disco de metal que lleva grabados curvas, ábacos, cifras y símbolos. ¿No es un instrumento que alaba la gloria del Creador? Y todo inventado por Hiparco, de quien te burlas. Al igual que se burlaron de él, en vida, los espectadores de un anfiteatro cuando le vieron, en pleno verano, vestido con un pesado manto y tocado con el petaso, porque había predicho una tormenta.
Amr se relajó y se echó a reír diciendo:
– ¿Debo hablarle también de ese hombre extraordinario a mi califa?
– Sin duda -respondió Hipatia más aplacada-, pues al hablar de Hiparco citarás a uno de los más preclaros hombres de Alejandría. Y no te he hablado aún de su mayor título de gloria.
– ¿Hay algo más?
– Hiparco descubrió la precesión de los equinoccios…
– ¿Qué es ese nuevo horror? La joven fingió no haber oído el sarcasmo y prosiguió en un tono profesoral:
– Se creyó durante mucho tiempo que el eje del mundo (que atraviesa la Tierra en su centro, la mantiene en equilibrio y sirve para la rotación del Cielo) permanecía siempre fijo en el mismo lugar, sin moverse un ápice. Pues bien, Hiparco encontró una pequeña diferencia entre la posición de Spica, la estrella más brillante de Virgo (dada por Aristilo y Timocaris, unos astrónomos que habían trabajado en Alejandría en tiempos de Euclides) y la que él mismo había medido.
– ¿Y es eso grave, doctor?
La muchacha soltó un suspiro levantando los ojos al cielo, como hastiada por la observación de un inútil. Prosiguió su demostración pronunciando claramente las palabras:
– Eso quiere decir que la longitud del año no es fija.
– ¿Ah, y cómo haces para calcular la duración de un año entero? ¿Les das vueltas y vueltas a los relojes de arena?
Hipatia hizo el ademán de quien se arma de paciencia.
– ¿Has oído hablar de los equinoccios, esos momentos del año en que el día tiene una duración igual a la de la noche, y ello en todas los puntos de la Tierra?
– Bah, no somos del todo ignorantes en Arabia -respondió el alumno en un tono más serio-. Y sabemos perfectamente que hay dos de esos equinoccios. Uno al principio de la primavera, otro al principio del otoño.
Algo sorprendida, la joven alejandrina prosiguió:
– Pues bien, en el equinoccio de primavera, cada año, el Sol se encuentra en el zodíaco en una posición precisa, que los astrónomos saben situar. Pueden pues establecer la duración exacta del año, contando el tiempo que separa dos equinoccios de primavera sucesivos.
– Eso me parece claro, aunque muy aburrido…
– Si el eje del mundo estuviera fijo -prosiguió Hipada sin perder la paciencia-, esta duración sería siempre la misma. Ahora bien, Hiparco descubrió que, año tras año, la posición del Sol en el equinoccio se desplaza. Y el desplazamiento se acumula a lo largo del tiempo. El equinoccio de primavera tenía lugar en la constelación de Tauro hace veinte siglos, como demuestran las tablillas de Babilonia que conservamos como un tesoro en el departamento de antigüedades de la Biblioteca. Hoy, el Sol de equinoccio está en la constelación de Aries. Dentro de dos mil años, si el mundo sobrevive a la locura de los hombres, la primavera nacerá en la constelación de Piscis.(12) Y si sólo vas a retener una cosa de todo este razonamiento que parece superarte, Amr, recuerda que sin los rollos de la Biblioteca donde están consignadas las observaciones de los Antiguos, ninguno de estos grandes descubrimientos habría sido posible.
– Si he comprendido bien, lo que en términos eruditos denominas precesión de los equinoccios no es más que el humor variable de las estaciones…
Hipatia quedó desconcertada, luego, relajándose por fin, concluyó:
– General, no eres tan tonto como a veces pretendes ser.
– En eso estamos de acuerdo -respondió él con cierta vanidad-. La verdad es que, en muchos puntos, ambos concebimos las cosas del mismo modo…
Y de pronto, sin ponerse de acuerdo, soltaron la carcajada. Hacía ya rato que Amr estaba impaciente, hastiado de tantas lecciones de astronomía, y se sentía de humor frívolo. No quería que esa arrobadora hechicera le enseñara a medir la Tierra o a leer en los cielos. Su universo, en aquel instante, era el de Ovidio, y el amor el único tema digno de ser cantado. Como por un extraño contagio de los estados de ánimo, la joven alejandrina sintió a su vez una profunda turbación. En un instante, la atmósfera entre ambos cambió de un modo radical, como por arte de magia.
– ¿No crees que me miras con demasiada intensidad? -dijo ella en voz muy baja.
Sin responder, Amr le tomó lentamente las manos y ella no se resistió.
– ¡Oh, mujer, fermento de todas las emociones! -susurró-. ¡Que unas manos tan bonitas sirvan para tocar un astrolabio o un compás! ¡Que esos ojos tan hechiceros se dediquen a observar el curso de los planetas! No, la mano de Venus está hecha para tocar el laúd de los amores y tus hermosos ojos deben ser mis astros aquí abajo.
El pecho de la muchacha palpitaba, sus senos se alzaban suavemente bajo el fino paño de la túnica.
En aquel mismo instante, la puerta de acceso a lo alto del faro se abrió ruidosamente. Dos oficiales irrumpieron bajo la columnata llevando en la mano grandes antorchas que deslumbraron a la pareja. Deshaciéndose en excusas, los militares dijeron al dueño de la ciudad que venían a encender las linternas del Faro, como él mismo les había ordenado. Habían aguardado incluso más de lo razonable, pues hacía tiempo que había caído ya la noche, y la oscuridad podía poner en peligro la vida de los marinos.
Hipatia aprovechó la interrupción para serenarse. Apartándose de Amr, recogió su velo, se envolvió por completo en él y, tras haber hecho una breve reverencia, se retiró precipitadamente sin pronunciar palabra.
Despechado, pero en el fondo lleno de alegre excitación, el conquistador de Alejandría permaneció unos minutos allí para observar la operación del encendido. Bajo la cúpula sustentada por ocho columnas se elevó muy pronto una brillante hoguera de madera resinosa, cuya luz, reflejada por los espejos que la rodeaban se extendió hacia el mar.
Algo más tarde, mientras bajaba del faro en compañía de sus oficiales, Amr recordó que al día siguiente tendría que recibir una clase de historia, mucho menos divertida, impartida por el viejo Filopon sobre un emperador romano y una reina de Egipto.