37978.fb2 El Incendio De Alejandria - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 30

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Las termas de Alejandría

Había transcurrido sólo una semana entre el momento en que Amr ibn al-As recibió la orden de destruir la Biblioteca y la llegada del gobernador, un familiar de Omar. El plazo era demasiado breve para que el general fuese acusado de sedición. El califa, temiendo que un acto de desobediencia del prestigioso jefe del ejército de Egipto provocara una reacción en cadena por parte de las tropas de ocupación acantonadas en Siria y en Palestina, había encontrado otro pretexto para neutralizar por algún tiempo a aquel emir demasiado popular: decretó que, al enviar sus famosas cartas a sus amigos de Medina y La Meca, Amr había cometido una grave indiscreción y revelado secretos de Estado. De este modo, nadie podría objetar nada ante el cese del general, ni siquiera el principal interesado.

De hecho, tal como Omar había previsto, Amr fue puesto en arresto domiciliario en sus aposentos de palacio. Dorada prisión, es cierto, pero en la que lamentó amargamente su imprudencia política. Lo que no lamentó fue haber cedido a las dulces exigencias de Hipatia. Cuando uno de sus soldados fue a anunciarle que el gobernador nombrado por Omar estaba a las puertas de la ciudad seguido por una nutrida tropa, el conquistador de Alejandría les dijo a sus amigos alejandrinos:

– Esta vez todo ha terminado. Podré retener a ese hombre unas pocas horas. Aprovechadlas para avisar a vuestra gente y salvar los libros que deban ser salvados.

– Todos los libros deben serlo -exclamó Hipatia.

– Lamentablemente, sobrina -suspiró Filopon-, no queda ya tiempo. Cuando la casa arde, hay que escoger lo que te llevas.

Filopon y Rhazes se apresuraron a actuar. Pero ¿qué libros salvar? La elección era desgarradora, ya que no podrían llevarse más que una parte de las obras. Amr se había propuesto almacenarlas en sus aposentos, contiguos al museo. Hipatia le había mostrado una puerta secreta que, antaño, permitía a los bibliotecarios deslizarse en sus habitaciones a cualquier hora del día o de la noche. Nadie habría sospechado que el general ocultara allí lo que tenía orden de destruir. Nadie, además, se habría atrevido a registrar su casa, ni siquiera el enviado del califa.

¿Qué decidir? Ante todo había que abandonar los libros de los que existía por lo menos una copia en otra biblioteca imperial, ya fuera de Oriente o de Occidente. Ahora bien, se sabía el contenido de la de Constantinopla, pero el de las demás bibliotecas era muy aleatorio. Roma había sido saqueada tantas veces por los bárbaros que era imposible determinar qué seguía existiendo allí; desde hacía dos siglos, las bibliotecas de la ciudad estaban cerradas como tumbas. Toledo había caído en manos de un rey visigodo que, según decían, era aficionado a las artes y las letras. Pero ¿sería fiable ese rumor? En cuanto al resto, la Galia estaba ocupada por las hordas francas, a Pérgamo se la disputaban Bizancio y Persia, de modo que esos lugares debían ser un montón de ruinas.

Filopon y Rhazes decidieron entonces salvaguardar únicamente lo esencial de las grandes obras anteriores al cristianismo. En efecto, ¿quién sabía si también el patriarca de Bizancio no decidiría destruir las obras impías o paganas? Filopon se encargó pues de ocultar las obras de Platón, Aristóteles y Calímaco, la Biblia de los Setenta, prohibida ahora por Constantinopla, las de Filón y algunos más. Rhazes, por su parte, se encargó de Euclides, Arquímedes, Eratóstenes, Hiparco, Herón y otros más. Estuvieron dudando unos momentos sobre el destino de los trabajos de Tolomeo el Geógrafo y Galeno el Médico. ¿Acaso esos dos no eran tolerados por el dogma cristiano? Pero los salvaron de todos modos, pues ¡la cristiandad era tan cambiante al albur de sus concilios…!

Hipatia, en su juvenil intransigencia, se negó a participar en sus debates y en ese salvamento.

– El crimen es el mismo -declaró- por un libro quemado que por un millón. Salvando sólo algunos, nos hacemos cómplices de los asesinos. -Luego les abandonó sin permitir que intentaran hacerle cambiar de opinión.

– ¡Señor, señor, ya están aquí!

Un aterrorizado esclavo había aparecido en la galería. De inmediato los dos amigos, con los brazos cargados de rollos, se dirigieron a la puerta oculta que llevaba a los aposentos de Amr.

– ¿Hipatia? ¿Dónde está Hipatia? -se preocupó Rhazes.

– He dejado a la señora en la escalinata del Museo -respondió el esclavo-. Ha debido de refugiarse en su casa.

– ¡Mi bastón! ¿Dónde está mi bastón? -preguntó a su vez Filopon.

– Vuestra sobrina lo llevaba, señor.

La puerta de los aposentos de Amr se cerró tras ellos cuando el paso de los soldados resonaba ya en el primer peristilo.

Hipatia se hallaba en lo alto de las escaleras, ante el porche de la Biblioteca. Blandía el pesado bastón labrado de su tío, como un centinela sujeta su arma. Ante esa visión, la tropa se detuvo al pie de la escalinata. Era como si vieran una estatua de mármol que de pronto hubiese cobrado vida.

– Nadie tiene derecho a entrar armado en el templo de la ciencia y el arte -anunció la joven con voz grave y fuerte.

– ¡La reconozco! -gritó uno-. Es la bruja que ha hechizado a nuestro general. ¡Maldita seas!

Una piedra golpeó a Hipatia en pleno pecho. Ella lanzó un grito de dolor y se tambaleó. Entonces, más y más piedras llovieron sobre ella y acabaron derribándola y cubriéndola. Los soldados saltaron sobre su cuerpo y penetraron en la Biblioteca.

Durante toda la tarde y hasta que cayó la noche, en un incesante ir y venir, los secuaces del gobernador fueron sacando los libros y cargándolos en los carros que los llevaban hacia los cuatro mil baños y termas de la ciudad. Cuando por fin el Museo estuvo desierto, unas sombras que eran Amr y Rhazes fueron a buscar el cuerpo de la muchacha y lo tendieron en un lecho de los aposentos del general. El médico judío lloraba, el antiguo mercader árabe rezaba. Filopon, por su parte, contemplaba su bastón. En cierto momento, accionó un pequeño mecanismo oculto bajo el pomo, que se desprendió. El bastón de Euclides estaba hueco. El viejo gramático sacó de aquel tubo cuatro amarillentos rollos y los desplegó. Pese a su negativa a colaborar en el salvamento, Hipatia había ocultado en aquel escondrijo, cuya existencia le había revelado su tío, unos extractos de las Distancias de la Luna y del Sol, de Aristarco de Samos, y otros muchos de su Hipótesis, aquella obra herética en la que el astrónomo se atrevía a afirmar que la Tierra no era el centro del Universo, sino un pequeño planeta que giraba alrededor del Sol. Juan Filopon, el cristiano, nunca hubiera elegido poner a salvo aquella tesis errónea, y por lo tanto inútil. Pero, puesto que Hipatia lo había querido… Volvió a colocar los rollos en su escondrijo, cerró cuidadosamente la abertura y se fue, abrumado, aferrando el bastón para poder sostenerse en él algún tiempo más.

Los libros de la Biblioteca de Alejandría alimentaron, durante seis meses, las calderas de las termas de la ciudad. Los beduinos se habían aficionado a esos baños tan emolientes como vigorizadores.

Filopon sobrevivió poco tiempo a la muerte de su sobrina y a la destrucción de la Biblioteca. Se dice que falleció el día que cumplió cien años, legando a Rhazes el bastón de Euclides. Este se convirtió en el médico personal del general Amr, en su preceptor y su confidente. Unos meses después de estos acontecimientos, partieron ambos hacia Arabia, pues acababan de saber que el califa Omar había sido asesinado en la mezquita de Medina por un esclavo mesopotámico. Durante su viaje, la flota bizantina atacó Alejandría y la recuperó. El nuevo califa restableció a Amr en sus funciones de general en jefe de Egipto. Las tropas de Bizancio fueron expulsadas de nuevo y el primer acto de paz del glorioso soldado de Alá fue nombrar a su médico bibliotecario del Museo, al menos de lo que quedaba.

Cierto día, Amr, acompañado siempre por su inseparable amigo judío, partió a la cabeza de sus tropas para llevar a cabo nuevas conquistas, en nombre del Misericordioso, en los países de poniente. Recordando la imperecedera luz del Faro, decretó que los arquitectos debían inspirarse en ese extraordinario monumento para construir las torres de las mezquitas. En adelante, el almuédano guiaría desde allí arriba las almas extraviadas hacia la luz de la verdadera fe e invitaría a los fieles a la oración. Pues, según la sura XXIV, «Dios es la luz de los cielos y de la tierra. Esta luz es como una hornacina con su lámpara, una lámpara colocada en un cristal, un cristal parecido a un astro resplandeciente». Así, el islam edificó sus minaretes, que se elevaban como un millar de faros por encima de los edificios. [10]


  1. <a l:href="#_ftnref10">[10]</a> El término minarete procede árabe manara, «faro».