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«Cien batallas, armadura de oro, arena amarilla, no volverán hasta que haya tomado la torre.»
Wang Shangling, siglo viii
Era un día perfecto para una boda. Sobre la plaza de Tiananmen, el cielo estaba despejado como un cristal de color azul pálido, frío e impecable. El sol se había alzado por encima de los tejados grises del viejo Pekín y en aquellos momentos brillaba sin impedimentos sobre la magnífica torre de Tiananmen, la Puerta de la Paz Celestial. Frente a ella, ocho blancos puentes de piedra se arqueaban por encima del río de Aguas Doradas como los brazos de una madre que se tendieran para abrazar a sus hijos en la plaza.
La ley marcial llevaba una semana en vigor. Los miles de manifestantes en huelga de hambre habían concluido su ayuno, pero seguían negándose a abandonar la plaza de Tiananmen. Cada día acudían a ella cientos de miles de nuevos estudiantes que proveían de comida, agua y mantas a sus compañeros o, simplemente, para mostrar su apoyo u ocupar el lugar de los amigos necesitados de descanso. Desde lejos, la plaza de Tiananmen ofrecía el aspecto de un agreste jardín, con banderas rojas y pancartas blancas.
Tanto la novia como el novio eran estudiantes de posgrado. Ella llevaba el cabello recogido en un moño y vestía un Qingpao rojo sin mangas, el largo y ceñido vestido tradicional chino, de cuello alto y con unos cortes laterales. Sostenía con timidez un ramillete de flores rojas entre cientos de espectadores e innumerables cámaras de reporteros. El rojo es el color de la suerte y la felicidad en China. El novio llevaba un traje gris que no era de su medida. Detrás de ellos, en medio y por encima de la puerta central de Tiananmen, se había colocado una sábana sucia que cubría el gigantesco retrato de Mao Zedong. Por primera vez en la historia de la República Popular, alguien se había atrevido a arrojar tinta sobre el retrato de Mao.
El novio dio un paso adelante y carraspeó antes de hablar por el micrófono.
– Hoy hemos venido a la plaza de Tiananmen para contraer matrimonio en unos momentos en los que nuestra patria pasa por la más crítica lucha de una generación. Queremos compartir nuestra felicidad con nuestros compañeros estudiantes que están en la plaza, que han desafiado la ley marcial para continuar su protesta. ¡La esperanza de China está aquí, ante nosotros!
La multitud respondió con un estruendoso aplauso. Animado, el novio aumentó el tono de la voz y prosiguió:
– Hoy nos declaramos nuestro amor y devoción mutuos, así como hacia nuestra madre patria. ¡Juntos lucharemos por el mañana de nuestro país, juntos veremos la victoria y una China mejor!
La muchedumbre volvió a aplaudir. Entonces Wuerkaixi, el dinámico y franco estudiante de diecinueve años, líder de la Universidad Normal de Pekín, les dio la enhorabuena. En las bodas chinas, la enhorabuena la da un anciano del pueblo o un invitado especial. Wuerkaixi se había ganado fama nacional e internacional por haber rebatido a Li Peng durante la reunión televisada del 18 de mayo.
Felicitó a la pareja y relacionó su feliz matrimonio con el futuro de China. Su valentía, declaró, demostraba al gobierno y al mundo que los estudiantes no tenían miedo.
Para entonces, los ánimos de la muchedumbre estaban muy exaltados. La gente aplaudía cada frase de Wuerkaixi. Después, un amigo de la pareja trajo una botella de Wuliangye, el mejor vino de arroz chino, y llenó dos vasitos. Los recién casados tomaron los vasos y bebieron. A su espalda se soltaron dos palomas blancas que alzaron el vuelo.
La multitud empezó a entonar canciones revolucionarias, instando a la pareja a que bailara. Yo, de pie entre el gentío, aplaudí y vitoreé. Pensaba en mi propia boda con Eimin. Hacía dos días habíamos recibido nuestro libro rojo, nuestro certificado de boda. Aquello era lo único que certificaba nuestra unión. No hubo boda, ni celebración, y no se lo dijimos a nadie aparte de a nuestras familias: a la mía por teléfono y a la suya por carta. Mis padres no hicieron ningún comentario.
Después de la última vez que vi a Dong Yi, la tarde de nuestra visita al profesor Fang, había pensado mucho sobre la secuencia de acontecimientos en mi vida durante los últimos tres años. Cuanto más recordaba la indecisión que había presidido mi relación con Dong Yi y las dudas que albergaba mientras estuve con Yang Tao, más segura me sentía de mi decisión de casarme con Eimin. La lección que saqué de las oportunidades perdidas y el amor imposible fue que la vida continuaba; no podía enmendar lo sucedido en el pasado ni cambiar las decisiones que había tomado, pero aún había adoptado una nueva decisión y era de esperar que aquella vez las consecuencias fueran mejores. La pareja que tenía allí delante tendría que vivir con la decisión que había tomado aquel día, de la misma manera que las decenas y miles de estudiantes que llenaban la plaza a mi espalda habrían de vivir arrastrando las consecuencias de sus decisiones.
La única duda que subsistía en mi mente cuando sostuve el libro rojo surgió al preguntarme cuál sería la decisión final de Dong Yi, aunque me extrañaba que hubiese optado por dejar a Lan. Dong Yi no era de los que eludían sus responsabilidades, pero sabía que si alguna vez había considerado hacerlo, me habría ido a ver para hablarme de ello. Tal vez hubiera estado ocupado, como él decía, con gente a la que ver y cosas que planear; pero aun así, lamentaba que no hubiésemos tenido más tiempo para hablar. Eso hubiera hecho que me sintiera mejor sobre mi actuación, aunque me imaginaba que no habría cambiado nada.
La boda fue el punto culminante del día, una muy necesaria inyección de ánimo para la moral de la plaza. Desde la finalización de la huelga de hambre, el Movimiento parecía haber perdido mucho el norte. En aquellos momentos no estaba claro qué pretendía conseguir el Movimiento, ni por qué medios ni con qué fin. Los estudiantes provenientes de las provincias, que tenían la sensación de haberse perdido toda la emoción de la huelga de hambre, pretendían quedarse en la plaza hasta la reunión del Congreso Nacional del Pueblo, programada para el 22 de junio. Los estudiantes de Pekín estaban cansados, confusos y decepcionados, dispuestos a emprender un nuevo plan de acción y deseosos de abandonar la plaza. Se nos dijo que la Asociación Autónoma de Estudiantes había votado a favor de la retirada. Pero unas horas más tarde, la decisión se revocó. Un par de días después, la votación dio otro resultado diferente.
Muchos de los dirigentes del Movimiento, incluidos intelectuales destacados, habían pedido una retirada inmediata de la plaza. Opinaban que los estudiantes ya habían dicho lo que querían y que no se conseguiría nada si se proseguía con la confrontación. En lugar de eso, invitaron a los estudiantes a que volvieran a las aulas y persiguieran entonces los objetivos del Movimiento, democracia y libertad, por medios pacíficos y políticos. Pero otros, entre los que se contaba Chai Ling, creían que una retirada en aquel momento, sin que se hubieran satisfecho del todo sus exigencias, supondría un suicidio político. Las concesiones que habían obtenido del gobierno -como el diálogo o que la mejora de la educación se estableciera a nivel del gobierno local- se perderían. Si los estudiantes abandonaban voluntariamente la plaza de Tiananmen, ello permitiría también que el gobierno se atribuyese la victoria, y entonces nada cambiaría en China.
Aquella tarde, en su pequeña habitación situada en el mismo piso que la de Eimin, Li escuchó con sumo interés mi descripción de la boda. A medida que le explicaba las reacciones de la multitud, empecé a darme cuenta de que la ceremonia no sólo había proporcionado entretenimiento a todas las personas que había en la plaza, sino que también había contribuido a recordarnos por qué habíamos acudido a la plaza de Tiananmen, aspecto que parecía habérsenos olvidado con el ajetreo de las luchas diarias.
– ¡Qué idea tan maravillosa la de contraer matrimonio en la plaza! -suspiró Li-. Ojalá hubiera estado allí para verlo, o aún mejor, supongo, ojalá yo pudiera hacer lo mismo.
– ¿Estás pensando en casarte?
– Todavía no. Pero hemos hablado de ello. -Sonrió al tiempo que inclinaba levemente la cabeza-. No sé si se trata simplemente del momento por el que estamos pasando, todo es emocionante y esperanzador. Pero yo sólo quiero dar, hacer feliz a alguien, crear un mañana mejor. ¿A ti te pasa lo mismo?
– No lo sé. Quizá no tanto como a ti, pero yo sí me he casado -dije; al fin y al cabo, aquel era un momento tan bueno como cualquier otro para contárselo a Li.
– ¡Dios mío! -casi dio un salto de la silla-. ¿Con Eimin? ¿Y cuándo fue eso?
– Hace un par de días.
– ¡Felicidades! -Li se acercó y me dio un abrazo-. ¿Cómo lo celebrasteis? ¿Con un banquete?
– No, no hemos hecho nada. Claro que, si lo hacemos algún día, no dudes de que estarás invitada. Tal vez cuando termine todo esto.
– ¡Qué maravilla! -Volvió a sentarse en la silla, esquivando los diversos montones de papel, periódicos y panfletos que había en el suelo-. Todavía no puedo creerme lo que oigo. Felicidades, Wei. El matrimonio es todo un acontecimiento en la vida de una persona. Me alegro muchísimo por ti. Lo que pasa es que me ha sorprendido enterarme, y no porque no hagáis buena pareja. Creí que te gustaba alguien del departamento de física. Pero ahora todo tiene sentido, no me extraña haberte visto por aquí con tanta frecuencia últimamente.
– Con la persona de físicas ha terminado todo.
Quería cambiar de tema. Las preguntas de Li me empezaban a incomodar. Sus comentarios hechos de pasada alimentaban mis dudas.
– ¿Para qué son estos papeles? -le pregunté al tiempo que señalaba los montones que había a sus pies.
– ¡Ah! Son para mañana. Nos vamos a las montañas del oeste. Ayer llegó allí un centenar de tanques, pero los estudiantes de la Universidad de Idiomas de Pekín los detuvieron. Ahora esos estudiantes necesitan ayuda.
Me pasó el periódico que había en lo alto de un montón. Era un ejemplar de hacía diez días del Diario de la Juventud de Pekín, el periódico oficial de la Liga de Juventudes del Partido Comunista Chino.
– A muchos de los soldados no se les ha dicho la verdad sobre el Movimiento Estudiantil. Les han ordenado que vengan a Pekín para «sofocar los disturbios avivados por un pequeño grupo de anarquistas». Hemos logrado reunir estos periódicos. Fueron publicados antes de que el gobierno censurara la cobertura veraz del Movimiento. Si no creen lo que les decimos, tendrán que creer los periódicos oficiales.
– ¿Te gustaría que te ayudara con eso? -pregunté.
– Claro. Iba a atarlos en paquetes pequeños. No me vendría mal otro par de manos. -Li me pasó un rollo de cuerda hecho con pedazos de distinto grosor y longitud-. Pero esos panfletos todavía no. Mañana Xiao Zhang traerá más de la imprenta.
A la mañana siguiente salí con Li y veinte estudiantes de la Universidad de Pekín para evitar que los tanques entraran en la ciudad. En el asiento trasero de las bicicletas llevábamos pequeños paquetes de periódicos o de panfletos. Nos dirigimos hacia el oeste, pasando por el Palacio de Verano de los Emperadores y por los tortuosos callejones del último pueblo en la orilla este del Gran Canal de Pekín. Dicho canal forma parte del Gran Canal que conecta las provincias meridionales de China con su capital del norte, el cual fue construido por el segundo emperador de la dinastía Qin hace unos dos mil años y ampliado luego por otros emperadores a lo largo de la historia.
En la década de 1950 se construyó un embalse al norte de Pekín para que constituyera el principal suministro de agua de la ciudad y el canal se convirtió en la vía fluvial natural que enlazaba el embalse con los ocho millones de habitantes de Pekín.
En cuanto cruzamos el puente, la estrecha calle principal del pueblo se convirtió en una ancha carretera recta que corría a lo largo de la orilla oeste del canal. Unos álamos temblones de delgado tronco blanco bordeaban el camino. Aparte de los grupos de estudiantes y ciudadanos que se desplazaban en bicicleta, la carretera estaba libre de tráfico. Daba la impresión de que el camino que teníamos ante nosotros ascendía hasta llegar al cielo.
Al cabo de una hora y media de pedalear, las montañas del oeste aparecieron ante nuestra vista. Estas montañas tienen una especial importancia en la historia moderna china; en los años posteriores al Movimiento del 4 de Mayo de 1919, muchos estudiantes y activistas se apoderaron de los pasos montañosos desde allí hasta las Tierras Altas Amarillas para unirse al Partido Comunista. Por consiguiente, dichas montañas siempre han representado el despertar de los estudiantes universitarios, cuando dejaron atrás sus torres de marfil y sus cómodas vidas para participar en la verdadera lucha del pueblo. En mi juventud, siempre que entraba en contacto con aquellos montes, las imágenes que se formaban en mi mente eran invariablemente las de aquellos hombres y mujeres veinteañeros ascendiendo por el difícil terreno ayudándose unos a otros. En dicha visión se animaban entre sí siempre que estaban cansados o perdían la esperanza y se decían que al otro lado había un mañana mejor y más brillante… Al otro lado, donde está la esperanza de China.
A menudo me pregunté qué se debía de sentir siendo uno de aquellos estudiantes, con una ruptura total con el pasado para empezar de nuevo. ¡Cómo debieron de conmoverse sus corazones la primera vez que vieron las montañas! ¡Qué emocionante debió de ser cuando dieron su primer salto al futuro!
Aquel día volvieron a aparecer en mi mente los mismos pensamientos y sentí que nunca había estado tan cerca de los estudiantes que me habían precedido, que también iban camino de construir una China mejor y más brillante.
Al fin llegamos al pie de las montañas. Kilómetros y kilómetros de campos de maíz y grano se extendían hacia el pie de la primera colina, donde había un pueblo situado bajo la protección de los bosques. Un ancho camino de tierra serpenteaba a través del mosaico verde y oro que formaban los campos. A lo largo del camino, como si de una gran serpiente muerta se tratara, se extendía la larga hilera de tanques.
Delante de la cabeza de la serpiente ondeaba el estandarte de la Universidad de Idiomas de Pekín. Bajo la bandera, frente a las roderas de los tractores, había unos veinte estudiantes más o menos. Li fue a hablar con el dirigente estudiantil de la mencionada universidad mientras que el resto de nosotros se dispersó, cada uno con un paquete de material impreso.
En su mayor parte, los tripulantes de los tanques estaban sentados encima de sus vehículos, aprovechando la brillante luz del sol. No tenían más edad que los estudiantes que los rodeaban, aunque sus rostros estaban más curtidos. Parecía no importarles estar atascados en medio de ninguna parte y charlaban alegremente entre ellos. Pero no podían hacer caso omiso de las voces de los estudiantes recién llegados, que se dirigían a ellos a voz en grito desde todas partes.
– ¿Por qué habéis venido? -preguntó uno de los estudiantes a uno de los soldados, que se había quitado la gorra y se abanicaba con ella.
El estudiante repitió la pregunta. El soldado replicó, con una sonrisa:
– Para proteger al pueblo.
– ¿Con tanques? ¡Los estudiantes de la plaza de Tiananmen no van armados!
– Nosotros somos el pueblo y os pedimos que regreséis por donde habéis venido -bramó otro estudiante.
– ¡La protesta estudiantil no es anarquismo, y no la ha incitado un pequeño grupo de contrarrevolucionarios! -grité lo más fuerte que pude para que los soldados de lo alto del tanque pudieran oírme. Me puse de puntillas al tiempo que agitaba el periódico que llevaba-. Si no me creéis, leed el Diario de la Juventud de Pekín.
Pero nadie respondió ni tomó el periódico.
– No os han dicho la verdad. El Movimiento Estudiantil no es antirrevolucionario, sino patriótico.
Volví a agitar el periódico, intentando estirarme al máximo. Pero era demasiado baja para llegar a los soldados, que permanecían sentados con actitud despreocupada en el tanque.
Coloqué el paquete de papeles encima de la oruga y empecé a subir al vehículo de guerra. El sol ardiente había estado calentando el metal durante horas, de modo que estaba desagradablemente caliente. Otros estudiantes acudieron en mi ayuda y me animaron a seguir, me empujaron y me dieron impulso para encaramarme a aquella máquina gigantesca.
En realidad había muy poco espacio en el techo del tanque. A cada paso que daba tenía que detenerme y cambiar la posición de los pies para no perder el equilibrio. Había cuatro soldados sentados alrededor de la escotilla del techo abierta, con los botones superiores del uniforme desabrochados. Uno de ellos se abanicaba con la gorra. Hacía mucho más calor en la parte superior del tanque, en la que el sol caía implacable y no había donde refugiarse.
Avancé hacia ellos a trompicones, intentando que no se me cayeran los periódicos ni los panfletos.
– Mirad, son periódicos oficiales del Partido. -Se los puse debajo de las narices-. Dejadme que os lea éste -dije mientras sostenía en alto un ejemplar del Diario de la Juventud de Pekín-. «Hoy, 18 de mayo, un millón de personas, incluidos estudiantes de todas las instituciones de enseñanza superior de Pekín, trabajadores de las fábricas, científicos, artistas, empleados de comercios y ciudadanos comunes, ha ido a la plaza de Tiananmen para apoyar a los manifestantes en huelga de hambre e instar al gobierno a que inicie el diálogo con los estudiantes.» ¡Un millón de personas! Eso no es un pequeño grupo de gente. Y no están tratando de provocar desórdenes en el país.
Los soldados no tomaron los periódicos ni leyeron los artículos que les señalaba. Pero habían dejado de charlar y miraban con incomodidad hacia otro lado, hacia los campos de maíz.
– Este artículo dice que los trabajadores de la Compañía de Gas y Electricidad de Pekín donaron diez mil yuanes para apoyar a los estudiantes. Mirad, dice que se manifestaron hasta los estudiantes de la Escuela Central del Partido.
Esta institución era el lugar donde destacados miembros del Partido se entrenaban y preparaban para desempeñar un papel relevante en el gobierno; sus estudiantes se contaban entre la flor y nata de la cosecha del Partido Comunista Chino.
Les puse los periódicos en las manos y dije:
– Cogedlos y leed los artículos, por favor. Veréis que os estoy diciendo la verdad.
No parecían estar seguros respecto a cómo reaccionar a mis persistentes ruegos para que leyeran los artículos. Al cabo de un par de minutos, el soldado que trataba de refrescarse abanicándose con el sombrero tomó el periódico. Los demás lo imitaron.
– ¿Un poco de agua fresca? -Un habitante del pueblo se acercó con dos cubos de agua. Tenía unos cuarenta años y un cabello como el acero que se resistía a ir hacia abajo-. Recién sacada del pozo. -Llenó un cucharón de madera y lo levantó-. Bebed, por favor. No deberíais sufrir una insolación.
Los soldados parecieron más receptivos al ofrecimiento de agua que a mi periódico.
– No queremos que vayáis a la ciudad y disparéis a los estudiantes. Pero tampoco queremos veros sufrir. Las consecuencias las pagamos todos nosotros. Deberíamos cuidar los unos de los otros. A los grandes funcionarios de Zhongnanhai no les importamos -dijo el aldeano de todo corazón.
Puesto que los tanques se habían detenido allí, tanto los vecinos del lugar como los estudiantes organizaron entregas de comida y agua para los soldados. Aquello hizo que la interrelación entre estudiantes y soldados fuera amistosa, a pesar de alguna que otra confrontación. Los estudiantes habían hecho especial hincapié en que no tenían nada personal en contra de los soldados; dijeron que ambos grupos compartían el mismo patriotismo. Y de momento, la relación entre los soldados y los civiles había sido relativamente buena.
Pero yo me preguntaba cuánto tiempo podía durar ese clima. Las condiciones de vida se iban deteriorando, sobre todo en el interior de los tanques. Las tropas habían avanzado a toda velocidad durante días para llegar a Pekín. En aquellos momentos estaban detenidas en medio de ninguna parte, a kilómetros de su destino y de sus cómodas instalaciones. No podían salir de los tanques para ducharse o lavarse. No había más cuarto de baño que la naturaleza. Y, por como pintaban las cosas, tal vez tuvieran que permanecer donde estaban durante algún tiempo. Aun para el más paciente de los hombres, la frustración surgiría en algún momento.
¿Qué ocurriría entonces? ¿Se retirarían tal como exigían los estudiantes? ¿O se abrirían paso por la fuerza?
En el preciso momento en que pensaba esas cosas, el jefe del tanque salió del agujero con el descontento escrito en su rostro.
– ¿Dónde están vuestro orden y disciplina? -les dijo a los soldados-. Miraos. Abrochaos las guerreras. Y tú vuelve a ponerte la gorra. Parece como si ya os hubieran derrotado.
Arrebató los periódicos a los soldados y no había duda de que estaba enojado por el hecho de que los hubieran aceptado. Se dirigió a mí y gritó:
– ¡Baja! ¡Baja!
Se inclinó hacia delante y agitó la mano, indicándome por gestos que me marchara. Me sobresalté; di un paso hacia atrás y perdí el equilibrio.
– ¡No utilicéis la fuerza! -exclamó la multitud, pensando que me había empujado.
El rostro del jefe del tanque enrojeció y les bufó a sus hombres:
– Entrad inmediatamente.
En cuanto los soldados hubieron entrado, quizá para recibir una reprimenda, seguidos de su jefe que cerró la escotilla del tanque tras él con estruendo, bajé de allí con la ayuda de otros estudiantes. La gente aplaudió. Me sentí eufórica.
Eché un vistazo a mi alrededor para encontrar a Li y al resto del grupo, pero no les vi. Habían llegado más estudiantes y ciudadanos de Pekín para desempeñar su papel y un gran número de personas rodeaba a los tanques. Muchos estudiantes también habían trepado a lo alto de los blindados y hablaban cara a cara con los soldados.
– ¡Ah, estás aquí! -Li apareció de pronto a mi lado-. Ya se ha distribuido todo el material. Todo el mundo está esperando delante.
Nos abrimos paso como pudimos a través del gentío.
– Los estudiantes de la Universidad de Idiomas de Pekín han dicho qué cuando más ayuda necesitan es por la noche, cuando la gente se marcha -me dijo Li-. Está claro que si las tropas quieren abrirse paso a la fuerza no van a hacerlo durante el día, delante de toda esta gente, sino por la noche.
– ¿No tienen suficiente gente para la noche? -pregunté.
– Por lo visto, no. La universidad no es muy grande. Muchos de sus alumnos están en la plaza de Tiananmen. Gran parte de los que se encuentran aquí desde el primer día ya están cansados. Creen que pueden arreglárselas, pero agradecerían un poco de ayuda por parte de las demás universidades.
– ¿Podemos ayudar?
– Estamos muy diseminados y somos pocos; no en cifras reales, puesto que al fin y al cabo somos veinte mil en la Universidad de Pekín. Pero la dificultad está en la logística y la organización. Por eso quiero regresar lo antes posible. Tengo que averiguar si podemos organizar algún tipo de refuerzos para ellos.
Li era una organizadora nata.
Fueron dos horas de intenso pedaleo antes de que llegáramos de vuelta a la universidad. Pensé en aquellos hombres y mujeres jóvenes tumbados ante los tanques. No tardaría en caer la noche y estarían solos contra el poder de los blindados y el ejército.