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Madame de La Palisse debía de ser una mujer extraordinaria.
Quería a su marido, valiente capitán, y por ello escuchaba pacientemente sus relatos de batallas, asedios y duelos; como era muy sabia mostraba mucho interés, pero al tiempo, para sus adentros, expurgaba bastante, pues sabía que los hombres, incluso los más sinceros, tienen la imperiosa necesidad de contar con la admiración de esas oyentes caseras que son sus mujeres.
Tenía otra gran virtud, Madame: un sano sentido del humor. Así, cuando le llegó la noticia de la muerte de su marido en la batalla de Pavía (fábrica de frases célebres), tras llorar mucho, no pudo menos que prestar atención a la canción improvisada por los soldados para honrar su memoria, cuyo final, ingenuo hasta la absurdidad, estaba destinado a perdurar en el tiempo, atribuyendo al adjetivo «lapalissiano», trasladado por los lisonjeros al lisonjeado, una patente de estupidez estrafalaria que el heroico hombre de armas sin duda no se merecía.
Monsieur d'La Palisse est mort,
Mort devant Pavie;
Un quart d'heure devant sa morte,
II était encoré en vie.
Cuanto más pasaba el tiempo, aquella estrofa hacía reír más a Madame, quien inteligentemente se alegraba de que su hombre hubiera pasado de alguna manera a la semieternidad del lenguaje.
Comenzó a hablar con esa obviedad del poemita y descubrió que así la gente la comprendía mejor.
Yo también hablo a menudo como Madame de La Palisse y, confiando en hacer algo útil, les hablaré así a los principiantes, a los catecúmenos de esta enfermedad mía y suya, ofreciendo algunos consejos sencillos derivados de la experiencia, una especie de pequeño decálogo portátil:
I. No os hagáis ilusiones.
Si llega a haber algún tratamiento, empezarán los estadounidenses, una vez recuperados del crac, publicando estudios en revistas especializadas que serán tergiversados y puestos por la prensa para luego caer en el olvido. Mientras tanto, se amontonará una montaña sanguinolenta de ratones inocentes que allanarán el camino para experimentos con el hombre (dicho sea de paso, dejad que los hagan otros). Pasados unos años se tendrán resultados positivos. Pasados trescientos cincuenta y nueve (359) años, el tiempo que ha hecho falta para rehabilitar a Galileo, en nuestro país se abrirán las puertas al fármaco milagroso. ¿Tenéis ganas de esperar tanto?
II. Creed moderadamente en los médicos.
Una vez que hayan cumplido valerosamente su función de dar el duro diagnóstico, sintiéndose impotentes, os recetarán medicamentos que muchas veces son incompatibles entre sí, lo que aumentará la confusión de ellos y la vuestra.
III. Si creéis en algún dios, no lo soltéis. Puede ser que sirva, al principio o al final, sobre todo si no os hacéis muchas preguntas de tipo racional.
Más bien rugad lo o blasfemad contra él; dadle las gracias o maldecidle: a lo mejor eso vale para mantener abiertos los canales de comunicación.
IV Si no creéis en nada, mejor: un pensamiento menos. Muchos observadores profesionales refieren que los ateos mueren mejor.
IV. Seguid vuestro instinto. Nadie os conoce mejor que vosotros.
Casi todo el mundo os dirá: «Acepta, acepta». Lo que significa seguir viendo a los amigos, cuyo respiro de alivio os parece oír no bien salen de vuestra casa, así como hablar con ellos hasta que vuestra voz no se haya convertido en un graznido apenas inteligible. Al fin y al cabo, ellos son proclives a mostrar lástima, vosotros, valor, cuando en realidad, en el fondo de las entrañas, a ellos los asalta el miedo, y a vosotros la envidia.
No llamo «aceptar» a lo que no tenemos más remedio que tomar.
Están también los del «lucha, lucha», aquellos que en las necrológicas siempre escriben: «Después de luchar largo tiempo contra la enfermedad… murió ayer nuestro amigo de toda la vida XY…». No les hagáis caso; esta concepción muscular no hará más que mermar vuestras fuerzas, ya escasas, para cuando llegue a lo grande la famosa «debilidad generalizada», que no consiste, como creía yo también, en no poder con las bolsas del supermercado repletas de artículos de la compra sino en la imposibilidad de levantar con una mano el suplemento ilustrado de un periódico. Entre estas dos escuelas de pensamiento, yo personalmente he elegido orgullosamente una tercera vía, por lo demás desaconsejada y criticada por todos. Complaciendo a mi misantropía y ayudada por una natural capacidad para estar sola, me he enclaustrado en casa, no respondo al teléfono, rechazo todas las visitas, me comunico solamente por escrito.
V. Eliminad los recuerdos y disfrutad de los pequeños privilegios que se conceden a los enfermos. Dado que he entrado en una Second Life, procuro (naturalmente, no se consigue) borrar los rastros de la primera. Quisiera eliminar los recuerdos, las añoranzas, los remordimientos. Quisiera hacer tabla rasa de mi mente que sigue, ay, trabajando, incluso más de la cuenta. Aprecio y acepto las pequeñas ventajas de los enfermos: ser tratados como muñecas a las que desnudan, visten y peinan; ser satisfechos enseguida en nuestros pequeños antojos con la comida; dejar a los otros, aunque nos sintamos despojados y relegados, el gobierno de la casa, la colocación de los objetos, el lugar exacto de los libros.
Por lo que se refiere a los amigos (sólo de pluma), nunca me he sentido más estimada, admirada y querida. Porque ya no tienen que temer a mi lengua afilada: lo sé pero no me importa, es más, son ellos quienes me dan pena, a veces, pues están obligados a mirar constantemente hacia atrás, perseguidos por su propia sombra.
VII No guardéis rencor a quienes os hayan hecho daño sin darse cuenta. De lo contrario, será como ir a acostarse de noche con una pequeña astilla que no quiere salir de la uña.
VIII. Soportad a la enfermera que os tutee, tratándoos como a una viejecita chocha. Aunque no lo creáis, al parecer es un consejo que les imparten en los cursos de formación, como método para aparentar mayor cercanía a los enfermos. Puede. A mí, sin embargo, sólo me parece de una tremenda mala educación.
IX. Sed pacientes con las personas que padezcan vuestra misma condición y escuchad, hasta donde aguantéis, sus explicaciones, invariables.
Yo misma, que, lo confieso, siento una invencible repugnancia por los viejos y los enfermos, olvidando que formo parte del mismo grupo, trato de resistir estos malos impulsos, en nombre de la empatía, cuando no de la simpatía, sensaciones que a veces son increíblemente divergentes o, incluso, opuestas.
X. No vayáis a Lourdes.
Un matemático, alegremente agnóstico, ha contado las «curaciones inexplicables» totales (las hay, las hay) y ha descubierto que las de Lourdes suman treinta unidades menos que las producidas en otros lugares. Por tanto, concluye, si os quedáis en casa tendréis treinta posibilidades más de curaros.
El padre eterno, una vez que llegó al décimo mandamiento, paró: evidentemente le daba lástima Moisés, que debía bajar del monte Sinaí, en sandalias, cargando a cuestas dos piedras pesadísimas con las Tablas de la Ley.
Nosotros, que escribimos sobre hojas ligeras, podemos añadir alguna recomendación más.
XI. Preparad una lista de las cosas que sabéis hacer, de esas para las que hacen falta manos y pies o de aquellas en las que es necesario un poco de cerebro o de alma. Hacedlas. El orden es imprescindible pues lo primero que se os debilitará son las extremidades (¡cuidado con las caídas!), ya incapaces de obedecer a las órdenes de las neuronas perdidas. Después, o incluso antes, se os trabará la lengua, hasta emitir sonidos incomprensibles. Así pues, nada de cantar o de declamar. Al final, sin embargo, el cerebro os funcionará perfectamente, calvario y gozo. Personalmente, me ha salvado la escritura, pero también puede leerse ahora que se dispone de todo el tiempo para uno y que nadie te molesta, o rezar con más intensidad y conciencia.
XII. Sed curiosos.
La curiosidad es el motor de la inteligencia, es una robusta muleta para sostenerse, es la puerta abierta hacia la vida. Hacia la vida que nos retiene con fuerza hasta que encontremos la respuesta a aquella pregunta que nos ha venido a la mente, por tonta que sea.
XIII. Buscad o, si ya lo tenéis, cultivad vuestro sentido del humor. Hay mucho de que reír en el mundo: de los demás, de vosotros mismos, de las cosas que os parecían tan importantes y que sin embargo eran tan tontas. Si hay un momento en que nuestro ojo ve con claridad, es éste. A menos que esté nublado por las lágrimas, lo sé.
Amigos, mis «mandamientos» son muy materiales, un poco arrogantes para presumir de seguridad; por ello he excluido la parte más delicada, la que se deja en manos de la conciencia individual, peligrosamente tironeada entre dos poderes: el de un Estado inseguro de todo y el de una Iglesia demasiado segura de todo. Añádanse nuestras personales dudas sobre principios que creíamos firmes y que en cambio pueden desvanecerse ante un dolor nuevo -uno más de la ya abundante colección-, ante un nuevo miedo o ante una antigua creencia: se os quitarán las ganas de dar consejos.
Fui educada laica e irreligiosamente por mi padre, entre las protestas de mi madre que terminaba siempre sus reproches con un «También vosotros pasaréis por esa puerta», refiriéndose a la de la iglesia en el día de nuestro funeral. He tenido, pues, el farolillo de la Razón como único sistema de iluminación y, debo confesarlo, muchas veces me he estrellado en esa penumbra.
Si nos decidiéramos a abordar ya el tema tabú, la muerte, que seguramente nos espera con menos paciencia, amigos, que a los demás, podríamos recordar que el positivista e higienista siglo xix quiso introducir el uso de la cremación. Estallaron diatribas terribles que se prolongaron durante décadas entre «calcinadores» y «putrefactotes». Increíble: los calcinadores eran los ateos que, con esta purificación definitiva por medio del fuego, demostraban inconscientemente su mayor espiritualidad.
¿Cómo me he comportado yo? De forma ambigua, dando disposiciones conforme a la ideología laica pero con el corazón encogido de auténtica materialista que, como les pasa a ciertos locos, le gustaría conservar aquí un cuerpo, por siempre próximo, a ser posible guardado en un armario. Que en realidad vendría a ser la versión autárquica y pobre de lo que hicieron los refinados padres de Madame de Staël: erigir un pequeño mausoleo, casi un saloncito, donde su hija pudiera verlos, embalsamados y sentados, cuando iba a visitarlos.
Confesémoslo: a veces amamos tanto un cuerpo que nos oponemos incluso a uno de los actos más lógicos, pero no por ello menos generosos, que pueden hacerse en recuerdo de una persona muy querida que ha fallecido: la donación de sus órganos.
¿En el fondo, sin embargo, qué nos importa lo que pase después?
Es lo inmediatamente antes lo que nos interesa realmente, cuando nuestros dolores desencadenan el frenesí, el empeño, hasta el orgullo o la vanidad de los médicos que se ponen a competir con quien es más fuerte que ellos, atormentándonos y prolongando nuestro sufrimiento. Puede que vosotros, como me ha ocurrido a mí, hayáis gritado entre lágrimas: «¡No estoy cansada de vivir, estoy cansada de la enfermedad!».
«A veces se me ocurren ideas que no comparto», dice el filósofo ridens Woody Allen. También a mí.
Fui de las primeras en redactar, concienzudamente, con la esperanza de que algún día pudiera tener valor, un testamento de autodeterminación biológica en el que pedía que me ahorrasen agujeros, cánulas y sondas, convencida de que la naturaleza, nuestra madre, se apiadaría de mí.
Sólo después conocí la enfermedad, su injusticia y carácter azaroso, y descubrí que somos infinitamente adaptables, que cambiamos ideas e ideales en razón de los empeoramientos, que nuestras exigencias se vuelven mínimas: nos conformamos con respirar, durar, seguir tirando.
Cuando me costaba caminar, añoraba mi paso ágil; cuando también perdí la voz, me habría conformado con solamente cojear.
¿Tendré el valor, cuando llegue el momento, de sacar de debajo de la almohada el documento en el que rechazo los tratamientos?
Resulta raro: cada situación trágica hace resonar en nuestro oído interno una cancioncilla tonta como la de Monsieur de La Palisse.
¿Quién no se acuerda de la genial estupidez de Petrolini?
Me alegra morir
Pero me da pena
Me da pena morir
Pero me alegra. [32]
Ahora bien, nosotros no vamos a enrolarnos en el ejército de Hamlet, héroe epónimo de la duda, que llenó el escenario de muertos sin conseguir siquiera vengar bien a su padre; ni tampoco vamos a unirnos al coro que repite el ambiguo estribillo.
Sólo mantendremos un trocito de duda, quizás oculta en lo más profundo de un cajón, para que siempre nos recuerde que nada es seguro.
<a l:href="#_ftnref32">[32]</a> En el original: Son contento di morire/Ma mi displace. Mi dispiace di morire/Ma son contento. Ettore Petrolini (1884-1936), actor cómico y cantante romano.