38060.fb2 El ?rbol De La Diana - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 30

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Capítulo28

Se desvistió despacio, se cepilló el pelo y derramó unas gotas de perfume sobre su piel. Antonio oyó sus pasos en la oscuridad, escuchó la respiración creciente de una sombra acercándose, asustada por su propia audacia. Entonces comprendió que había valido la pena esperar, aunque solo hubiera sido para vivir aquel instante. Se volvió en silencio y le hizo un hueco en el lecho, sintiendo cómo su cuerpo se acercaba implorando calor. La besó con dulzura, tratando de convencerla de su infinita devoción.

– Dios, no encuentro sosiego si no te tengo cerca.

Elena le sintió en el cuello, recorriendo su piel muy despacio con extrema ternura, en un lento contacto con el que trataba de ganar su confianza. Antonio percibía su tensión y no quiso apresurarse, acariciando sus hombros y deslizando despacio los tirantes de satén del camisón. Advirtió su temblor y con suma pericia logró hacerlo desaparecer, comprobando que la pasión se despertaba en ella al sentir cómo respondía besando su cuello y enredando los dedos entre su pelo.

– Te quiero, Antonio… -dijo mirándole frente a frente, acariciando su cara. Él tomó su mano para besarla.

– Suena bien… muy bien… Dímelo otra vez…

– Te quiero, te quiero… Nunca había sentido algo así, tan profundo. Quiero estar contigo… para siempre…

– ¿Estás segura?

– Sí. Lo estoy.

Él la creyó; sabía que no estaría allí si no sintiera lo mismo que él. Antonio pensaba que había conocido todos los placeres hasta aquella noche, cuando añadió al deseo un profundo y verdadero amor; recorría aquella piel joven y fresca que por primera vez estaba siendo explorada, y advertía entusiasmado cómo respondía a sus caricias y con qué facilidad la hacía estremecer.

La pasión se desbordó y sus manos se entrelazaron al unir sus cuerpos. La respiración de Elena se aceleró cuando él entró en ella y se dejaron arrastrar por una sensación de plenitud. Antonio quería darlo todo en aquella primera vez, jamás ninguna mujer le había provocado aquella ansiedad, jamás había sufrido aquel estremecimiento, aquel efecto devastador que le hizo perder la voluntad y entregarse con desconocido entusiasmo. Fue una noche plena de aroma de nardos, de caricias y de nuevas sensaciones para los dos. Se quedaron al fin dormidos, unidas sus piernas y brazos, compartiendo el mismo aire y diferentes sueños.

Al amanecer Antonio besaba el hombro desnudo de Elena, que yacía acurrucada contra él dándole la espalda; él rodeaba su cintura con un brazo y observó sus suaves movimientos mientras despertaba lentamente al recibir su caricia. Elena le miró y notó cómo la estudiaba, pero no era necesario decirle nada, porque conocía sus sentimientos.

– Anoche soñé por primera vez -susurró Antonio.

– ¿Y qué soñaste?

– Que hacía el amor con una mujer maravillosa… -dijo besando su cuello.

– Yo también tuve un sueño parecido… -susurró Elena.

– ¿Y cómo era la mujer de tu sueño?

Elena respondió con una carcajada ante su salida.

– Ríe siempre así… y conseguirás volverme loco…

Se apretó contra ella y sus labios se unieron en un apasionado beso. De nuevo se amaron con desesperación, sin dar tregua al arrepentimiento. Deseaban recuperar el tiempo perdido y enviaron de paseo al orgullo, el miedo, el pasado… solo había amor sin condiciones. Lo que sentían estaba allí y era real. Sus caricias desprendían pura pasión, necesitaban rozar sus manos y fundir sus cuerpos con avidez. A su lado Elena tembló con desconocidas sensaciones; había dejado atrás todas las inseguridades y los sentimientos de culpa que la persiguieron a su llegada. Necesitaba sus brazos alrededor de la cintura, su voz templada al oído, su cuerpo junto al suyo… Se había entregado sin reservas, sin condiciones.

Estaban en la cama, abrazados; Elena tomó su mano y la inspeccionó con detalle.

– ¿Qué haces? -preguntó Antonio.

– Tomar las medidas de tu dedo. Si te pido que te cases conmigo tengo que hacerlo como Dios manda, con anillo de compromiso.

– Hazme la pregunta… -pidió Antonio besando su mano.

– No, todavía no…

– Ahora… por favor… o la haré yo… -Sus labios se unían de nuevo.

– Es una decisión para toda la vida y no puedo tomarla a la ligera…

– Eres cruel…

– Hablaremos cuando vuelvas de Nueva York. Tengo que reflexionar en soledad durante unos días. -Elena se encogió de hombros y contempló, divertida, su impaciencia.

– Tú mandas.

Después se levantó y tras una rápida ducha se puso un elegante traje gris oscuro hecho a medida. Elena le observaba desde la cama. Confiaba en él, por completo. Sabía que siempre estaría ahí, a su lado, para protegerla, para amarla, para sostenerla en los momentos difíciles que estaba segura de que vendrían. Era fuerte como una roca, y testarudo como ella. Se convenció al fin de que debía seguir adelante, aun cuando no supiera a dónde le llevaría aquella unión; solo tenía que esperar acontecimientos y sentir su mano firme junto a ella.

– ¿Vas a salir hoy? -le preguntó mientras se anudaba la corbata ante el espejo.

– Pensaba ir al Museo de Antropología.

– Es una visita interesante. Volveré temprano. Estaré pensando en ti todo el día… Te quiero… -dijo despidiéndose de ella con un apasionado beso.

– Yo también…