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El monumental atasco en el paseo de la Reforma comenzó a impacientar a la ocupante del Mercedes blindado, quien prefirió abandonarlo y proseguir el camino a pie, seguida con discreción por su protector acompañante. Elena accedió al fin al Museo Nacional de Antropología, en cuyas cercanías admiró la gran mole en piedra maciza que simbolizaba la figura del dios de la lluvia, Tlaloc. En aquella espaciosa y original edificación construida en la década de 1960, Elena disfrutó admirando la mayor colección del mundo de arte prehispánico y de una extensa exposición sobre los pueblos indígenas actuales.
– Hola, señorita Peralta -dijo una voz masculina a su espalda cuando contemplaba, en la sala dedicada a la cultura mexica, el monolito de Coatlicue y las esculturas de los dioses aztecas. Elena se volvió desconcertada para toparse con unos ojos marrones enmarcados en un rostro ovalado con arrugas incipientes. Su cabello corto y tendente al gris le resultó familiar.
– ¿Nos conocemos? -preguntó estudiando su mirada.
– Mi nombre es Sergio Alcántara. Nos saludamos hace tiempo en un restaurante de la zona Rosa.
– Ah, sí, ahora le recuerdo -dijo tratando de sonreír, aunque sin conseguirlo. Presintió peligro en aquella compañía.
– ¿Le gusta el museo? Aquí tenemos parte de nuestro pasado histórico.
– Sí, es muy interesante. Tenía grandes deseos de conocerlo.
– ¿Ha visitado ya la sala dedicada a los mayas?
– No, aún no.
– Vaya a verla, pero antes deshágase de él -dijo al tiempo que hacía un gesto con la cabeza hacia atrás, señalando al hombre de anchas espaldas recostado en el muro de la sala junto a la puerta.
Elena siguió visitando otras dependencias, deteniéndose ante las vitrinas y observando las excelentes piezas de alfarería policromadas, urnas, estelas y joyas labradas en oro. Estudió con detenimiento el plano del museo para averiguar la ubicación de la sala de la cultura maya y se dirigió a los lavabos, entornando la puerta y vigilando por la rendija los movimientos de su escolta. Comprobó, como esperaba, que este se daba la vuelta para esperar su salida desde el patio central y abandonaba el pasillo. Salió de puntillas a paso rápido a lo largo del corredor hasta llegar a la puerta que daba acceso a la sala en la que aquel desconocido la había citado. Estaba solitaria y en penumbra, iluminada exclusivamente por focos apuntando hacia las figuras expuestas en el interior de las vitrinas. De repente sintió un ruido a su espalda y dio un brinco. La puerta acababa de cerrarse, provocando un estruendo en la silenciosa sala. Aquel hombre estaba allí de nuevo y avanzaba hacia ella.
– ¿Qué quiere de mí? -preguntó intrigada-. ¿Por qué me ha seguido?
– Sentía curiosidad -respondió el desconocido con aparente inocencia-. Sé quién es usted y me resulta sorprendente su parentesco. ¿Tiene noticias de su hermano?
– ¿Y usted? -preguntó a modo de respuesta. Necesitaba saber qué propósitos ocultaba en aquel nada fortuito encuentro.
– ¿Yo? -preguntó divertido-. ¿Cómo podría tenerlas? Pregunte a su protector, él puede darle esa respuesta.
– Antonio no sabe nada y no es mi protector -repuso molesta-. Todo está bajo investigación policial.
– ¿Y de la otra investigación? ¿Qué le ha contado el señor Cifuentes?
– ¿La otra investigación?
– ¿No le ha hablado de los grupos de mercenarios que ha contratado para darle caza?
– Usted no sabe lo que dice -protestó indignada-. Antonio no es un asesino.
– Por supuesto; él nunca se mancharía las manos, para eso tiene en nómina a muchos voluntarios que lo harían con gusto.
– Sé quién es usted, conozco los problemas económicos que acarrea su esposa. No pretenda utilizarme para vengarse de él porque no va a conseguirlo.
– Pretendía prevenirla, nada más. Jamás le verá con vida. Su protector solo vive para ganar dinero y no piensa compartirlo con nadie… La muerte de Andrés Cifuentes a manos de su hermano le vino como anillo al dedo, lo que se llama matar dos pájaros de un tiro -dijo con una media sonrisa.
– ¿Qué está insinuando?
– He oído que vive usted con él… -continuó.
– ¿Y a usted qué le importa? -dijo con desagrado.
Él volvió a sonreír.
– Es astuto, debo reconocer su valía. Jamás deja un cabo suelto.
– ¿Puede hablar más claro?
La miró despacio durante unos incómodos minutos.
– Usted ha crecido en España, ¿me equivoco?
– No. Es cierto.
– ¿Y está al tanto de los… lazos de sangre de los Cifuentes con… los González?
Elena inició una sonrisa que no llegó a materializarse; en su lugar quedó una mueca desconcertada.
– ¿Se ha tomado la molestia de seguirme e investigarme solo para emponzoñar nuestra relación? ¿Es así como pretende hostigar a Antonio?
– ¡Caramba! Compruebo que no sabe nada… -Sonrió triunfante-. ¡Qué cabrón!
– Esta conversación ha terminado -dijo dirigiéndose a la puerta.
Sergio Alcántara se volvió hacia ella sonriente y satisfecho. Había salido a cazar con mínimas esperanzas y acababa de lograr un gran trofeo. Pero su presa aún no estaba muerta.
– ¡Vaya con Antonio! Sabía que carecía de escrúpulos, pero no esperaba que llegara tan lejos para conservar su fortuna… incluso al incesto…
Elena quedó paralizada con la mano sobre el pomo. Se volvió con disimulada calma.
– ¡Es usted un indeseable! -le gritó desde la puerta.
El rítmico sonido de los tacones fue disminuyendo a toda velocidad, alejándose de la sala y de aquel hombre.
El porche acristalado despedía los últimos rayos de luz en un atardecer cálido y anaranjado, pero Elena no lo apreciaba. Su mente era un torbellino, un volcán a punto de erupción. El misterioso visitante del museo había conseguido pulverizar sus esquemas, golpeándola contra la pared y haciéndole perder la orientación. Todos sus recuerdos eran inestables, inseguros, movedizos. Cruzaba de un lado a otro sin saber qué dirección tomar. ¿Quién había mentido? ¿Regina Gutiérrez? ¿Sergio Alcántara? ¿Antonio? «La muerte de Andrés Cifuentes a manos de su hermano le vino como anillo al dedo…» ¿A quién se refería? ¿Al hermano de Antonio o al de ella?
La simple idea de su posible consanguinidad le producía escalofríos. ¿Habría sido capaz Antonio de hacer el amor con ella teniendo conocimiento de su ascendencia? Si la respuesta era afirmativa, debía salir corriendo de allí… Pero ¿y si era una trampa? ¿Y si aquel hombre mentía? Ellos eran enemigos acérrimos, tanto en los negocios como en el plano personal. Recordó la escena de días atrás con su ex esposa. Antonio tenía intención de despojarles de la empresa, de las minas, les expulsaría de la casa… Estaban desesperados, y el abordaje en el museo era otra batalla más en aquella guerra sin cuartel que libraban entre ellos.
Sí, aquello era una estratagema de los Alcántara. Antonio la amaba, estaba segura. Confiaba ciegamente en él… Pero… ¿y si había algo de verdad…?
Oyó pasos y alzó la vista para encontrarse con Antonio dirigiéndose hacia ella con los brazos extendidos y una amplia sonrisa. Elena estaba rígida y pensó en rechazar su abrazo, pero consiguió mantener la calma y no se movió. Antonio percibió su tensión y se separó de ella para escudriñar sus ojos.
– ¿Ocurre algo?
Elena estaba paralizada, los brazos de Antonio le aprisionaban como garras ásperas e incómodas y sintió deseos de escapar corriendo.
– No… es solo que… no me encuentro bien.
– Quizá dormiste poco anoche… -insinuó con una sonrisa traviesa.
Elena se deshizo al fin de sus brazos y le dio la espalda. Tras unos silenciosos instantes se volvió hacia él, decidida a abordar de una vez la incertidumbre que la estaba consumiendo.
– Antonio. Necesito saber… quién era mi padre…
– ¿Ya estás de vuelta con esa obsesión? -dijo desagradablemente sorprendido-. Creí que todo estaba ya aclarado…
– Por favor, dime la verdad -suplicó.
– Tu padre se llamaba Rafael Peralta, hijo de José Peralta, tu abuelo -dijo dando por terminada la conversación.
– ¿Mi abuelo era el padre de Agustín?
– Ese capítulo ya te lo aclaró Regina Gutiérrez. ¿Es que dudas ahora de ella? Deja esto de una vez, te lo ruego -pidió con incomodidad acercándose a ella. Pero Elena dio un paso atrás, indicándole que no quería que la rozara.
Un tenso silencio envolvió la sala.
– ¿Hay posibilidades de que Agustín, tú y yo tengamos alguna… conexión familiar?
Acababa de lanzar otra piedra con suma delicadeza. Antonio quedó paralizado durante unos instantes por la sorpresa, pero reaccionó bromeando.
– ¡Claro! Tu abuelo se enredó con mi madre, después con la tuya y también con Lucía. ¡Todos somos una gran familia: los Peralta…! -Había un jocoso malhumor en su respuesta.
Pero Elena no se inmutó. Aún quedaba otro lanzamiento. Al regresar de la visita al museo se había dirigido al despacho para examinar un portarretratos con la foto de Andrés Cifuentes.
– Tu padre también tenía los ojos claros.
Estudió su reacción con la segunda andanada. Esta vez Antonio no logró guardar la compostura.
– ¿Has estado tomando, Elena? -preguntó con severidad.
Ella negó con un gesto sin bajar su mirada.
– Entonces ¿a qué viene esto? ¿Qué disparate estás insinuando? ¿Cuántos padres te has adjudicado ya? -exclamó enfadado y comenzando a pasear alrededor de ella.
– Solo quiero saber la verdad.
– ¡Ya la sabes!
– No. No la sé, pero tú sí, y no quieres contármela -le increpó enojada.
– ¡Basta! Empiezas a preocuparme seriamente.
– Dame una respuesta, dime que estoy en un error, que estoy loca por imaginar estas atrocidades…
Se acercó a ella, tomó su barbilla y le hizo volver el rostro hacia él. Pudo leer en sus ojos un destello de miedo, de vulnerabilidad, de desconfianza.
– Pero ¿quién te ha metido estas locuras en la cabeza?
– Nadie… Son intuiciones -mintió.
– Has tenido otro de esos sueños raros… -dijo suavizando el gesto-. Ahora lo entiendo.
Ella miraba al suelo sin intención de afirmar o negar. Antonio se inclinó sobre ella.
– Elena… -Su voz sonaba intranquila-. Estoy empezando a preocuparme… ¿Quieres platicar con alguien? Quizá un especialista podría ayudarte…
Ella alzó los ojos llenos de rabia.
– Hablaré con un loquero cuando tú hables conmigo de una vez.
Antonio emitió un suspiro de impaciencia y se separó de ella.
– ¿Hasta cuándo, Elena? ¿Cuándo vas a aparcar esa obsesión? Es tu sentimiento de culpa, ¿no es cierto?
– No tiene nada que ver con esto…
– Sí, está claro que tiene que ver. Has hecho el amor conmigo, te has planteado adquirir un compromiso y estás asustada; temes dar el gran salto y necesitas resucitar a tus fantasmas para acallar así los remordimientos.
– ¿Eso es lo que crees?
– Estoy seguro -afirmó rotundo.
– Antonio, ¿has sido siempre, siempre, siempre… sincero conmigo? -suplicó acercándose a él para mirarle a los ojos.
La respuesta no fue todo lo rápida que ella esperaba escuchar. Antonio se tomó unos segundos que no hicieron más que confirmar sus recelos hacia él.
– Te di mi palabra de que nunca, nunca, nunca… te haría daño, y la he cumplido.
Ella seguía mirándole fijamente y quedó callada.
– No has contestado. Esa no era la pregunta.
Antonio frunció el ceño en un gesto de impaciente malestar.
– He hecho todo lo que estaba en mi mano para ayudarte a seguir adelante, para protegerte, para hacerte feliz. Déjalo estar, te lo suplico. -Emitió un suspiro de cansancio.
Aquella respuesta significó una confesión para Elena. Ahora tenía la certeza de que nada era seguro y de que jamás sabría la verdad a través de Antonio.
– Yo confiaba en ti…
– Sigue haciéndolo -suplicó Antonio en un susurro.
Elena giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta.
– ¿Adónde vas?
– A mi dormitorio. Hoy quiero estar sola -dijo sin volverse antes de traspasar el umbral y cerrar la puerta.
Antonio bramó una maldición y se volvió hacia el ventanal, preguntándose cómo Elena había conseguido averiguar que había algo más… porque había algo más… ¿Acaso tenía visiones, como insinuó Lucía el día que Elena acertó con el lugar de la muerte de su hija, incluso con el verdadero padre de esta? Se preparó una copa mientras paseaba por la habitación y meditaba sobre contarle o no toda la verdad antes de que ella lo averiguase a través de sus sorprendentes visiones.
Era muy temprano cuando Elena se despertó al oír movimientos en el dormitorio contiguo. Después oyó que su puerta se abría y los sigilosos pasos de Antonio acercándose a su cama. Esta vez no permaneció inmóvil como en otras ocasiones y se volvió hacia él. Sus miradas se cruzaron en la oscuridad.
– Te he despertado… Lo siento.
Antonio se sentó frente a ella sin atreverse a tocarla.
– Lamento lo de anoche. Ahora quiero que escuches esto: cuando regrese de Nueva York, tú y yo tendremos una importante conversación; debo contarte algunas cosas que sucedieron en el pasado. Hasta ahora no consideré necesario hacerlo, pero veo que me equivoqué…
– ¿Por qué no hablamos ahora?
– Es una larga historia y quiero hacerlo con calma. Pero ante todo debes estar completamente segura de una cosa: tú y yo no tenemos lazos familiares, de ninguna clase. ¿Me has entendido? No quiero que te mortifiques imaginando disparates como los que insinuaste anoche.
– ¿Y Agustín?
Antonio respiró profundamente y tardó en responder.
– A mi regreso hablaremos largamente de Agustín. Espero estar pronto de vuelta; me voy bastante intranquilo.
El otoño en Nueva York era una fiesta de luz por las calles. Los árboles de la Quinta Avenida se despedían burlones de sus hojas con una serpiente de luz enroscada alrededor de sus troncos que, cubiertos de minúsculas lámparas, iluminaban las calles y acogían a la muchedumbre multirracial que deambulaba diariamente por sus lados, donde se fundían y confundían lujosas pieles con chaquetones de poliéster y gorros de lana.
– Estoy cansado de este tiempo tan desapacible. Espero que mañana esté todo listo para la firma. Pienso pasar la semana próxima disfrutando del sol en Acapulco. -Antonio descendía de la limusina protegido por un largo abrigo de lana fría de color oscuro. Iba acompañado de Sebastián Melero y se dirigían al hotel Plaza.
– Nuestro equipo de abogados es minucioso y está estudiando la letra pequeña del contrato. Hay que ir con pies de plomo. Es una operación demasiado importante.
– Nunca pensé que podríamos hacernos con un sillón en el consejo de administración en la Wilson Corporation -dijo Antonio satisfecho.
– La transacción de la cadena hotelera ha supuesto unos dividendos impensables hasta hace unos meses, y ha salido redonda. Si el tribunal hubiese fallado contra la cadena Veracruz antes de la venta, todo se habría ido al infierno. Sin embargo, has conseguido hacerte un hueco en esta gigante multinacional.
– Todo gracias a ti, Sebastián. Valoro la lealtad y no olvido tu protagonismo en este acuerdo.
– Yo me limito a estar alerta para defender los intereses de mi presidente, a quien en los últimos tiempos encuentro muy relajado y feliz -dijo con una media sonrisa.
– Tienes razón. Mi vida ha cambiado, y también mis prioridades. Pronto aumentarán tus competencias en el holding. Voy a crear la figura de vicepresidente, y ese puesto es para ti. Quiero dedicar más tiempo a mi familia.
«Mi familia», suena bien, pensó.
– Gracias, Antonio. Me siento muy halagado por tu confianza y trataré de no defraudarte.
– Sé que lo harás muy bien. Por cierto, necesito que me hagas un favor -dijo frenando su paso hacia los ascensores-. Mañana voy a estar muy ocupado. Ve a Tiffany's y compra una joya muy cara.
– ¿Para cuándo la boda?
Antonio le miró con gesto pensativo.
– Pronto.
– ¿Me concederás el honor de ser tu padrino?
– Por supuesto. Contaba contigo para ese día -dijo animado.
Recordó, mientras accedía a la suite, la escena de la noche anterior a su partida. Elena le había suplicado ayuda y estaba arrepentido por no haber estado a la altura. Pero todo cambiaría al regreso. Iba a aclarar de una vez las dudas sobre su familia. Definitivamente iba a contarle toda la verdad, una verdad que había decidido silenciar con el propósito de protegerla de un episodio ruin del pasado, pero había acabado rindiéndose ante la evidencia de la inutilidad de aquella empresa. El pasado volvía una y otra vez, como las olas en un acantilado. Presentía que Elena conocería tarde o temprano la verdad que había ido a buscar, ya fuese a través de sus extraños sueños o por medio de algún fantasma.