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Capítulo36

La lluvia golpeaba los grandes ventanales en la planta número cuarenta de la torre de cristal. Era un día plomizo en el distrito financiero y una pegajosa humedad impregnaba el ambiente.

– Don Antonio, tiene una visita. El señor Sergio Alcántara.

¿Sergio Alcántara?, repitió para sí con sorpresa. ¿Qué diablos quería aquel tipo? Seguramente vendría a suplicarle, pues pronto se haría efectivo el embargo de todos sus bienes, incluida la casa. Se irguió tenso en su sillón y sintió curiosidad por aquella visita.

– Hágale pasar -respondió tras unos minutos. «Voy a divertirme un rato», pensó.

– Hola, Antonio -saludó aquel hombre alto y atlético. Su pelo parecía más blanco desde la última vez que le había visto de cerca, en el restaurante mientras cenaba con Elena.

Sergio Alcántara avanzó hacia la mesa con las manos en los bolsillos de su elegante traje oscuro, relajado en apariencia, con una sonrisa en sus labios. Antonio le observaba sentado de lado desde el amplio sillón de cuero, escrutando sus movimientos con ojos de cazador.

– ¿Qué te trae por aquí? -preguntó sin levantarse ni mostrar la intención de ofrecerle la mano para saludarle.

– Vengo a felicitarte.

– ¿Hay algo que celebrar? -dijo con desgana recostándose hacia atrás con prepotencia.

– Han detenido al asesino de tu padre y has adquirido con facilidad algunas de mis empresas. Veo que los negocios te van muy bien -dijo con una mueca-. ¿Y tu prometida? ¿Cómo le va?

– Eso no es asunto tuyo -dijo cortante.

– Una linda mujer, reconozco que tienes buen gusto. ¿No te ha hablado de nuestra… vieja amistad? -dijo mostrando una sonrisa de hiena y observando la reacción de su interlocutor.

– ¿A qué has venido? -dijo con frialdad, abortando toda intención de hacerle gozar de su ignorancia sobre aquella relación.

– A proponerte un trato -dijo acercándose a la mesa. Ahora le miraba seguro de sí mismo, confiando en recibir una satisfacción con aquella visita.

– No creo que tengas nada que ofrecerme.

– Tengo mi silencio. -Le miró con expresión grave.

– ¿Qué se supone que debes callar?

– Creo que has vendido la cadena Veracruz Hoteles con algunos problemas pendientes de resolución. -Esbozó una falsa sonrisa-. ¿Están enterados tus nuevos socios norteamericanos? ¿Has… pensado en la cara que pondrán cuando reciban la documentación del pleito pendiente con la justicia? Porque imagino que les habrás puesto al corriente de la cuantiosa multa que les tocará pagar si la Suprema Corte de Justicia dicta sentencia en contra… ¿Y el proyecto con los árabes? ¿Estarán dispuestos a negociar con un tramposo que vende empresas con vicios ocultos? -Sonrió con seguridad, sabiéndose dueño de la situación.

– Así que vienes a chantajearme -dijo con aplomo el presidente del holding ACM-. Has caído muy bajo, Sergio. Me has decepcionado. Dime algo: ¿conoces a Francisco Redondo?

– ¿Debería conocerle?

– Es el presidente de la Suprema Corte de Justicia.

– ¿Y…? -preguntó con cierta alarma el visitante.

– Cené con él hace unos días. Es un buen amigo. Me informó sobre la sentencia que va a dictarse en el contencioso contra la cadena hotelera. -Ahora era Antonio quien reía abiertamente, con seguridad, como quien recupera el látigo y está dispuesto a hacer bailar a su animal de circo para divertimento del público.

Las facciones de Sergio Alcántara habían cambiado. Ya no sonreía, arrepentido una y mil veces por haberse atrevido a provocar a su enemigo. Se miraron en silencio, retándose en un duelo de odio.

– La resolución será favorable para la cadena Veracruz Hoteles y quedará exenta del pago de la multa -dijo despacio remarcando cada silaba, cada palabra. El silencio se tornó incómodo y embarazoso-.Y ahora lárgate de aquí si no quieres que llame a los guardias de seguridad -ordenó con infinita arrogancia sin moverse del sillón.

– Esto no quedará así. Algún día pagarás por tus fechorías -masculló el visitante, perdida la compostura y el escaso orgullo que le quedaba ante su soberbio rival.

Sin embargo, el vencedor no estaba satisfecho; acababa de patear a su enemigo, pero él se sentía abofeteado.

– Victoria, haga venir inmediatamente al jefe de seguridad -ordenó al quedarse solo.

¿Qué más secretos ocultaban aquellos ojos rasgados? ¿Desde cuándo conocía Elena a Alcántara? ¿Habrían conspirado los dos contra él? ¿Ella lo habría conocido el año anterior cuando visitó México? ¿Por qué nunca se lo dijo? Las sospechas se habían reavivado y le dolían como una herida abierta: todo estaba fuera de lugar, había notas falsas y engaños que destrozaban la posibilidad de volver a depositar su confianza en Elena.