38060.fb2 El ?rbol De La Diana - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 42

El ?rbol De La Diana - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 42

Capítulo40

El doctor José Manuel Ruiz aguardaba sentado en el salón junto a la chimenea. Era un hombre de mediana edad, de piel aceitunada y rasgos indígenas; de su cabello corto y moreno asomaba un ligero color grisáceo por las sienes y sus ojos oscuros y afables invitaban a la confidencia. Sin embargo, su elevada estatura, incluso superior a la de Antonio, desequilibraba su imagen apacible, inspirando respeto en vez de intimidad.

Antonio llegó junto con Elena y le saludó con amabilidad; hizo las presentaciones y decidió dejarles solos.

– Voy a montar un rato. Encantado de verle de nuevo, José Manuel.

Se quedaron solos y Elena se sentó en un sillón frente a él.

– Bien -dijo el doctor tratando de romper el hielo-. ¿Por dónde empezamos?

– ¿Es usted psicólogo o psiquiatra? -le abordó con curiosidad.

– Soy psiquiatra. ¿Decepcionada? ¿Esperaba a un psicólogo?

– No esperaba a nadie -dijo cortante.

– ¿Por qué razón? No responda, déjeme adivinar. Jamás ha estado en la consulta de un psiquiatra porque piensa que allí solo va la gente que está mal de la cabeza, y a usted le molesta que alguien piense que también lo está -dijo sonriendo.

Ella también sonrió.

– ¿Qué le han contado sobre mis problemas?

– Poca cosa. Me han informado de que sufre continuas pesadillas y últimamente suele beber alcohol. ¿Desea contarme qué es lo que realmente le ocurre?

– Señor Ruiz, sé que Antonio actúa con buena voluntad, se preocupa por mí. Pero yo no tengo nada de qué hablar con usted. Sé lo que me pasa y por qué me pasa, eso es todo.

– Intuyo que esta es una situación muy incómoda para usted, pero le aseguro que puede confiar en mí. Nada de lo que me explique va a salir de estas paredes. Pruebe a contarme sus pesadillas. Siento curiosidad.

– Solo son traumas infantiles.

– ¿Y le parece poco? ¿Por qué no me deja que la ayude a superarlos?

– Porque estoy segura de que lo empeoraría todo.

– ¿Cree que podría agravarse su situación?

– Hay espacios cerrados que mi mente no quiere sacar a la luz. Me asusta abrir la caja de Pandora, porque entonces tendría que recurrir a usted con urgencia. Por el momento prefiero dejarlo todo tal como está.

– Tiene miedo de recordar.

Elena afirmó en silencio con un gesto.

– A veces una pequeña sombra en la memoria puede ir aumentando hasta cubrir de oscuridad todo su entendimiento… ¿Y si la sometiera a hipnosis? Quizá podría reconstruir esos vacíos que padece.

Ella respondió negando de nuevo con la cabeza.

– Dejémoslo así.

– ¿Duerme bien? -insistía el médico.

– No demasiado. Antes dormía durante toda la noche, pero ahora me cuesta conciliar el sueño y me desvelo con frecuencia.

– Por las pesadillas -afirmó el médico-. Cuando se refiere a «antes», ¿de cuánto tiempo está hablando? ¿Meses, años?

– Hablemos más bien de «dónde» -dijo sonriendo.

– ¿Qué significa? -dijo interesado.

– Cuando digo «antes» me refería a mi vida anterior, previa a mi llegada a México, hace unos meses.

– ¿Qué ha encontrado aquí que la haya impresionado hasta el punto de provocarle esas inquietudes?

Elena se quedó callada, pensativa.

– Pues… no sé… Imágenes, olores, ruidos, recuerdos sin encajar que poco a poco van encontrando el sitio…

– ¿Recuerdos de su niñez?

– Sí, pero no quiero hablar de eso, lo siento. Agradezco su interés, pero no tengo nada más que contarle.

Elena se levantó dando por finalizada la visita. Acompañó al doctor hasta el patio principal y allí coincidieron con Antonio, quien se dirigía a las cuadras.

– ¿Ya han terminado? -preguntó sorprendido por la brevedad de la entrevista.

– Sí -respondió el doctor-. Ha sido una charla corta pero interesante.

– Gracias por su amabilidad, José Manuel -se despidió Elena.

– Ha sido un placer. Si necesita mi ayuda no dude en llamar.

– ¿Qué ha pasado? -pregunto Antonio al quedarse a solas.

– Nada. Ya me ha examinado un loquero. Espero que su diagnóstico sea favorable y dejes de molestarme.

– Me preocupa tu salud.

– ¡Vas a hacerme llorar de emoción! -Rió con sarcasmo dirigiéndose a la escalera.

– ¿Quieres montar un rato? -gritó a su espalda.

– No. Necesito relajarme, y a tu lado no puedo -respondió sin volverse.

Trató de acceder a su dormitorio, pero había varios empleados en el interior trasladando muebles.

– ¿Qué ocurre aquí? -preguntó a Lucía.

– El señor ha ordenado que coloque otra cama en esta habitación.

– ¿Qué? -preguntó incrédula-. ¿Y la mía, adónde se la llevan?

– Se queda. El señor va a dormir aquí, está muy preocupado por su salud, señora -informó la empleada con falsa amabilidad.

Aquella decisión irritó a Elena y salió corriendo hacia los establos para gritarle su indignación por aquel atropello. Pero se detuvo bruscamente al divisar a lo lejos a Antonio junto al médico, conversando mientras caminaban hacia el coche; debía de estar informándole de la charla mantenida y ofreciéndole el diagnóstico. Se preguntó cuál sería la impresión que le había causado.

La jaqueca provocada por la resaca no había remitido, pero era la resaca emocional la que prometía extenderse más de lo que deseaba. Estaba avergonzada por la escena de la noche anterior. Antonio se había inquietado por el lamentable estado en que la encontró, y no era para menos. Pensaría que era una alcohólica, y debió de sentir una tremenda decepción al verla así. Se había puesto en evidencia y había hecho el mayor de los ridículos; por esa razón Antonio había citado con urgencia al especialista. Pero no estaba dispuesta a consentir que él asumiera el mando otra vez; él no era su dueño y no dispondría de ella a su antojo, por muy sanas que fuesen sus intenciones.

Apenas había dormido la noche anterior, y se dirigió a la única estancia donde sabía que hallaría soledad y silencio: el dormitorio donde estuvo encerrada a su llegada. Torció hacia el ala opuesta del pasillo y al llegar a la puerta giró la llave de la cerradura; después cerró las ventanas hasta quedar en penumbra y cayó rendida en un profundo sueño. Despertó a la hora de la cena, al atardecer, y regresó a su dormitorio para comprobar cómo había quedado después del traslado del mobiliario.

– ¡Señora! ¡Está usted aquí! -gritó una voz femenina a su espalda.

– ¿Qué ocurre, Beatriz? -preguntó desconcertada al ver la cara de estupor de la sirvienta.

– El señor y todos los hombres la buscan desde hace horas.

– ¿A mí? ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo?

– Creyó que se había perdido. ¡Voy corriendo a avisarles! -dijo desapareciendo a toda velocidad.

Un brusco golpe provocado por un portazo le hizo volver la cabeza al salir de la ducha envuelta en una toalla.

– ¡¿Dónde has estado?! -bramó Antonio acercándose.

– Durmiendo. Estaba en el dormitorio del fondo.

– ¿Y por qué diablos te metiste allí? ¿Por qué no avisaste a Lucía? -Antonio seguía vociferando fuera de sí.

Elena estaba sobrecogida por su furia.

– Antonio, ¿qué te habías figurado? ¿Qué me había escapado, escondido… suicidado?

– Ya no sé qué pensar -dijo vencido, apoyándose contra la pared.

– Estás exagerando, estás imaginando monstruosidades sobre mí. ¿Acaso crees que he perdido la razón? Llamas a un psiquiatra, me buscas como un desesperado cada vez que me pierdes de vista… Haces que me sienta insegura… -Le reprochó Elena.

– ¿Solo tú eres la perjudicada? ¿Y yo qué? -gritó de nuevo-. ¿Qué debía pensar cuando ayer te encontré completamente tomada y amenazabas con desaparecer? ¡Dímelo tú! ¿Tengo que cruzarme de brazos a esperar acontecimientos? ¿Esta es tu venganza? ¿Estás jugando a desquiciarme?

– Lo siento -repuso después de un incómodo silencio-. Tenía jaqueca y mi dormitorio estaba lleno de gente. Solo quería descansar un rato; en ningún momento tuve intención de alarmarte. No imaginaba que me encontrases tan mal… -dijo serena-. Si tú ya no crees en mí, perderé la escasa autoestima que me queda.

– Quiero ayudarte, pero eres tú quien debe hacer un esfuerzo para salir adelante -dijo más calmado.

– ¿Y es así como pretendes ayudarme? ¿Trasladándote a mi habitación para vigilarme incluso de noche? ¿Crees que he perdido el control?

– Quiero cuidarte, ya que tú no lo haces.

– De nuevo has tomado el mando -le reprochó.

– Demuéstrame que puedes hacerlo sola. Esta vez no voy a dudar de ti.

– No te creo, eres un maldito embustero.

– Yo también necesito que vuelvas a confiar en mí.

Alargó la mano para intentar acariciar su cara, pero ella la golpeó, alejándola.

– ¡Déjame en paz! Has cavado un foso entre nosotros que se ha ido profundizando golpe a golpe, disputa tras disputa, reproche tras reproche. Ya no deseo cruzar al otro lado.

Hubo un amargo silencio que ninguno quiso romper.

– Vístete y baja a cenar.

– Me voy a la cama -dijo ignorando su mandato.

– Si no bajas subiré yo, pero te aseguro que vas a comer -dijo con firmeza.

Elena reparó en las bebidas durante la cena: ni siquiera él bebía vino como de costumbre; solo se sirvieron agua y refrescos. Había llevado al extremo el problema de su adicción.

– Vamos a marcharnos unos días a Acapulco. La playa te sentará bien -dijo tratando de iniciar una relajada conversación.

– No tengo intención de ir a ningún sitio. Estoy esperando la sentencia del juicio; después me marcharé a Londres.

Quería golpearle con aquella respuesta, pero se equivocó. Esperaba una violenta reacción de celos, esperaba sacarle de quicio, enfurecerle, exasperarle… pero recibió a cambio una larga pausa.

– Come un poco más. Apenas has probado bocado.

Las dudas la asediaban. ¿Acaso ella ya no le importaba? ¿O es que estaba convencido de su desequilibrio y no tomaba en consideración sus palabras…?

– Por favor, no me mires así, como a una… inútil… No puedo soportarlo -dijo desesperada.

– Lo siento, Elena. Nunca debí permitir que mis prejuicios me cegaran de este modo, todo se me fue de las manos… Lamento el daño que te he causado. -Suspiró.

– Ya es tarde. Debes buscar a una mujer más dócil. Yo nunca te tendré complacido y desconfiarás siempre de mis lealtades.

– Jamás volveré a desconfiar de ti, te doy mi palabra -dijo arrepentido.

– Ahora soy yo quien no te cree. Pudimos vivir una bonita historia de amor, pero la hiciste añicos. Siempre he sido sincera contigo, yo creí en ti, pero abusaste de mi inocencia manipulando mis sentimientos sin pudor. Nada me importan ya tus afectos, ni tu confianza -reprochó con frialdad-. Has ganado tu guerra, pero todos hemos perdido.

Se levantó de la mesa, pero él la alcanzó tomándola por los hombros.

– Mírame y dime que no te importo nada -pidió posando sus ojos en los de Elena para descubrir, abatido, que la luz que emanaba de ellos había desaparecido.

– Déjame en paz -dijo rendida.

– Intentaré recuperar tu confianza -dijo implorante-. Jamás he amado a nadie como a ti.

– Ya es demasiado tarde -respondió separándose de él-. Ya no me fío de ti. Han sido demasiados intereses a los que has dado preferencia antes que a mí.

– Cometí un error, y después otro, y otro más… En lo que me resta de vida no tendré tiempo suficiente para arrepentirme. Debí creer en ti, sé que merezco tu resentimiento… pero, por favor, no me dejes. Te necesito a mi lado.

– Tú solo piensas en ti, en lo que necesitas. ¿Te has preguntado qué siento yo? ¿Acaso te ha importado alguna vez? Amar es entregarse para hacer feliz al otro. ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar?

– Dímelo tú.

– No, esto es cosa tuya. Me conoces bien, pero nunca te esforzaste en aceptarme. El amor crece y se consolida cuando se tolera al otro tal como es, con sus virtudes y defectos, respetando los sentimientos de cada uno. Yo necesitaba tu abrazo, pero me asfixiaste; ahora pretendes cuidarme y me estás anulando. Jamás confiaste plenamente en mí… Ahora solo deseo estar lejos de tus reproches, de tus sospechas, de tu vigilancia, lejos de ti…

Le dejó solo. Había arrojado al fin su rabia y se sacudió del opresivo abrazo que le impedía moverse con libertad; habían tocado fondo y estaban en el punto de partida. Era libre de marchar o quedarse, y era libre para decidir qué hacer con su vida. Antonio tendría que realizar un colosal esfuerzo para conseguir retenerla, porque en aquel momento era ella quien imponía las condiciones y no tenía intención de ofrecer facilidades.

– ¿Cómo te encuentras? -Antonio había accedido al dormitorio por la puerta contigua y rastreaba en su mirada un rayo de esperanza.

– Voy a dormir -respondió con frialdad.

– ¿Estarás bien?

– Quédate -dijo señalando la cama adyacente-. Sé que no te fías de mí.

– Está bien, te dejo sola. Llámame si me necesitas -dijo saliendo de la habitación al captar el mensaje.