38060.fb2 El ?rbol De La Diana - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 46

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Capítulo44

Aquella misma madrugada, Antonio despertó y halló en la cama el lado de Elena vacío. Encendió la luz de la mesilla y bajó intrigado al salón; Elena estaba sentada en el sofá, desorientada, con las manos sobre el regazo, moviéndose hacia atrás y hacia delante.

– ¿Qué te ocurre? -preguntó alarmado-. ¿Te encuentras mal? ¿Necesitas un trago?

– No, no es eso. He tenido un mal sueño.

– ¿Por qué lloras? ¿Qué has soñado?

– Estoy asustada. No sé si es real… -dijo cubriéndose el rostro con las manos, presa de una crisis nerviosa.

– Vamos, cariño, tranquila. -Rodeó sus hombros y la besó en una mejilla-. Dime qué has soñado.

– No puedo, no me obligues a contarlo.

– Seguro que no es tan grave. Te sentirás mejor si lo expulsas de una vez. Prueba a hacerlo -insistía con dulzura. Pero ella seguía negando con la cabeza, acurrucada en sus brazos-. ¿Es algo relacionado con el establo? -Ella negó en silencio-. ¿Estaba yo en tu sueño? ¿Te hacía daño? -Ella seguía moviendo la cabeza, sin pronunciar palabra-. Dime con quién has soñado -dijo acariciándole el cabello y la espalda en un gesto de infinita dulzura-. Confía en mí…

– Yo… no quiero lastimarte.

– ¿A mí? -preguntó desconcertado-. ¿Cómo podrías hacerlo? Vamos, pequeña, háblame.

– Soñé con la hija de Lucía -dijo después de una larga pausa.

– ¿Con esa niña? ¿Qué pasaba esta vez?

– Nada. Es una locura… -dijo levantándose y acercándose a la chimenea.

Alzó su mirada hacia el cuadro de Andrés Cifuentes y de nuevo estalló en un fuerte llanto. Él se acercó posando las manos sobre sus hombros, haciéndola volverse para estrecharla suavemente.

– Vamos, dime qué te atormenta.

– Creo que… creo que él hacía daño a Yolanda…

– ¿Qué quieres decir? ¿También intentó matarla? -Se separó para mirarla de frente.

– No, no, no… Lo siento -dijo entre lágrimas, bajando su mirada-. He tenido un sueño muy extraño, muy duro… he visto a tu padre junto a esa niña, haciendo… -Se calló de repente.

– ¿Haciendo qué? -Su mirada reflejaba alarma.

– Estaba en aquella cama, en la de tubos dorados, sobre ella… -Elena se derrumbó entre sollozos.

Antonio quedó consternado.

– ¡Dios santo! ¡Dios santo! -repetía una y otra vez mientras se postraba violentamente sobre el sillón.

Elena se arrodilló junto a él.

– Por favor, perdóname. Quizá no debí contártelo…

Antonio seguía con la mirada perdida en un punto del fuego que aún ardía en el hogar.

– Tú me referiste otros sueños con esa niña. Me decías que estaba triste, que lloraba en aquella habitación…

– Por favor, no me creas, puede que no sea real -suplicaba Elena-. No debes pensar mal de él.

– Tú no le conociste. Era un ser mezquino, egoísta, cruel… y degenerado. Quizá tuvo la culpa de que la pequeña Yolanda se quitara la vida -dijo hundido.

– No, no debes pensar así. Era tu padre…

– Sé que tú no mientes… y estoy seguro de que él sería capaz de algo así.

Un grave sonido se oyó a sus espaldas: Lucía estaba en la puerta y apareció como un fantasma en la sala, vestida de negro y caminando lentamente hacia ellos con los ojos furiosos clavados en Elena.

– ¿Por qué? ¿Por qué vino a esta casa? ¿Por qué tuvo que removerlo todo? -exclamó lanzándole una mirada de odio feroz, de dolor antiguo, de rencor contenido, renegrido como su tortuosa conciencia.

– ¿Ha estado escuchando nuestra conversación? -preguntó Antonio reponiéndose de la sorpresa.

– Él mereció la muerte -masculló entre dientes-. Era un monstruo. Nos destruyó a todos, asesinó a su padre -dijo dirigiéndose a Elena-. Abusó de mi hija desde que era una niña… Y yo no pude hacer nada para evitarlo… -Dos espesas lágrimas rodaron por su congestionado rostro.

– ¡Cállese! ¡Le ordené que saliera de esta casa! -gritó Antonio señalando con su dedo índice hacia la puerta.

Elena se separó de él y se dirigió hacia Lucía.

– ¿Ha dicho que él mató a mi padre? -balbuceó con voz temblorosa.

– ¿Acaso no lo sabe? Usted conoce lo ocurrido en el establo. -La desafió por primera vez.

Elena se volvió hacia Antonio demandando, horrorizada, una explicación que no deseaba escuchar.

– ¿Qué pasó con mi padre? ¿Qué pasó en el establo? -exigió alarmada.

– Elena, en el viejo establo ocurrió otro suceso, fue antes de que tú nacieras…Tú… Yo no quería que lo supieras. -Antonio hablaba con la mirada perdida, humillado.

– ¿Qué es lo que no tendría que saber? -Sus ojos estaban abiertos y la tensión se filtraba por los poros de su piel-. ¡Por Dios, habla de una vez!

– Yo… supe la verdad el día que entraste por primera vez en los establos.

– ¿Qué verdad? -gritó a punto de perder el control.

– Tu padre vino para llevarse a su esposa, ella estaba embarazada de ti, pero discutió con el mío y…

– ¿Y qué?

– Él… Le golpeó hasta matarle… Lo siento -dijo sentándose con la cabeza entre las manos-. Ocurrió en el mismo lugar de tus pesadillas. Al principio creía que ese era el incidente con el que tú soñabas…

Antonio se mecía la cabeza con los codos apoyados en las rodillas y mirando hacia el suelo. Súbitamente alzó la vista, tomó un jarrón de la mesa cercana y lo lanzó con rabia hacia el cuadro.

– ¡Maldito seas! -bramó enfurecido.

Elena estaba paralizada.

– Ya lo sabes todo… Lo siento… Sé que debo arrastrarme ante ti para suplicarte piedad -dijo derrotado.

Pero los gritos de Lucía les devolvieron a la realidad.

– ¡Usted no tiene derecho a vivir en esta casa! -gritó enloquecida por la rabia-. ¡Usted se libró de aquel infierno, pero mi pequeña quedó atrapada! Era una bastarda, como yo, como Agustín. El amo la destrozó… ¡Jamás odié con tanta intensidad…! ¡Qué gran placer sentí al contemplarle tirado en el suelo, sin vida…! -dijo mascullando su odio.

– Entonces… ¡fue usted quien asesinó a Andrés Cifuentes! -exclamó Elena horrorizada.

Lucía dio un respingo.

– ¿También me vio en sus sueños? -preguntó con la mirada desencajada.

– ¿Es cierto? -preguntó Antonio acercándose mientras la sirvienta retrocedía presa del pánico-. Usted declaró que había presenciado cómo Agustín le golpeaba; era la única testigo del crimen. ¿Fue usted quien le asesinó? ¡Responda!

– ¡Sí! ¡Sí! ¡Fui yo! -gritó fuera de control-. ¡Y lo hice con gusto! ¡Debía pagar por lo que hizo! -Miró con rencor a Elena-. ¡La maldigo, Elena Peralta! ¡Maldita sea una y mil veces! -vociferó mientras hundía su mano en un bolsillo, extraía una pequeña pistola plateada y apuntaba hacia ella.

– ¡Noooooo…! -Antonio lanzó un alarido aterrador, anteponiendo su cuerpo para proteger el de Elena.

La sirvienta se detuvo y miró a Elena, y después a Antonio. Su mano seguía inmóvil empuñando el arma.

De repente un gran estruendo en la sala rugió en toda la casa.