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Capítulo 31

Tewkesbury

Mayo de 1471

Eduardo se había topado con dificultades inesperadas para arrinconar a los lancasterianos. Aún pensaba que Margarita se dirigía a Gales, pero sus exploradores no lo habían verificado, y había procedido con indebida cautela después de partir de Windsor el día 24. Cinco días después sólo habían llegado a Cirencester, pues Eduardo temía que Margarita se le escabullera y regresara a Londres. Sus sospechas parecieron confirmarse el miércoles 1 de mayo, cuando sus exploradores le anunciaron que el ejército lancasteriano se dirigía a Bath. Marchó hacia el oeste para interceptarlo, y se detuvo brevemente en Malmesbury para esperar nuevos informes.

Las noticias que recibió no eran buenas. Margarita lo había desorientado con astutos rumores, y no se proponía enfrentarse a él en Bath. Había virado súbitamente hacia el oeste y había sido bien recibida en Bristol, que se hallaba en el camino del cruce del Severn.

Eduardo reaccionó con un raro estallido de cólera, maldiciendo a Margarita por el éxito de su estratagema, a sí mismo por haber mordido el anzuelo y a los ciudadanos de Bristol por abrirle las puertas a su enemiga. Pero pronto vio con mejores ojos a sus exploradores, pues el jueves por la mañana le dieron la mejor noticia que podía desear. Habían avistado la vanguardia de Margarita en Sodbury, diez millas al noreste de Bristol, y los preparativos para el combate eran inequívocos. Al parecer, ella estaba dispuesta a dar batalla. Eduardo sometió a sus hombres a una frenética actividad; el jueves al mediodía entraron en Sodbury y tomaron posiciones para esperar al ejército lancasteriano.

Pasaron las horas; cayó la noche. Cuando fue evidente que ese jueves no habría batalla, Francis, agotado tras dos días de cabalgata, entró en la tienda donde ondeaba el Jabalí Blanco de Gloucester. Echándose en un jergón, cayó de inmediato en un sueño intranquilo. Poco después lo despertaron voces; reconoció la de Ricardo, y se disponía a dar a conocer su presencia cuando oyó una segunda voz.

– Quería decirte algo, Dickon, y si luchamos mañana, como esperamos, quizá no tengamos otra oportunidad de hablar a solas.

Francis optó por callarse. Le martillaba el corazón, pues no quería que el rey pensara que estaba fisgoneando una conversación privada. Abrió los ojos, pero la tienda estaba oscura; sólo ardía una vela. Oyó que Ricardo tropezaba, soltaba una imprecación.

– ¿Dónde diablos está mi gente? Déjame pedir antorchas, Ned; esto está más negro que el Hades.

– No te preocupes. Will, Howard y los otros nos aguardan en mi tienda, así que podemos… ¡Dios, me olvidé de invitar a Jorge! ¡Protestará durante una hora porque no le pedí personalmente que se reuniera con nosotros, el muy imbécil!

– ¿Qué le pasa últimamente? No he recibido dos palabras amables de él durante más de una semana.

– ¿No tienes idea, Dickon?

– No. ¿Cómo iba a tenerla? Ya, discutimos en Windsor por la ejecución de la francesa, pero supongo que no estará resentido por eso.

– Veo que no sabes nada. Es extraño, después de todo lo que has pasado, conservas cierto candor, aun ahora, aun con Jorge.

– No puedo coincidir contigo, Ned. No me considero cándido, en absoluto.

– Tonto de mí. Debí recordar que a tu edad es un insulto mortal. Olvídalo, Dickon. Jorge no es de los que sufren en silencio, y si lo has irritado, pronto lo sabrás.

Francis deseaba fervientemente haber hablado primero; ese bochorno habría sido menor que el de ser descubierto ahora. Esta conversación era muy personal, y no creía que a Ricardo le agradara más que al rey encontrarlo allí.

– ¿Qué querías decirme, Ned?

– Sólo esto: creo que mañana venceremos. Pero sólo un necio pasa por alto la posibilidad de la derrota. En caso de que perdamos… Margarita de Anjou no es Warwick, Dickon. Creo que lo entiendes, pero necesito estar seguro. Si perdemos, no permitas que te capturen con vida, como Edmundo. ¿Entiendes, muchacho?

Francis no se sorprendió de que Ricardo no respondiera; no había respuesta para semejante exhortación. Apenas respiraba, tan quieto estaba, y no se movió hasta mucho después de que ellos abandonaron la tienda, demasiado conmocionado para conciliar el sueño después de oír las palabras de Eduardo.

Pero Eduardo se equivocaba; no lucharían el día siguiente. A las tres de la mañana despertaron al rey con noticias alarmantes. Una vez más, Margarita lo había burlado. En cuanto tuvo la certeza de haberlo atraído a Sodbury, dejó de fingir que presentaría batalla. Mientras él acampaba en Sodbury, ella se dirigía velozmente al norte, hacia Gloucester.

Eduardo se enfureció al enterarse, pues una vez que ella llegara a Gloucester, una vez que cruzara el Severn, podría quemar el puente para entorpecer la persecución y avanzar tranquilamente hacia Gales para reunirse con las fuerzas de Jasper Tudor.

La furia de Eduardo fue apabullante, aun para sus allegados. La amenaza militar que representaba esa retirada hacia Gales era muy real, pero ante todo se sentía lastimado en su orgullo. Le costaba digerir que Margarita lo hubiera engañado dos veces, pero no se demoró en su cólera. Una hora después levantaban campamento para lanzarse a una feroz persecución.

Sabía que no podría alcanzarla antes de que llegara a Gloucester, pero un correo yorkista pronto galopó hacia el norte, llevando un despacho urgente para Richard Beauchamp, gobernador del castillo de Gloucester, ordenándole que cerrara las puertas de la ciudad a los lancasterianos a toda costa. Mientras tanto, Eduardo condujo a su ejército al norte, por la estribación de Cotswold, hacia el siguiente cruce del Severn, la localidad de Tewkesbury.

Los hombres que realizaron esa marcha la recordarían por mucho tiempo. Había sido rápida, rabiosa y frenética, pues Eduardo estaba decidido a detener a Margarita antes de que pudiera reunirse con los rebeldes galeses. Ella estaba igualmente decidida a cruzar el Severn y así postergar el enfrentamiento, y el viernes se convirtió en una pesadilla de polvo, fatiga y sed para los hombres de Lancaster y York.

Eduardo era famoso por la rapidez con que podía desplazar a un ejército; la celeridad de sus campañas era célebre. Esta vez, apremiado por la necesidad, azuzó a sus hombres sin misericordia. Aunque estaban a principios de mayo, el calor aumentaba mientras el sol subía en el cielo, hasta que los soldados transpiraban bajo temperaturas más estivales que primaverales. No sólo les faltaba el sueño; también escaseaba el agua, y el único arroyo que cruzaron pronto quedó tan revuelto y enlodado por los caballos de la vanguardia que ni siquiera los soldados más sedientos quisieron beber allí.

Las tropas lancasterianas también habían marchado toda la noche, y llegaron a Gloucester a las diez de la mañana del viernes, hambrientas y sedientas, ansiando atravesar el puente que cruzaba el Severn, pero descubrieron con amargura que la ciudad les cerraba las puertas por orden del gobernador Beauchamp. Sabían que los yorkistas los perseguían y no osaban tomarse el tiempo para forzar las puertas, temiendo que el enemigo los alcanzara antes de que pudieran someter a esa población contumaz. No tenían más opción que dirigirse al cruce de Tewkesbury, tan sedientos y extenuados como los yorkistas que los perseguían, y para ellos se añadía otra crueldad, la humillación de ser cazados y no cazadores.

Todo el día los dos ejércitos marcharon al norte, hacia Tewkesbury. Dado el paso agotador que Eduardo había impuesto al enterarse del engaño de Margarita, no mediaban más de cinco millas entre ambas fuerzas, y pronto la vanguardia yorkista avistó la retaguardia de Lancaster.

A las cuatro de la tarde las fuerzas lancasterianas llegaron a Tewkesbury, y allí los simpatizantes yorkistas les negaron el uso de la barcaza de la abadía. Margarita ordenó que despejaran el camino por la fuerza, pero sólo ella tenía estómago para esa confrontación sangrienta. Sus hombres y caballos estaban exhaustos, y Somerset sabía que no había modo de aplastar la resistencia y transportar al ejército por el río cuando Eduardo de York estaba a menos de cinco millas y se aproximaba rápidamente. El comandante anuló la orden de la reina. Somerset se apresuró a explorar el terreno y los fatigados lancasterianos se prepararon para defender su posición a orillas del río que tan desesperadamente habían tratado de cruzar.

El ejército lancasteriano había marchado durante quince horas, y había logrado recorrer veinticuatro millas en su carrera hacia el Severn. Pero Eduardo había logrado lo imposible; en sólo doce horas, había recorrido treinta y cinco millas. Decidió recompensar a sus hombres y detuvo al ejército yorkista en la aldea de Cheltenham, nueve millas al sur de Tewkesbury, para que comiera y bebiera por primera vez en la jornada. Luego desplazó sus divisiones hacia las líneas lancasterianas y cabalgó con sus capitanes para estudiar lo que el día siguiente sería el último campo de batalla de la guerra que había devastado las Casas de Lancaster y York durante casi dos décadas.

Ricardo no era famoso por el uso excesivo o imaginativo de la procacidad, pero lo que dijo al ver el terreno que se extendía entre las líneas yorkistas y las trincheras del ejército lancasteriano le ganó la sorprendida admiración de Francis y Rob Percy. Coincidían plenamente con su airada invectiva mientras inspeccionaban el campo.

Los lancasterianos habían desplegado sus líneas de batalla en un terreno alto al sur de la aldea de Tewkesbury, y así tenían una ventaja natural sobre los yorkistas, que tendrían que luchar cuesta arriba. A la izquierda lancasteriana se hallaba el arroyo conocido como Swillgate Brook; a la derecha, tupidos bosques se extendían desde la carretera de Gloucester hasta el cruce de los ríos Severn y Avon; el terreno que separaba a ambos ejércitos, el terreno que tendría que atravesar la vanguardia yorkista, era la pesadilla del soldado: una apretada maraña de arbustos y enredaderas espinosas, grietas, árboles caídos, terraplenes, setos más altos que un hombre, pozos profundos llenos de agua parda y salobre.

Ricardo avanzó con su caballo para examinarlo mejor. Cuanto más miraba, más desazón sentía. De cuando en cuando, murmuraba «Dios y Jesús», más para sí mismo que para los demás. Cuando Francis frenó a su lado, señaló a la izquierda.

– Mira allá, Francis. Esa loma boscosa… ¿Te puedes imaginar mejor cobertura para una emboscada? Y estará en el flanco de mi ala, Dios nos guarde.

Ahora que Ricardo señalaba esa elevación boscosa, Francis comprendió el peligro potencial que planteaba. Pero el comentario de su amigo lo confundía. La vanguardia siempre se apostaba a la derecha, pero Ricardo acababa de nombrar el ala izquierda como suya.

– Te refieres al ala de Hastings, ¿verdad? La vanguardia lucha a la derecha del ala del rey, ¿o no?

– Mañana no -afirmó Ricardo-. Mañana alineamos a nuestros hombres aquí.

De pronto ese terreno intransitable cobró una significación nueva y personal para Francis.

– ¿Quieres decir que tenemos que cruzar esos desniveles y esa vegetación? Dios santo, ¿por qué?

– Mi hermano se ha enterado de que Somerset guiará la vanguardia lancasteriana. -Ricardo titubeó, pero no había manera delicada de decirlo-. No quiere que Will Hastings se enfrente a Somerset. Así que mañana la vanguardia lucha a la izquierda.

Francis cobró aliento. Eso sí que era una espada de doble filo: una bofetada a Hastings, y un cumplido para Dickon. Se preguntó cómo lo habría tomado Hastings, abrió la boca para preguntar cuando el aire vespertino se llenó con el tañido de las campanas de una iglesia. Miró hacia el norte mientras los ecos se extinguían. La abadía de Santa María Virgen, a media milla a la retaguardia de las líneas lancasterianas, tocaba las vísperas. Tal como los monjes lo hacían cada atardecer, como si no hubiera dos ejércitos que sumaban once mil hombres desplegados en formación de batalla, con sólo tres millas y una noche de espera entre ambos.

Ricardo volvió grupas; unos hombres se acercaban. Dada la inminencia de la batalla, Eduardo montaba un corcel de guerra y no un animal más dócil, y sus acompañantes le dejaban espacio al caballo blanco. Aunque las batallas se libraban a pie, los comandantes debían tener a mano caballos briosos que les permitieran perseguir, reagrupar fuerzas, llamar a filas y, en caso necesario, a retirada. Para satisfacer esa necesidad, ese corcel había sido desarrollado, criado y entre-nado únicamente para la guerra. Podía cargar a un caballero con armadura completa, y su temperamento fogoso lo transformaba en un arma decisiva. Francis había oído historias sobre hombres que no perecían por las estocadas, sino porque los había arrollado un corcel de guerra. Rara vez los montaban salvo para guerrear, y requerían un jinete alerta, una mano firme. Momentos atrás, el caballo de Eduardo le había lanzado un tarascón a un jinete que había cometido la imprudencia de aproximarse a sus dientes romos y amarillos; sólo la vigilancia de Eduardo había impedido que el hombre sufriera una fea herida.

Francis contuvo su cabalgadura mientras Ricardo se aproximaba a su hermano. Vio que Ricardo señalaba la loma boscosa de la izquierda y se aproximó. Eduardo se echó a reír y se volvió hacia Will Hastings.

– Me debes dinero, Will. Le aposté a Will cincuenta marcos a que enseguida detectarías el peligro de esa loma.

– Fui bien instruido por Ricardo Neville, que Dios lo tenga en su gloria -dijo Ricardo distraídamente, y Francis notó que estudiaba el terreno rocoso que se extendía entre ellos y las líneas lancasterianas.

– Se te facilitará la tarea, muchacho -dijo Eduardo, como leyéndole el pensamiento-, si llevas la vanguardia por ese terreno para vértelas con Somerset. Pero no te preocupes por esa loma. Ya me he encargado de ello.

Miró el cielo crepuscular, que ahora era azul verdoso y oscuro, y al fin dijo las palabras que Francis ansiaba oír.

– Aquí no podemos hacer nada más. Será mejor que regresemos al campamento. Pronto llegará el alba. Siempre llega pronto.

Luces tenues alumbraban la tienda de los comandantes de Lancaster. Las sombras ondulaban, se replegaban ante el chisporroteo de las velas agitadas por la corriente, fluctuaban sobre el semblante tenso y fatigado de las cinco personas que se arqueaban sobre la mesa de caballetes que habían instalado para deliberar, y para una comida que nadie había probado. Los exploradores les habían comunicado las posiciones del enemigo. Sabían que el joven Gloucester se las vería con Somerset, que Will Hastings se enfrentaría a Devon, y que York conduciría su centro contra John Wenlock y el príncipe. Margarita afrontaría la tarea más dura: sólo podía esperar.

Somerset apuró generosos tragos del mejor malvasía del abad Streynsham, luego cogió una rodaja de capón asado, pues les habían dado una dispensa para comer carne en esa víspera de batalla del viernes. Se obligó a mascar, a tragar; no era fácil, pues estaba demasiado tenso para disfrutar de la comida, demasiado crispado para saborearla.

Dejando el jarro, miró a sus compañeros. Todos llevaban las cicatrices de esa carrera infernal hacia el Severn, pero nadie había sufrido más que Margarita durante las horas turbulentas que transcurrieron una vez que se enteraron de que York les pisaba los talones.

Ella tenía el rostro tostado, pues ningún velo habría podido aguantar quince horas de exposición al viento y al sol. Hacía rato que había dejado su toca, y su cabello negro mechado de gris se derramaba en rizos desaliñados sobre el cuello, desafiaba la sujeción de un moño flojo. Los ojos que Somerset consideraba tan bellos estaban tumefactos, inflamados, hinchados por la fatiga, la polvareda y las lágrimas de frustración que había derramado cuando les negaron la barcaza de Tewkesbury.

Haber llegado tan cerca, a la vista de la barcaza que prometía seguridad para su hijo… Somerset sabía que la atormentaba esa preocupación, no el malestar físico de un cuerpo que no estaba habituado a esos abusos. Había soportado la marcha forzada sin quejas, incluso había reclamado más celeridad, y cuando sus mujeres se desmayaban, las despertaba a bofetadas y amenazaba con dejarlas a merced de York. Somerset sabía que ni siquiera habría pestañeado si cada soldado de Lancaster mordía el polvo del camino, si así hubiera podido llevar al príncipe Eduardo a Gales.

Gales. Para Somerset, significaba refuerzos, nuevas tropas, la obtención de una ventaja militar decisiva. Para Eduardo de York, planteaba una amenaza tan grande que habría hecho cualquier cosa para impedirles el cruce del Severn, incluso lanzarse a una agotadora marcha de treinta y cinco millas. Pero Somerset sabía que para Margarita Gales significaba la salvación. Sospechaba que ella estaba empecinada en reunirse con Jasper Tudor porque así podría postergar el enfrenta-miento entre su hijo y Eduardo de York. También sospechaba que, una vez en Gales, ella habría recurrido a las intrigas y las maniobras sin el menor escrúpulo con tal de mantener la batalla inminente siempre en el horizonte, postergándola para un «momento oportuno» que no llegaría nunca.

Pero ya no importaba lo que ella hubiera pensado hacer en Gales. Habían apostado y habían perdido. Y a orillas del Severn. Eso era lo que Margarita se negaba a aceptar.

Si York no hubiera deducido la estratagema de Sodbury, si no hubiera logrado recorrer esa distancia inconcebible tras someter a su ejército a un esfuerzo sobrehumano, si… Somerset podía oír el rebote de esta palabra tras la frente angustiada de su reina. Conocía sus temores. Pero ahora que estaba acorralada, obligada a luchar, no daría cuartel, y pelearía con un salvajismo tal que el derramamiento de sangre de Sandal palidecería por comparación. Haría cualquier cosa por salvar a su hijo, y Somerset contaba con eso.

Volvió a mirar a los demás. No le gustaba Wenlock, ex amigo de Warwick, lamentaba tener que confiar su centro a un hombre que le parecía poco mejor que una ramera, que se prostituía por el mejor postor. Wenlock, que no era joven, estaba gris de fatiga. Devon también parecía cansado. Por la sangre de Cristo, todos estaban cansados, y él tanto como ellos. Alzó el jarro, lo vació. Posó la mirada en el príncipe Eduardo; hacía horas que el muchacho no probaba bocado.

– Deberíais comer, alteza -lo apremió, más por sentido del deber que esperando que Eduardo lo escuchara, pero Margarita se sumó al estribillo.

– Somerset tiene razón, bien-aimé. Un poco de ese pastel frío… Te sentirás mucho mejor.

– Me siento bien tal como estoy -repuso el príncipe-. No tengo hambre. No entiendo por qué eso es tan insólito, por qué siquiera merece un comentario.

Somerset lo miró intrigado, no dijo nada. Eduardo había permanecido inusitadamente callado todo el día, más apocado que nunca. Al pasar la noche, revelaba una creciente irritación. Somerset lamentó que de nada sirviera asegurarle al príncipe que era natural tener miedo en vísperas de la batalla, que todos los hombres lo sentían, que nadie llegaba al campo sin un nudo en el estómago, sin un sudor frío en la frente, los sobacos, la entrepierna. Pero prefirió no intentarlo. Eduardo nunca confesaría ese temor; no podía. Sólo podía sufrirlo. Bien, si aceptaban su plan, ayudaría a Eduardo a pensar en algo aparte de las muchas horas que faltaban para el alba.

– Aquí hace calor, madame. Quizá os despejéis si tomáis un poco de aire. Por favor. -Le extendió el brazo. Ella meneó la cabeza, pero él insistió-: Creo que el aire fresco os hará bien, madame.

Margarita iba a negarse, pero calló. Asintió, y él agradeció que lo hubiera entendido. Ella se inclinó, besó a su parco hijo en el rizo que le cruzaba la sien y cogió el brazo de Somerset.

Fuera de la tienda el aire estaba más fresco y el cielo estaba despejado, constelado de puntos luminosos y remotos. Al menos no habría una niebla que favoreciera a York, como en Barnet, pensó Somerset con alivio, escrutando la lejanía donde parpadeaban las fogatas yorkistas.

– ¿Por qué queríais verme a solas, Somerset?

– Porque tengo un plan, madame, un plan que nos permitirá obtener la victoria.

– ¿Qué os proponéis? -masculló ella-. ¿Enviar un asesino al campamento yorkista para que degüelle a York? Os aseguro que nada me complacería más.

– No, madame -dijo él pacientemente, y ella notó que hablaba con suma gravedad.

– ¿Qué, Somerset? -susurró.

– He pasado varias horas estudiando el campo de batalla, que tiene varios declives y mucha vegetación. Se me ocurrió una idea y envié exploradores para ver si tenía razón. Así era. Este campo tiene una visibilidad limitada, madame. La configuración del terreno impedirá que la vanguardia y el centro de York puedan verse entre sí.

– Decidme vuestro plan.

Él se lo contó, y ella guardó silencio.

– No sé -respondió al cabo-. Sería un gran riesgo, Somerset. Inmenso.

– No vacilasteis en correr riesgos en San Albano -le recordó él-, y así derrotasteis al Hacerreyes. Claro que nos expondríamos al peligro. ¡Pero podríamos ganar mucho con ello, madame! Lo he pensado concienzudamente. Puede funcionar. Tomaremos a York por sorpresa, lo juro por mi vida. Y antes de que pueda recobrarse… -Hizo un gesto cortante con la mano, rápido y gráfico.

– Sí -dijo ella lentamente-. Sí, podría funcionar. No sé, Somerset, no sé. Si se tratara de mí, sólo de mí, diría que sí, correría el albur, y al demonio con el riesgo. Pero no se trata sólo de mí. -Le acarició la mejilla, apartó la mano-. Sois un hombre valiente, un amigo leal, y os aprecio, Edmundo, de veras. Pero creo que será mejor que discutamos esto con los demás, con Wenlock, Devon, con mi Édouard. Si ellos lo aprueban…

Hablaba con inusitada indecisión; él intuyó que ella resistía su inclinación natural, que era aceptar el plan, tomar la medida audaz que les brindaría la mayor ganancia. El Señor nos libre de los estrechos límites de la maternidad, pensó agriamente. Pero no tenía intención de someter su plan al juicio de los demás. No confiaba en Wenlock, Devon era demasiado conservador, Eduardo demasiado inexperto. Sólo ella tenía la imaginación, la audacia instintiva para aceptarlo, para entender que el riesgo mèrecía la pena.

– Madame, respaldadme en esto y quizá el príncipe Édouard no deba participar en la batalla. Podría terminar rápidamente, antes de que todo nuestro centro entre en combate. -Sintió cierta vergüenza por esto, pero no demasiada. A esas alturas, le habría dicho cualquier cosa con tal de obtener su asentimiento.

Ella se alejó, miró las fogatas yorkistas. Se volvió.

– Muy bien, nos atendremos a vuestro plan, Somerset. Está en vuestras manos. -Él mostró los dientes en una sonrisa jubilosa, pero ella añadió con voz pétrea, sin permitirle saborear el triunfo-: Con una condición. Quiero que mantengáis a Édouard lejos del combate. Quiero que esté a caballo y custodiado en todo momento, y no quiero que se enzarce en la lucha.

– No puedo prometer semejante cosa -suspiró Somerset, con mu-cho tacto-. Sabéis que no puedo. Daría la vida por protegerlo; todos lo haríamos. Pero no puedo prohibirle nada, madame. Nadie puede. Él cree que tiene edad para el mando. Su orgullo lo exige. Sabe que York aún no había cumplido los diecinueve cuando ganó Towton. Peor aún, sabe que Gloucester sólo tiene dieciocho. No puedo prohibírselo, madame. El centro estará en realidad al mando de Wenlock, no del príncipe. Y creo que él aceptará permanecer montado durante la batalla. -Por un instante tuvo una imagen del rostro blanco y enfurruñado del príncipe-. Más aún, estoy seguro de ello. Pero no aceptará más. Y más no puedo hacer.

Margarita asintió y Somerset vio que no había esperado otra respuesta.

– No, supongo que no -dijo con voz seca. Se encogió de hombros, eludió su mirada-. Bien, pues, será mejor que informemos a los demás de lo que planeamos para mañana, milord.

Dejó que él le cogiera las manos; estaban heladas, yertas.

– Todo depende de vos, Somerset -susurró-. Todo: la vanguardia, la batalla, el destino de Lancaster. -Cobró aliento entrecortadamente-. La vida de mi hijo.