38073.fb2 El Sue?o de los H?roes - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 17

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XVIII

Cuando Gauna llegó a su casa, después de acompañar a Clara, Larsen dormía. Gauna se acostó silenciosamente, sin encender la luz. Después gritó:

– ¿Cómo te va?

Larsen contestó, con entonación pareja:

– Bien, ¿y vos?

Casi todas las noches conversaban así, en la oscuridad, de catre a catre.

– A veces me pregunto -comentó Gauna- si no habría que tratar a las mujeres a la antigua, como dice el doctor. Pocas explicaciones, pocas zalamerías, con el sombrero entrado hasta las cejas y hablándoles por encima del hombro.

– Así no puede uno tratar a nadie -replicó Larsen.

Gauna aclaró:

– Mirá, che, no sé qué decirte. No para todos son buenos los mismos ideales. A mí me parece que vos y yo somos demasiado comprensivos; podemos llegar a cualquier vergüenza y a cualquier cobardía. No sabemos contrariar a la gente; en seguida levantamos bandera blanca. Tenemos que endurecernos. Ahora, las mujeres lo corrompen a uno con sus cuidados y delicadezas. Las pobres, che, dan lástima; vos decís cualquier pavada y te escuchan con la boca abierta, como un chico en la escuela. Vos comprendes que es ridículo ponerse al mismo nivel.

– Yo no pisaría tan seguro -contestó Larsen, casi dormido-. Les gusta mucho halagar, pero sin que lo sospeches te dan veinte vueltas. No te olvides que mientras vos sudás toda la tarde en el taller, están alimentando el seso con Para Ti y un montón de revistas de costura.