38073.fb2 El Sue?o de los H?roes - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 41

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XLII

Cuando despertó, el cuarto estaba a oscuras. Gauna oyó la respiración de personas dormidas. Se tapó los oídos, cerró los ojos. Recayó en el mismo sueño que estaba soñando cuando despertó: con su cuchillito enfrentaba una rueda de hombres, semiocultos en un entrecruzado dibujo de sombras; poco a poco, a la luz de la luna, los identificó: eran el doctor y los muchachos. Volvió a despertar. Abrió mucho los ojos en la oscuridad: ¿por qué estaba peleando, por qué, en el sueño, lo abrasaba un tan vivo encono contra el doctor? Ya no oía la respiración de los que dormían; todo él, tensamente, buscaba un recuerdo. Lo había recuperado en un sueño y al despertar lo perdió. Volvería a recuperarlo. Sí, era el incidente del chico. En el sueño había ocurrido de nuevo ese incidente del carnaval del 27. Ahora Gauna lo recordaba con nitidez.

No había un chico, sino dos chicos. Uno, de tres o cuatro años, vestido de pierrot, que apareció de pronto junto a la mesa, llorando en silencio, y otro, un poco mayor, de una mesa vecina. El doctor contaba una de sus historias, cuando apareció el primer chico y se detuvo a su lado.

– ¿Qué te pasa, recluta? -le preguntó el doctor, con irritación.

El chico siguió llorando. El doctor advirtió la presencia del otro chico; lo llamó; le dijo unas palabras al oído y le dio un billete de cincuenta centavos. Este otro chico, sin duda obedeciendo una orden, dio un puntapié al pierrot, después corrió a guarecerse a su mesa. El pierrot se golpeó la boca contra el mármol de la mesa, volvió a erguirse, se limpió la sangre de los labios, siguió llorando en silencio. Gauna lo interrogó: el chico estaba perdido, quería volver con sus padres.

Levantándose, el doctor anunció:

– Un minuto, muchachos.

Tomó en sus brazos al chico y salió del café. Regresó muy pronto. Exclamó «listo» y explicó, restregándose las manos, que había despachado al chico en el primer tranvía que pasó, un tranvía lleno de máscaras. Agregó, suspirando:

– Vieran el susto que tenía el pobre recluta.

Éste era el incidente del chico. Ésta era la primera aventura, y acaso un ejemplo, de lo que en el recuerdo había quedado como la epopeya de su vida, las tres noches heroicas del 27. Ahora Gauna quería recordar lo que había pasado con un caballo. «Íbamos en una victoria», se dijo, y trató de imaginar la escena. Cerró los ojos, se apretó la frente con una mano. «Es inútil -pensó- ya no podré recordar nada». El encanto se había roto; él se había convertido en un espectador de sus procesos mentales, que se habían detenido… O no, no se habían detenido, pero no obedecían a su voluntad. Veía una escena, solamente una escena, de otra historia, no de la historia del caballo. Una mujer muy pintada, envuelta en un batón celeste, que dejaba entrever una camisa con puntillas negras y con un corazón bordado, sentada junto a una mesita de mimbre, examinaba las manos de un desconocido y exclamaba: «Puntos blancos en las uñas. Hoy emprendedor, mañana sin ánimo». Se oía una música: el Claro de luna, le dijeron.

Ahora Gauna recordaba todo vívidamente. Recordaba ese cuarto de la calle Godoy Cruz, con un portal de vidrios y de colores, con plantas oscuras en jarrones de mosaicos, con vastos espejos, con lámparas cubiertas por pantallas de seda roja; recordaba la luz rosada y, sobre todo, el Claro de luna, la emoción que le produjo el Claro de luna, que tocaba un violinista ciego. El violinista estaba de pie, en el marco de la puerta; su cabeza, inclinada sobre el instrumento, evocó en Gauna la sensación del recuerdo. ¿Dónde había visto esa cara dolorida? El pelo era castaño, largo y ondulado; los ojos tristes y muy abiertos; el color de la piel, pálido. Una barba, breve y delicada, terminaba el rostro. A su lado había un chiquilín, con el sombrero (seguramente del violinista) hundido hasta las orejas y con un cacharro de porcelana, para recibir las monedas, en la mano. Gauna, al ver a ese chico había pensado: «El pobre Cristo, con la escupidera en la mano ¡si es para morirse de risa!» Pero no se rió. Oyendo el Claro de luna había sentido en el pecho un positivo apremio por fraternizar con los presentes y con la humanidad entera, una irreprimible vocación por el bien, un melancólico afán de mejorarse. Con la garganta apretada y con los ojos húmedos, se dijo que el Brujo habría hecho de él otro hombre, si no hubiera fallecido. Cuando el violinista abarcara la ejecución de pieza, él explicaría a esos amigos, el extraordinario privilegio que tuvo de conocer a Larsen, de contar con la amistad de Larsen. Pero no llegó a dar esa explicación. Cuando el músico terminó el Claro de luna, él había olvidado su propósito y sólo atinó a pedir, con voz humilde:

– Otro valsecito, maestro.

Tampoco volvería a oír, esa noche por lo menos, al violinista. En algún aposento no lejano ocurría un tumulto. Se enteró después que por cuestiones de dinero se produjo una diferencia entre el doctor, que se consideraba ofendido, y la señora; el doctor porfiaba que le habían sustraído unas monedas y la señora le repetía que estaba entre gente honrada; para cerrar el entredicho, el doctor, animado por los aplausos de los muchachos, suavemente había derribado a la señora, la había levantado de los tobillos y, cabeza abajo, la había sacudido en el aire. Efectivamente, cayeron unas monedas que el doctor recogió. Lo que ocurrió después fue vertiginoso. Él (Gauna) acababa de pedir al ciego que volviera a tocar, cuando el portal de vidrio se abrió ruidosamente y entraron el doctor y los muchachos. El doctor se precipitó hacia la puerta donde estaba el ciego; reparó entonces en el chico; le arrebató el cacharro, lo vació de monedas y de un golpe se lo encasquetó al ciego. Hubo una gritería. El doctor exclamó: «Vamos, Emilio», y corrieron por los pasillos, luego por la calle, quizá perseguidos por la policía, pero antes de salir pudo ver el aterrado rostro del ciego y el velo de sangre que le bajaba por la frente.