38083.fb2 El Violinista De Mauthausen - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 20

El Violinista De Mauthausen - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 20

ANNA

Basta una firma en un papel o una orden, un sello del ejército de los estados Unidos para que Anna sea de las pocas privilegiadas en Berlín que tiene permiso para circular por la ciudad después del toque de queda, pueda justificar llevar unas medias bonitas y un traje elegante comprados en el economato del ejército norteamericano o disfrutar de ser invitada a tomar una Coca-cola en cualquiera de los bares a los que a la mayoría de los berlineses no les está permitido ir, ni podrían aunque quisieran, porque haber perdido una guerra y haber estado en el bando de Hitler, además, suponía que el único horizonte posible no fueran más que unas magras pensiones y los cupones de las cartillas de racionamiento con las que las amas de casa alemanas habían de hacer malabares para poner un plato de comida decente a sus familias en la cena.

Hazte visible, le había dicho Bishop después de abandonar el despacho de Marlowe, hacía una semana ya, cuando llegaron a Berlín. Déjate ver. Nunca se sabe quién puede estar mirando. Palabras repetidas a las que le había escuchado cinco años atrás, antes de cruzar los Pirineos para ir a visitar a la familia de Rubén en Sevilla. Aún era demasiado pronto para encontrarse con nadie, para que él supiera que ella estaba en Berlín. Que Müller la encontrase o no era como jugar a la lotería, igual que lanzar bolas al aire. Y para que a uno le tocase la lotería había que comprar varios billetes, jugar con constancia infinita. A ella no le gustaban los juegos de azar, pero sí iba a dejarse ver por los mismos sitios donde Müller había sido visto. Y, si no lo encontraba allí, ella sabría donde hacerlo. Pero no se lo iba a decir todavía. Bishop iba a pedírselo de todos modos, y ella experimentaba un placer perverso al adelantarse a sus órdenes.

Cuando llegaron a Berlín, había un coche esperándolos en la puerta de la estación, pero antes de subir Anna no pudo evitar una punzada en el estómago, un escalofrío incómodo ante la estampa que había delante de sus ojos. Durante su huida de Francia con la Wehrmacht había visto muchos pueblos destruidos, lugares abandonados en los que ya no quedaba nadie, porque no eran más que un montón de escombros, calles enteras que dejaron de existir porque las habían borrado los bombardeos, pero por mucho que había tratado de pensar cómo sería, no había sido capaz de hacerse una composición de Berlín cuando la volviese a ver.

Sin embargo, la gente parecía caminar por la calle como si no hubiera pasado nada. Era por la mañana temprano cuando fueron a las oficinas de la OSS, y los berlineses se dirigían a su trabajo como si muchas calles de la ciudad no fueran otra cosa que un montón de cascotes. En autobús, en coche, caminando, incluso de las bocas de metro veía entrar y salir a la gente Anna. Pero lo que más la alegraba era no encontrarse águilas imperiales ni cruces gamadas. Bastaba un parpadeo para sentir las pisadas de las botas militares sobre el asfalto de la avenida Unter den Linden al desfilar, la voz inflada de gloria del Führer cantando la supremacía aria sobre el resto de las naciones, el odio a los judíos, a los comunistas, a los homosexuales. Ahora solo había banderas norteamericanas, británicas, francesas y soviéticas, y al descubrir algún cartel gigantesco con el retrato de Stalin no pudo evitar preocuparse por el futuro. No era muy descabellado pensar que las cosas podían también no cambiar para mejor.

Bishop se bajó y le abrió la puerta del coche al llegar. Antes de hacerlo miró a un lado y a otro, como si temiese que alguien pudiera seguirlos. Pero antes de salir del tren le había pedido que se colocase un pañuelo en la cabeza y que se pusiera unas gafas.

– Es mejor que nadie te vea todavía. Que no te reconozcan. Póntelos, por si acaso.

Ahora se mostraba más amable. Por las ojeras y el cansancio de su rostro Anna estaba segura de que, a pesar de los cuatro o cinco vasos de bourbon, no había pasado una noche de sueño apacible.

La acompañó hasta la tercera planta del edificio. Un oficinista vestido de uniforme los recibió y les pidió que se sentasen un momento.

Acomodados en unas sillas, los dos miraban al frente, a la puerta del despacho donde alguien los iba a recibir. Anna aprovechó para quitarse las gafas y el pañuelo. En el edificio solo había uniformes norteamericanos. No había civiles. Tal vez ella fuera la única. El ordenanza les indicó que ya podían pasar.

Marlowe estrechó su mano. El saludo a Bishop lo resolvió con un leve movimiento de cabeza. Les indicó que se sentasen.

– Supongo que el comandante Bishop la habrá puesto al corriente de todo.

Se tomó un segundo antes de contestar. Comandante. En otras circunstancias, le habría dedicado una mirada cómplice para felicitarlo por su ascenso, pero no era el momento, y entre ellos ya no era posible ninguna clase de camaradería.

– Espero que sí.

Sintió revolverse a Bishop, incómodo, en su asiento. Marlowe le tendió un dossier abierto desde su lado de la mesa.

Anna miró la foto que estaba encima de los documentos. Algo más delgado que la última vez que lo había visto, era él. De eso no había duda.

– ¿Sabe quién es este hombre?

Ella asintió, tragó saliva, y luego subrayó el gesto: -Desde luego que sí.

– ¿Puede decirme su nombre?

– Franz Müller.

Marlowe la miró. -¿Está segura?

– Absolutamente. Si no fuera así no se habrían tomado ustedes la molestia de ir a buscarme.

El jefe de Bishop le entregó un sobre.

– Ábralo.

Dentro había unos documentos.

– Todavía falta su fotografía, pero eso lo arreglaremos enseguida. Como puede ver, los papeles llevan su nombre, Anna Petersen, con el apellido de su madre. Ni siquiera va a tener que adoptar una identidad secreta.

Anna sonrió por dentro, irónica. Como si lo que fuera a tener que hacer resultase más sencillo.

– En cuanto le hagan la foto y la coloquen en los documentos, podrá moverse sin problemas por Berlín.

– ¿Cuánto durará la misión?

Marlowe se encogió de hombros brevemente.

– Eso dependerá de muchas cosas. Hasta que no se encuentre con Franz Müller y empecemos a averiguar lo que necesitamos no podremos saberlo.

El superior de Bishop se levantó. No había duda de que daba por concluida la entrevista. Pero Anna todavía seguía sentada. Bishop se estaba incorporando, pero se quedó a medio camino. La actitud de Anna lo había cogido desprevenido, aunque tampoco le sorprendía. Estaba seguro de que ella todavía tenía algo que decir, y también estaba seguro de lo que era antes de que abriese la boca.

– ¿Qué va a pasar conmigo después?

Marlowe enarcó las cejas. Miró a Bishop y después volvió a mirarla a ella.

Anna no le dio tiempo a responder. Se lo aclaró enseguida. -Cuando todo esto acabe. ¿Me dejaran en paz para siempre? ¿Les contarán a mis antiguos compañeros de la Resistencia que si los traicioné fue porque ustedes me lo ordenaron? ¿Podré vivir tranquila el resto de mi vida?

Marlowe tomó aire, lo retuvo en los pulmones, y luego lo soltó despacio.

– No tenga duda de que la rehabilitaremos cuando todo esto haya terminado. Tómese esta misión como una especie de trámite hacia su tranquilidad.

– Supongo que eso podrá ponérmelo por escrito. Ahora el jefe de Bishop sonrió de verdad. -Supone mal.

– ¿Tengo entonces que confiar en su palabra?

Ella no estaba segura de que el coronel de la OSS hubiera captado su ironía, pero le daba igual.

– Es lo único que puede hacer dadas las circunstancias -ahora Marlowe se puso otra vez serio, de repente, el gesto grave-. También puede volver a Francia si quiere, pero le advierto que estará más segura en Berlín.

Con más o menos sutileza la OSS la estaba chantajeando, y lo peor era que ella no podía hacer nada más salvo plegarse a sus deseos y tratar de ayudarlos a encontrar a Franz Müller para que la dejasen en paz. Pero luego podrían encargarle otra misión, y otra, y otra más. Todas las que quisieran hasta que algún día decidieran que habían tenido bastante y que ya podían rehabilitarla. Ella no era más que un pequeño grano de arena en un montón de mierda. Es lo que pensó Anna cuando se levantó de la silla. Pero no podía hacer otra cosa salvo apretar los dientes, intentar cumplir con lo que le pedían y esperar a que más adelante se apiadasen de ella. Si es que para entonces ya no era demasiado tarde.

Bishop cogió las dos carpetas y puso la mano en su espalda para indicarle que abandonasen el despacho. Era la primera vez que se rozaban desde que se habían encontrado, un gesto insignificante, casi familiar, pero ella no se sintió cómoda, y Bishop retiró la mano enseguida, como si se arrepintiese o si hubiera podido percibir su frialdad, como si le hubiera leído el pensamiento y ya no tuviera dudas de que nunca, por muchos años que pasasen o por muchas vueltas que diese la vida, pudieran volver a ser amigos.

Cuando salieron del despacho, Anna miró por una ventana. Bishop seguía allí, los ojos clavados en ella. No era necesario que se diera la vuelta para saberlo. Era como si pudiera escuchar su aliento.

– Anna… Ella lo miró.

– ¿Qué es lo que te preocupa?

Bishop permaneció callado unos segundos, como si no supiese qué responder.

– Tú. Me preocupas tú, Anna. No sé si estás preparada para encontrarte con Franz Müller otra vez.

– Pues has elegido un mal momento para empezar a tener dudas, ¿no te parece? -extendió una mano como si quisiera tocar la ciudad, al otro lado de la ventana-. Ya estoy en Berlín, Robert, en Berlín, donde tú y tus amigos me habéis obligado a venir.

Bishop asintió. Pero Anna sabía que lo hacía simplemente porque prefería no discutir. Según él, las discusiones no llevaban a ningún sitio. No arreglaban nada.

– Me preocupas -insistió-. Me preocupa lo que va a suceder cuando te encuentres con Franz Müller cara a cara. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que lo viste? No mucho más de un año, supongo.

Ella asintió. No tenía muy claro adónde quería llegar Bishop con aquella conversación.

– Te encontrarás con él hoy, mañana, dentro de un par de días o después de una semana. El caso es que será pronto, muy pronto.

– Es lo que quieres, ¿no? Que me encuentre con él, que me convierta en su puta otra vez.

Bishop no bajó la vista. Se quedó mirándola, muy fijo, como si le doliera más a él el insulto que ella misma se acababa de adjudicar.

– No te preocupes, Robert. Estoy preparada para convertirme en una furcia una vez más. Me enseñaste bien. Haré mi trabajo lo mejor que pueda, cogerás a Franz Müller y a cuantos nazis quieras y luego me dejaréis en paz para siempre. Ese es el trato, ¿no?

– Solo quiero decirte que tengas cuidado. Los sentimientos no siempre son fáciles de manejar.

Ella no quiso evitar una carcajada, bien alta, para que Bishop no tuviera dudas de lo que pensaba.

– Por favor, Robert Bishop. De lo último que esperaba escucharte hablar es de sentimientos.

Empezó a bajar las escaleras sin esperar a ver si Bishop tenía algo más que decirle.

– Te mantendré informado de todo. No te preocupes.

Estoy segura de que sabrás la forma de encontrarme o, mejor, que me tendrás localizada en cada momento.

Pero lo mejor de marcharse de allí era que ya no tenía que seguir más tiempo con aquella conversación, porque no había ido del todo desencaminado Bishop cuando le hablaba de sentimientos. Se avergonzaba de pensarlo, y jamás se lo había contado a nadie, pero durante el pasado llegó un momento en que la relación con Franz Müller había dejado de ser una farsa y se difuminaron las fronteras que separaban el territorio de la espía que trataba de engañar a un ingeniero alemán con el de la mujer que empezaba a sentirse a gusto junto a un hombre que la trataba como un caballero exquisito y le había confesado que estaba enamorado de ella. Le contaba él que a veces sentía como si hubiera estado toda su vida esperando encontrársela.

Bishop llevaba, pues, mucha más razón de lo que pensaba. Los sentimientos no eran fáciles de manejar, y mucho menos en tiempos tan complicados como aquellos. Y él no había tenido reparos en arrojarla a los brazos de Franz Müller. Al principio, cuando se lo dijo, le dio pena. Luego la pena dio paso a la rabia, y durante mucho tiempo no había hecho sino odiar a Bishop porque la había convertido en lo que era ahora: lo más parecido a una ramera que no sentía sino asco de sí misma. Y ahora Franz Müller otra vez. Iba a tener que empezar de nuevo, y ella no quería. Lo iban a detener. No podía saber lo que le harían. La cabeza le daba vueltas cuando llegó a la planta baja.

Pero puede que todo llegase a su debido tiempo. Puede que fuera Franz Müller el que la buscara cuando supiese que estaba en Berlín. Y, sobre todo, deseaba que a Franz Müller le alegrase saber que estaba viva.

Lo normal era que tuviera miedo de pasear sola por una calle solitaria de Berlín después del toque de queda, pero ella no era de esas mujeres. Dejarse ver. Esa era la consigna. Pues eso era lo que iba a hacer: dejarse ver, lo mismo que había hecho durante la última semana, desde que llegó a Berlín. Rodeó la valla que circundaba la estación de Postdamerplatz y durante diez minutos caminó por la acera que rodeaba al maltrecho Tiergarten, Anna conocía lo bastante bien a Robert Bishop y a la OSS como para no estar segura de que alguno de los Jeeps que se cruzaban con ella la estaba siguiendo, o cualquiera de los hombres con los que se cruzaba no era alguien enviado por Bishop, o el mismo Robert Bishop tal vez, oculto bajo las solapas enormes de un abrigo, como si tuviera mucho frío, por si le había ocultado algo cuando accedió finalmente a venir con él a Berlín.

Se dio media vuelta y regresó por el mismo camino por el que había venido. Resopló por la nariz, con pesadez, aburrida al comprobar que al mismo tiempo que reanudaba su caminata un coche arrancaba para seguir sus pasos. Nadie se fiaba de nadie ya. Pero no le sorprendía, y tampoco le molestaba. Ella tampoco confiaba en ellos.

Y cuando Anna caminaba por las calles de Berlín, lo que le gustaría era levantar los brazos y gritar que estaba allí, hacerlo para que quien quisiera enterarse supiera que había llegado.

Esto es absurdo, le había dicho a Bishop. Pasearme por Berlín como una loca, un alma en pena parezco. Perderme por las calles esperando a que alguien se acerque para darme las buenas noches, y es posible que alguno de los hombres que quieran acercarse a saludarme no lo hagan con buenas intenciones. Lo único que espero es que al menos haya alguien cerca para protegerme.

La última frase iba cargada con intención. Bishop no se molestó en disimular que la seguía.

– Estarás bien vigilada. No te preocupes. Nadie podría hacerte daño. Tú sal a la calle. Seguro que al final habrá alguien que te reconocerá, y que luego se lo contará a otra persona y tal vez esa información llegue hasta Franz Müller. Cuando sepa que estás aquí, seguro que querrá verte y hablar contigo. Entonces tal vez puedas convencerlo de que colabore con nosotros.

Ahora los ojos de Anna se ensombrecieron. Que Franz Müller quisiera hablar con ella no estaba tan claro. Habían pasado tantas cosas durante el último año, que ella no podía estar segura de nada, y no iba a contárselo a Bishop. A él menos que a nadie.

Pero era su misión y la iba a cumplir. Para eso había venido a Berlín, para acabar con todo de una vez. La noche de su octavo día en la ciudad era viernes. Después de caminar un rato bordeando Tiergarten, por el sector británico pero a menos de un tiro de piedra del sector soviético, pensó que no le quedaban muchas opciones ya, que incluso Franz Müller podría estar muerto, que Bishop le había mentido otra vez, como entonces, y que la razón por la que estaba en Berlín era otra diferente a aquella por la que la habían traído. Rodeó la Puerta de Brandemburgo, y poco antes de llegar a las ruinas del Reichstag embocó la Luissenstrasse después de cruzar el Spree.

Como en la mayoría de los bares de Berlín, en el club Die blaue Blumen, apenas podía verse a ningún ciudadano alemán, sino una mancha de uniformes marrones del ejército de los Estados Unidos de América. También, a veces, según le había contado Bishop, al club acudía gente que estaba dispuesta a vender secretos. No era imposible encontrarse a Franz Müller allí si estaba dispuesto a entregar su alma al mejor postor. El local estaba en el vértice de las zonas soviética, británica y norteamericana. Y eso significaba que habría homólogos de Bishop acodados en la barra, pescadores pacientes que aguardan que la presa muerda el anzuelo.

Se quedó quieta frente a la cristalera del local, sin decidirse a entrar, buscando una cara conocida. Se sentía como la niña a la que no han invitado a una fiesta, pero aún así no se resiste a ver el bullicio que hay donde no la dejan entrar.

Esa noche no había mucha gente dentro. Cinco hombres de uniforme y uno de paisano. Del tiempo que había pasado en París trabajando para Robert Bishop, conservaba ciertas actitudes de las que sabía que tal vez no podría despojarse nunca, reflejos antiguos. Antes de entrar en el café, volvió a recorrer con la mirada el interior, los rincones menos iluminados, las posibles puertas que daban a cuartos cuya existencia tal vez no podría adivinarse desde la calle, otra salida por si tenía que marcharse a toda prisa sin que nadie pudiera seguirla.

Estaba segura de que si Franz Müller frecuentaba aquel club o la veía por allí no se acercaría a ella, no la abordaría si había un oficial de la OSS tras sus pasos todo el tiempo. Por eso, aquella tarde, quiso cambiar su recorrido, sin mirar, de improviso, para así tener una oportunidad de encontrarse con Franz Müller a solas, sin que hubiera testigos molestos o que en cuanto se encontrase con él algún agente norteamericano se lo llevase para interrogarlo y encerrarlo, y puede que no por ese orden.

Luego estaban los asuntos personales. Su vida. Su propia vida. Las vidas de los dos. Aunque se decía que lo había hecho porque Robert Bishop la había obligado, en el fondo no podía sino reconocer que, llegado un momento, todo lo que sucedió fue por voluntad propia. Esa era la verdad, la única verdad, aunque procurase recordar las palabras de Bishop en París dos años antes, como una rara y pesada letanía, que la disculpase falsamente: un ingeniero alemán del que hay que estar cerca. Se ha fijado en ti. Se comporta a veces como un adolescente enamorado, y eso es algo que no podemos desaprovechar, Anna.

Cada vez que las recordaba, era como si algo le ardiera por dentro, el odio que sentía hacia Bishop se acrecentaba por haberla empujado a hacerlo, y cada vez tenía más calor. Era como arder dentro del abrigo que la protegía del frío de la noche de principios del otoño en Berlín, y ahora más, porque no podía evitar recordarse junto a Franz Müller y, en lo más hondo de sí misma, en un rincón en el que jamás dejaría entrar a nadie, un lugar al que ella misma le costaba visitar, no le quedaba más remedio que reconocer, por poco honesta que quisiera ser consigo misma, que había llegado a estar enamorada de aquel ingeniero.

Tanto se había perdido en sus pensamientos que no había visto salir al hombre del café hasta que estaba en la puerta, a su lado. Llevaba un uniforme marrón, del ejército de los Estados Unidos, un cigarrillo suspendido en los labios y la miraba, muy fijo, desde la entrada.

Se dio la vuelta, procurando no parecer asustada ni dar la impresión de que tenía prisa.

– ¿Adónde vas tan deprisa, preciosa?

Por el modo que arrastraba las palabras supo enseguida que el soldado estaba borracho. No hacía falta que le oliese el aliento ni que viera cómo se tambaleaba al caminar detrás de ella.

No le contestó. Se alejó unos pasos. No había nadie en la calle, pero tampoco tenía por qué pasar nada.

– Espera, no corras.

Anna no corría, pero tampoco esperó. Siguió su camino como si no fuese con ella, pero los pasos del otro la seguían. Lo mejor era no volverse, no hacer nada, como si no se hubiera enterado de que le hablaba a ella. Esperaba que pronto se cansara y volviera dentro del café para resguardarse del frío de Berlín. Pero tal vez el tipo estaba demasiado borracho como para darse cuenta de que hacía mucho frío o le daba lo mismo. Seguía tras ella.

– Espera -lo escuchó decir otra vez, pero ella siguió con su camino, como si nada.

Ahora había apretado el paso un poco. Seguro que el otro se había dado cuenta, porque él también caminaba más deprisa: lo sentía cada vez más cerca.

Podría dar media vuelta y volver al café. Allí dentro había varios soldados. Aunque en los brazos del hombre que la seguía había visto los tres galones de sargento, era posible que ninguno de los militares que estaban en el local tuviese una graduación mayor que el que la seguía. Pero tampoco eso le garantizaba que pudieran o quisieran ayudarla. Podría ser peor, podrían incluso querer divertirse un rato con ella. Embocó la Luissenstrasse para cruzar el Spree de nuevo y llegar hasta la puerta de Brandemburgo. Esperaba que allí, al menos, hubiera más gente, o quizá sentirse más segura por la presencia de otros soldados. Se habría reído si le hubieran dicho alguna vez que sucedería, pero ahora le gustaría tener a Bishop cerca. Pondría firme al hombre que la seguía y le soltaría una reprimenda, con voz autoritaria, tal vez incluso haría que lo encerrasen en un calabozo. Pero Bishop no estaba allí. Estaba ella sola, así que no podía pedir ayuda a nadie.

Respiró hondo Anna. Frenó en seco. Ya no iba a correr más. No le quedaba más remedio que lo que iba a hacer. -Déjame en paz -le dijo al volverse, muy seria. La voz firme, los ojos que echaban fuego.

El sargento estaba a menos de un metro de ella, pero no se detuvo. Todavía se acercó un poco más, hasta que sus cuerpos casi se rozaron.

– Déjame en paz -dijo Anna otra vez, sin que le temblase la voz.

El militar la miraba con los ojos turbios. Era moreno, más cerca de la madurez que de la juventud, tenía el pelo rizado y una panza incipiente se le empezaba a derramar por encima del cinturón.

– Qué bien hablas mi idioma. Tranquila, muñeca, que no te vaya hacer daño.

– De eso puedes estar seguro.

Ella era la primera que no creía en la frase que había soltado. Pero esperaba ingenuamente que tal vez surtiese efecto.

El otro sonrió. Se metió la mano en el bolsillo. Anna dio un paso atrás. No era imposible que sacase una navaja. Nunca se sabe. Y ella había sido -y tal vez lo seguía siendo- una agente de la OSS, pero a pesar de que fue adiestrada en la lucha cuerpo a cuerpo nunca tuvo que enfrentarse físicamente con nadie durante sus tiempos de agente doble en París. Y desde aquel entrenamiento había pasado mucho tiempo. Si un tipo borracho le sacaba una navaja lo único que se le ocurría era salir corriendo. Esa era su última opción. Salir corriendo. Quitarse los zapatos de tacón que Bishop le había procurado en un economato del ejército norteamericano para que fueran idénticos a los que llevaban las mujeres berlinesas que podían permitírselo y tratar de llegar hasta un lugar concurrido para pedir auxilio. No iba a resultar sencillo, en realidad estaba convencida de que era prácticamente imposible llegar hasta la avenida. Pero era lo único que podía hacer.

Anna entornó los ojos un instante. Suspiró, para tratar de relajarse antes de echar a correr. Lo hizo despacio, procurando que el suboficial norteamericano beodo no se diese cuenta, más por su borrachera que por la falta de disimulo con que ella había podido esbozar el gesto.

Ya había abierto los ojos y estaba dispuesta a dar la primera zancada hacia la avenida cuando el hombre ya había sacado la mano de la guerrera. Bien mirado, pensó, en otras circunstancias aquello incluso podría haber resultado divertido. Hasta podría haberse echado a reír. Lo que el soldado había buscado con manos torpes no era una pistola para apuntarla o una navaja para rebanarle el cuello, sino una chocolatina perfectamente guardada en su envoltorio, sin abrir todavía. Pero un hombre no sale al frío de la noche detrás de una mujer y la persigue durante tres manzanas con la única intención de rega1arle una chocolatina.

Si había pensado en reírse por la situación, enseguida se puso furiosa. No le agradaba en absoluto la idea de que aquel sargento bebido hubiera pensado que podría acostarse con ella solo por enseñarle una chocolatina. Se quedó mirándolo, y ahora ya no pensaba en huir, sino en darle una bofetada y caminar despacio y con dignidad hasta la puerta de Brandemburgo mientras el suboficial borracho se preguntaba qué le había ocurrido, por qué una muchacha alemana no se dejaba sobar un rato ante la posibilidad de probar la golosina de un soldado del ejército que había ganado la guerra.

– También tengo tabaco -le escuchó decir, y por la forma insistente en que sacudía el paquete de Chesterfield pensó que ya se lo había dicho hace un momento pero que ella, ocupada como estaba primero en calmarse para escapar, luego en darse cuenta de que le ofrecía una chocolatina y más tarde en controlar la rabia que le producía que la quisieran comprar de una forma tan burda y humillante, no se había dado cuenta de que lo que había hecho el sargento era añadir como pago a sus favores, además de la chocolatina, un paquete de tabaco rubio norteamericano.

– Está sin empezar -y el militar parecía tan seguro de su ofrecimiento que había agarrado una mano de Anna para entregarle el paquete-. Anda, preciosa. Cógelo. Aunque no fumes, seguro que podrás cambiarlo por algo que necesites.

Anna retiró el brazo con un movimiento brusco, y el sargento se quedó mirándola un instante, desconcertado.

– Déjame en paz.

Anna había levantado la voz. Se dio cuenta al ver la expresión del soldado. Primero frunció el ceño, al cabo de un instante la miró con asco, justo el tiempo que tardó en comprender que lo despreciaba. Luego se volvió a guardar el paquete de tabaco y la chocolatina en la guerrera, en el orden inverso al que los había sacado. Ella ya se había dado la vuelta y encaraba el trayecto de la calle que le quedaba hasta la avenida, donde tal vez hubiera gente y le resultase menos embarazoso salir airosa del encuentro.

Pero no iba a ser tan fácil. De eso estaba segura antes de dar la vuelta y seguir con su camino.

Primero sintió la mano sobre su hombro. Pesaba tanto que fue como si el sargento hubiera echado todo su peso encima de ella.

Su primer impulso fue gritar, pero pensó que lo único que iba a conseguir era que el otro se enfadase todavía más.

– Déjeme en paz. Por favor.

Se había dado la vuelta, pero la mano del sargento todavía seguía sobre su hombro, una tenaza que la apretaba cada vez más.

– Por favor…

El militar la seguía mirando. Anna se preguntó si sacaría de nuevo la tableta de chocolate y el paquete de tabaco para convencerla, pero lo hacía para no pensar lo que temía, que ahora tal vez no sería tan amable como la primera vez. Le pasó la mano que tenía libre por la cara, le apretó una mejilla, luego le recorrió los labios con los dedos, como si quisiera borrar el resto de carmín. Era como un amante torpe y desconcertado que no sabe cómo tratar a una mujer.

Correr no era una opción posible ya. Anna miró por detrás del hombre por si veía el coche que la había seguido cada noche desde que llegó a Berlín. Qué mala suerte que el mismo día que había conseguido darle esquinazo se hubiera encontrado con aquel tipo.

– Tengo prisa -le dijo, tratando de darse la vuelta-. Me esperan.

La mano del sargento había bajado hasta el escote. Le acarició un seno por encima de la chaqueta. Anna no recordaba haber sentido tanto asco nunca al ser tocada por un hombre. A medida que los dedos se cerraban sobre su pecho el gesto del tipo se iba transformado en una sonrisa torva. Apretaba cada vez más fuerte. Le hacía daño. Ella le agarró la muñeca y trató de echar el cuerpo a un lado para zafarse de él, pero el brazo era como una barra de hierro enorme que no podía mover. A Bishop le había visto una vez hacer algo parecido, en Francia, para escaparse de un colaboracionista que quería retenerlo hasta que llegase la Gestapo, pero acababa de comprobar que no era tan sencillo. Y aquel tipo que la sujetaba y estaba tan furioso pesaba por lo menos cincuenta kilos más que ella.

Estaba a plinto de pedir socorro -la única opción que le quedaba- cuando sintió una bofetada que la hizo tambalearse. Luego el otro la agarró por la chaqueta y Anna sintió cómo se le saltaban un par de botones al tirar. La otra manaza, enorme, maloliente, estaba en su boca. La apretaba para que no pudiese gritar.

No podía concebir que un hombre pudiera tener tanta fuerza. Sin aparente esfuerzo la arrastró hasta un portal oscuro. De un manotazo le arrancó los otros dos botones de la chaqueta que tenía abrochados. Anna le mordió la mano que le sujetaba la boca, pero lo único que consiguió fue enfurecerlo aún más. La segunda bofetada casi la dejó inconsciente. Pero no iba a resignarse a dejarse hacer sin pelear. Ya que había sobrevivido a los nazis en París, a la guerra, y había vuelto a Berlín, no se iba a dejar ganar la partida así como así. Fingiría que se relajaba, y cuando el otro se confiase le clavaría las uñas, le arrancaría la lengua de un mordisco o le aplastaría los testículos. Relajarse era lo único que podía hacer ahora mismo, como si estuviese dormida, relajar los músculos y conseguir que el otro pensara que se dejaba hacer, que disfrutaba incluso.

Cerró los ojos. El sargento la había empujado contra la pared. Escuchó cómo se bajaba la cremallera del pantalón con urgencia. No quiso pensar en su miembro erecto dispuesto a meterse dentro de ella. Tenía que tranquilizarse, como si fuera otra la que estuviese allí, apoyada la espalda en la pared helada y húmeda de un callejón, helada de frío y muerta de miedo. Tenía que dejarlo que se confiase, que estuviera seguro que ella no se iba a resistir.

Ahora le tocaba los pechos por encima del sujetador, y lo escuchó jadear, con más intensidad, más rápido todavía. Con un poco de suerte, tal vez el tipo incluso llegaría al orgasmo antes de penetrarla. A lo mejor así se calmaba y la dejaría en paz. Sintió la manaza de él manipular con torpeza los botones de su falda. Anna tragó saliva. No quería abrir los ojos. Prefería pensar que no era ella, que lo que pasaba era como una película o una novela, y que dentro de un momento la protagonista conseguiría salvarse, o que de pronto aparecería el héroe que la sacaría de aquel apuro.

Apretó los párpados con más fuerza cuando el sargento borracho le bajó las medias y las bragas con un solo movimiento. Ya no le consolaba pensar que todo acabaría pronto, que le arrancaría la lengua o el pene o los testículos a ese hombre o que tal vez el militar borracho que acababa de subirle la falda y bajarle las medias y las bragas hasta las rodillas no le haría mucho daño.

Al principio no supo qué significaba aquel ruido. Era como si algo hubiera caído. Pensó en un cubo de basura, tal vez la cornisa de un edificio que hubiera chocado contra el suelo después de haberse desprendido. Había algunos edificios que se mantenían en pie a duras penas en Berlín. Escuchó un gemido también, y algo parecido a un grito. Antes de abrir los ojos estiró un brazo, despacio, la mano temblando de frío y de miedo todavía, pero no lograba encontrar al sargento. Escuchó otro gemido, y abrió los ojos. El sargento no estaba. Entonces una sombra surgió de la oscuridad. Anna volvió a cerrar los ojos, encogió los hombros y se apoyó en la pared.

– No, por favor -se escuchó decir-. Déjeme marchar. Se cubrió el sexo con una mano y extendió el otro brazo, un movimiento imposible para mantener a raya a un hombre que pesaba mucho más que ella y quería violarla.

– Por favor, por favor -insistía, como en una letanía inútil que no pudiera dejar de repetir-. Por favor.

– Vístete -escuchó que alguien le decía.

Una voz diferente.

Otra voz.

– Vístete. No tengas miedo.

Esa voz.

La voz de un fantasma.

Anna sacudió la cabeza. Obedeció, sin abrir los ojos del todo. Se subió las medias y las bragas, como pudo se ajustó la falda. Con el abrigo se tapó la chaqueta con los botones arrancados. Cuando se atrevió a mirar había un hombre de espaldas que miraba a un lado y a otro de la calle, como si quisiera asegurarse de que nadie lo veía. Llevaba un sombrero y un abrigo gris. Estaba muy oscuro. No fue hasta que se volvió y le tendió una mano cuando pudo ver su cara. La cara de un fantasma delgado, con esas gafas, tan pequeñas que ella se había preguntado muchas veces si de verdad servían para aliviar su miopía. Se habían despedido los dos una tarde de domingo cinco años antes y ella no había podido imaginar que volvería a encontrarse con él en un callejón oscuro de Berlín.

Anna balbuceaba. Todavía le temblaban los labios por culpa del frío, del miedo y de la sorpresa.

– ¡Rubén! -acertó a decir-. ¡Estás vivo!