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A Franz Müller le gustaría pensar que la vida se repite, pero en Berlín era diferente. Esta vez no había podido salvar a Anna, y era ahora cuando más quería convertirse en el héroe que nunca fue, cuando sus pecados se habían agrandado tanto que lo de París -llevar un carnet de las SS que no era suyo, hacer que estaba en la puerta del café como por casualidad- no era más que una mentirijilla comparado con todo lo que sucedió después.
En Berlín, después de que terminase la guerra, había vuelto a ser el músico aficionado que tocaba el violín en la calle para sacar algún dinero, ahora mucho más necesario que antes, cuando el único trabajo posible para un hombre como él era recoger escombros. Pero lo peor de su situación era su condición de ingeniero. Se había preguntado Franz Müller muchas veces qué habría sido de su vida si se hubiera quedado en Austria, si hubiera encontrado la manera de evitar ser llamado a filas o si se hubiera escondido en algún lugar donde nadie lo hubiera podido encontrar en lugar de volver a Berlín para trabajar como ingeniero en la fábrica de aviones a reacción de Heinkel. Desde su último viaje a París, ya no había vuelto a ver a Anna, nunca más. Durante diez meses se habían encontrado cuatro veces, y aunque había apretado todas las teclas que pudo para que ella se marchase de París con la Wehrmacht que se retiraba, al final no supo nada más de ella, y no la había vuelto a ver hasta hoy, después de que su viejo amigo Dieter Block, que ahora no se llamaba así porque los SS eran detenidos y encarcelados, le informara de que la habían visto en Berlín acompañada de un agente norteamericano.
– Nunca debiste fiarte de esa mujer, Franz -Dieter Block le hablaba como si todavía fuera un Obersturmbannjührer que podía decidir sobre las vidas de los demás-. Te lo advertí entonces y te lo vuelvo a decir ahora. Una mujer que se encuentra contigo en París, y enseguida se convierte en tu amante. Y ahora aparece en Berlín acompañada de un espía americano. Ya me dirás tú qué significa eso.
Pero ya no estaban en un despacho con la foto del Führer donde un ordenanza se cuadraba en la puerta cuando Dieter Block entraba o salía, ni en una terraza de la Kurfürstendamm. Ahora era un piso en ruinas de Charlottenburg,en el sector norteamericano. En lugar del cuadro de Hitler en la pared había un enorme boquete desde donde se veían los escombros de la calle.
A Dieter Block lo había visto varias veces desde que terminó la guerra. Igual que para muchos nazis, no le había sido difícil conseguir una nueva identidad. Algunos se habían marchado de Alemania, sin embargo a otros les había bastado con cambiar su nombre y diluirse entre los miles de ciudadanos anónimos que trataban de arrimar el hombro para reconstruir el país.
Dieter Block volvió la cara un instante para mirar las ruinas a través del agujero de la pared.
– Nuestro mundo se ha reducido tanto…
Müller se encogió de hombros. Podía contestar muchas cosas a esa frase, pero ya no tenía sentido discutir con Dieter Block sobre las ventajas del nazismo. El Nacionalsocialismo se había acabado, por mucho que algunos como él se empeñasen en creer lo contrario. En Alemania había empezado una nueva era. Por fin.
– ¿Qué más sabes de ella?
Dieter Block le sostuvo la mirada. -Tal vez tú puedas decírmelo, Franz.
Müller sabía que el otro disponía de una red de informadores por Berlín, unos cuantos como él, nostálgicos del III Reich que pensaban que la guerra todavía podía ganarse a pesar de haberla perdido. De cuando en cuando realizaban alguna acción que a ellos les gustaría calificar de guerrilla, per~ que en realidad para el ejército de ocupación no significaba más que la pataleta de unos chiquillos traviesos que protestaban porque los han dejado sin postre. Alguna explosión, un tren descarrilado, el robo de algún cargamento insignificante de armas. El problema era que, en algunas de sus acciones, había muerto gente, yeso resultaba más grave. Y era posible que también su amigo estuviera implicado en el asesinato de los tres ingenieros que habían aparecido muertos en Berlín en los últimos dos meses. Mejor no preguntárselo, porque también sospechaba Franz Müller que si él seguía vivo tal vez era porque todavía, a pesar de todo, Dieter Block le guardaba las espaldas.
– Dicen que ha venido a Berlín a buscarte.
– Pues ya sabes tú más que yo.
– No juegues conmigo, Franz. Nos conocemos demasiado bien los dos como para saber en qué momento decimos la verdad y en qué momento mentimos. ¿Por qué ha venido a buscarte? ¿Acaso te vas a entregar a los americanos?
Fue la primera vez que Müller entrevió una amenaza velada en las palabras de su viejo amigo. Durante todos estos años, a pesar de sus diferencias y de su fanatismo ideológico, Dieter Block al final siempre había respetado su postura, su manera de entender el mundo, aunque no la compartiera. Y para un nazi eso ya era bastante. Pero que se pasase al otro bando tal vez sería una traición imperdonable. Algo que ni siquiera su vieja amistad podría permitir.
– No creo que yo pueda ser válido para nadie. Ni para los americanos ni para los rusos.
Dieter Block dejó escapar el aire, despacio, como si estuviera muy cansado o es que acaso lo estaba.
– No te subestimes, Franz. Los dos sabemos que eres un ingeniero notable.
– Pero mi aportación a la industria militar de Alemania ha sido insignificante.
– Parece que los norteamericanos no opinan lo mismo. Franz Müller frunció el ceño.
– Puede que quieran detenerme entonces.
Su amigo sacudió la cabeza, se inclinó hacia delante en la silla, como si fuera a hablarle en voz baja.
– Si solo quisieran detenerte, ya lo habrían hecho -añadió-. y no necesitarían a esa mujer aquí.
El surco entre las cejas de Franz Müller se volvió más profundo.
– Entonces, ¿para qué ha venido ella a Berlín?
Dieter Block volvió a incorporarse en la silla. La espalda recta, como si de nuevo estuviera en su despacho y volviese a llevar uniforme.
– Eso deberás averiguarlo tú. Hazte un poco visible. Seguro que Anna sabrá despistar a ese sabueso americano. Aprovecha ese momento para hablar con ella -.tra vez volvió a acercarse a él, como si fuera a contarle un secreto, incluso bajó la voz-. Quizá haya venido para ofrecerte un trato.
Primero asintió Franz Müller, menos porque estuviera de acuerdo con las palabras de Dieter Block que por la costumbre de no meterse en líos y no discutir. Ofrecerle un trato. Eso era mucho aventurar. Que Anna estuviera en Berlín lo alegraba, sin duda, pero que la hubieran visto acompañada de un agente del servicio secreto norteamericano, aunque no le sorprendía, no contribuía, precisamente, a sosegar su ánimo. Tal vez un juego que había empezado sin que ninguno de los dos supiera que el otro lo hacía para un equipo diferente había llegado a su fase final, y la partida iba a terminar aquí, en el Berlín ocupado por los aliados, en su propio mundo, que, como había afirmado Dieter Block hacía un momento, se había terminado reduciendo tanto.
– Ofrecerme algo -dijo, para sí, tan bajo que no estuvo seguro de que Dieter Block pudiera escucharlo.
Pero sí lo había escuchado.
– Los ingenieros que habéis trabajado para el ejército estáis muy cotizados, tanto por los soviéticos como por los americanos. Los aliados son ahora como dos osos que se miran con desconfianza, y los hombres como tú se van a convertir en piezas clave de las guerras que se librarán en el futuro.
Franz Müller no estuvo seguro de si había cierta nostalgia en las palabras de Dieter Block.
– Incluso los hombres como yo también seremos útiles a partir de ahora.
Ahora Müller se quedó mirándolo, interrogativo. No estaba muy seguro de lo que había querido decirle con aquella frase. ¿Se referiría a los oficiales de las SS o solo a los hombres decididos y valientes como él?
– Escúchame, Franz. Acércate esta noche por Die blaue Blumen. Si alguien busca a un científico que tiene secretos que vender, seguro que pasará por allí.
Franz Müller sacudió la cabeza.
– Pero yo no tengo secretos que vender… Dieter Block imitó su gesto de negación.
– Eso ni siquiera tú puedes saberlo -volvió a inclinarse en la silla y añadió-. Nadie puede. A lo mejor te ofrecen una casa con jardín en Estados Unidos, una casa con un coche en la puerta, cerca de una universidad prestigiosa -apuntó una sonrisa que a Franz Müller le pareció que estaba a punto de convertirse en carcajada-. Fíjate, Franz, al final será la ingeniería la que te salvará la vida, y no la música. Y, además, podrás verla a ella.
Müller dejó escapar aire por la nariz, con pesadez, como si le disgustase el razonamiento de su amigo o le costase claudicar y reconocer que sí, que era verdad, que al final tal vez sería la ciencia y no la música lo que lo iba a salvar. Pero la vida era mucho más complicada que eso.
– Aunque también podrías irte con los rusos. Es lo bueno de ser un científico talentoso, que ahora mismo puedes elegir en qué bando militar, y los dos te recibirán con los brazos abiertos. Pero ten cuidado, no tardes mucho en decidirte. También pueden secuestrarte en la calle, a plena luz del día, y llevarte a donde quieran para encerrarte e interrogarte hasta que les cuentes incluso el último detalle que creías haber olvidado.
Pero Müller no podía callarse algo que llevaba dentro.
– Ya han muerto unos cuantos científicos que iban a vender sus secretos.
Dieter Block se encogió de hombros, como disculpándose.
– Estamos viviendo tiempos difíciles, Franz. Hasta ahora he podido salvarte la vida, pero yo no tengo control sobre todo. Y no puedo contártelo todo.
Es por eso por lo que dos años después estaba otra vez en la puerta de un café, ahora en Berlín, la ciudad donde había nacido y se había criado, burlando el toque de queda como un fugitivo. Un ingeniero que se había quedado en el paro cuando terminó la guerra, que espera en la puerta de un club a que llegue una mujer a la que había engañado en París. Como un centinela otra vez, Franz la vio llegar, sola, y cuando entró en el local tuvo que resistir el impulso de entrar él también a buscarla, sentarse frente a ella en una mesa y poner las cartas boca arriba de una vez. Pero Müller se escondió en la oscuridad de un portal. Muy cerca había un coche con dos hombres dentro. N o le costaba imaginar que Anna se había bajado de ese mismo automóvil una o dos manzanas más allá para poder entrar en el club sola, tal vez para dar confianza a un ingeniero desesperado que aguardaba su llegada como un salvoconducto que le iba a permitir salir de Berlín y empezar una nueva vida.
Esperó un rato todavía antes de decidirse a entrar. No se atrevió hasta que el coche con los dos hombres arrancó y desapareció. No estaba seguro de que no fuera a volver dentro de un momento, pero antes de dar el primer paso se dio cuenta de que, al otro lado de la plaza, también había alguien que parecía buscar el resguardo de un portal oscuro. Pero no podía demorarse más. Si alguna vez tuvo dudas, para Franz Müller acababa de quedar claro que siempre careció de las cualidades necesarias para ser un agente secreto. Antes de encontrarse con una mujer que había venido hasta Berlín para buscarlo, estaba viendo fantasmas por todos lados, en un coche aparcado, en un hombre que parecía ocultarse en un portal.
Pueden detenerte en la misma calle, le había dicho Dieter Block esa tarde. Como si él ya no lo supiera. Desde hace seis meses, cada vez que sale a la calle en Berlín, a pesar de que ahora en sus documentos aparece el nombre de un muerto, ha tenido la sensación de que un coche se parará en la acera con un chirrido de neumáticos, que de él bajarán unos hombres que le hablarán en un idioma que le resultará extraño y que, no sabe si con amabilidad o por la fuerza, le dirán que los acompañe. Y eso no era lo peor. Lo peor era que cualquiera de los exaltados que todavía se negaban a aceptar la derrota del Reich, pensasen que iba a ir a los rusos o a los americanos con sus secretos o con sus ecuaciones y que tal vez acabaría con el cuello abierto de oreja a oreja por un cuchillo, como le había sucedido a varios científicos a los que conocía, el último Hans Albert George.
Se caló el sombrero Müller, se subió las solapas del abrigo, bajó la barbilla, no tanto para protegerse del frío como para ocultar su rostro de traidor, y dio el primer paso para cruzar la acera hasta Die blaue Blumen.
Era todo igual que antes, la vida calcada le parecía, cuando, al otro lado del cristal, un suboficial con los tres galones de sargento en la guerrera se había sentado a la misma mesa que Anna. Ahora no llevaba el documento falso que le había dado Dieter Block con él, y de haberlo llevado tampoco podría hacer nada para pararle los pies a un sargento del ejército de los Estados Unidos que se había puesto pesado con una francesa de madre alemana -ahora sabía muchas más cosas de ella que dos años antes-, y, aunque quisiera hacerse el héroe, no podía entrar en un bar donde había seis o siete hombres más vestidos con el mismo uniforme. Y por culpa del ruido del motor y de los faros del coche que aparecieron en la esquina hubo de volver a buscar refugio otra vez en un portal. Sus documentos eran falsos, pero fueron fabricados con tanta diligencia que por ese lado estaba tranquilo: cada vez que se los habían pedido en la ciudad la policía alemana o alguno de los soldados de cualquiera de los cuatro países que ocupaban Berlín, jamás había tenido problemas, pero estar en la calle de noche sin tener un permiso para poder saltarse el toque de queda era una falta demasiado grave como para que no lo detuvieran y al final alguien acabase averiguando su verdadera identidad: Franz Müller, ingeniero que había trabajado en el fallido proyecto de aviones a reacción en la fábrica de Oraniemburges, Una pieza, según Dieter Block, demasiado jugosa para que ni los rusos ni los americanos quisieran dejarlo escapar.
Dio un empujón a la puerta que por fortuna cedió enseguida. Era una de las ventajas de vivir en una ciudad destrozada por las bombas, que había barrios en los que resultaba sencillo encontrar edificios con fachadas sin muros que dejaban al descubierto los pisos aún habitados por gente que se resistía a marcharse. Las habitaciones, el salón donde se conservaban unos muebles como si al otro lado de las paredes que ya no existían no hubiera sucedido nunca la guerra, y puertas que se abrían con solo empujarlas. Desde el zaguán vio el coche detenerse un instante otra vez, ni muy lejos ni muy cerca del club, pero seguro que desde donde estaba se podía controlar la puerta del local, ver si él se decidía a entrar o si Anna salía. Ahora entraron dos personas más, y Franz Müller entornó los ojos, como si al hacerlo pudiera ver mejor en mitad de la noche. Luego el coche arrancó, pero todavía esperó un rato en la protección precaria del zaguán, esperando que no apareciera algún vecino y se pusiese a dar gritos para que viniera la policía.
Mientras esperaba el momento oportuno para salir a la calle, se preguntaba si Anna se habría librado del sargento ese que se había sentado a su mesa, y no pudo evitar una sonrisa, como si otra vez estuviese en París, como si todo lo que había pasado desde entonces no fuese más que el futuro intacto que sus mentiras -las de él y las de Anna- no podrían malbaratar todavía.
Aún esperó otros dos minutos antes de salir, decidido, la cabeza alta por fin, dispuesto a afrontar cualquier cosa que se le pusiera por delante, a hablar con Anna. Sé quién eres, le gustaría decirle ahora, te dejaste conquistar en París y también sé por qué has venido a Berlín, y aquí me tienes. Pero primero había de llegar hasta el local sin que lo detuviesen, y entonces hablar con ella.
Se ajustó bien el sombrero sujetando el ala con los dedos.
Era lo más parecido a un desharrapado que podía imaginar, pero a pesar de ello no podía evitar cierta coquetería cuando iba a volver a encontrarse con Anna de nuevo. Se puso frente a la puerta. Prefería que ella lo viese a través del cristal y que saliera a la calle, que lo que tuviera que decirle lo hiciera mientras daban los dos un paseo a escondidas de la policía berlinesa o de los soldados que podían detenerlos para pedirles la documentación y el permiso para estar en la calle después del toque de queda. Pero ya no había ninguna mujer con los rasgos de Anna al otro lado, y antes de recorrer de nuevo con la vista el interior, Franz Müller se preguntó si lo que había visto antes solo estaba en su imaginación, si en realidad ella no había cruzado la plaza para entrar en Die blaue Blumen, si tal vez ni siquiera estaba en Berlín y Dieter Block se había equivocado o por alguna razón había querido engañarlo deliberadamente y luego él, tan deseoso como estaba de verla de nuevo y de escuchar lo que tuviera que decirle, no había visto sino un espejismo en forma de mujer que había venido desde París para buscarlo, para sacarlo de Berlín, para salvarle la vida quizá.
Pero no podía entretenerse en ensoñaciones o en pensamientos vagos que solo le harían perder el tiempo. Anna estaba en Berlín y había venido para encontrarse con él. Y él la había visto, estaba seguro, no podía haberse vuelto loco de repente, en la puerta de ese café donde se vendían secretos y algunas cosas más. Pero lo que más le preocupaba ahora no era que Anna se hubiera marchado ya, sino darse cuenta, después de volver a escrutar con detenimiento filatélico el interior del local otra vez, que el sargento del ejército de los Estados Unidos que se había sentado en la mesa junto a ella tampoco estaba dentro.
Y de pronto se sintió afectado por una sensación extraña que era como tener prisa, y no saber adónde ir, los pies clavados en el suelo sin estar seguro de qué dirección tomar, si todo recto, en dirección al Spree y la puerta de Brandemburgo, donde empezaba la zona soviética y no podría acercarse sin que algún soldado le diese el alto y le pidiera la documentación. O a la derecha, hacia Tiergarten, o tal vez volver sobre sus pasos hasta Invalidenstrasse. Cualquier cosa menos quedarse allí, antes de que el automóvil oscuro apareciera de nuevo y alguien se bajase para pedirle en un tono quizá amable, pero que no dejaría lugar a ninguna objeción, que lo acompañase. Tal vez los del coche lo habían visto ya y estaban esperando el momento idóneo para detenerlo, seguros de que era un presa fácil a la que podían dar ventaja antes de cazar solo para divertirse un poco. Se dio la vuelta y empezó a caminar, esperando que Anna y el sargento americano, que seguro que había salido del bar con ella o la seguía de cerca, se hubieran marchado también en la misma dirección. Ojalá hoy fuera ayer, se dijo, enrabietado, ojalá estuviera de nuevo en París y pudiera decirle a un soldado que dejase en paz a esa mujer.
Empezó a caminar Franz Müller hacia la oscuridad, y cuando lo hizo se dio cuenta de que el hombre que antes había visto esconderse en un portal tampoco estaba allí. Apresuró sus pasos en la dirección contraria a donde estaba el café, perdiéndose en la oscuridad y en la niebla de Berlín, en busca de Anna, que se había marchado sin poder hablar con ella, pero no sabía qué rumbo tomar, en qué calle adentrarse y, aunque él había decidido caminar en esa dirección, sabía que cualquier otro de los caminos era posible, que muy bien podía no verla esa noche, peor aún, no encontrársela nunca y no averiguar la verdadera razón por la que estaba en Berlín después de la guerra, porque estaba seguro de que ella nunca vino con la Wehrmacht que se retiraba de París, que hacía poco que había llegado y que con total seguridad su presencia en la ciudad tenía que ver con él. Pero lo que más le preocupaba era que le sucediera algo grave, que el sargento norteamericano que tampoco estaba ahora en el bar la hubiera seguido y tal vez ahora la estuviese molestando o haciéndole daño.
En París había vuelto a verla, dos días después de la primera vez, cuando solo faltaba una noche para regresar a Berlín. Había acudido al mismo café donde la había conocido por si acaso la casualidad resolvía que se encontrase con ella de nuevo, y cuando estando sentado a una mesa la vio atravesar la plaza, todavía pensó que había sido por casualidad por lo que se habían encontrado, no podía imaginar todavía, y tardaría mucho en llegar a sospecharlo, pero entonces tampoco le importó, porque tampoco cuando se encontraron la primera vez fue por azar, que había también una intención clandestina en la sonrisa de Anna al cruzar la puerta, en la forma en que lo miró como si no lo conociera al principio, cómo fingió sentirse sorprendida y se negó al principio a sentarse en la misma mesa que él, los dos solos, dejar que la invitara a un café, cómo pasaron el resto de la tarde juntos, ella porque un agente norteamericano le había ordenado que entablase una relación con ese ingeniero alemán que estaba de visita en París, y el ingeniero porque estaba obsesionado con una fotografía que llevaba en la cartera como quien esconde un tesoro, cada uno por un motivo diferente, dos embusteros cuyas vidas habían coincidido porque no podía ser de otra forma, y que se iban a encontrar de nuevo en Berlín.
Las circunstancias eran ahora muy distintas, Franz Müller pensó en ello al detenerse en una esquina, dudando qué dirección tomar. No había nadie en la calle, y en los bloques de pisos del barrio apenas se distinguía la débil luz de alguna vela con la que muchos berlineses debían conformarse, porque aún no habían restaurado el suministro eléctrico en sus casas. Antes de decidir qué dirección tomar, respiró hondo, para tratar de calmar su pulso, cerró los ojos para concentrarse en los sonidos, como si quisiera descubrir el fallo en una pieza musical que interpretaba, un fallo que tal vez solo su oído de experto podría distinguir, un sonido extraño en mitad de la noche y la niebla, la luz de un faro que lo guiase hasta una mujer que había venido desde Francia para buscarlo. Tardó unos segundos en diferenciar un sonido del resto de los escasos ruidos de la noche berlinesa. Un sonido metálico, no parecía que muy lejos, y echó a correr en esa dirección, sin importarle si podría encontrarse al doblar cualquier esquina con alguna patrulla del ejército que lo detuviera. Lo más probable era que lo que había escuchado fuese algo que no tuviese nada que ver con Anna, que hubiese sido incluso un producto de su imaginación, pero era lo único que tenía, la única alternativa a la que podía agarrarse.
No había llegado a la esquina cuando escuchó de nuevo un estrépito como de latas, ahora más fuerte. El mal presentimiento se hizo más grande, ya no había duda. Podía no tratarse de ella, pero estaba claro que algo estaba sucediendo y él estaba cada vez más cerca.
Cuando por fin llegó, vio a un tipo de uniforme tirado en el suelo, unos cuantos cubos de basura abiertos, con la porquería derramada, y Anna sentada en el suelo, hablando con alguien en un idioma que no entendía. Tomó aire, estuvo a punto de decir algo Franz Müller antes de dar la última carrera y empujar al hombre que estaba ahora delante de ella, pero vio que de pronto Anna se abrazaba a él, que sus brazos lo rodeaban con tanta fuerza que no podía sino ser quien él mismo había llegado a pensar, pero no había querido creer que también estuviera en Berlín.
Se detuvo en seco y volvió despacio sus pasos hacia la protección de la oscuridad del callejón, tan lento como pudo para que no pudieran darse cuenta de que estaba allí. Se preguntó si tal vez no habría gritado al ver a Anna tirada en el suelo, antes de empezar a correr, y tal vez se habían dado cuenta de que estaba allí, pero si había sucedido así ya no tenía remedio.
La vida se repetía, pues, pero no de la misma forma. Ya no era posible que él salvase a Anna, ya no le correspondía. Su turno había pasado, y parecía que ahora le había llegado el suyo al hombre a quien pertenecía por derecho propio. Se preguntó Franz Müller si tal vez Anna no había venido entonces a buscarlo a él, si no sabía siquiera que había sobrevivido al final de la guerra, si no tendría interés en saber lo que le había pasado. Ya no se trataba solo de ellos dos, sino de tres, y aunque a Franz Müller le hubiera gustado ser el primero en llegar allí para haber sido él quien hubiera dejado tumbado en el suelo a un sargento del ejército de los Estados Unidos que seguro se había intentado propasar con Anna. Tenía que reconocer que el Destino a veces premiaba a la gente paciente con alguna clase de retorcida justicia, y que lo a que a él le correspondía ahora, y, sin duda, se dijo Franz Müller, también lo que se merecía, era caminar despacio, hacia atrás, apartarse de un momento en el que no hacía más que estorbar. Salir de donde no tenía que haber entrado nunca.
Cuando se había retirado lo bastante como para sentirse seguro, se detuvo y se quedó mirando la escena protegido por la oscuridad del callejón por donde había venido.
Anna seguía abrazada al hombre, tan fuerte que estaba seguro de que hubiera sido imposible separarla de él; y a pesar de lo lejos que estaba ahora, Müller podía escuchar su llanto. Lo abrazaba y lo besaba, como quien acaba de ver a un muerto que ha regresado de la tumba, se pegaba a él con la misma alegría que la mujer y los hijos de Lázaro debieron tocarle la cara y los brazos a él luego de que resucitara. No entendía el idioma en que ella se dirigía a él, pero no le hacía falta, estaba seguro de que era el mismo español que hablaban muchos de los presos del campo donde tocó el violín por última vez, el mismo que hablaba el hombre que se sentó junto a él aquel día que se puso a tocar a la hora de la comida fuera del barracón, el hombre que perdió o quiso desprenderse de la fotografía que ahora llevaba guardada, el preso al que muchas veces se había preguntado desde que estuvo allí, si era el mismo que le parecía que iba a saltar al vacío con un bloque de piedra a la espalda desde lo alto de la escalera de la cantera, aquel que nunca había estado seguro durante todo este tiempo de si llegó a salvar con su música.