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He llegado a la conclusión, después de vivir en España y en otros países, de que el nacionalismo es la superstición más arraigada que existe. Se debilitaron todas las otras, la humanidad ingresó en la era de la razón y de la conciencia crítica, pero el nacionalismo se mantuvo incólume.
El fanatismo deportivo constituye, en estos días, una buena demostración de lo que digo. Si no intervinieran el ingrediente nacional y los factores locales, la idea de la patria grande y de la patria chica, las multitudes no llenarían los estadios.
¿Por qué sufren infartos y hasta mueren fulminados los hinchas del equipo de un país, cuando el adversario, en pleno campeonato del mundo, le mete un gol en su propio campo? Es un misterio de la superstición nacionalista, un misterio insondable, que en términos de racionalidad no tiene explicación alguna.
Maradona, el "Pelusa", baja de los cielos en un helicóptero y es depositado en la pista central del estadio de Nápoles. El pueblo napolitano, cansado de sufrir derrotas frente a los jugadores de Roma o de Milán, recibe al jugador argentino como a su mesías. Decenas de miles de niños son bautizados con el nombre de Diego Armando. Se organiza una próspera industria de camisetas, carteles, medallones, distintivos diversos. El arzobispo católico y el alcalde comunista protestan, escandalizados, pero sus voces, en medio del delirio colectivo, no son escuchadas. El descenso de Maradona de los cielos es una continuación de supersticiones medievales. Las voces del arzobispo y del alcalde corresponden a preocupaciones más modernas, que no conmueven a las masas.
Con Maradona, Nápoles también participará en la lucha por el "scudetto", el trofeo anual. "Cuidado -advierte Bertoni, el otro argentino del "Nápoles"-. No hagamos campeón al equipo antes de que suene el primer silbato de la próxima temporada". La decepción de la hinchada podría, sin duda, ser peligrosa.
Llevo semanas leyendo noticias sobre el traspaso de Maradona, el jugador
que pasó gran parte de la última temporada lesionado en el suelo, pero que
tuvo chispazos geniales, chispazos que salían a centenares de miles de dólares
cada uno. Ahora compro el periódico y encuentro en la primera plana la
fotografía de un alcalde con el ojo en tinta. Es un resultado diferente de
la fiebre nacionalista. El año pasado, cuando se izaron banderas españolas en
las fiestas de los pueblos vascos, hubo grupos que trataron de reemplazarlas a
la fuerza, a bofetadas, e incluso a tiros, por la "Ikurriña", la bandera nacional
vasca. Este año algunos alcaldes, para evitar los incidentes, ordenaron que no
se izaran banderas de ninguna clase. Parecía una solución salomónica, pero no
sirvió de nada, como lo demuestra el ojo en compota de don Francisco Berjón,
alcalde socialista de la localidad de Ermúa. *
Camino por una avenida de Barcelona y veo un letrero de tráfico embadurnado por lo que parece un tinterazo gigantesco. En el lado limpio leo, en grandes letras de alquitrán: "En catalá". ¡Lo que ocurría es que el letrero estaba escrito en castellano!
Los franquistas, en la guerra civil, se llamaban "nacionales". Murió Franco y desaparecieron los nacionales, pero asomaron su cabeza los nacionalistas. La ETA, que pone en peligro la joven democracia, es una manifestación extrema de ese nacionalismo. ¿No vendrá de aquí, me pregunto, nuestra capacidad latinoamericana de dividirnos y de amenazarnos con guerras por islotes y peñascos remotos?