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Nadie ha observado que existe una curiosa relación entre la cultura de los antiguos egipcios y la de los norteamericanos modernos. No me refiero a Hollywood y a sus versiones en tecnicolor de episodios de la vida de Cleopatra o de los Faraones. La relación, paradójica, porque se presenta en antípodas en el tiempo y en el espacio, radica, a mi juicio, en las formas que adopta el culto de los muertos. Desde luego, este culto es propio de todas las sociedades humanas. Lo encontramos entre los asirios, entre los romanos, y en las épocas precolombinas de nuestro continente. En Egipto, sin embargo, adquirió una categoría especial, pasó a ocupar un lugar central en la vida cotidiana, y sospecho que en los Estados Unidos, hasta cierto punto, ha ocurrido lo mismo.
Leo, por ejemplo, una novela de un escritor nuevo, interesante, William Kennedy, y compruebo que es un relato de sepultureros que viven en un barrio de los suburbios de Nueva York. Hay largas reflexiones sobre funerales, sobre las jerarquías de las tumbas, y los muertos, debajo de sus mausoleos de primera o de segunda clase, conversan con nostalgia y con sentido del humor, igualados por la muerte, la gran igualadora, la democratizadora final.
No me parece extraño ni accidental el éxito de un escritor que toca estos temas, en un país donde proliferan las casas funerarias, donde se practica la costumbre de maquillar a los muertos y donde la literatura, desde Edgard Allan Poe hasta William Faulkner y William Kennedy, desde relatos como El corazón revelador hasta Una rosa para Emilia, ha dado tantas escenas de necrofilia y tantas paginas macabras, nupcialmente macabras, a veces, y con fondo de color rosa pálido, como ocurre en el desenlace de la vida secreta de la señorita Emilia Grierson.
Ahora me impongo por la prensa, sin excesiva sorpresa, de que el Ministerio de Transporte acaba de aprobar en principio un proyecto privado para poner en órbita restos humanos. La empresa fúnebre Celestis, de Melbourne, en el Estado de Florida, ofrece a sus clientes la posibilidad de colocar a sus deudos en un mausoleo espacial. Se calcula que podrían permanecer en órbita alrededor de 63 millones de años, tiempo que difícilmente podría ser garantizado por ningún cementerio terrestre. Una substancia capaz de reflejar la luz cubriría el mausoleo, que así podría ser detectado y seguido desde la tierra por los familiares. Se estima que el costo de la operación no pasaría de los 3.900 dólares por persona, cantidad equivalente, hoy día, por lo menos en los Estados Unidos, a la de un funeral convencional. Una de las empresas interesadas está dirigida por un ex astronauta del planeta Mercurio, Donald Slayton, quien declara que el proyecto podría ser una realidad tanto funeral como comercial hacia comienzos de 1987.
Los futuros difuntos que consigan sobrevivir hasta esa fecha tendrán la opción de ser catapultados hasta las esferas celestiales. Esas cápsulas del espacio serán las pirámides de fines del siglo XX, construidas a la escala de una clase media enriquecida. Sus parientes, para el Día de Todos los Santos, se acercarán a un catalejo y les dirigirán señales de reconocimiento y de recuerdo, observando la órbita suavemente circular trazada por la urna brillante, silenciosa y remota.