38085.fb2 El whisky de los poetas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 36

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Futurología

Aquí y en otros lados, la palabra "transición" lleva muchos años de moda. Se organizan seminarios sobre la transición, se estudian trasiciones ajenas, y hasta las autoridades reconocen que preparan una transición aun cuando parecen preparar, de hecho, un estado de inmovilidad definitivo más parecido a una regresión que a cualquier otra cosa.

Parece, en todo caso, que soportamos mejor nuestros presentes precarios misérrimos, cuando sentimos, y cuando proclamamos ostentosamente, que vamos en tránsito hacia otra parte. De esta manera, la palabra "transición adquiere poderes mágicos, cuasi religiosos. Vamos rumbo a un futuro mejor, a una utopía realizable, y podemos tolerar el presente con la conciencia tranquila. El espejismo de la transición equivale a la vieja promesa del paraíso para los creyentes.

Sabemos, y más lo sabemos por viejos que por diablos, que ese paraíso aparentemente perdido y esperanzadamente recobrado, se parecerá más bien, en el mejor de los casos, a un purgatorio moderado, tolerable. Será, cuando mucho, una democracia pobre, una convivencia humana un poco más civilizada, o un poco menos bárbara, una modernidad provinciana, agobiada por un horizonte de computadoras de segunda mano.

Hace algunos días, a propósito de las democracias novatas de América del Sur, trataba de sustentar mi optimismo a golpes de pura voluntad, a pesar de todas las evidencias negativas. Hablaba de los fundadores de nuestra República, que no fueron bien imitados en el resto del continente, con la excepción, añadiría ahora, del Brasil, que seguía otro proceso histórico. Nosotros, en nuestros comienzos como República, habíamos oscilado entre dos extremos, el cesarismo y la anarquía, la dictadura de Bernardo O'Higgins o los experimentos irreales, tétricos, de los ideólogos de laboratorio, pero de pronto habíamos encontrado una salida original y nos habíamos convertido en un Estado moderno para la época, un Estado que funcionaba, donde la transmisión del poder se hacia con relativa calma, en periodos regulares, dentro de márgenes de representatividad popular que eran aceptables entonces y que se ampliaron de un modo bastante rápido a lo largo del siglo XIX.

¿Podemos creer, ahora, que la historia se repite? La verdad es que las dificultades de hoy, los peligros que enfrenta cualquier intento de salida democrática, parecen abrumadores. Vuelve la democracia al Brasil, a Uruguay, a la Argentina, traída por una reacción popular profunda, por un deseo generalizado de libertad, porque la gente se cansó de vivir tanto tiempo en la limitación, en el miedo, pero junto con ella se presenta de inmediato la hiperinflación, la anarquía financiera. La herencia de las dictaduras militares en este aspecto es como una piedra de molino atada al cuello. Uno sospecha que el desorden económico provocará, como secuela inevitable, alguna forma de anarquía política. Esto significaría que pronto, a la vuelta de la esquina, tendría que asomar la cabeza de un nuevo cesarismo. ¿De izquierda, de derecha? Frente a realidades tan negras, hasta las definiciones ideológicas pierden su sentido.

Pues bien, en estos días ha ocurrido algo importante, que muestra cierta luz en el estrecho y espinoso camino de salida de los países del Cono Sur. El gobierno de Alfonsín ha implantado un conjunto de medidas económicas de choque, medidas duras, destinadas a ser impopulares, y parece que la base del país, hasta el momento, a lo menos en lo que se podría llamar la línea gruesa, reacciona bien, más allá de lo que digan algunas cúpulas sindicales o partidistas. Es un fenómeno bastante original en la historia latinoamericana reciente: un gobierno que cuenta con respaldo popular, elegido en forma democrática, adopta una política económica dura, impopular por definición, y obtiene niveles de comprensión que permiten seguir trabajando y que tienden a consolidar la democracia frágil, primeriza.

¿Será ésa, me pregunto, la solución actual para los países americanos del sur: gobiernos democráticos, que tienen verdadero apoyo popular, y que aplican por necesidad, porque no les queda más alternativa, políticas económicas de emergencia, casi de guerra? Es posible que nuestra salida general del túnel vaya por ahí. También es perfectamente posible que nosotros, los chilenos, nos demoremos mucho en encontrarla. En la primera mitad del siglo pasado, el Perú, la Argentina, no tuvieron su Diego Portales, su organizador republicano. No era, sin duda, el problema de un solo hombre. El caso podría producirse ahora, por desgracia para nosotros, a la inversa. ¿Por qué no? Se dijo en esos años que éramos la Inglaterra de America del Sur. Ahora nos parecemos cada día más al Paraguay. Según Vicuña Mackenna, Chile era una marmota con despertares de león. Ahora sólo veo marmotas por todas partes: un horizonte de marmotas.