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La naturaleza y las ciudades

La profesión literaria, en los días que corren, empieza a parecerse a la de concertista en piano, cantante de ópera, actor de cine, o a la de embajador itinerante. Los editores quieren que uno esté en el lugar para la presentación de los libros. No sólo cuentan el título y el contenido de la obra. La personalidad del autor ha pasado a ser un elemento de la promoción general, un elemento decisivo. Es una síntesis de la cultura del libro y la cultura de la imagen: todavía se compran los libros, y algunos hasta los leen, pero el público necesita descubrir o reconocer en imágenes a sus autores predilectos. Parece que no sería concebible, en el mundo de ahora, un Vargas Llosa, un García Márquez, una Marguerite Yourcenar, si no pudiéramos asociar de inmediato el nombre con una fisonomía, con una actitud, con una manera de vestirse y de pararse, de sonreír, de poner cara de malas pulgas o de cavilación distraída. Emprendo, pues, para acomodarme a los imperativos del oficio, un nuevo viaje. Muchos de los que se quedan en Santiago me envidian, a pesar de que pienso con frecuencia en la idea de Pascal de que las desgracias de los hombres provienen de no saber quedarse tranquilos en sus habitaciones. Me desplazo, pues, intranquilo, y redescubro la tortura refinada de las horas interminables en los aeropuertos, de los cambios de aviones, de las maletas extraviadas. Viajar de Buenos Aires a Madrid es muy diferente que viajar de Santiago de Chile a Barcelona. Somos, los chilenos y los catalanes, para nuestra desgracia, periféricos. Hay cuatro horas de espera en Buenos Aires y cinco en Madrid. Formo una cola en el aeropuerto de Barajas y, al final del recorrido, una azafata furibunda, en estado de frenesí, me dice, me grita, más bien, que me he equivocado de puerta. ¿Por qué, si se trata del mismo vuelo, del mismo avión? Ocurre, en virtud de un enigma inescrutable, que yo tenía que abandonar el recinto internacional y volver a entrar por salidas nacionales. Además, tenia que adivinarlo con mi fino instinto cosmopolita, puesto que nadie me lo había explicado. Total, el avión parte a vista y paciencia mías con todo mi equipaje, y la buenamoza azafata, un cancerbero rubio, se queda muy contenta en su puerta prohibida, con aire triunfal.

En mi reencuentro con Barcelona, después de todas las peripecias del viaje, que sólo he contado en parte, vuelvo a una antigua reflexión: en nosotros se da bien la naturaleza, pero la historia es pobre, la técnica es atrasada, la elaboración humana es primaria, las ciudades son más bien precarias, chatas, y tienen muchos aspectos bárbaros. Por ejemplo, abrimos una botella de vino chileno y sólo se salva por los elementos naturales que arrastra: el aroma elemental, la buena cepa, el clima, la tierra. Salvo rarísimas excepciones, el aporte humano es mediocre.

Sucede, sin embargo, que en la civilización avanzada de Occidente, en las

grandes ciudades de hoy, la nostalgia y el sentimiento de la necesidad de la

naturaleza son cada vez mayores. Ya no hay lujo comparable al aire puro, a los

grandes espacios. El ecologismo, el llamado movimiento alternativo, los

"verdes", no hablan de otra cosa. Y nosotros somos incapaces de quedarnos

tranquilos junto a nuestras playas interminables, que desde aquí parecen

desiertas. No le hacemos caso a Pascal. Nos metemos en complicaciones y en

laberintos que nos trituran el sistema nervioso. Mientras nuestros ingenuos

compatriotas padecen de envidia.