38085.fb2 El whisky de los poetas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 39

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El tiempo y la garúa

Esta es una primavera con nubarrones, con lluvia, con fines de semana melancólicos. Cruzo debajo de unas galerías metálicas, a la salida de una Estación de Metro, y descifro unas palabras con mi alemán rudimentario: Mercado de las Pulgas. Las Flöhe son las flees inglesas, las pulgas de la novela picaresca y de la novela de conventillo. Entro a una calle estrecha, bien conservada, arbolada, en esta ciudad donde más del ochenta por ciento fue destruido por los bombardeos, y una placa me advierte que aquí vivió Christopher Isherwood, el autor de Adiós a Berlín, obra que después sirvió de base para la película Cabaret. Es una placa oportunista; si el relato de Isherwood sobre el Berlín de la primera postguerra no hubiera sido llevado al cine, la placa no existiría.

Después de la casa del novelista, un recinto subterráneo ofrece pastas italianas. Cerrado. Geschlossen. En seguida, una vitrina con antigüedades del año 20: mariposas de acero, lámparas de vidrios de colores, un sombrero de paja, una locomotora de tren eléctrico anterior a los de mi infancia. La tienda está abierta, pero hace humedad, llovizna, y el espacio oscuro sólo parece habitado por una colonia de gatos. Dos metros más allá, el final de mi recorrido de esa mañana, una librería chilena en el corazón del barrio de Schöneberg. Andenbuch, libros de los Andes. Caras conocidas en la vitrina: Neruda, Borges, Miguel Ángel Asturias, Violeta Parra. Y me parece que escucho, a través del repiqueteo de la lluvia, la voz de Carlos Gardel. La tertulia, en la sala del fondo de Andenbuch, está formada por un ingeniero civil chileno, un tenor uruguayo en proceso de retirarse de las tablas y una alemana hispanoparlante, contestataria, bebedora de té caliente. Se podría hacer una broma fácil con lo del "té ruso", pero sospecho que la intelectualidad de este país esta bastante lejos, hoy día, de las posiciones prorrusas o prosoviéticas. Y el caso de Chernobyl ha venido, quizás, a profundizar estas distancias, puesto que existe una sensibilidad muy aguda para los problemas nucleares y ecológicos.

En la noche me explican que se ha producido la tercera muerte de un chileno en el exilio berlinés. De ahí provendría el ambiente de tristeza general, realzada por una lluvia digna de César Vallejo, de los huesos húmeros de César Vallejo. Hubo alrededor de ochenta personas en los funerales, entre chilenos, latinoamericanos y alemanes, y al final de la ceremonia cada uno avanzó hasta la fosa, de acuerdo con las tradiciones del lugar, y le echó un puñado de tierra. La separación fue con llantos y abrazos. El difunto no había cumplido todavía la cincuentena, pero en el último tiempo, según diversos testimonios, estaba alcoholizado. Sufrió un ataque cardiaco en un amanecer de farra. Con acompañamiento, quizás, de Gardel y de Vallejo. Mirando la llovizna por la ventana.

Doblo esa página y me pongo a leer la prensa española. Arcadi Calzada, parlamentario catalán que viajó a Chile, comenta que nuestros métodos oficiales no son demasiado sutiles. Es que nosotros no tenemos nada de gallegos, amigo Calzada. Sólo creemos en los palos y en los peñascazos, y a veces, en lugar de ponernos sutiles, nos ponemos retorcidos. No somos gallegos, y somos, en cambio, como sostenía el inefable doctor Nicolás Palacios, araucanos góticos. ¡qué le vamos a hacer! Piense que el doctor Palacios es uno de los escasos filósofos que hemos producido.