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Somos un país original, de eso no cabe ninguna duda. Creo que nos determina la distancia y la geografía, la loca geografía. Y somos un país aficionado a inventar mitos y a elaborar persistentes leyendas sobre sí mismo. He aquí una de nuestras leyendas: somos la Inglaterra de America del Sur. Ni existe esa Inglaterra, ni somos esa Inglaterra.
Otra leyenda: hemos tenido 150 años de democracia no interrumpida. Esto tampoco es verdad. Tuvimos democracia entre 1938 y 1973. O entre 1932 y 1973. A partir del año 70, el sistema se empezó a deteriorar. En el siglo pasado, entre 1833 y 1891, tuvimos una República conservadora estable, con aspectos predemocráticos. Había cierta división de los poderes del Estado y un mecanismo que impedía la perpetuación en el poder. Además, nuestros jefes de Estado eran personas, en general, discretas, razonables. Le entregaban el poder a otro y partían a su casa a hacer clases de idiomas, o se ganaban la vida como magistrados.
Las leyendas y los mitos del pasado facilitan las invenciones del presente. Ahora, por ejemplo, se pretende dar por ciertas y verdaderas algunas realidades históricas. Todo el pasado anterior al 11 de septiembre de 1973 fue negro. Nuestra llamada democracia fue un caos socialista y comunitario. Todo lo socialista es malo y todo lo no socialista, llámese economía social de mercado, llámese democracia protegida, llámese como se llame, es bueno. Carlos Marx fue un humanoide y Herbert Spencer fue humano y demasiado humano. Podemos agregar un largo etcétera. Nuestros etcéteras están llenos de contenido y nuestras oraciones están vacías. Que entienda el buen entendedor.
Ahora hemos ingresado a un periodo electoral. Los periodos electorales, en nuestra curiosa República, no se proclaman, no se prescriben, pero se respiran y se adivinan. Hemos ingresado a un periodo electoral más extravagante que nuestra geografía. Por ejemplo, el candidato no ha sido proclamado. A pesar de que no ha sido proclamado, se prohíbe presentar otros candidatos. El que vote por él, votará por el bien absoluto. El que no vote por él será un mal chileno y merecerá las penas del infierno. Si se descuida, será relegado. Si se descuida más, será torturado. Si tiene acceso a los medios de comunicación, se dirá que se ha incorporado a la campaña internacional contra Chile. Esto último permitirá que sea procesado por el delito de traición a la Patria.
Dentro de todo, el régimen es vergonzante. No dice prolongación ni
reelección. No puede decir reelección porque nunca ha sido elegido, claro
está. Dice "proyección". Es una palabra delicada. Yo supongo que el jurado del
próximo Premio Nacional de Literatura tendrá en cuenta estas invenciones
verbales.
No hay campaña electoral, no hay elecciones, no es nada de fácil inscribirse, pero hay candidato y hay jefe de la candidatura. El jefe de la candidatura nos dice: "la alternativa es proyección o socialismo". ¡Qué fácil!, pienso. Así, hasta yo saldría elegido. Porque la traducción de esa frase al castellano es la siguiente: la alternativa es el bien, yo, o el mal, la perversidad intrínseca, la destrucción, los otros. A menudo, los otros, los del bando maligno, entienden el discurso oficial al pie de la letra y se enredan en discusiones bizantinas. Pero todo es claro, todo es transparente. Sólo se trata de emplear con justeza el idioma y de traducir. El orden institucional, para que nos entendamos, debió decir que el plebiscito será resuelto por votación en el seno del jurado del Premio Nacional. Pero quiso guardar las apariencias. Está bien que se quieran guardar las apariencias. El hábito hace al monje.