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Una vieja historia

El tema de la reforma agraria, que todos creíamos agotado y archivado, vuelve a salir a flote. Las reacciones públicas me hacen pensar que continuamos anclados en un estado de susceptibilidad, de irritabilidad, de intolerancia francamente delirantes. Si no aprendemos a reflexionar con calma, con sensatez, con un poco de equilibrio y un poco de perspectiva, no llegaremos nunca a conseguir formas de convivencia civilizada. Observo con pesimismo el debate, la virulencia de las declaraciones. Llego a la conclusión de que seguimos gravemente enfermos, de que no nos pondremos de acuerdo nunca. Continuaremos arrinconados, aislados, amargos, violentos, convencidos de que poseemos la razón y de que todo el resto de la humanidad está equivocado. ¡Peligrosos síntomas, inquietante paranoia!

Aunque parezcan extravagantes, extemporáneas, anotaré algunas impresiones personales. En mis tiempos de estudiante, en mi juventud, en la década del cincuenta y del sesenta, existía un consenso más o menos general acerca de la necesidad de una reforma agraria. Los sectores conservadores aceptaban medidas limitadas, una "reforma de los maceteros"; los más izquierdistas exigían un proceso acelerado y profundizado. Es probable que la moderación de los sectores conservadores sólo se contentara, en definitiva, con la nada y la cosa ninguna, y que la impaciencia de la izquierda, unida a sus ilusiones, sólo tuviera fin en la colectivización, en la fantasmagórica colectivización

Sigo, con perdón del sufrido y escéptico lector, con mis anotaciones de observador marginal. Los que teníamos parientes o amigos agricultores, los que habíamos pasado veranos de la infancia en un fundo, los que habíamos asistido de niños a una trilla con yeguas, a una vendimia, a una semana de misiones, teníamos imágenes naturalmente nostálgicas: imágenes de algún viejo caserón, de un parque con nenúfares y con estatuas, de una excursión en carreta hasta la orilla de un río, de una cabalgata entre trigales. Era una forma de cultura, un mundo paternalista, pero el reverso de ese paternalismo era el inquilinaje, la sumisión brutal, el antiguo sistema medieval de los siervos de la gleba, aunque con otro nombre. Pido disculpas a mis excitados y acalorados compatriotas. Recuerdo historias de familias, y creo que no son enteramente ajenas al asunto. Las mujeres del campo les hablaban a las niñas de la casa para que intercedieran ante el patrón. Lo que ocurría era que el amable abuelo, el caballero de las polainas y de las patillas blancas, había ordenado colocar en el cepo al Tomás y al José. ¡Por díscolos! Y el castigo ya se prolongaba demasiado…

La memoria, la sola, honesta memoria, es insolente y subversiva. La memoria está llena de imágenes placenteras, nostálgicas, y de puntos oscuros, de recovecos sórdidos. Y la memoria particular se inserta de algún modo en la memoria colectiva. Por eso la literatura y la historia son importantes. Por eso los países serios escuchan a sus poetas, sus novelistas, sus historiadores, aunque sea un poco tarde, y los países sordos y violentos decaen, se convierten en islotes remotos.

Dentro de la evolución normal de la sociedad chilena, la liquidación del latifundio, que sólo podía ser producida por una reforma agraria, era un proceso inevitable. Si se hubiera sometido a plebiscito en la década del sesenta, habría obtenido mayorías clarísimas. Ahora bien, ¿era posible que ese proceso se cumpliera sin errores, sin excesos, sin desorganizar la producción, sin crear toda clase de heridas y conflictos? Voces autorizadas, tribunicias, nos dicen hoy que la reforma agraria fue un robo a mano armada. Y la repartición de las tierras indígenas, la creación de las encomiendas, origen preciso del latifundio, ¿no fue un robo a mano exactamente armada, armada de arcabuses, mosquetes, hierros imperiales?

No vamos a solucionar nada por medio de frases impresionantes. El sector agrario siempre fue el sector más sensible de cualquier sociedad. Tenemos que tratarlo con pinzas, con calma, con buena voluntad. Tenemos que salir de nuestro estado de guerra civil larvada, paralizadora, que se manifiesta hacia el exterior en una inusitada y constante violencia verbal. Ahora resulta que nuestra democracia moderna fue socialista y no fue, por lo tanto, democracia. El Barrio Alto de Santiago, Vitacura, las mansiones de Reñaca, los edificios de Viña del Mar, eran ocupados por los jerarcas de aquel curioso socialismo. En la Bolsa de Comercio se asignaban acciones estatales a los obreros calificados. La propiedad privada se mantenía en calidad de reliquia, para que nadie dijera… Francia también era socialista, y para qué hablar de Italia y de Alemania. En la Casa Blanca se filtraban tendencias sospechosamente socializantes…

Uno podría definir los rasgos de un discurso paranoico. Pero ya es tiempo de que dejemos los fantasmas y las fantasmagorías a un lado. Hubo un latifundio anacrónico, producto de una vieja historia, y una reforma agraria inevitablemente conflictiva. Ahora se presenta, parece, la posibilidad de acceder a formas de agricultura más modernas. ¿Por qué no admitir en este nuevo esquema a obreros agrícolas mejor pagados y alimentados, con mayor acceso a la educación, a los libros, capaces de consumir en mayor escala los productos de la industria? Por el hecho de atreverme a pensar así, ¿soy un enemigo de la patria, un cómplice de los poderes negros?