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Historia de una cadena

Al final del trimestre de invierno del hemisferio norte, mis alumnos de la Universidad de Chicago tienen que entregarme un ensayo de doce o quince páginas de extensión. Es lo que aquí se llama y empieza a llamarse en casi todas partes, por influencia norteamericana, un "paper". Yo les explico a mis alumnos en qué consiste, en mi opinión, un buen "paper", es decir, un buen ensayo breve. Deben partir con un tema bien definido, delimitado con exactitud, y con ideas claras, y deben desarrollarlas con calma, con respeto de su coherencia interna, sin excesivas digresiones. Para ilustrar el asunto, les cuento una anécdota personal: un fracaso parcial, pero notorio, en un texto mío. El profesor, en estas latitudes, no es un maestro infalible. Tampoco es un "guru". El profesor es una persona que puede equivocarse a veces e incluso muchas veces. No es, ni mucho menos, el propietario exclusivo de la verdad.

Pues bien, en un congreso de escritores celebrado en Brasilia, hace cuatro o cinco años, tuve que leer un texto, un "paper", y comencé por relatar una anécdota que me había tocado vivir, en la década de los sesenta, junto a Pablo Neruda. Neruda me propuso que viajáramos juntos, en su automóvil, a Isla Negra, y yo, ingenuo, sin saber las complicaciones que podía acarrear un viaje con Neruda, acepté feliz de la vida. Después de cruzar el sector de la Estación Mapocho, esto es, mucho antes de salir rumbo al poniente, el poeta decidió bajarse a visitar "un momento" el Mercado Persa. Al cabo de un recorrido que fue largo y que fue historiado y lento, el poeta descubrió una enorme y enmohecida cadena de barco debajo de una mesa. Desde ese preciso instante, resolvió que la vida no tenía el menor sentido sin la posesión de esa cadena. Dio un par de cheques a fecha, porque los gastos del poeta solían ser superiores a los ingresos, y entró en complicados tratos para conseguir que un camionero le transportara la enorme cadena a su casa de Isla Negra. El camionero y su camión aparecieron, en efecto, al día siguiente, y la cadena quedó colocada en el jardín, con uno de sus extremos asomado al barco de madera donde el poeta solía sentarse a la hora de los aperitivos y con el resto caído en la tierra, formando un montón de poderosos eslabones, en un azar más o menos "orientado".

Muchas veces me pregunté por las motivaciones subjetivas, íntimas, misteriosas, que habían llevado al poeta a fijarse en esa cadena y a darse tanto trabajo para instalarla en el jardín de su casa. Aun cuando había abandonado hacía muchísimos años la atmósfera marítima, sumergida, informe ("como cenizas, como mares poblándose"), de Residencia en la tierra, había una parte de su personalidad que seguía anclada en esos territorios. No uso la palabra "anclada" sin intención. Esa formidable cadena del Mercado Persa había servido para lanzar un ancla, para clavarla en los puertos y para levantarla en los comienzos de los largos viajes. El Neruda portuario de los años del Extremo Oriente, el de Rangún y el del barrio de Wallawatta, en Ceylán, el de las despedidas al estilo de "Tango del viudo" y el de las travesías oníricas como la del "Fantasma del buque de carga", con ese objeto tan pesado y tan enigmático en su inutilidad. No lo comprendí muy bien cuando el poeta discutía interminablemente con el camionero y yo estaba impaciente por seguir el viaje a Isla Negra, pero empecé a comprenderlo con el tiempo, con la garúa, con la relectura de la poesía.

En mi intervención en el Congreso de Brasilia, conté la anécdota de la cadena, la interpreté en forma rápida, con la misma impaciencia que me había dominado en esa mañana remota en que la encontramos, y pasé a ocuparme de otros asuntos en apariencia más serios. Después se me acercó un intelectual francés, filósofo y critico estructuralista y me dijo lo siguiente: "La historia de esa cadena había empezado a intrigarme y a interesarme mucho. ¡Por qué la abandonó usted de un modo tan brusco, en la mitad de su exposición!" Me quedé perplejo. "Supongo -le respondí, después de unos segundos de silencio- que porque soy sudamericano, porque no soy filósofo francés". El filósofo sonrió, pero no creo que en su fuero interno me haya disculpado.

Con justa razón, por lo demás. Si me hubiera mantenido en el tema de la cadena sin impacientarme, sin tratar de abarcar demasiado, me habría salido un texto más simple y más eficaz, redondo y sólido como la cadena misma. Una cadena, sobre todo si ha recorrido todos los mares de este mundo, los de los trópicos y los del Cabo de Hornos, no es un objeto cualquiera, y menos cuando la mirada de un poeta la detecta, la separa, la incorpora al conjunto de sus colecciones.

Trató de aplicar la historia de la cadena de Neruda al problema de los "papers" de fines del trimestre, problema que provoca grandes insomnios y angustias, y noté que mis alumnos me miraban con una perplejidad parecida a la que yo demostré frente al filósofo estructuralista. Me dije, sin embargo, que la gente de esta ciudad barrida por la nieve y por vientos glaciales, polares, es astuta, de entendederas rápidas. Pensé que mi experiencia con esa cadena famosa no caería en saco roto.