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La semana pasada, es decir, el año recién pasado, anuncié que reservaría mis impresiones de lectura sobre algunos nuevos narradores chilenos. Lo dije por razones de espacio, pero pienso que ahora podría agregar muchas otras razones. Soy un cronista sin tema fijo, un observador de cosas diversas, un espectador y protagonista ocasional, y no pretendo convertirme a estas alturas en crítico literario ni nada que se le parezca. Echo de menos los tiempos en que la crítica era múltiple y variada, en que nos llegaba desde diversos y opuestos rincones, pero no tengo ninguna posibilidad de remediar esa carencia, ese vacío. Compruebo en todo caso que la vida literaria chilena recupera su densidad lentamente y soy más bien optimista al respecto. Quizás porque mi optimismo es temperamental y vocacional.
Antes de continuar en forma desordenada, no sistemática, con el tema de la última semana de 1991, quiero sugerir una hipótesis. Una literatura no atraviesa con impunidad, sin heridos, muertos y desaparecidos, por un largo periodo de crisis política. Toda crisis política implica censura, simplificación intelectual, polarización, incluso antes de que culmine y de que llegue a la censura por decreto supremo. Este es un asunto que todavía no miramos con entera claridad. No terminamos de entender que las barreras y las prisiones ideológicas conducen inevitablemente a las otras prisiones. La crisis nuestra, que comenzó mucho antes del 11 de septiembre de 1973 y que todavía no termina del todo, produjo un adelgazamiento de nuestra cultura, un receso, una pérdida de su humus natural. Hubo creación y, aún más, hubo una creación vigorosa, más original en alguna medida que la del pasado, pero se hizo desde las catacumbas, o desde el exilio, en situaciones de producción y de comunicación, de transmisión, que por lo menos podemos calificar de malsanas. Los narradores más interesantes de hoy muestran las huellas de esa crisis. Son huellas reveladoras de salud, de vigor creativo. Indican, en las formas siempre equívocas, indirectas, metafóricas de toda literatura auténtica, que la crisis ya se mira desde una distancia, con perspectiva. Por ejemplo, en Vaca sagrada, la última novela de Diamela Eltit, un personaje, Manuel, ha resuelto partir al sur, un sur mítico siempre anotado con mayúscula, y en ese espacio por definición lejano, enigmático, al parecer (los datos que entrega el texto no son evidentes y transparentes), ha sido detenido. En otras palabras, todavía existen la dictadura y la represión, pero no aquí sino en otra parte, en una geografía diferente, que sirve como metáfora de un tiempo diferente.
La escritura de Diamela Eltit, sobre todo en esta última obra suya, es lenta, densa, reiterativa, pero esa lentitud en cierto modo queda reivindicada, salvada, por un ritmo muy seguro. El relato, a través de la repetición con variaciones, donde siempre se avanza un paso y a la vez se profundiza en una situación ya planteada, adquiere un sentido de catarsis y de exorcismo. Hay abundantes imágenes de sangre, pero son ambivalentes: la sangre de la violencia y de la muerte, la sangre de la vida. El narrador femenino posee una opacidad y una densidad pesadas, una especie de estabilidad que podríamos llamar "vacuna", pero dirige sobre las cosas, sobre el espacio circundante, una mirada intensa, en algún aspecto iluminadora. La falta de inteligibilidad completa, al menos para mí, se transforma en un aliciente para continuar la lectura, así como sucede exactamente lo contrario en otros libros recientes: la claridad narrativa, el enredo argumental constante, la locuacidad, desembocan en la perfecta monotonía.
Agregaré otras impresiones personales quizás arbitrarias. El texto de Diamela Eltit, al conseguir cierta autonomía literaria ajena a la simple anécdota, evoca aspectos de la tradición poética chilena. No sé hasta que punto la autora tuvo conciencia de esto. Las imágenes de bandadas de pájaros que revolotean en el sur ("Un atroz manto negro de sombríos presagios cubriendo el cielo de la tarde") derivan de una manera precisa, inconfundible a mi modo de ver, de Los pájaros errantes, de Pedro Prado. Es la misma impresión de misterio, de enigma natural y a la vez proyección de la mente, de masa repentina, movediza, bulliciosa, que se interpone entre la mirada del narrador o del poeta y el espectáculo del crepúsculo. La diferencia consiste en que la versión de Diamela Eltit es menos romántica, menos lírica, más onírica, más "dura". También se podría sostener que el sur de Diamela deriva de los poetas "láricos", de Jorge Teillier, del mismo Neruda, el Neruda que interrumpe su poesía épica, en Canto General, y vuelve la mirada a los espacios de su infancia: "Enfermo en Veracruz, recuerdo un día / del sur, mi tierra, un día de plata / como un rápido pez en el agua del cielo…". Habría que detenerse a analizar, desde luego, la diferencia entre esta prosa con ribetes poéticos y esos viejos poemas.
Podríamos seguir con el comentario de otros libros y tratar de ver si las películas chilenas últimas -La Frontera, La voz- se relacionan de algún modo con este arte narrativo. Yo adelantaría una conjetura más. Sospecho que la nueva creación artística chilena, no sólo la narrativa, tiende a bifurcarse entre producciones algo sentimentales, populistas, dulzonas, y otras más lúcidas, en apariencia más frías, de significados menos transparentes y "traducibles". Textos, como solía decir Enrique Lihn, que "no pueden explicarse por teléfono". Dejé de ser un fanático de la vanguardia hace muchísimos años, pero adhiero a esta segunda línea, sin la menor duda.