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Artefactos verbales

Los escritores sólo servimos para manejar las palabras, para poner una junto a la otra, para inventar artefactos verbales. O servimos sobre todo para eso, y somos, por consiguiente, como siempre se ha dicho, personas más bien inútiles. A veces, desde las instituciones, desde alguna clase de poder, se nos quiere utilizar, y como esto revela que nuestro trabajo "serio", nuestra escritura creativa, no es utilizable, no tiene uso práctico de ninguna especie, reaccionamos con ira. Fui sometido muchas veces a presiones por así decirlo funcionales, me encargaron discursos, cartas de amor o de agravio, necrologías, florilegios, y muy a menudo, por reacción instintiva, traté de tomar venganza. Lo hice, como es natural, con el recurso propio del escritor: introduciendo palabras no deseadas, jugando con los sentidos, colocando aristas o trampas que atentaban contra la armonía del texto. Si las palabras incluso traicionan a los que las ponen, traicionan con mucha mayor razón a los que ordenan ponerlas. La relación del hombre del poder con el hombre del lenguaje, con el artista, es conflictiva por definición. Uno dispone y el otro, al producir esos artefactos, propone, y propone a contrapelo.

Encuentro un ejemplo interesante en Argos el ciego, novela del autor siciliano Gesualdo Bufalino. El narrador es conducido por dos de sus personajes, don Nitto y el honorable Scillieri, a una mesa donde hay una resma de papel blanco, un tintero y una estilográfica de oro. En una mesa vecina, dos guardaespaldas, provistos de un cuchillo de hoja ancha, un "leccasapone" de acuerdo con la jerga de los mafiosos, abren grandes panes de campo y los untan de mermelada. Don Nitto pronuncia un largo y enrevesado discurso. Ocurre que el honorable Scillieri tendrá que firmar un pacto entre los monárquicos y el partido de los Uomini Qualunque, es decir, en traducción libre, el partido de los ciudadanos de a pie. Se trata de regenerar a Italia, ni más ni menos. El escritor, experto en hacerse el sordo o el tonto, pregunta: y yo, ¿qué tengo que ver con todo esto?

Los dos personajes le indican la hoja de papel y la pluma. Le piden que ponga dos o tres conceptos, pero sustanciosos. Sobre la patria, el trabajo, la libertad. Si, sobre todo la libertad. El escritor, profesor de letras, especialista en Homero, en Ovidio, en Leopardi, se resiste, pero la cercanía de los dos comedores de pan con mermelada, y la expresión de profunda tristeza de don Nitto, son más que convincentes. El narrador de la novela, Gesualdo Bufalino en persona, ¿o este Gesualdo Bufalino es una invención más del escritor que obedece al nombre de Gesualdo Bufalino?, se sienta y se pone a escribir. He aquí la frase que cierra el capitulo: "Introduje alguna malicia, el honorable Scillieri se jugó la carrera, yo sigo huyendo".

Yo he huido, también, pero nunca he dicho "de esta agua no beberé". Desafío al amigo lector a demostrarme lo contrario. Gesualdo Bufalino, a todo esto, fue toda su vida profesor de letras en un instituto de Sicilia. Publicó Perorata del apestado, su primera novela, a los sesenta y un años de edad, poco después de jubilarse, y el éxito fue inmediato. Yo acabo de terminar la lectura de Argos el ciego, comienzo Perorata del apestado, pienso seguir con Las mentiras de la noche. Mi curiosidad por Bufalino empezó cuando tropecé en una revista con un conjunto de comentarios, divagaciones, retratos, evocaciones, sobre un viejo libro de fotografías. Dicen que Leonardo Sciascia, coterráneo suyo, leyó esos comentarios y buscó a Bufalino, entusiasmado, para aconsejarle que se dedicara a la literatura. El gesto de Sciascia fue interesante, generoso, pero el consejo me parece absurdo. Si Bufalino era escritor, esto es, artista, manipulador, dominador de la palabra, no tenia más remedio, para su gloria y para su desgracia, que dedicarse a la literatura. Y desde ese momento, iba a tropezar con muchos don Nittos y muchos honorables en su camino. ¿Qué otra cosa le podía ocurrir? Tenía que introducir malicia en sus textos, cosa inevitable, inherente a esos demonios del escritor de que tanto se ha hablado, y tenía que huir, huir para regresar.

Lo curioso es que esos artefactos verbales, esas invenciones, brotan de una realidad densa, calurosa, hermosa, terrible, y a su vez la configuran, le introducen coherencia, la crean. La vida siciliana, al fin y al cabo, no es más que un conjunto de palabras de Lampedusa, de Bufalino, de Sciascia, de muchos otros. De esa textura verbal brotan conversaciones, amores, tragedias, bailes de pueblo, paisajes, músicas, sueños. Argos el ciego, que se subtitula no por simple capricho Los sueños de la memoria, termina con una breve oración.

Escojo un par de fragmentos: "¡Odiable, amable vida! Cruel, misericordiosa. Que caminas, caminas. Y estás ahora entre mis manos: una espada, una naranja, una rosa. Estás, no estás: una nube, un viento, un perfume… Vida, cuanto más languidece tu fuego más lo amo. Gota de miel, no te caigas. Minuto de oro, no te vayas".

Todos lo sabemos y lo sentimos, pero existe una especie particular de personas, por lo demás perfectamente inútiles, con alguna razón sospechosas, que son capaces de ponerlo en palabras.