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La Celestina: un Fausto con faldas

Cuando Cristóbal Colón hacía sus viajes a América, el joven bachiller Fernando de Rojas, estudiante de derecho en Salamanca, escribía La comedia de Calisto y Melibea, obra que pronto, debido a la fuerza arrolladora de su principal personaje, seria conocida como La Celestina. Las dos empresas, la de Colón y la de Rojas, no dejan de estar conectadas de algún modo. Son expresiones diferentes, en la acción y en la reflexión, en la geografía y en la literatura, de un momento particularísimo, de una gran encrucijada histórica. Fernando de Rojas fue el explorador de un nuevo mundo mental; fue uno de los primeros y más decididos introductores de la individualidad, del yo en sus aspectos más complejos, en su conciencia, en su astucia, en sus enigmas, en sus lados oscuros, en la lengua literaria castellana y europea. Comparados con los de la "comedia" de 1499, mejor definida en ediciones posteriores como "tragicomedia", los personajes de la literatura anterior son más simples, más unilaterales, más caricaturescos, más carentes de sombra. Celestina, la vieja de la cuchillada, la trotaconventos, tiene sombras y luces, voluntad férrea y sensualidad, codicia y a la vez una curiosa simpatía, pasión y humor.

La crítica tradicional insistió en analizarla como encarnación del mal. Yo pienso que la vieja barbuda es más irónica que maligna, menos perversa de lo que se pensó siempre y más socarrona, con una vertiente incluso amable en su personalidad. Su trabajo consiste en facilitar los encuentros de las parejas ilícitas, pero esa ilicitud no es natural y ella parece saberlo muy bien: es una ilicitud institucional, heredera del pasado, represiva, y que ya se encuentra en plena crisis. Su condición de mujer sola, anciana, marginal, la obliga a ganarse la vida en esa forma y a actuar siempre a la defensiva, sin dar tregua y sin hacerse ilusiones. Su pragmatismo implacable, hijo de la necesidad, fue probablemente aprendido por el joven Fernando de Rojas en la escuela de su familia judía.

Lo más extraordinario del personaje, sin embargo, aparte de las virtudes y los defectos ya mencionados, es su increíble energía. Es una energía descrita desde la interioridad, que se desarrolla en forma autónoma, libre, imprevisible. La vieja trota sin descanso por esas calles mal empedradas, habla sola, prepara sus movidas, saluda a gritos, se ríe, recuerda su juventud, obtiene placeres crepusculares con el espectáculo de los amores ajenos ("porque me hacéis dentera con vuestro besar y retozar. Que aun el sabor en las encías me quedó; no le perdí con las muelas…"). A pesar de su "frialdad" moderna, actitud impuesta por las circunstancias, es nostálgica del pasado, como lo será en grado extremo, enloquecedor, su lejano pariente don Quijote. "Perdidas son las mercedes, las magnificencias, los actos nobles", declara Celestina en esos curiosos diálogos que se acercan, más bien, al monólogo interior, ya que los interlocutores se encuentran en niveles de conciencia mucho más bajos y elementales. Si don Quijote, un siglo más tarde, perderá el seso, ella, para salvarse, escogerá la cuerda y fría codicia: "A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo". Y entraron en juego, aquí, una ironía de segundo grado: la codicia de Celestina, aparentemente protectora, provocará su muerte.

Celestina es bruja y tiene tratos con el demonio. El texto lo dice con la mayor claridad y con insistencia. Pero la naturaleza de ese pacto con las fuerzas oscuras no es medieval. Es, por el contrario, sorprendentemente moderna. El demonio de la tragicomedia es una de las formas del poder. La Celestina es un Fausto con faldas. Vive muy cerca de las fuerzas demoníacas. Pacta con el demonio para desatar las fuerzas encadenadas del erotismo, para dar libre curso al arte de amar, y para obtener ella, en pago de estos esfuerzos, salud, diversión, dinero. Ella, antes que Goethe, habría podido sostener que del mal que se proponía realizar en esta tierra, en su condición de representante del diablo, siempre resultaría algún bien para los seres humanos. Fernando de Rojas, renacentista, puede ser un precursor de todo el mundo, incluso de Goethe.

Una observación final: ¡qué maravilloso lenguaje el de este libro, qué dinamismo, qué expresión verbal más rica y más libre de esa energía desatada y a la vez dirigida que caracteriza al personaje! "En suma, el estilo…es el diablo", escribía Paul Valéry en Mon Faust. Valéry hacia un Fausto reflexivo, francés, sucesor directo de Descartes y del Discurso del método. Un Fausto cartesiano, sin embargo, es una contradicción, un sin sentido. No cabe duda, al menos en la literatura moderna: el diablo, el elemento maligno, demoníaco, es una fuerza esencial del estilo contemporáneo. Quizás empezó a serlo desde que el bachiller Fernando de Rojas, en el tiempo de los viajes a América de Cristóbal Colón, se puso a escribir su Tragicomedia de Calisto y Melibea. Tragicomedia de una vieja peligrosa que se pone a jugar con el destino de dos jóvenes, dos inocentes, dos habitantes del paraíso anterior al pecado original. En los tiempos de Colón, nuestro mundo tenía una diversidad y una complejidad de sentidos. Ahora también, para bien y para mal.