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La poesía y el cuento

Un columnista le recomienda a los políticos que lean poesía. No les recomienda poesía fácil. Les aconseja leer el Réquiem de Díaz-Casanueva, Venus en el pudridero de Eduardo Anguita, Residencia en la tierra de Pablo Neruda. El lenguaje de la poesía es la antípoda casi exacta del lenguaje de los políticos: es una palabra que se encierra en si misma, que se transforma y hace su propia crítica, que no pretende producir efectos en la realidad exterior. Y es así, sobre todo, en el caso de los libros citados. Si los políticos, en un extraño caso de conversión colectiva, se pusieran a leer esos libros, creaciones densas y extremas de nuestro mundo chileno, tendrían que hacer una pausa en sus agitados trajines, darse un respiro, tomar una distancia. No les haría ningún daño, desde luego. Un viejo cronista y ocasional poeta brasileño, Rubem Braga, había inventado una sección en una revista de Río de Janeiro. Título de la sección: "La poesía es necesaria. La poesía es, en apariencia, la cosa más innecesaria del mundo, y es, sin embargo, porque las apariencias engañan, porque los extremos se tocan, un artículo de primera, de primerísima necesidad. Lo serio del asunto es que si una persona no comprende esta necesidad, sufre de una limitación que a su vez no comprende.

Si la poesía es necesaria, y aquí intervengo en calidad de abogado de mi propia causa, intentaré demostrar que la prosa narrativa, la novela, el cuento, también lo son. Empecé a escribir poesía en mi adolescencia, tuve un par de lectores admirativos en un patio de colegio, y después pasé a la prosa y descubrí el género del cuento. Publiqué mi primera colección de cuentos, El patio, en 1952, cuando todavía no había cumplido los 21 años de edad, y ahora, nada menos que cuarenta años después, he reincidido en el género con entusiasmo y con desvergüenza, sin reservas y sin prejuicios. Los editores, los agentes literarios, la gente del mundo de los libros, suelen ejercer alguna forma de presión sobre los autores para que escriban novelas en lugar de relatos breves. La novela es la forma moderna por excelencia de la expresión literaria. El cuento, que en esto se parece a la poesía, es una forma mucho más antigua. A diferencia de la poesía, en cambio, es un género que suele ser menospreciado, considerado subalterno, menor y para lectores menores, para niños.

Aquí intervienen elementos extremadamente sutiles. El origen del cuento parece encontrarse en la tradición oral y popular. El género exige ingenuidad, capacidad de asombro, de juego, de transformación rápida, inesperada, sorpresiva. Es una forma literaria relacionada con la infancia de los hombres y con la infancia del mundo. Precisamente ahí, en esos factores lúdicos e infantiles, reside el secreto de su necesidad. Cuando los seres humanos dejan de jugar, de conservar al niño que llevan adentro, perecen bajo toneladas de gravedad, de pomposidad, de tontería. Esto es algo que los políticos, precisamente, arropados en sus discursos, en sus ceremonias, en sus escenarios grises, no deberían olvidar nunca. Si leyeran más poesía y más cuentos, más palabras en apariencia inútiles y más historias en apariencia mentirosas, nos mentirían mucho menos. No sería tan fácil que se produjeran los hechos bochornosos y tontos que se han producido hace poco en la política criolla.

En alguna medida, la apuesta del escritor en el cuento es más arriesgada que la del novelista. La novela puede tener algunos baches, algunas digresiones más o menos inútiles, páginas más flojas que otras. En el cuento, como en la buena poesía, cada palabra y cada silencio, cada signo de puntuación, desempeñan una función completamente irremplazable. Es la marca de los orígenes, la huella de la oralidad de los primeros tiempos. Se ha dicho que el cuento, con su precisión, con su tensión, con su ritmo sostenido, es una lucha contra la muerte. Se ha dicho que esta obligado a ganar por knock out, así como la novela puede permitirse ganar sólo por puntos. Eso de la lucha contra la muerte tuvo una expresión muy concreta en el caso de Scheherazada, del sultán y de Las Mil y Una Noches. El sultán hacia degollar a la mañana siguiente a sus compañeras nocturnas de cama. Cada cuento de Scheherazada le permitía postergar el suplicio durante 24 horas. Si flaqueaba una sola mañana, si contaba una historia aburrida, perdía la cabeza. Los buenos cuentos mantuvieron a raya a la muerte y a la cimitarra del verdugo.

Reivindico, pues, el género, a pesar del predominio comercial, crítico, institucional, de la novela, y reincido en él sin complejos. Hace cuarenta años, el escenario unificador eran los patios de colegio y los patios de la infancia. El tema central, ahora, son las apariciones y desapariciones, las manifestaciones del Eterno Femenino, convertidas en fantasmas, fantasmas de carne y hueso, naturalmente. El Eterno Femenino que nos sostiene, nos ilumina, nos lleva hacia adelante, como decía el maestro Goethe. Cosas del tiempo, fantasías de la edad. Memoria tramposa que juega con el pasado y lo convierte en historia ficticia, historias, cuentos. Me permito completar el atinado consejo del columnista mencionado en las primeras líneas: que los políticos profesionales lean poesía y que también lean cuentos. Los políticos, y también los futbolistas, los empresarios, los obreros. Un país que lee siempre anda mejor, aunque algunos no lo crean. Una persona que sabe leer cosas inútiles suele enfocar con más claridad, con menos confusión, con un sentido más fino del largo plazo, las cosas útiles. Por lo demás, el juego narrativo, la fantasía, la poesía, no son menos necesarios que el pan. Son verdades que ya se saben hace mucho tiempo y que a menudo, sin embargo, se olvidan.