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Reivindicación de Juan Emar

He dedicado una de mis clases en la Universidad de Georgetown a comentar un cuento de Juan Emar y otro de Felisberto Hernández. No todos los lectores han escuchado hablar, me imagino, de Juan Emar y de Felisberto Hernández. La memoria de Felisberto, sin embargo, junto con el nombre de José Lezama Lima, fueron reivindicados hace ya más de veinte años por Julio Cortázar. Juan Emar, en cambio, que tuvo la desgracia o el inconveniente de ser escritor chileno, no ha sido reivindicado por nadie o por casi nadie. Es cierto que Neruda le dedicó una página amable, pero en esa página se adivinaba más simpatía amistosa que verdadera admiración literaria. Y Vicente Huidobro, otro de los grandes amigos de Juan Emar (el seudónimo era una chilenización de la expresión francesa j'en ai marre, vale decir, "tengo lata, estoy deprimido"), estaba siempre muy atento frente a su propia persona y era más bien distraído con respecto a las personas que lo rodeaban.

Juan Emar es el seudónimo de Álvaro Yáñez o Pilo Yáñez, uno de los hijos del famoso don Eleodoro, fundador de periódicos, parlamentario, ministro de Estado y candidato eterno a la Presidencia de la República. Sospecho que Álvaro, Pilo, siempre padeció del síndrome de los hijos de padres con estatuas o con nombres de calles. Perteneció a la generación latinoamericana de la vanguardia, del París de entre las dos guerras, de la bohemia desatada y de la extravagancia en grande. ¿Cómo serian las reuniones y las conversaciones, en un café de la Place Blanche o en el Regence de Montparnasse, entre Pilo Yáñez y contertulios como Vicente Huidobro, Camilo y Maruja Mori, Acario Cotapos y el pintor Ortiz de Zárate, Lucho Vargas Rozas y Henriette Petit, César Vallejo, Juan Gris y Alberto Rojas Jiménez, quien ahora sólo es conocido por la elegía fúnebre que le dedicó Neruda, y que éste siempre describía como hundido en el humo del Regence, trasnochado y mal vestido, "un príncipe de la Bohemia"?

Mis alumnos leyeron con atención "El pájaro verde", cuento de Juan Emar, y "El balcón", de Felisberto Hernández. El uruguayo Hernández, desconocido en vida, pianista de cafés y de salas de cine mudo, está lleno de prestigio póstumo. Pronto se le dedicará un importante homenaje en la ciudad de Washington. Juan Emar, a pesar de algunos intentos más bien tímidos de reflotar su obra, está hundido en el más negro de los túneles. No sabemos si su obra conseguirá ver la luz del final, o si se quedará en la mitad del camino en condición de esqueleto. Sin embargo, el texto que leímos en clase tiene humor ácido, tiene una poderosa fantasía, tiene un ritmo seguro, y de pronto, por alguno de sus lados, un aire antiguo, casi mítico. Ese loro, el pájaro verde, anunciado por un cantante de tango del barrio de Montmartre, viene de muy lejos. Nació el 5 de mayo de 1821, ¡día de la muerte de Napoleón Bonaparte!, y murió el 16 de agosto de 1906, día del no menos legendario, al menos para la conciencia chilena, terremoto de Valparaiso. Después se transformó en loro embalsamado, como el célebre pajarraco de Un corazón sencillo de Gustave Flaubert, y sus hazañas, grotescas, violentas, insólitas, sólo comenzaron entonces.

Le pedí a mis alumnos -norteamericanos, españoles, latinoamericanos-, que expresaran sus preferencias, y tengo que decir que el cuento de Juan Emar ganó la votación por amplia mayoría. Esto no significa nada en contra de Felisberto, desde luego. Su escritura es de ritmo más lento; es más elaborada, más difícil. Personalmente, prefería "El balcón" en las primeras lecturas, y en las relecturas anteriores a la clase me quedé perplejo. El texto de Juan Emar tiene un desarrollo creciente, absolutamente seguro, y una coherencia interna extremadamente sólida. El momento en que ese loro embalsamado despliega sus alas, transformado en ángel exterminador, me parecía brusco antes y ahora me parece, quizás precisamente a causa de su brusquedad, del vuelco sorprendente que introduce en el relato, uno de los instantes mejores de nuestra narrativa contemporánea. Es un loro vengador, un loro humanizado y a la vez demoníaco, un ave fénix que resurge de sus cenizas, de sus plumas apolilladas y embalsamadas, de sus ojos de cristal que en París contemplaban un retrato de Baudelaire y que en Chile, ¡como corresponde!, contemplan un busto de Arturo Prat, el héroe de la batalla naval de Iquique. Tenemos escritores, me digo, pero nuestro espíritu crítico es acomplejado, provinciano, sumiso. La consagración externa, hecha por los otros, es lo único que nos convence. El culto abrumador a Neruda, como el culto secundario a Gabriela Mistral, es una expresión inequívoca de estos complejos. El Neruda vivo, el que fue amigo de Pilo Yáñez y de Rojas Jiménez, y la Mistral auténtica, la escritora errante y algo amarga de "País de la ausencia…", desaparecen agobiados debajo de los discursos y las estatuas. Empiezan a parecerse al tío José Pedro del cuento y al mismísimo don Eleodoro, y es por eso que el pájaro vengador y purificador de Juan Emar que nosotros ignoramos en forma obstinada es una necesidad esencial de la vida chilena.