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Una noche de septiembre o de octubre del año 62 llegué al departamento de Mario Vargas Llosa en la rue de Tournon, en el Barrio Latino de Paris. Había mucha gente sentada de cualquier manera, incluso en el suelo, y mucho humo y ruido. Recuerdo a Joan Petit, que era el asesor, el informante, el hombre de confianza de la editorial Seix Barral; al entonces joven Carlos Barral, que se hallaba en vísperas de convertirse en el editor de los escritores del "boom" latinoamericano, y a un muchacho delgado, acuclillado, pálido que decía cosas contradictoriamente serias y cómicas, que hablaba del barroco, de cuadros que analizaba todos los días en el Louvre, y que contaba, con acento de campesino cubano, los chistes corrosivos que ya habían empezado a circular en La Habana revolucionaria. Eran tiempos de fervores castristas, sobre todo después de la invasión de Bahía Cochinos, y ahora no recuerdo si la crisis de octubre, la de los misiles nucleares, ya se había producido o estaba a punto de producirse.
La presencia de ese muchacho que había salido de Cuba con una beca Y que parecía perfectamente decidido a quedarse en París no calzaba del todo con ese ambiente; era una contradicción y, quizás, más que eso, un síntoma. ¿Por qué esos adherentes tan fervorosos a la Revolución, esos viajeros constantes a La Habana, esos firmantes de manifiestos solidarios, admitían en su grupo a una persona que no decía una palabra en serio de política, pero que era, con toda evidencia un disidente silencioso? El asunto siempre me hizo pensar. Quizás ese fervor por la Revolución no era tan claro, tan compacto, como parecía a primera vista. Y quizás el desenfado, el tono de broma, el barroquismo que empleaba en su conversación, y que también empleaba en sus escritos, el becario recién aterrizado, era una defensa sutil, una manera de insertarse en esos ambientes y de colocar, a la vez, el tema del marxismo-leninismo entre paréntesis.
Después supe que el joven emigrado se llamaba Severo Sarduy, que era
novelista y poeta y que se había incorporado con facilidad y con entusiasmo
a los sectores de la vanguardia de aquellos años, los de Roland Barthes,
Phillipe Sollers y la revista Tel Quel. Era la aventura intelectual del estructuralismo, de un formalismo diferente, de la nueva novela, de una teoría
literaria que podía ser apasionante por si misma y que colindaba con los
terrenos de la filosofía, del psicoanálisis, de los nuevos descubrimientos de la
lingüística. Teoría apasionante y en algún aspecto peligrosa. En sus últimos
escritos, Roland Barthes haría serias advertencias contra el peligro de hacer
literatura basada exclusivamente en la teoría, con olvido de la gracia, de la
libertad, de los factores imponderables que constituyen un estilo. En buenas
cuentas, se podía elaborar una teoría, e incluso una bella teoría, a partir de
novelas y de poemas, pero no se podía escribir esos poemas y esas novelas sólo
con teorías.
Severo Sarduy fue un latinoamericano fascinado con Europa y con la más refinada especulación intelectual europea, pero, al mismo tiempo, a pesar de un exilio que consideraba definitivo, no dejó nunca, por su lenguaje, por su chispa criolla, por su nostalgia, de ser el más auténtico de los cubanos. Fue víctima de todos los dogmatismos y de todos los puritanismos, de la soberbia ideológica, del desprecio de los comisarios y de los inquisidores, y tengo la impresión de que al final, de alguna manera, a fuerza de esa mezcla de humor y de obstinación que lo caracterizaba, había conseguido imponerse. Era, en este aspecto, un hombre débil y fuerte, consciente de pertenecer a la línea literaria de José Lezama Lima y a la hermandad de Reinaldo Arenas, con algo de actor, algo de bufón, algo de "travesti" y algo de monje budista, sin excluir ingredientes que venían de los barrios populares habaneros y de la santería.
Lo encontré a lo largo de estos últimos treinta años en diversos lugares y circunstancias: en Tenerife, en un boliche de la rue des Canettes de Paris, en el Zócalo y en el edificio de Bellas Artes de México, en un congreso de novelistas que se realizaba en un improbable lugar de la ciudad de Brasilia. La vida literaria y la historia de su país lo habían obligado, no sé si a pesar suyo, a convertirse en un cosmopolita, y a mí, por lo menos en aquellos tiempos, me sucedía algo parecido. Un día me dijo que habíamos escrito el mismo libro y en el mismo año, sin darnos cuenta, y después supe que se refería a un ensayo suyo sobre el barroco y a mi novela El museo de cera, donde él encontraba una expresión literaria del "trompe l’oeil", esa forma de pintura, barroca por excelencia, que engaña al espectador simulando espacios, objetos, personajes.
Se podría sostener que Severo Sarduy fue un buen ejemplo del escritor libre frente a la teoría, fascinado por ella, pero nunca dominado. Sus textos son lentos, refinados, rítmicos, ajenos a toda tradición o toda preocupación realista. Veo que Vargas Llosa, el dueño de esa habitación llena de humo donde lo conocí, ha escrito una nota afectuosa, pero donde declara que no era un gran entusiasta de su obra. Sé que el afecto y la falta de entusiasmo literario eran recíprocos. Sarduy, de un modo un tanto injusto, decía que en la literatura de Vargas Llosa no había exploración ni invención verbal.
En sus años finales, Sarduy vivió aterrado por el Sida, lo que él llamaba "la epidemia", que se llevaba a un amigo suyo detrás del otro. Cuando supo que lo había contraído, se retiró de la circulación, pero no dejó, según me cuentan, de hacer sus feroces bromas. Bromas melancólicas, me imagino, como corresponde a un personaje que amaba intensamente la vida en todas sus expresiones, en el arte, en la arquitectura, en la literatura, en la música popular y en los "frescos racimos" de que hablaba Rubén Darío, aun cuando se tratara, en la afición suya, de racimos disfrazados, pintarrajeados, engañosos. ¡Pobre Severo! Concuerdo con el rápido retrato que hizo Vargas Llosa en la prensa de Madrid en que era un hombre bueno, generoso. Un intelectual honesto, agregaría yo, que nunca quiso comulgar con ruedas de carreta, que se conocía a sí mismo y porque sabía que carecía de toda vocación para entrar en trifulcas políticas. Fue a Cuba a visitar a su madre moribunda, gracias a la intervención de García Márquez ante el propio Fidel Castro, y regresó sin decir nada, o casi nada. Ahora, después de su muerte de hace pocas semanas, en Paris, víctima de "la epidemia", ese silencio político de casi 34 años, unido a una obra poética y narrativa que va a crecer, es más elocuente que muchos discursos y muchas polémicas.