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El viento negro de Valparaíso

Desde España me piden que escoja una ciudad, que escriba sobre cualquier ciudad. Pienso por un momento en Venecia, en Barcelona, en Río le Janeiro, y al final me quedo con Valparaíso. Aunque soy santiaguino por casi todos los costados, tengo recuerdos personales y familiares y conozco algo de la memoria colectiva de Valparaiso. La memoria colectiva y la invención literaria. Hay un Valparaíso de Edgar Allan Poe, que nunca anduvo por estos lados, y otro de Melville, que dejó un testimonio de Lima y que probablemente bajó hasta la costa chilena. Joseph Conrad menciona a Valparaíso en Nostromo su artefacto latinoamericano, y Pierre Loti paró en el puerto antes de seguir viaje a la Polinesia francesa. "El viento negro de Valparaíso" es un verso de Pablo Neruda. Valparaíso ha sido la ciudad del viento, la ciudad de las colinas, la ciudad de los fantasmas, el puerto de la nostalgia. Nous irons a Valparaisó… cantaba una vieja canción francesa. Hay bares con este nombre en Toulon, en barrios populares de París, en el Pireo, en San Francisco, en los sitios más inesperados y remotos. No sólo es la música del nombre. Recuerdo una fotografía de tiempos anteriores a la apertura del canal de Panamá: se divisa una verdadera selva de mástiles frente a los almacenes portuarios. Aquellos barcos se aprestaban a partir en busca del oro de California o de los tesoros escondidos en el océano Pacífico. En la repartición del botín, Chile consiguió quedarse con la isla de Pascua, "el ombligo del mar grande…"

Siento que la memoria histórica de Valparaíso es accidentada, sobresaltada: el bombardeo de la escuadra española de Méndez Núñez en 1866, el final de la guerra civil de 1891, el terremoto de 1906. Después de la derrota de las tropas de Balmaceda en la Placilla, detrás de los cerros del puerto, en esas tierras rojas, erosionadas, hubo actos de violencia y de brutalidad terribles. El general Orozimbo Barbosa fue matado a lanzazos, su cuerpo desnudo, ferozmente mutilado, fue expuesto después en el llamado "camino de cintura", sentado en una silla de paja. Goya, con sus desastres de la guerra, no andaba tan lejos. Los jefes políticos, que recibían las noticias de la batalla desde el edificio de la Intendencia, se subieron apresuradamente a los botes del muelle número uno, "la poza", y alcanzaron a refugiarse en un barco alemán. El botero que llevó a Claudio Vicuña, el candidato a la sucesión presidencial, y al ministro Julio Bañados Espinoza, no pudo acercarse después a la orilla. Las turbas antibalmacedistas lo habrían linchado. No le quedó más remedio que subir también al barco alemán y desembarcar en el Callao. Durante más de veinte años ejerció su oficio en el Perú. Don Claudio, de paso por Lima, conoció su historia y le dio un poco de dinero para que regresara a Chile. ¡Desastres de la guerra!

Alguna vez he utilizado en la novela historias de familia del gran terremoto de 1906. Uno de mis parientes cercanos nació en la plaza Victoria, cuando mi familia materna dormía a la intemperie para evitar que los muros, en cualquier remezón nuevo, se le cayeran encima. El episodio servía para explicar su carácter, sus costumbres "terremoteadas". El personaje murió en su ley en los años cincuenta o a comienzos de los sesenta, de cirrosis al hígado. En esos mismos años, o quizás poco antes, el puerto fue asolado por una implacable epidemia de tifus exantemático. Las crónicas de Joaquín Edwards Bello, el gran "inútil" de mi rama paterna, describían los ataúdes en unos amaneceres lúgubres, en las puertas de las casas de la calle Esmeralda o del barrio del Almendral. En todas sus primeras novelas, que en cada edición cambiaban de título, Joaquín acuñó una imagen de cerros escarpados y escalinatas, de viento, de aventureros y bandidos, de señoras pálidas, románticas, que de cuando en cuando tenían lo que se llamaba "la luna".

Hay otros Valparaísos, desde luego. Hay muchos Valparaísos. Existen los barrios portuarios, prostibularios, el sector de los bancos, de las empresas navieras, de las grandes casas comerciales de nombres ingleses; la caleta de pescadores; las antiguas quintas señoriales del sector de La Zorra, donde hace veinte años todavía se tomaba five o'clock tea, se jugaba al cricket y se comía cordero con salsa de menta. Subí con el dramaturgo británico J.B. Priestley y con su esposa Jacquetta Hawks, en el remoto año 1957, a una de esas quintas, la del señor Kenrick. El camino serpenteaba entre barrios miserables, entre perros vagos y caballos flacos, entre casas de latón suspendidas encima del vacío, y desembocó de pronto en un parque señorial protegido por enormes rejas. Priestley se encogió y respiró hondo. "Escucho los tam tams de la Revolución", dijo. Y la verdad es que se escuchaban, empezaban a escucharse en todo el continente.

Hemos penetrado en el túnel interminable, amenizado por guitarristas ciegos, y hemos subido en el insólito y rechinante ascensor del cerro Polanco. Hemos gastado tardes enteras, a lo largo de los años, en los paseos del cerro Alegre, del cerro Cordillera, del cerro Concepción. Recuerdo a un viejo marino blanco de canas, con los ojos azules extraviados, con el uniforme de la marina inglesa roto, un personaje de Coleridge, o quizás de Walter Scott. Hacia comienzos de la década del sesenta celebrábamos el Año Nuevo en las terrazas de La Sebastiana, la casa de Neruda en uno de aquellos cerros. A las doce en punto de la noche, los barcos iluminados, engalanados, hacían girar sus reflectores, activaban todas sus sirenas, y los fuegos de artificio partían desde los muelles y desde el centro de la bahía. Era y es todavía un espectáculo único. Ahora, cerca de los edificios victorianos deteriorados y a veces restaurados, suelen intervenir visiones inesperadamente modernas: hileras de camiones frigoríficos, grúas computarizadas, barcos japoneses o escandinavos que cargan, en un ambiente de actividad febril, las exportaciones de frutas de la zona central. No está mal observar la faena, durante la temporada, desde los comedores elevados del Bote Salvavidas. Las aguas aceitosas se ven continuamente alteradas por el paso de motores, por el vuelo de las gaviotas, por el aleteo pesado de los pelícanos.

Creíamos que la ciudad estaba condenada, destinada a morir bajo su viento negro, y de repente comprobamos que resucita. Alguien me dice que el Bar Inglés de la calle Cochrane todavía existe, con su barra de bronce y de madera, y que la gente todavía vocifera y juega a los dados en medio de la espuma de los pisco sauers. No sé si se mantiene el lema del antiguo American Bar: ¡su casa! Muchos creen que si. ¡Vámonos, entonces, como anunciaba la canción francesa, a Valparaíso!