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Pelo largo

El director del Colegio Terranova, que está ubicado, me dicen, en la comuna otrora moderna y progresista de La Reina, acaba de expulsar a Franco Fernández, alumno de primer año medio, por no acatar una orden de cortarse el pelo. Según el señor Daniel Millas, el director, el joven Fernández infringió las normas de "presentación personal" que rigen en su establecimiento. El Ministerio de Educación tuvo que intervenir para que el alumno pudiera rendir sus exámenes de fin de curso, pero sólo se le permitió entrar en el momento de ser llamado por los examinadores. Vale decir, debió esperar en la calle, a la intemperie, expuesto al sol y a la curiosidad de los transeúntes y de los perros vagos, puesto que su mal ejemplo, a juicio del concienzudo director, podía contaminar al resto de los estudiantes. El joven ha sido defendido con energía y entereza por su padre, Jorge Fernández, que teme que dos hijas suyas que estudian en el mismo lugar también sean hostilizadas, y ha conseguido que otros padres de alumnos hagan causa común con él, pero el director, según mis informaciones se mantiene firme en su posición. ¡Los melenudos tendrán que pasar por encima de su cadáver antes de ingresar al Colegio Terranova!

Estas historias de melenas y de cortes de pelo son antiguas, más antiguas, quizás, de lo que el señor Millas se imagina, y me propongo dar algunos datos parciales. Podrán servir para los cursos de historia contemporánea de ése y de otros establecimientos. En vísperas de las Olimpiadas de fines de la década del treinta, en Berlín, las autoridades nazis publicaron detalladas instrucciones acerca de la conducta, la vestimenta y el corte de pelo que debían tener las delegaciones participantes. Toda transgresión de estas normas significaba la exclusión del torneo y podía acarrear, en el caso de los ciudadanos alemanes, consecuencias aún mas graves. Esas Olimpiadas se hicieron célebres porque Jesse Owens, atleta norteamericano de raza negra, ganó una de las carreras, me parece que la de cien metros, y Hitler, indignado por esta derrota deportiva de los arios puros, se negó a darle la mano y a felicitarlo.

En octubre del año 70 llegué a la ciudad de Asunción, capital de Paraguay, enviado por el entonces Ministro de Relaciones Gabriel Valdés, en mi doble condición de funcionario diplomático y de escritor, a inaugurar una exposición del libro chileno. En el avión me había encontrado con algunos compatriotas que huían del allendismo -Salvador Allende acababa de ganar las elecciones y todavía no asumía el mando- para colocarse bajo el alero protector de la dictadura del general Stroessner. En Asunción me encontré con el gran novelista Augusto Roa Bastos, que visitaba el Paraguay después (de largos años de exilio, y con un grupo de jóvenes poetas, cineastas, pintores, que nos seguían a todos lados. Eran, en su mayoría, jóvenes talentosos, ávidos de recibir noticias del mundo, y que usaban largas y desordenadas melenas. Pues bien, al segundo o tercer día entré a una sala a dar una conferencia y me encontré, sorprendido, con el siguiente espectáculo: en la primera fila el Ministro de Justicia, a quien el general Stroessner había dado instrucciones precisas de asistir a mis charlas, bien vestido y con un corte de pelo regular; en las filas posteriores, los jóvenes artistas del primer día, en pleno, pero pelados al rape, con las cabezas brillantes como bola de billar. Después me contaron que los había detenido la policía en la calle y los había llevado a una comisaría para rasurarles hasta el último pelo. En el Paraguay del general Stroessner tampoco se admitían melenudos.

Regresé de Asunción a Lima, donde ejercía el cargo de consejero de la embajada chilena, y a los dos meses tuve que hacer de nuevo mis maletas y viajar a Cuba para abrir la misión diplomática de Chile en La Habana. A los pocos días empecé a notar la presencia constante y multiplicada de jóvenes vestidos con el mismo traje gris y que usaban el mismo pelo muy corto. Pronto me contaron historias de melenudos detenidos en las calles y sometidos al corte de pelo obligatorio. Cuando la condición del melenudo coincidía con la de homosexual, las consecuencias podían ser mucho más graves. Éstos solían ser enviados a las llamadas UMAP, Unidades Militarizadas de Ayuda a la Protección. Después me dijeron, y ahora lo repito, para ser justo, que las UMAP, verdaderos campos de trabajo forzado, fueron abolidas más adelante. Hubo, en todo caso, un periodo de intensa persecución de homosexuales y otros sujetos indeseables. Se consideraba en aquellos años que las melenas eran eminentemente sospechosas. "¿El uso de melena", le preguntó un periodista a Raúl Castro, hermano de Fidel y responsable de las Fuerzas Armadas de la isla, "demuestra que la persona es homosexual?". "No lo demuestra", respondió Raúl, "pero lo que si sabemos es que todos los homosexuales usan melena". Curiosa afirmación, buena muestra de la lógica delirante de las dictaduras. Nosotros hemos conocido estos lenguajes y estamos bien preparados para detectarlos e interpretarlos.

No sé si he conseguido convencer al señor Millas. Si en los cursos de historia estudiáramos bien los fascismos y os totalitarismos contemporáneos, no repetiríamos sus errores con tanta facilidad. En cuanto al joven Franco Fernández, me gustaría darle ánimo. Ha hecho bien en resistir la orden autoritaria y en quedarse a la intemperie, expuesto a la canícula y a la maledicencia. El uso del pelo corto o largo pertenece al dominio sagrado de los derechos individuales y hay que defenderlo contra viento y marea, digan lo que digan. Es probable que descubra al cabo de los años que el pelo más bien corto, sobre todo en pleno verano, es más fresco y más cómodo, pero la decisión le pertenece en forma exclusiva, forma parte de su libertad inalienable y de la de todos nosotros.

Los clásicos del verano

Los clásicos, escribe Ítalo Calvino, son esos libros de los cuales la gente dice que los "está releyendo" y nunca que los "está leyendo". ¿Por qué? Porque la gente se avergüenza de confesar que no ha leído la Divina Comedia, el Quijote, la Odisea. Sin embargo, prosigue Calvino, que se ha convertido, él mismo, en un clásico del siglo XX, es imposible haber leído todas las obras clásicas de la literatura universal. Si no, que levante la mano el que conozca todo Heródoto, todo Tucídides. O el que haya leído, agrego yo, la totalidad de la obra de Cervantes, de Quevedo, de Benito Pérez Galdós, de Balzac y Stendhal.

Pongámonos, entonces, con desparpajo, sin el menor complejo, a leer a clásicos y modernos, según la tendencia de la hora o de la semana: un día una novela del género negro, otro, una prosa de Cicerón, o de Baltasar Gracián, o de Roland Barthes. ¿Por que no? Convertimos la lectura, la cultura, el goce estético, en un asunto de fachada, y por lo tanto de simulación, de hipocresía, y destruimos la fuente del placer, de la diversión, del autentico aprendizaje. Reconozco, por ejemplo, que sólo leí el Quijote con gusto, con atención, sin perder una sola línea, hace pocos años, en Barcelona. En mi adolescencia lo había recorrido por obligación y sin mayor provecho, incluso, tengo que admitirlo, con escasa simpatía. En Barcelona, después de la presentación de una edición de bolsillo, cené con amigos alegremente, me fui a la casa y se me ocurrió comenzar a leer la segunda parte. Descubrí, encantado, que era la más fantasiosa, la más juguetona, la más imaginativa. La terminé y entré de inmediato en la primera, en ese "En un lugar de la Mancha…" al que todos, por lo menos, nos hemos asomado. Creo que entendí por primera vez los motivos de la admiración universal, más difundida en Inglaterra, en Rusia, en Alemania, que en el propio mundo hispánico, por esa novela. Comprendí lo que se pretende afirmar cuando se afirma que el Quijote es la primera novela moderna en la historia de la literatura.

He adquirido la costumbre, desde hace algún tiempo, de reservarme algún clásico voluminoso y substancioso para lectura del verano. El año pasado cogí Los miserables de Victor Hugo. Comencé en un cálido enero de nuestra costa central y despaché el tercer tomo en un frío invierno de la ciudad de Washington. Mientras Jean Valjean huía por las alcantarillas de Paris, vadeando agujeros de fango pestilente, yo miraba por mi ventana el revoloteo y los torbellinos de la nieve que caía sobre las calles de Georgetown. No se puede olvidar una lectura de esa especie. Una experiencia literaria así queda marcada en la historia personal, como un episodio familiar importante, una crisis, un amor, una aventura financiera o política. ¡Si, señor lector! La batalla de Waterloo contada por Victor Hugo, como el desfile de la Edad Media inventado por Cervantes en la cueva de Montesinos, son cosas que enriquecen la conciencia. Uno es una persona diferente después de haber leído aquellas páginas.

Ahora escogí Ana Karenina. Había leído casi todo Tolstoi, La guerra y la paz, la trilogía autobiográfica, la Sonata a Kreutzer, La muerte de Ivan Ilitch, la de las mejores novelas cortas que se han escrito en este mundo, pero Ana Karenina, que es quizás su obra maestra, se me había quedado rezagada. Es diferente, explica Ítalo Calvino, leer un clásico en los años de formación a leerlo en la madurez. Es diferente, pero no es una experiencia menos interesante o inferior. Uno entra en Ana Karenina, avanza en algunos capítulos, y se da cuenta de que está entrando en una arquitectura monumental, una gran sinfonía, no una sonatina o un preludio cualquiera. Habría que llevar un diario de lectura, y después escribir un ensayo y quedarse tranquilo. La novela es polifónica, múltiple, cambiante, sorprendente. Tiene pasajes parecidos a un adagio profundo, dramático, y otros como un allegro con brío. Se percibe la sociedad compleja, rica, llena de jerarquías, de grupos y subgrupos, pero en el fondo, indiferente a esos devaneos, enigmática, se levanta la naturaleza, que Tolstoi parece mirar como una realidad misteriosa y sagrada. Se podría analizar el libro desde muchos puntos de vista, con muy diversas perspectivas. Ahora pienso en un solo aspecto: la relación, según León Tolstoi, del hombre de calidad con las cosas. El hombre de calidad es el que conserva y ama las cosas; el otro es el que las compra y las vende, el que las transforma en objetos de comercio. Oblonsky, ejemplo del falso aristócrata, cambia una parte de su herencia, un bosque extraordinario, por un plato de lentejas. Los comerciantes profesionales juegan con él. Constantine Levin, en cambio, el señor campesino, rechaza esa transacción indignado. Él siente que esos manejos, esos cambios bruscos, esa búsqueda de un dinero rápido y fácil, encierran un mal intrínseco. Son, quizás, la forma moderna del mal. ¿Crítica del mercado, del capitalismo naciente en la Rusia del siglo XIX? Tolstoi, al parecer, en lugar de optar por el colectivismo que ya se ponía de moda, optaba por formas de propiedad señorial y precapitalista. La razón la tenían los mujiks, los campesinos, y la raza en extinción de los señores verdaderos, amenazada por todos lados. Uno se acerca al corazón de la novela, conmovido, y sonríe, consciente de que Tolstoi entregaba y a la vez, a cada rato, como un prestidigitador, escamoteaba sus respuestas.