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Estoy de acuerdo, el mercado es cruel. El mercado existe desde que existen las sociedades humanas, es anterior incluso al capitalismo, y es un punto de encuentro cuyas normas han estado determinadas siempre por la escasez, por las carencias, por los límites. En Jauja o en el Paraíso no hay ninguna necesidad del mercado. Las cosas están a la mano, en cantidades superabundantes, y sólo es cuestión de tomarlas. Pero en el mundo histórico, nuestro, posterior a la expulsión de nuestros primeros padres, los bienes, los recursos de toda especie, son escasos, y es preciso ganarlos, según la maldición bíblica con el sudor de la frente. En resumidas cuentas, el mercado es una de las consecuencias, y no la menos dolorosa, del pecado original. Desde que Adán y Eva cometieron el pecado original, existe el mercado con sus leyes implacables.
Por otra parte, el mercado es inherente a cualquier forma de organización de la sociedad. Decir "el mercado" es como decir "la economía". Ahora bien, cuando se habla de la crueldad del mercado se habla del mercado libre, sujeto a muy escasos controles, que opera conforme a mecanismos más o menos espontáneos, automáticos. Es el mercado propio del llamado "capitalismo salvaje". Toda nuestra sensibilidad, nuestra cultura, parecen orientadas a darnos una visión crítica del mercado libre y del capitalismo. Recuerdo ahora una conversación de hace tres o cuatro años en un hotel mexicano con Lucio Colleti, filósofo italiano muy conocido y que después de haber sido marxista en su juventud se "renovó" y pasó a una posición más bien liberal. Colleti sostenía que el cristianismo, en su esencia, se avenía muy mal con el capitalismo, y que esta desavenencia, este desajuste esencial, se había manifestado de muy diferentes maneras a lo largo de la historia: desconfianza evangélica frente a los ricos, condena medieval de la usura, colectivismo de las misiones jesuíticas en América, teologías contemporáneas de la liberación, etcétera.
Yo diría ahora que en mi generación, en la década del cincuenta y del sesenta, la crítica del liberalismo y del capitalismo fue dominante, muy cercana al dogma, tanto desde una perspectiva cristiana como marxista, y que en los actuales años postmodernos, en cambio, se emprende la revisión de todo aquello, se hace lo que podríamos definir como una crítica de aquella crítica. Desde luego, la experiencia de las décadas recientes nos enseñó una verdad paradójica y difícil de rebatir: si la economía del capitalismo es cruel, la del socialismo, a pesar de sus buenas intenciones verbales, puede ser en sus aplicaciones prácticas de una crueldad muchísimo mayor. Yo recuerdo las colas interminables que hacían mis amigos cubanos en La Habana de 1970, recuerdo su miedo a caer en desgracia y a ser enviados a cortar caña, su angustia por conseguir un gásfiter o un electricista que les hiciera una reparación urgente, sus dificultades terribles para conseguir los objetos más sencillos. ¿Culpa del bloqueo norteamericano? Quizás era culpa, por lo menos en parte, del bloqueo, pero cada vez que uno se encontraba con una persona de Polonia, de Rumania, de la Unión Soviética, escuchaba historias parecidas. Una amiga polaca, viuda de un parlamentario y dirigente político destacado, me contaba aquí en Santiago, en un viaje suyo reciente, con lágrimas en los ojos, que el socialismo, el socialismo real, tal como se aplicaba en el bloque soviético, había sido un sistema endiablado, que la obligaba a ella a gastar casi todas las horas del día en tratar de solucionar problemas domésticos elementales.
También hay, pues, como se puede apreciar, una crueldad de las economías socialistas, crueldad de la que existen testimonios por todos lados, y esas economías, además, inevitablemente, dan origen a mercados paralelos caóticos, descontrolados, gangsteriles. El capitalismo es cruel o, más bien, amoral, pero tiene una eficacia que ayuda a corregir ese punto de partida. El llamado socialismo real, al menos en la teoría, estuvo lleno de buenas intenciones, pero su ineficacia hizo que aquellos objetivos resultaran defraudados, desmentidos. Ya sabemos que las buenas intenciones conducen a menudo al infierno. Ya hemos escuchado decir que el infierno está pavimentado por las buenas intenciones de muchos de sus ocupantes.
Hoy día, cuando ya casi todo el mundo cree en la economía de mercado, el problema central es el de cómo intervenir para que el mercado sea menos inhumano, menos cruel. Algunos rechazan toda forma de intervención y otros piensan que es conveniente alguna forma de intervención parcial, calculada y limitada. Dentro de estos terrenos, la batalla intelectual, política, ideológica, mantiene toda su virulencia. Algunos se rasgan las vestiduras frente a las declaraciones recientes del presidente Aylwin. Los comunistas, que lo han atacado con saña, en todos los tonos, inician uno de esos acercamientos tácticos, entre sonrisas, en los que fueron maestros en tiempos pretéritos. ¿Qué queda de todo esto? Queda, a mi juicio, lo esencial, lo medular. Un Estado puede intervenir para que el mercado sea menos cruel, menos injusto, y yo creo, para ser honesto, que en muchísimos casos debe intervenir, pero si interviene mal, de un modo excesivo, sin prever todos y cada uno de los efectos de su intervención, producirá mucho más daños que beneficios. Es lo que algunos teóricos del neoliberalismo llaman "ingeniería social". Estamos obligados a practicar esta ingeniería, pero tenemos que hacerlo como buenos ingenieros. De lo contrario, avanzamos un paso y retrocedemos dos (al contrario de lo que preconizaba Lenin cuando se había puesto a revisar los dogmas de los comienzos).
En resumidas cuentas, el mercado capitalista, como ha declarado hace poco el presidente Aylwin, es cruel, y la economía del socialismo, como agrego yo por mi parte, puede ser más cruel todavía. Lo que corresponde entonces, es mirar con respeto las fuerzas del mercado, que no hemos podido reemplazar por nada, e intervenir para orientarlas un poco cada vez que sea necesario, pero intervenir con inteligencia, con prudencia, y siempre, sobre todo, con un sano escepticismo, con un espíritu abierto, sin creerse dueño de la verdad, de ninguna verdad.
Los sobresaltos de la conciencia
Mis amigos mexicanos se preparan para celebrar los ochenta años de Octavio Paz. Mis amigos de México y de muchos otros lados. Abro uno de mis cuadernos de apuntes y me encuentro con notas biográficas dispersas, que en algún momento me parecieron significativas. Es una selección de datos enteramente personal, hecha por intuición y al correr de la pluma. Veo que Octavio Paz nació en Mixcoac el 31 de marzo de 1914, poco después del estallido de la Revolución Mexicana y en la víspera de la Primera Guerra Mundial. Es decir, en los umbrales históricos de este siglo tan intrincado y endiablado. Su padre era criollo y su madre tenía abuelos andaluces. El abuelo paterno, Ireneo Paz, nacido en 1836, fue liberal, masón, oficial del ejército que combatió contra la intervención militar de Napoleón III y de Maximiliano. Después fue aliado político y biógrafo de Porfirio Díaz, diputado, autor de novelas. En lo que se parecía menos a su nieto escritor era en la afición a las novelas. Su nieto, poeta y ensayista, siempre ha sido curiosamente indiferente y ajeno al arte de la novela, aun cuando lo narrativo suele esbozarse en sus textos en prosa y hasta en algunos de sus poemas.
La biblioteca del abuelo Ireneo, según mis notas tomadas de dos o tres estudios biográficos, tenía libros de autores españoles y franceses. Su dueño, en otras palabras, era un liberal, un afrancesado, un masón, pero que se interesaba en la tradición literaria hispánica. Al parecer, un compañero de estudios catalán introdujo al joven Octavio Paz en las ideas anarquistas. Asistió en 1937 al Congreso de intelectuales organizado en Valencia para defender a la República española. En 1987, en medio de la democracia española plenamente restaurada, me tocó observarlo presidir, en la misma Valencia, otro Congreso que conmemoraba el cincuentenario del primero. En un momento, mientras estábamos sentados al lado y asistíamos a las airadas discusiones, que terminaron en un caso en un confuso pugilato, me hizo un comentario incisivo, que no he olvidado nunca, acerca del resentimiento invencible de muchos intelectuales. Un venenoso resentimiento, un implacable y lúcido comentario.
En el Congreso del año 37, Octavio Paz conoció a Neruda, a Rafael Alberti, a Vicente Huidobro, a André Malraux, a otros personajes importantes de este siglo. Le tocó intervenir, además en algo que me parece decisivo: en el debate apasionado y dogmático, tristemente revelador, sobre la expulsión de André Gide, que un año antes había cometido el pecado político de publicar su celebre Regreso de la URSS. Según mis apuntes, Octavio Paz y Carlos Pellicer se abstuvieron en la votación que condenó a Gide, actitud que los dejó separados del resto del grupo latinoamericano. Alguien le dijo a mi viejo amigo Ricardo Muñoz Suay, que en aquellos años era un adolescente comunista: "Anda con cuidado con ese mexicano que tiene veleidades trotskistas". Ya sabemos que las acusaciones de aquella especie, en algunos años y algunos parajes de nuestro siglo, podían conducir hasta el pelotón de fusilamiento.
Lo que ocurría era que André Gide había iniciado un regreso, un viaje de vuelta, en el sentido más amplio de esta expresión, que sería continuado por Octavio Paz y, al cabo de largos años, por algunos de nosotros. En 1974 Octavio Paz, de quien me había distanciado involuntariamente la amistad con Neruda, pasó por Barcelona y le pidió a Carlos Barral que nos reuniera. Descubrí entonces que era un defensor decidido y bastante aislado de mi libro Persona non grata, que se había publicado hacia dos o tres meses, y embarcó en esta empresa, que en ese tiempo parecía destinada al más perfecto fracaso, a Mario Vargas Llosa. Uno de los motivos que me habían llevado a escribir y publicar ese libro había sido, precisamente, la lectura del Retour de l'URSS y de los retoques al primer texto, y después me dije muchas veces que el retrato de Romain Rolland de la vejez era aplicable a muchos de mis contemporáneos, personas que me abstengo de nombrar aquí por tratarse, al fin y al cabo, de una ocasión celebratoria.
Los lugares comunes habituales, las ideas recibidas sobre la obra de Octavio Paz, manejados con majadería por sus detractores, conducen a separar al poeta del ensayista. Para mí, sin embargo, es un poeta intelectual, un poeta que tiene el pensamiento en la punta de la lengua, como decía T.S. Eliot a propósito de los poetas metafísicos ingleses y de si mismo, y un ensayista poético. Si tuviera que hacer un balance brevísimo, diría que lo más notorio de la escritura de Paz, en prosa y en poesía, es la movilidad, el diálogo constante y cambiante, infatigable y silencioso, consigo mismo y con los otros, con los vivos y con los muertos. Es un Montaigne latinoamericano, menos tranquilo que Montaigne, menos sedentario, menos instalado en su torre, y que llega mejor, debido, precisamente, a su mayor espíritu de aventura, a la síntesis poética. A primera vista, sus orígenes intelectuales se encuentran en la filosofía de la Ilustración, en la razón crítica y en la reacción contra ella, en la revolución romántica, antípodas que abrieron el camino de la modernidad y que él ha seguido en todos sus desarrollos, hasta desembocar en el surrealismo y en toda la vanguardia estética. Sin embargo, creo que el pensamiento de Octavio Paz, pensar en movimiento, nunca detenido ni anquilosado, proviene también de otras fuentes. Su libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz demuestra que ha examinado a fondo el tema del reformismo y de la crítica en el mundo hispánico. Paz es el campeón de la visión crítica en nuestra cultura, visión opacada por nuestras diversas inquisiciones, por el conformismo dominante, pero que resurge a cada rato de sus cenizas y tiene, como él lo demuestra y a pesar de las apariencias, una tradición sólida entre nosotros. Como escribí en un texto más o menos reciente, Octavio Paz "hace la crítica de la poesía en forma poética, y hace la defensa de la poesía por medio de la crítica".
Insisto, en resumen, en que la separación del poeta y el prosista, en el caso de Paz, es inútil y desorientadora. Su escritura, por el contrario, tiende a disolver los géneros. Me acuerdo, al decirlo, de los textos de El mono gramático, y me encuentro, de un modo puramente accidental, con la cita oportuna, cita del prefacio de Baudelaire a sus Pequeños poemas en prosa: "¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición, con el milagro de una prosa poética, musical, pero sin necesidad del ritmo y de la rima, lo suficientemente flexible y consistente para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?" En sus momentos mejores, la prosa de Paz se ha acercado a este ideal de uno de sus grandes antepasados literarios. Ha seguido con maestría, sobre todo, en su constante movilidad, los sobresaltos de la conciencia de este siglo.
Cantos materiales
Después de una pasada fugaz por Biarritz, en la costa vasca francesa, de un par de horas en San Sebastián, en el Norte de España, de tres días en Benidorm, en el Sur, con regreso vía Calafell, en Cataluña, y París, me siento, además de mareado, inclinado a entonar cantos materiales, odas elementales. Porque me tocó estar, debido a la buena estrella o a los privilegios de una edad respetable, en algunos de los grandes lugares de este mundo, en el Hotel du Palais de Biarritz, en el Arzac de San Sebastián, y sólo quedan en mi memoria unas cuantas cosas sencillas, sólidas y sencillas. Queda, desde luego, una memorable langosta cocinada en honor de Roberto Matta y de la que fui invitado a participar, pero queda sin sus agregados, sin sus salsas y hasta sin sus atributos, como una pura entelequia de langosta. Y de las dos horas en el Arzac permanecen un Viña Ardanza tinto de no sé que año y el interior blanco e increíblemente delicado de una merluza de aquellos parajes.
Se imponen, sin embargo, con perfecta nitidez, a gran altura, muy cerca de la perfección en su respectivo género, dos clásicos de la tradición popular. Mis viejos amigos de Calafell quieren llevarme, para celebrar mi reaparición en el pueblo, a un establecimiento más bien complicado, difícil y caro. "¡Por favor!", protesto: "¡Mi único deseo es comer una buena tortilla de patatas!" Vamos, entonces, al paseo de La Espineta, a un restaurante que he frecuentado mucho, pero cuyo nombre ni siquiera recuerdo, y pronto me encuentro sentado, tenedor en mano, frente a una circunferencia dorada, alta, que promete ser una fiesta prolongada y sin sobresaltos. Se escucha hablar en todas partes de tortillas a la española o de arroces, pero sólo es posible comer una verdadera tortilla en un lugar como éste, así como sólo hay arroces a banda dignos de ese nombre entre Benidorm y Oropesa o Castellón de la Plana, pero no más al Norte ni más al Sur. Pensé que no llegaría hasta el final de la tortilla, pero llegué, con ayuda de la conversación y de algún vino del Penedés, y hasta se me pasó por la cabeza la idea de pedir otra, envolverla en una servilleta y traerla hasta las playas de Chile, de recuerdo, "para memoria en lo futuro", como dijo en una ocasión don Quijote de la Mancha.
El segundo de los clásicos que redescubrí o descubrí en este viaje pertenece a lo más profundo de la tradición francesa. Debido a una huelga de Air France, dejaba mi pequeño hotel (Hotel de la Bretonnerie, rue Sainte-Croix de la Bretonnerie) al mediodía y tenía que hacer hora hasta la una de la madrugada siguiente. Caminé hacia s barrios de atrás, hacia la calle de los Archivos, la Vieille-du-Temple, la plaza de la Bastilla y la de la República. A la una y media de la tarde me decidí a entrar a un lugar que tenía buen aspecto como establecimiento de barrio. Estaba colocado, con sus telones rojos y sus letras doradas, en una punta de diamante, y su nombre, en femenino, correspondía al de la conocida escuela que se hallaba cerca: Brasserie des Arts et Métiers ("Cervecería de Artes y Oficios"). Me atendió el dueño, en el mejor de los estilos populares, y me dejó examinar con calma la lista de las entradas y los platos del día. Me llamó la atención un nombre. En ninguna parte hay más y a veces mejor literatura que en los nombres culinarios. A propósito de una disputa suya con un obispo autoritario, François Villon escribía a fines de la Edad Media: "No soy su ciervo ni su biche". ‘¿Qué es un sauté de biche?", pregunté, y el dueño me explicó que era una carne de cacería marinada en una salsa de vino suave. "Le va a gustar, monsieur", dijo, y la verdad es que no le costó nada convencerme. Pedí un frisée aux lardons, es decir, una especie de achicoria con pequeños "tropiezos" de tocino o de jamón de espalda, y en seguida el saute‘, todo acompañado por un Beaujolais de la casa. Al fondo de la sala había un señor mayor, de aspecto distinguido, con un perro chico y de orejas largas, que leía un diario y comía con parsimonia y notable perseverancia. A mi lado había dos estudiantas de la escuela vecina. Más allá tres señoras de mediana edad que se reían a carcajadas, devoraban sus platos y se ponían rojas como tomates. Al otro lado, una pareja romántica, que se miraba intensamente a los ojos, pero que no descuidaba sus estofados. Me acordé de una exclamación frecuente de Pablo Neruda frente a estos espectáculos: "La France éternelle!" El saute‘, en efecto, llegaba directamente de la Francia eterna, de los tiempos feudales y carnavalescos de Villon, el primero de los poetas malditos. Esa carne de cierva ligeramente ácida, que se podía cortar con el tenedor, en su salsa suave, era incomparable, inimitable. Si los turistas hubieran llegado hasta estos parajes, me dije, hasta la vieja Plaza de la República, estas maravillas habrían desaparecido. La estatua de bronce con su gorro frigio y los añosos plátanos orientales se verían humillados por la multiplicación de los MacDonalds, por la cultura de la hamburguesa, pero esto no sucede todavía, felizmente.
Quizás no habría que contarlo siquiera, para que no suceda, y mi escritura, en ese caso, seria una traición atroz al sauté de biche, al pobre François Villon, al amable dueño de la Brasserie des Arts et Métiers, a la enhiesta estatua republicana.
El compromiso viejo y los nuevos
"Nosotros estamos comprometidos con la relatividad", me dice un joven universitario, "con el depende. Cuando nos preguntan si estamos a favor de un asunto determinado, de una ley, de una política, contestamos: depende de esto, depende de esto otro. No conocemos las grandes pasiones ideológicas, las ilusiones, las utopías, de las generaciones anteriores. Sentimos que esas generaciones se equivocaron y que a nosotros nos ha tocado pagar las consecuencias".
Yo, imprudente, representante de las generaciones equivocadas, había puesto el tema encima de la mesa. Lo había puesto a propósito de la última novela de García Márquez, Del amor y otros demonios. En mi tiempo, en los años de Jean Paul Sartre, del existencialismo, del compromiso de los intelectuales, el escritor comprometido era el escritor de izquierda. No comprometerse, dedicarse al arte puro, al cultivo de la forma, eran actitudes eminentemente sospechosas. Síntomas de apoliticismo. Síntomas culpables, como habría exclamado Heberto Padilla en sus épocas de euforia. Y el apoliticismo, desde luego, era sinónimo de derechismo. El que pretendía no tomar partido, lo tomaba, en realidad, en favor del orden, de la sociedad convencional, de la decadencia.
Ideas, muletillas, obsesiones de los años cincuenta. Obsesiones que tenían un sentido, sin duda, pero también un sinsentido. Una prueba, digo ahora, de que las categorías de izquierda y derecha son insuficientes, ambiguas, podría encontrarse en la última novela garcíamarquiana. En años muy recientes, García Márquez, viajero frecuente a la isla de Cuba, amigo personal de Fidel Castro, portavoz oficioso suyo en algunas circunstancias, ha sido la cabeza visible de la supuesta izquierda literaria latinoamericano. A Octavio Paz, a Vargas Llosa, a muchos otros, a mi entre aquellos otros, se nos ha acusado de pertenecer a la derecha en forma descarada (Vargas Llosa) o vergonzante. Pues bien, si aplicamos el criterio del compromiso del escritor, todo esto, estas acusaciones tajantes y aparentemente tan claras, empieza a confundirse. En su trabajo del último tiempo, García Márquez es literario por excelencia, preciosista, purista, con el talento, desde luego, con el brillo, con la habilidad de siempre. Hace una literatura ingeniosa, imaginativa, llena de lujos verbales, y curiosamente descomprometida, distante, ajena a las preocupaciones de hoy o de un ayer muy cercano. Los escritores de la llamada derecha, en cambio, hemos tomado partido a cada rato, hemos combatido contra esto y aquello, hemos dado testimonios basados en la memoria directa de las cosas o hemos intentado construir metáforas de nuestras sociedades, de nuestros mundos.
¿A quién pertenece el compromiso, entonces, a que lado del espectro? ¿O será que las posiciones supuestamente conservadoras no están necesariamente en aquel espacio que solemos llamar derecha, ni las innovadoras en la llamada izquierda? Porque conocer desde dentro las contradicciones, las carencias, los delirios represivos de un régimen, y hablar después, con gran talento, sin duda, de historias virreinales, puede ser perfectamente válido desde el punto de vista del arte, pero es, precisamente, una actitud conservadora por definición, conformista, que rehúye la crítica, que se niega a entregarnos esa memoria de las cosas que siempre es arriesgada y conflictiva. García Márquez, pues, deriva en sus años actuales a una actitud patriarcal, de gran mandarín de las letras hispanoamericanas, de artista en su torre de marfil. Para bien y para mal. Yo me divierto con sus historias, las leo en mis insomnios, y cierro el libro con la sospecha de que son vagamente inútiles. ¿Puede ser útil, por otra parte, la literatura? ¿No será que las ideas sartreanas de mi juventud todavía me penan, nos penan?
Los jóvenes universitarios, sin embargo, parecen observar con curiosidad, un tanto intrigados, casi con envidia, los compromisos o por lo menos los rupturismos; las actitudes anarquizantes, de la generación mía, la del cincuenta, y de las que siguieron, la de Darío Osses, que participa conmigo en el encuentro, de Antonio Skarmeta, de Lucho Domínguez, de todos ellos. Parecen pedir que les digamos que existe todavía un compromiso posible, una utopía que todavía no ha sido desmentida por la fuerza de los hechos. Yo les respondo que la utopía es un excelente ejercicio literario, pero una referencia demasiado peligrosa en la vida política. No creo, en cambio, y he reflexionado mucho sobre el asunto, que la noción básica del compromiso haya desaparecido. Existen los compromisos con la relatividad, como explicaba el joven del comienzo de esta crónica, pero hay otros no tan relativos. Terminó la Guerra Fría, por ejemplo, y contra todas nuestras previsiones, las guerras locales se multiplicaron y adquirieron una especie de ferocidad insensata. Hace poco hubo cien mil personas asesinadas en Ruanda en una sola semana. Los camarógrafos europeos filmaron a hombres de una tribu determinada que mataban a palos a niños de tribus contrarios. En Bosnia-Herzegovina se produce la destrucción sistemática de ciudades y de regiones de una enorme densidad cultural, partes de esa Europa del centro, de esa "Mittel Europa", que pertenecían a nuestro patrimonio cultural hasta hace muy poco y que simplemente no creíamos perecibles.
En resumidas cuentas, los motivos para el compromiso de la juventud existen por todas partes: en nuestra naturaleza, que tenemos que defender, en el aire y la desastrosa calidad de vida de nuestra capital, en la pobreza y el subdesarrollo del país, que todavía está muy lejos de haber desaparecido, y también en Ruanda, en Burundi, en Bosnia-Herzegovina. Lo que ocurre, claro está es que siempre hay que ejercer la critica. Y hay que ejercer, para emplear la frase acuñada por Octavio Paz, la crítica de la crítica.
Ahora nos toca hacer la revisión crítica de la noción sartreana del compromiso, que fue rígida, sectaria y en definitiva, aunque parezca curioso decirlo, ingenua. Sartre, con ingenuidad y con obcecación, se encerró, en un callejón sin salida y terminó por comulgar con algunas de las ruedas de carreta del stalinismo. Lo que no me atrevo a proponer, por fin, después de haber visto pasar tanta agua debajo de los puentes, son compromisos más bien abiertos, que desconfíen de la globalidad, y que no excluyan la posibilidad de escribir y de leer de cuando en cuando novelas hermosas y perfectamente inútiles
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Vida de barrio
Volví a explorar los barrios conocidos de la Motte-Picquet, La Tour Maubourg, la avenida Bosquet, la Escuela Militar. En pocas ciudades del mundo se hace tanta vida de barrio como en París. Los provincianos, los extranjeros, los diplomáticos, los turistas, gentes menos privilegiadas, están condenados a desplazarse como almas en pena. Los parisienses de pura cepa suelen vivir, trabajar, estudiar, casarse, comer y morir dentro de un radio de muy pocas manzanas. A veces, en el mes de agosto, pleno verano, viajan a cien o a doscientos kilómetros de distancia, no mucho más. El descubrimiento a comienzos de siglo de los balnearios del sur, Niza, Cannes, Mónaco, fue una novedad extraordinaria, que todavía no ha sido bien asimilada por los habitantes del distrito séptimo, del octavo, del dieciséis. Veo caras identificadas con el asfalto de esos barrios, con las esquinas, con las plazas y los parques. Hacia el sector de la Escuela Militar, del Campo de Marte, de la avenida de Suffren, las calles y las estatuas evocan personajes de la segunda mitad del siglo XIX: César Franck, José Maria de Heredia. Camino en la primavera más bien fresca, a paso rápido, y recuerdo tuberías roncas de órgano, versos parnasianos, bastones y capas con esclavina y franja de terciopelo negro. Alcanzo a divisar al fondo de una calle, entre las hojas barridas por el viento, al fantasma de Carlos Morla Lynch, frágil, casi desvanecido.
En una de las esquinas de la Tout-Maubourg sobrevive una tienda cuyo nombre nunca he podido recordar y que es uno de los más refinados depósitos de caviar de todo Occidente. En la puerta debería existir una inscripción vagamente parecida a la del Infierno del Dante: "Usted que entra, abandone toda esperanza de mantener sus finanzas en buen estado". Después de la esquina siguiente, en dirección opuesta al Sena, encuentro que Chez les anges, donde se comían grandes filetes del Charolais acompañados de pommes dauphine y regados con poderosos, substanciosos vinos de Borgoña, está cerrado y en ruinas. Todavía veo a sus dueños rubicundos, fornidos, animosos, y me pregunto qué habrá pasado. El café de la esquina de la rue de Grenelle, calle descrita con minucia y con una mezcla de hostilidad y de fascinación por el señor de Stendhal, Henry Beyle, sigue ahí, frente a la plaza de Santiago-du-Chili, pero el de la esquina opuesta, donde servían croque-monsieur y croque-madame aceptables, ha sido reemplazado por una tienda de flores. Me imagino que el consumo de flores de la embajada chilena justifica holgadamente este cambio.
En la orilla de frente a la embajada, en la de los números impares, y un poco más lejos de la plaza, se encuentra el Champ de Mars, lugar de tradición gastronómica y que alguna vez, por algún motivo, quizás a propósito del barrio de la misión de Chile, me comentó Francisco Amunátegui, pariente mío que se hizo francés y que llegó a ser príncipe elegido de los gastrónomos franceses. Una vez comimos ahí con Matilde Urrutia, en circunstancias tristes, porque el poeta estaba muy enfermo, un confite de pato de consolación y de gran regocijo. Es un episodio que omití en Adiós, Poeta.… por la sencilla razón de que se me había olvidado. En estos días, en un domingo de bajada del avión y de cuerpo malo, se me ocurrió pedir otro confit de canard en el muy respetable Bistrot de Breteuil, pero no me pareció que pudiera compararse con el de veintidós años atrás. Jugarretas del tiempo, probablemente.
Después de la Escuela Militar, en la avenida de la Motte-Picquet y siempre en el lado de los impares, había un restaurante provinciano, de la Francia central y profunda, propiedad de una familia de políticos radicales socialistas, La Gauloise, Ahí se comían prietas memorables, piernas de cordero, patitas de chancho, jabalíes. Pasé por el frente y percibí un cambio sospechoso de nombre y de decoración. ¿O me traicionaba la memoria? Preferí entrar a la Brasserie de Suffren, un lugar de buen aspecto, visitado por una clientela animada y numerosa, que no conocía y que se encuentra en esquina encontrada con la Escuela Militar. Utilicé una entrada lateral, quizás por precaución, para poder escapar a tiempo, y me senté en la barra. Había un grupo de parroquianos ruidosos, heterogéneos, que parecían clientes de toda la vida, y que discutían y bromeaban a gritos con el dueño, con una mujer gorda y joven que desempeñaba funciones múltiples y con un mesonero tranquilo, eficiente y escéptico. En un extremo había un personaje con aspecto de músico de jazz de Nueva Orleáns o de cantante cubano que bebía un gran jarrón de cerveza, abstraído, y que de cuando en cuando, despreocupado, intervenía en las conversaciones del grupo. Después llegó un joven corpulento, con aspecto de ayudante de producción de cine, acompañado de dos mujeres atractivas, pálidas, un tanto intranquilas, que consumieron grandes cantidades de papas fritas y de Coca-Cola. Mi vecino de la izquierda, hombre de mediana edad, ojeroso, congestionado, pedía que le sirvieran un tártaro bien sazonado, ¡muy sazonado!, acompañado de un plato de papas saltadas, bien quemadas, y de abundante cerveza de barril. En una pizarra había una lista de platos del día escrita con tiza. Me gustaría poder repetir aquella lista y, más que eso, poder comerla por orden y con la debida parsimonia. Sólo recuerdo ahora unos clásicos y formidables riñones, dignos de los gigantones rabelaisianos, un tártaro de salmón, un espléndido filete de lenguado a la mantequilla, filete que ha sido desterrado de la Coupole por la industria de la comida rápida y que ha reaparecido, en toda su perfección inimitable, en esta cervecería desconocida. Habría que esconderla para que no la destruya el progreso, ¿las leyes del mercado?, pero los escritores somos vocacionalmente indiscretos. Mientras exploro con mi tenedor el lenguado tierno y converso de literatura con Guy Suarès, escritor, traductor de Neruda, casado con una nieta de Paul Claudel, personaje literario por excelencia, el dueño se nos acerca y nos dice en buen castellano que su hijo es esquiador y que suele viajar a esquiar a Chile en los veranos europeos.
Le digo a Suarès que la idea corriente de los parisienses antipáticos, irritables, gruñones, no corresponde a la realidad. El domingo anterior salía de mi hotel con una botella de whisky para Waldo Rojas y Raúl Ruiz, ¡el whisky de los poetas!, y el dueño de mi hotel de la avenida de Suffren me llamó. Es propietario de una pequeña viña en alguna parte de Francia y está muy orgulloso de sus bodegas. "¿No quiere llevarles a sus amigos una botella de rosado? Es un regalo mío…"
"Has tenido mucha suerte", comenta Guy Suarès, persona amable, pero que no comparte en absoluto mi momentáneo optimismo acerca de los habitantes de París, y me pregunta si el dueño del hotel Bailli de Suffren, que tiene aspecto de ser francés por los cuatro costados, no será extranjero. Yo también me lo pregunto, pero en seguida me pregunto si existe el parisién o el parisino, el de Balzac y el de los cronistas hispanoamericanos de fines de siglo, el de los Alejandro Sawa y los Gómez Carrillo, el de aquellos mesones, aquellas plazoletas, aquellos lugares de los limites del distrito séptimo, el de los Inválidos y el Campo de Marte, con los sectores mas densos y mas modestos del quince, el de la calle de la Convención y los comienzos de la cambiante y larga calle de Vaugirard.