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Caminos abiertos

Alguien me dijo una vez en La Habana, en tiempos remotos y a propósito de otros nudos gordianos de la política, que la Historia es lenta. Empezamos a cavilar sobre la Historia (con mayúscula, sin duda) en aquellos días y todavía no terminamos de hacerlo. Cavilamos y comprobamos que la Historia, veinte y tantos años más tarde, sigue siendo lenta, intrincada, endiablada, y que nos depara sorpresas a la vuelta de cada esquina. El estadista es el que sabe reaccionar, el que va preparado y con el temple bien dispuesto, el que nos da la impresión de sorprenderse menos.

El caso del general Stange es una demostración más, entre muchas otras, de la lentitud y de la complejidad de nuestro proceso de transición a la democracia. Hemos cantado victoria muchas veces, ¡cuántas veces!, pero la democracia chilena todavía deja mucho que desear. Es un camino complicado lleno de obstáculos, con algunas rectas, pero con abundantes zonas de curvas y de pendientes, y los desarrollos futuros, perfectamente imprevisibles, parecen estar siempre abiertos. Tenemos que esperar, tenemos que confiar, y tenemos que actuar con un sentido claro del interés colectivo, sin personalismos ni pequeñeces.

Escuchamos a menudo argumentos del tenor siguiente: los dos gobiernos de la Concertación han sido demasiado blandos con el terrorismo de izquierda y demasiado duros con los que lucharon contra el comunismo. El argumento impresiona en apariencia, pero no resiste, a mi juicio, un análisis más o menos riguroso. Hubo entre nosotros y en toda America Latina una oleada revolucionaria apasionada, virulenta, excesiva, que condujo al dogmatismo más febril, al desorden público, al manejo ingenuo e irracional de la economía, y la reacción, no menos apasionada y virulenta, fue probablemente inevitable, quizás necesaria. Son fenómenos que sólo podrán ser juzgados con la perspectiva del tiempo. La Revolución arrancaba de un pasado primitivo, semifeudal, y tenía en sus orígenes, sin perjuicio de sus excesos posteriores, motivaciones sociales y éticas muy profundas. Claro está, la Contrarrevolución también las tenía. Es el pensamiento revolucionario en si mismo, con sus ingredientes utópicos, con su voluntarismo, con su sometimiento de los valores individuales a los intereses generales, abstractos, lo que ha hecho crisis en las últimas dos o tres décadas. Ese pensamiento gozaba de una hegemonía intelectual que se ha desmoronado estrepitosamente. Ahora nos llegará el turno de revisar todas las revoluciones de la historia moderna, sin excluir desde luego las nuestras, las que forman parte de nuestras propias mitologías. Nos llevaremos muchas sorpresas, sin la menor duda; muchos monumentos caerán desmoronados.

Ahora bien, una sociedad sana, moderna, democrática, tiene la obligación de distinguir entre dos fenómenos con la más absoluta claridad: el terrorismo subversivo, clandestino, movido por sectores de extrema izquierda, y el que actúa desde el Estado y amparado de alguna manera por las instituciones del Estado. Estamos obligados a combatir el terrorismo con todos los medios legales a nuestro alcance, pero hacerlo mediante el terrorismo de Estado, fuera de la legalidad, es un error terrible, y es, por desgracia, lo que sucedió en años muy recientes entre nosotros. El general Stange, por otro lado, tiene todo el derecho del mundo a defenderse, y yo pienso que es una persona razonable, respetable, que en algunos momentos de la transición desempeñó un papel positivo; pero estuvo, probablemente sin quererlo y para su desgracia, cerca de episodios institucionales demasiado oscuros, gravísimos. Frente a una circunstancia así, ningún gobierno sensato y democrático de este final de siglo podría permanecer indiferente. No hubo en este aspecto una sentencia propiamente tal del Ministro Milton Juica, pero hubo una sugerencia, y más que una sugerencia, una opinión responsable, basada en un conocimiento completo y privilegiado de los hechos. ¿Podía el gobierno lavarse las manos, mirar para otro lado, sin tratar de imponer por lo menos un relevo, un paso a una etapa nueva, lo cual no excluía, naturalmente, el derecho a la defensa y a un juicio justo de las personas afectadas? Acusamos con gran soltura de cuerpo, sin pensarlo dos veces, a los gobernantes que deciden actuar con franqueza, sin maquiavelismo, y ocurre que el maquiavelismo causa estragos entre los ciudadanos comunes y corrientes, y podría terminar, y de hecho ha terminado en muchos lugares, con los políticos y hasta con la política misma.

El que hizo el comentario en La Habana sobre la lentitud de la Historia fue el entonces joven Régis Debray, que venia de salir de su cárcel boliviana y que había pasado por el Chile de los primeros días de la Unidad Popular antes de volar a Cuba. Las décadas que siguieron confirmaron su afirmación en algunos sentidos, pero en otros la desmintieron. En Chile, en otros países de America Latina, en Berlín, en Europa del Este, en el vasto y desaparecido Imperio soviético, la Historia adquirió una aceleración inusitada, que nadie habría podido imaginarse hace veinte años. Cuba, donde él se desplazaba con aparente libertad y donde a mi se me complicaban las cosas de una manera infinita, quedó como un enclave anacrónico, afectado por una extraña parálisis, decidido a realizar una defensa de estilo numantino. A veces me digo que también existen situaciones y personajes numantinos entre nosotros, personajes tocados por las sombras del pasado y que se aferran al pasado. Alguien me cuenta que Régis Debray acaba de hacer la apología del viejo nacionalismo del general De Gaulle. El nacionalista De Gaulle sentía cierto grado de simpatía por caudillos nacionales bastante más discutibles, como eran los casos en apariencia contradictorios de Fidel Castro y de Francisco Franco. Yo pienso, sobre todo cuando miro estas cosas con un poco de distancia, que la Guerra Fría proyectaba en aquellos años una especie de neurosis universal, una atmósfera política enfermiza y que de una u otra manera nos hizo daño a todos. Eran años de polarización, de paranoia, y todos, en una u otra medida, teníamos una parte de culpa. El sectarismo de un signo o de otro era una verdadera peste colectiva. El terrorismo, las guerras civiles larvadas, comenzaban en la mente de las personas. De ahí que la necesidad de cambiar, de enterrar el pasado, de ceder el terreno a las caras y a las generaciones nuevas, sea de vez en cuando tan saludable.