38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 16

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15

Helena no durmió esa noche. Había intentado en vano averiguar su destino. Al alba, empezó a ir de un lado a otro, sin hablar con nadie. Desairó a Vera, su hermana, que quería saber todos los detalles del baile. Se refugió junto a la señora Peigneur, pero no se atrevió a pedirle consejo. Sólo le quedaba un aliado: su abuela. Al salir del palacio del consejero de Estado, la señora Von Hahn no le había hecho ningún reproche, ni siquiera había mencionado lo sucedido.

La señora Von Hahn desayunaba siempre en el salón amarillo. Helena la halló sentada en un sillón de orejas, con una taza de té en una mano y un pedazo de tarta de queso blanco en la otra.

Llevaba todavía su ropa interior de seda y estaba sin maquillar y sin peinar, de manera que parecía mayor y cansada. La adolescente besó a su abuela y le arregló el cabello.

– Estoy muy mayor para los bailes -dijo la anciana.

– A mí no me gustan.

– ¿Té, querida?

– No, gracias, hoy no puedo tomar nada.

– ¿Se debe tal vez al champán, que no te ha sentado bien?

Helena adoptó una expresión de pena.

– Has provocado una conmoción en nuestra pequeña comunidad -continuó la mujer del general en tono burlón-. No pensé que el consejero de Estado fuera tan buen bailarín, y me pregunto qué ha podido empujarlo a ser tan bondadoso con una chica de dieciséis años. Se dice que está bastante lozano para su edad, pero ¡aun así! ¿Tal vez podrías aclarármelo?

Helena sintió que se ruborizaba.

– Me ocultas algo -dijo la abuela, que dejó bruscamente la taza en la mesa-. ¿Helena?… Me debes una explicación. ¿Qué has hecho?

Helena hizo un gesto vago y una mueca de decepción. La voz de la abuela se dulcificó:

– Puedes confiar en mí.

Helena suspiró, dudó y, por fin, ante la tierna mirada de su abuela, consintió desvelar su secreto:

– Estaba sola… ¡Ah! Si tú supieras, abuela… Perdóname… Júrame que no me castigarás.

– ¿Te he castigado alguna vez, tonta?

– No, pero ésta podría ser la ocasión.

– Entonces, ha sido una tontería grande.

Helena asintió con la cabeza y bajó la voz.

– Todo empezó cuando Nina me dijo que ningún hombre me sacaría a bailar. Entonces…

Helena confesó toda la historia: la proposición de matrimonio dejó consternada a la anciana. No sabía qué decir. Le faltaba el aire. Se acercó a la ventana y la abrió de par en par.

– Señor… Señor -balbució-, ayúdanos.

No hubo respuesta del cielo. De repente, se volvió con el rostro desencajado hacia Helena.

– Abuela, ¿qué te pasa?

– Bueno… Vamos a tener que preparar tu baúl.

La adolescente vio a su vez al fogoso general Nicéphore Blavatski montado sobre un caballo blanco. Huyó, se encerró en su habitación y se aventuró a mirar por los cristales. Blavatski había bajado del caballo. El gobernador Von Hahn apareció. Ambos generales se saludaron, después desaparecieron en el castillo.

Un cuarto de hora más tarde, la voz atronadora de su abuelo resonó en el edificio:

– ¡Helena! ¡Baja inmediatamente!

Supo que su destino estaba sellado.

Ambos hombres lo habían decidido todo. Amigos y cómplices desde el lejano tiempo de las guerras napoleónicas, habían conocido los mismos miedos, idénticas borracheras. Su abuelo debía de alegrarse por dar a su nieta en matrimonio a un compañero de armas que había blandido el estandarte del águila bicéfala en la batalla de Borodino. Y tenía otro argumento de peso: no se podía rechazar un partido como Blavatski. El gobernador poseía millones de acres de tierra, millones de rublos. Era una prolongación del zar.

A Helena le entró un repentino dolor de vientre. Para su desgracia, había nacido y vivía en Rusia, lejos de la Europa ilustrada. En el país de los cosacos, los caballos tenían más valor que las mujeres. El punto de vista de una joven casadera, de una Helena a la que ningún muchacho quería, no importaba en absoluto. Ya estaba oyendo a su abuelo: «Es una suerte para ti. Dale gracias al Señor, hija mía; Blavatski es el hombre más influyente del Imperio».

Detestó esas palabras.

Fuera de sí, tomó el camino opuesto al despacho de su abuelo. Salió por una puerta de servicio y llegó a las cuadras. Apartando a los asombrados criados, se subió a su montura a pelo y se lanzó en dirección a la montaña de David. La vergüenza y el odio la atenazaban. Obligó a su caballo a efectuar saltos prodigiosos por encima de barrancos y canteras, jurándose que jamás pertenecería al consejero de Estado.

Los húsares dieron con ella en mitad de la noche, agotada, tendida en el bosque cerca de su caballo. La levantaron, la cogieron en brazos y se la llevaron al castillo. Su abuelo seguía esperándola. Ni siquiera se molestó en soltarle una reprimenda. El general Von Hahn estaba demasiado feliz al día siguiente, cuando le anunció la noticia:

– Le he concedido tu mano a nuestro amigo Nicéphore Blavatski. Un mensajero acaba de irse a Carelia para avisar a tu padre, que aprobará mi decisión. No podíamos soñar con un partido mejor para ti.