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Un dolor la despertó. Helena vio una bota a la altura de su hombro.
– ¡Levanta; tu señor te espera!
El guardia la agarró por el cuello de la camisa y la levantó; después la empujó hacia delante. Titubeante, subió con dificultad los peldaños desgastados de una escalera de caracol y guiñó los ojos al llegar a la luz.
El alba sonrosaba las cimas nevadas, agudizaba los picos, cincelaba las montañas que ella jamás cruzaría. El cielo era puro. Nada en aquel día que nacía evocaba la desgracia.
– Avanza.
Tras algunos empujones, el guardia la guió hacia una multitud de hombres y mujeres en medio de la cual estaba plantado Nicéphore. El general de los cosacos había hecho venir a los habitantes de Kirovakan.
– Estás guapa esta mañana -dijo cogiéndola por el mentón-. Sigues igual de orgullosa, ¿eh? Ah, el orgullo de los Von Hahn, la locura de los Dolgoruki… Ha llegado la hora de suavizar el primero y extirpar el otro.
Él apartó la mirada. Al final del patio, cerca del recinto de los caballos, habían colocado dos postes. El señor de Erevan los miró sin disimular su satisfacción.
– ¡Empezad! -ordenó.
Dos cosacos agarraron a Helena y se la llevaron hacia los postes. Cortaron sus ligaduras y le separaron brazos y piernas. Ella no tenía fuerza para resistirse. Unos grilletes se cerraron en torno a sus muñecas y tobillos.
Vio a Talik armado con un látigo de ocho colas y comprendió que la iban a flagelar.
– ¡No tienes derecho! Soy la princesa Dolgoruki von Hahn.
– ¡Tengo todo el derecho! -respondió Nicéphore, que le desgarró la camisa.
Le desnudó la espalda, los hombros y los pechos. Todas las miradas se concentraron en sus senos menudos. Los brutos se dieron codazos cómplices, las chicas de la guarnición se burlaron de su delgadez y de sus formas menudas, el pueblo guardó silencio. Helena cerró los ojos. La vergüenza la mortificaba. El miedo la invadió. Había asistido a flagelaciones públicas y había oído gemir a los condenados bajo los mordiscos de los látigos. Se preparó para sufrir. Le llegó la voz de Nicéphore desde lejos.
– Por esta vez, seré magnánimo. Después de todo, estamos de viaje de novios… Sólo te propinaremos veinte latigazos. ¡Toda tuya, Talik!
Helena se contrajo, apretó los dientes. Bien plantado sobre sus piernas, el cosaco desenrolló con calma las trenzas de cuero, y tomó como objetivo la carne blanca entre los dos omóplatos. Las colas silbaron y tocaron la piel. El dolor fue fulgurante. Helena tuvo la impresión de que la penetraban unos tizones. Contuvo un grito.
– ¡Uno! -gritó su esposo-. Honrarás a tu marido en cualquier circunstancia.
Talik se esforzó. Las colas mordieron uno de los costados y arrancaron un poco de piel bajo los senos.
– ¡Dos! ¡Le obedecerás sobre todas las cosas!
– No… -gimió ella, que ahogó un sollozo.
Con el quinto, empezó a gritar. Tras el decimoquinto, perdió el conocimiento. Entonces, el general Blavatski detuvo el brazo del verdugo y se inclinó sobre la castigada.
– No es necesario estropearla. Es mi esposa. Es mi deber hacerle conocer también alegrías. ¡Desatadla! E id a buscar al curandero Tupiazan.