38096.fb2 En busca de Buda - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 21

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20

Dónde podía refugiarse? La dacha estaba llena de criaturas a sueldo de su esposo que la acosaban. Las tierras de Blavatski, repletas de hombres y mujeres a su servicio y de unidades de soldados que le obedecían ciegamente, se extendían hasta donde le alcanzaba la vista. Nadie habría osado proteger a Helena a treinta verstas a la redonda, ni los temibles pastores armenios ni los monjes errantes, ni siquiera los ermitaños de la ciudad muerta de Ani. Todos se habrían apresurado a devolverla a Nicéphore a cambio de una recompensa contante y sonante.

Esperó encerrada, mientras las horas pasaban. El cielo giró. El sol reapareció sobre la pura corona del Aragaz. La niebla cubría los valles. Vio sangre en los picos y también en las torres de vigilancia. Las grandes águilas retomaron su caza sobre el Cáucaso; envidió su libertad.

Las horas seguían pasando y las represalias todavía no llegaban. ¿Qué tramaba el retorcido de Nicéphore? Cansada de esperar y de estar al acecho tras la ventana, superada por la fatiga, fue a tumbarse a la cama. Enseguida, empezaron a asaltarla sueños. Volvió a ver el palacio de su infancia, a su dulce y amante madre inclinada sobre el escritorio, a su padre desfilando por las calles de Yekaterinoslav, a la valiente Calina, el Dniéper y sus ondinas.

– ¡No! -gritó al notar que algo la rozaba.

– Señora, soy yo, Boadicea, tu criada; te traigo té y pastas…

Boadicea era una criada sin edad con trenzas blancas y ojos muy claros. Debía su nombre a la reina de los icenos, y se ajustaba a su apariencia. Una reina sin corona sometida a la voluntad del jefe de los cosacos.

– Tienes que comer.

– ¡Vete!

– Si no aceptas la comida, me golpearán y el señor me hará encadenar con los cerdos en el establo.

Helena suspiró. Esa pobre mujer decía la verdad. Había visto en ocasiones a siervos y siervas con grilletes en los tobillos y metidos en la piara.

– Accede a alimentarte, por piedad -continuó la criada.

Helena contempló el pesado plato cargado de finas pastas y frutas. ¿Podría obtener alguna información interrogando a Boadicea?

– Está bien, sírveme té -dijo Helena yendo a sentarse a la mesa redonda donde comía cuando Nicéphore no la mandaba llamar.

– Vaya, gracias, señora.

La anciana vestida de negro sirvió a Helena, después se dedicó a cumplir con sus tareas en la habitación, arrastrando los zapatos. Helena se puso a observar ese rostro anciano y solemne. En cierto instante, se fundió con ella y descubrió su porvenir… Le quedaba muy poco tiempo de vida… Vio su cadáver en un agujero abierto en la nieve y no sintió ninguna lástima. Boadicea estaba en el bando de su esposo.

– ¿Qué hace el general? -preguntó ella.

– No está aquí.

– ¿Ha salido?

– Ha ido a casa de Rudeliekov.

Helena debería haberlo sospechado. El comandante Rudeliekov era el mejor médico de la región.

– El señor está muy furioso -continuó Boadicea mientras hacía la cama-; le has causado mucha pena al herir al bueno de Talik.

Una gran alegría recorrió su cuerpo. Helena volvió a ver sangrando al «bueno de Talik».

– El señor se lo ha llevado él mismo en su calesa. Habrá que rezar para que se reponga rápido de la herida de la garganta.

– No lo olvidaré -dijo con ironía Helena.

La noticia le había abierto el apetito. Dio cuenta de los pasteles con voracidad, mientras imaginaba a Talik delirando de liebre y las ampollas en el rostro de su marido.

Sonrió. Boadicea la miraba suspicaz.

– ¡Está delicioso! -lanzó Helena.

– ¿Quieres más té?

– Sí.

La criada le sirvió una taza entera de té humeante.

– Ya no te necesito -dijo Helena.

La anciana no se dio por aludida. Sus manos largas y nudosas se pusieron a ordenar los peines y cepillos, y recogieron los cabellos y los restos de polvo del tocador.

– ¿Has oído lo que acabo de decirte?

Boadicea se volvió hacia ella y la contempló extrañada. En ese instante, Helena sintió que la cabeza le daba vueltas. Soltó la taza y se llevó las manos a las sienes. La habitación empezó a dar vueltas mientras las paredes parecían ondularse. Miró la taza y después a Boadicea, que se apretaba las manos, y cuyo rostro se había arrugado formando pequeños pliegues en la piel. La criada estaba esperando algo. Helena no pudo leer sus rasgos. Las imágenes se deformaban cada vez más.

– ¿Qué me ocurre…?

Intentó levantarse. Las piernas le fallaron y cayó como un peso muerto a los pies de la criada.

– ¡Puedes entrar!

La voz de Boadicea le llegó desde lejos. ¿Con quién hablaba? Helena quiso girar la cabeza, pero su nuca era de hierro. Tuvo la impresión de que el techo descendía y la aplastaba.

– ¿No es peligrosa la droga?

– No, mi señor, sólo hunde al que lo toma en un estado de tranquilidad y lo deja indefenso. Compruébalo por ti mismo.

Helena se horrorizó con toda su alma. Nicéphore se inclinó sobre ella, le tocó el rostro, entreteniéndose particularmente en los labios, que abrió y cerró varias veces.

– Los bellos labios… de terciopelo.

Helena hizo un esfuerzo desesperado por golpearlo, pero tenía el brazo pegado al suelo.

– Esta droga es una maravilla. Entonces, señora Blavatski, ¿sigo pareciéndote tan asqueroso? -dijo cubriéndola con grandes besos húmedos.

Le habría gustado gritar, pero sus gritos nacían y morían en su cerebro.

– ¡Ayúdame a llevarla a la cama! -le dijo a la criada.

La levantaron y la tumbaron en la cama. Su cuerpo parecía muerto, pero los ojos, el oído y la nariz le funcionaban. Conocía las drogas secretas que preparaban los chamanes mongoles, kirguizos y uzbecos. De nada servía resistirse. Nicéphore había ganado; estaba a su merced.

El monstruo vacilaba, mirándola indeciso.

– ¡Vete! -le ordenó a la criada.

– ¿No debo desvestirla?

– ¡Desvestirla es uno de mis privilegios! ¡Lárgate antes de que te mande azotar!

Helena oyó cerrarse la puerta. Nicéphore la agarró por los cabellos y saboreó el miedo y el odio que le inspiraba a su víctima.

– He esperado mucho este momento -soltó él-. Hace mucho que no desvirgo a una doncella.

Tras estas palabras, sacó el puñal que llevaba en el cinto y, con la punta, empezó a romper el corsé. Se tomó su tiempo para separar con delicadeza cada pedazo de tejido. El cuerpo juvenil quedó a la vista; soltó el puñal y recorrió con sus manos la piel blanca como la leche.

Helena notaba sus caricias. Otro grito silencioso le atravesó el alma cuando le empujó el dedo corazón por entre sus muslos después de haberle separado bien las piernas.

– ¡Ah! Mi bella virgen -exclamó él mientras se postraba para besar la dulce concha, oscurecida por un ligero vello.

Triunfante, se levantó y se desnudó de golpe. El hombre de cuerpo amarillento y seco, de ave zancuda, se tumbó con todo su peso sobre su presa. Antes de ese asalto, Helena había visto su sexo, duro gracias a una maravillosa poción. Él se lo agarraba con los dedos y lo utilizó como si fuera un punzón.

Nicéphore empezó a empujar entre las piernas abiertas. Ella notó que se abrían los labios. El asco y el pánico se apoderaron de Helena. Se sentía desesperada por encontrarse en semejante estado, como un trozo de carne muerta, un estanque en el que intentaba entrar su verdugo.

«No soy nada… No soy nada… No siento nada…»

La fuerza de su pensamiento funcionaba. Ya no sentía el miembro azotándola con brutalidad. Veía, como en una pesadilla, la cara sudorosa de Nicéphore alejándose y acercándose.

¡Lo había conseguido! Había necesitado tiempo, pero la puerta del templo había cedido. Nicéphore perseguía ahora culminar su placer, pero no conseguía hacerlo. Tenía la sensación de tomar a una muerta. Estaba machacando unas carnes frías, secas y duras.

– ¡Furcia! ¡Furcia! -jadeó él a la vez que la abofeteaba.

Un hilo de baba le caía por el mentón. La frente le chorreaba de un sudor que goteaba sobre la cara insensible de su esposa. Él se estremeció y gimió como un viejo caballo de batalla que oye tocar retirada. Pero no quería darse por vencido.

– ¡Vas a abrirte al placer, sucia zorra! ¿Sí o no? -gritó él retomando su vaivén en el vientre de Helena, siguiendo el alocado ritmo de los latidos de su corazón.

La sensación pasó de desagradable a dolorosa. Con cada penetración, su verga le hacía sufrir horriblemente. Cuando no pudo soportar por más tiempo esa tortura, se retiró y gritó con despecho:

– ¡Maldita bruja! ¿Así es como honras a tu marido? Te voy a entregar a mis cosacos; ellos te enseñarán a hacer feliz a un hombre.

Helena lloraba. A través de las lágrimas y del velo de la droga, lo vio agitarse ante la cama, con la verga colgándole entre sus delgadas piernas. La punta de aquel apéndice flácido y canijo con el que la había violado estaba manchada de sangre.

Lo odiaba… Lo odiaba desde lo más profundo de su ser…

Y tal vez él leyó ese odio en su mirada llorosa, porque se santiguó antes de escabullirse por los pasillos de la dacha.