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Unas nubes azuladas con ribetes de plata rodeaban la luna. Se juntaron y durante unos instantes sumieron el puerto de Poti en la oscuridad. Disfrazada de monje, con los cabellos ocultos bajo la capucha y una gran bolsa a su espalda, Helena había esperado el momento propicio para abandonar el aserradero en el que se había escondido después del mediodía. A esa hora, avanzada la noche, los soldados de su escolta y la policía debían de creer que estaba de camino a Suhumi o a Trebisonda. Había hecho falsas confidencias a sus criados: había revelado que no tenía intención de llegar a Odessa.
Se coló entre los almacenes. Desde su escondite improvisado, había estado observando los movimientos de los navíos y el vaivén de los descargadores. Había dos barcos preparados para zarpar, uno ruso y otro inglés. Por supuesto, eligió el segundo. Unos marineros borrachos aparecieron y empezaron a armar escándalo subiéndose a las cajas, y cantando y entonando canciones obscenas, pero se cansaron rápido. Ella los dejó alejarse. Se oyó un ruido de botellas rotas; después sólo hubo silencio.
Helena esperó todavía una hora más antes de actuar.
Se había levantado viento. El cielo estaba despejado. El reflejo de la luna flotaba libremente sobre el mar. Helena se coló entre los barcos varados en tierra. Los dos mástiles del navío inglés oscilaban. Oía los silbidos de las vergas y los cabos, los chirridos de las poleas y el chapoteo del agua alrededor del casco.
El puente parecía desierto. Contempló con desespero la luna, que iluminaba los muelles, y después se decidió a correr hasta la pasarela, se cayó en el puente y encontró una escotilla.
– ¿Quién anda ahí? -gritó uno de los ingleses.
Todo estaba perdido. Intentó escapar, pero la voz, en ruso esta vez, sonó amenazante:
– Detente o disparo.
Helena se quedó quieta.
– Sobre todo, no te muevas -dijo el desconocido en ruso antes de volver al inglés-. ¡Quiero ver tu cara de rata! ¡Vaya, vaya, un monje!
El marino, que sujetaba una pistola en una mano y una linterna en la otra, parecía asombrado por su captura.
– Así que querías embarcarte clandestinamente, ¿no? Vosotros, los religiosos, nunca podéis pagar. Por supuesto, no entiendes el inglés. ¡Qué más da! ¡Avanza, avanza, obedece! Hay alguien abajo que habla tu maldita lengua mejor que yo.
Con el cañón de su arma, el marinero la empujó en dirección a la popa:
– ¡Por ahí! -gritó él, señalando los cinco o seis peldaños que se adentraban en el puente. Conducían a una puerta minúscula-. ¡Capitán! ¡Capitán!
– ¡Sí!
– Tenemos un visitante.
Se abrió la puerta y apareció un hombre achaparrado y de amplios hombros. Los ojos estaban profundamente hundidos en una cara grande, cuadrada y barbuda. El capitán la evaluó y dijo en ruso con voz pastosa:
– ¿Eres un novicio?
Helena asintió con la cabeza.
– Supongo que con Jesús hablarás más, ¿no? Te aseguro que te vas a confesar. ¡Entra! Me vas a tener que explicar qué estabas haciendo a bordo del Commodore. Déjanos, John, y sigue montando guardia. Nunca se sabe con esos malditos ladrones.
La cabina del capitán era una verdadera leonera. Una amalgama de objetos se amontonaba sobre el suelo, aunque predominaban las botellas. Arcos, cerbatanas y todo tipo de flechas y jabalinas decoraban las paredes. Había colgado un retrato de la reina Victoria entre dos marionetas de Bali. Todavía resultaba más impresionante, sobre la mesa repleta de mapas marinos, una estatua negra adornada con collares de cráneos, armada y que sacaba la lengua. Helena sintió que la habitaba un espíritu malvado.
El capitán entendió qué estaba mirando y dijo con ironía:
– ¡Pobre monje! Te las tienes que ver con el fuego de la bella y terrible Kali. Ni siquiera puedes imaginarte lo que significa para los indígenas de Bengala. Tu Virgen María debería seguir su ejemplo…
El capitán descorchó una botella de ron con los dientes e ingirió una buena dosis de alcohol. Tras chasquear la lengua, continuó:
– La negra Kali, una terrorífica imagen de Parvati, el poder destructor del tiempo, séptima lengua de Agni, el primero de los diez objetos del conocimiento… ¿Qué son esos santos tuyos al lado de esta diosa, eh, frailucho? ¡Odio la religión cristiana! ¡Nos ha convertido en esclavos! ¿Eres ortodoxo? ¡Esos son los peores! ¿Eres mudo o qué? ¿Dónde está tu amado Jesús? Llámalo y veamos si tiene el valor suficiente para venir en tu ayuda… Vamos, reza, diviérteme.
– ¡Ni lo sueñes!
– ¡Por mi diosa Kali! Una mujer…
El tipo soltó un silbido y se tomó otro trago de ron. Se secó la boca con la manga de su mugrienta chaqueta de oficial y le tendió la botella a Helena.
– Toma un trago.
Helena aceptó. Al tragar el alcohol sintió un escalofrío.
– Muy bien…
El capitán se encontraba de buen humor e intentaba adivinar su edad.
– ¿Cuántos años tienes?
– Diecisiete.
– ¡Eres muy joven para estar ya en el oficio!
– ¿Qué oficio?
– Supongo que habrás subido a bordo para provocar a mis hombres.
– ¡No soy una puta!
Le dio una bofetada tan fuerte que el hombre se tambaleó.
– ¡En nombre de Dios! -gritó el capitán, echándole mano de nuevo a la botella-. ¿Quién eres?
– Lubiana Petrovna Blitov du Plessy…
Esa respuesta le devolvió la sobriedad de golpe. Examinó de cerca ese ejemplar de la nobleza que había ido a caer en su barco.
– Con semejante nombre, sólo puedes traernos grandes problemas. Si te vuelves a tierra, hijita, olvidaré tu visita.
– ¡Intento reunirme con mi madre en Francia!
– Pues yo me dirijo al mar de Azov.
La agarró por el brazo e intentaba echarla cuando ella empezó a rebuscar algo bajo su hábito. Por fin, Helena sacó una bolsa y vertió el contenido sobre la cabeza de Kali. La lluvia de oro tintineó. Cincuenta monedas de aquel metal rodaron y se esparcieron por la cabina ante la mirada de asombro del capitán. Atónito, cogió un puñado, Helena notó que se ablandaba… y se volvía hipócrita. Su rostro, enrojecido por el alcohol y las salpicaduras de las olas, expresaba apatía.
– Esto es mucho dinero… Mucho más de lo que ganaré con este viaje… ¿Es usted una criminal buscada?
La había tratado de usted; Helena empezó a ganar confianza.
– No, sólo soy una mujer que está harta de doblegarse a la voluntad de su tío abuelo. Mi padre murió en Polonia, durante la toma de Varsovia, y mi madre cayó enferma…
– No necesito saber más… Veamos -dijo él-, puede usted quedarse con mi camarote. Yo dormiré en el del segundo. ¿No tiene nada más que ponerse?
– Llevo algo de ropa en mi bolsa.
– No tengo intención de ocultar su presencia a mis hombres. Mañana podrá usted pasearse libremente por el puente.
– ¿Me llevan con ustedes?
– Sí, antes le mentí: aunque paso por el mar de Azov, mi destino final es Marsella.
– Gracias, capitán.
– Me llamo John Hasquith -le dijo él con una inclinación de cabeza.
A la mañana siguiente, al pasar revista, después de haber levado anclas, el capitán Hasquith anunció a sus oficiales que había una pasajera a bordo a la que se debía tratar con el mayor de los respetos: quien no cumpliera tal orden acabaría en el calabozo. La noticia se extendió como un reguero de pólvora.
– ¡Una mujer a bordo del Commodore!
– ¡Una chica, muchachos!
– Cuidado, por lo que parece es la querida de Hasquith.
Cuando Helena hizo su aparición, se quedaron desconcertados: una señorita tapada hasta el cuello, que no se parecía en absoluto a las gordas concubinas que estaban acostumbrados a ver en los brazos del capitán. Hasquith tenía una particular afición por las turcas y las egipcias.
A medida que el Commodore, con las velas hinchadas, se alejaba de la costa, el viento de alta mar fue tonificando a Helena. Tanto en la proa como en la popa, ya estuvieran en equilibrio sobre los aparejos, o bien dando lustre al puente, los marineros la observaban a hurtadillas. Ella los incomodaba. Había algo extraño e inquietante en su mirada gris.
Las fuerzas del mar, las olas espumosas y las salpicaduras saladas habían poseído a Helena, que se sentía feliz. Braza a braza, el Commodore la alejaba de Nicéphore.
– Soy libre -gritó con los brazos abiertos.